Padre Ricardo

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En la Pascua celebramos, como fiesta, la resurrección de Jesús: ella es la garantía de nuestra fe. Cuando, después de la muerte de Jesús, los discípulos fueron a visitar su sepulcro (Cf. Jn 20, 1-10), lo encontraron vacío y hallaron la manifestación de Dios que les decía: “No está aquí porque resucitó como él lo había dicho” (Mt 28, 6). La misma referencia hace san Lucas: “¿Por qué buscan entre muertos al que está vivo?” (Lc 24, 5).

Es Jesús resucitado el que va a dar testimonio ante los apóstoles y discípulos de su propia resurrección durante cuarenta días: “Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo” (Lc 29, 39). En el camino de Emaús, Jesús, como Maestro, les enseña a dos discípulos la interpretación de las profecías que hacen alusión a él (Cf. Lc 24, 27).

A Tomás, que no había creído el testimonio de sus compañeros apostólicos, se le aparecerá expresamente y le dirá: “Tomás, en adelante no seas incrédulo sino hombre de fe” (Jn 20, 27b). Y a nosotros, los cristianos de hoy, nos dirá desde esa ocasión: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 29).
 

1. Nuestra fe

Desde la fe pascual, también nuestra muerte está vinculada a la muerte y resurrección de Jesús. Él es la cabeza de la Iglesia y nosotros su cuerpo (Cf. Ef 1, 22-23). Por eso, la muerte de nuestro cuerpo está asociada a la resurrección de Jesús. La Iglesia hablará de la “resurrección de la carne”, es decir, de nuestro cuerpo.

San Pablo se preguntará: “¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo?" (1 Cor 15, 35). Estamos ante un misterio. Y el apóstol va a mostrarlo a través de una imagen: la de una semilla, que es nuestro cuerpo ante el poder creador y recreador de Dios. Y dirá: “Lo que siembras no llegará a tener vida, si antes no muere” (v. 36). Lo que se da en la naturaleza y es patente para nosotros, sucederá en la semilla de nuestro cuerpo. Y Pablo desenvuelve esa imagen: “Y lo que siembras no es la planta tal como va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo, o de cualquier otra planta. Y Dios da a cada semilla la forma que él quiere, a cada clase de semilla, el cuerpo que le corresponde” (1 Cor 15, 37-38). “Lo mismo pasa con la resurrección de los muertos: se siembran cuerpos corruptibles y resucitarán incorruptibles; se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos; se siembran cuerpos débiles y resucitarán llenos de fuerza; se siembran cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales. Porque hay un cuerpo puramente natural y hay también un cuerpo espiritual” (1 Cor 15, 42-44).

resurrec2Pablo hace una enseñanza respecto de este misterio: “Les aseguro, hermanos, que lo puramente humano no puede tener parte en el Reino de Dios, ni la corrupción puede heredar lo que es incorruptible” (1 Cor 15, 50). Al final de la historia, ante el regreso del Señor, “todos seremos transformados” (v.51b): “En un instante… los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados” (v.52). Como cuerpo de Jesús, también nosotros participaremos de la inmortalidad de Jesús: lo que es corruptible debe revestirse de la incorruptibilidad y lo que es mortal debe revestirse de la inmortalidad. Es el triunfo final del amor y la misericordia de Dios sobre la muerte (Cf. 1 Cor 15, 26; Rom 8, 37).


¿Cómo enseña la Iglesia esto? Podemos leer algunos trozos de esta doctrina en el Catecismo Católico:

Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día (Cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad: “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a sus cuerpos mortales por su Espíritu que habita en ustedes" (Rom 8, 11; Cf. 1 Tes 4, 14; 1 Cor 6, 14; 2 Cor 4, 14; Flp 3, 10-11) (Nº 989).

El término "carne" designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (Cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La "resurrección de la carne" significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros "cuerpos mortales" (Rom 8, 11) volverán a tener vida (Nº 990).

El "cómo ocurrirá la resurrección" sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que por la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo: “Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección” (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 18, 4-5) (Nº 1000).


2. El sentido de la muerte

Y nosotros ¿cómo podemos explicar este misterio a la luz de la experiencia del proceso de nuestra vida humana y de la antropología?

La imagen de la semilla y la planta es válida para visualizar la gracia de nuestra concepción y nacimiento.

La semilla del momento de la concepción se transforma en la planta de un ser humano que nace y se desarrolla en la tierra del vientre materno. Esta planta tiene la duración de la edad en su vida histórica; y el proceso humano hecho visible en el cuerpo incluye su reintegración a la tierra, de acuerdo con la sentencia bíblica: “Polvo eres y al polvo volverás” (Gen 3, 19b). El hombre que ha sido sacado de la tierra (Cf. Gen 2, 7), con la muerte se convierte en tierra; ¡solo Dios puede sacarlo de la muerte y de la tierra!

Antropológicamente, la tradición bíblica acepta la corrupción del cadáver como proceso natural del cuerpo.

Pero en nuestra época, por distintos motivos culturales, se ha ido desarrollando una tradición panteísta proveniente de Oriente que quiebra este proceso natural con la incineración del cuerpo. La Iglesia acepta esta práctica mortuoria “cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo”, dice el CIC nº 2301.

Dada la diversidad de repercusiones culturales y religiosas que pueden surgir de una tradición popular, podemos entonces preguntarnos sobre el fundamento de esta tradición oriental y el motivo de su aceptación católica.

La tradición panteísta de Oriente tiene como base la creencia de que el absoluto de la vida es la energía. El ser humano no es valorado por su persona, aunque haya una praxis de introspección budista, muchas veces conocida por el yoga, que no es la única praxis. En esas prácticas, la persona se pierde en el todo. En la muerte, la incineración del cuerpo va acompañada por el esparcir las cenizas para que ellas se reintegren a la energía universal. No hay conciencia de la eternidad de la persona ni de un Dios de dimensión personal.

resurrec4Y esto nos alerta sobre lo que es propio de la oración como encuentro personal con Dios. La oración no es un modo de introspección, para encontrarse con la naturaleza profunda de sí mismo, porque esto sería una forma de buscarse a uno mismo sin salir de sí. La oración es un salir de sí para encontrarse con el Otro personal divino. La oración, propiamente, es un gesto de querer vivir la alianza con Dios en su Presencia (Cf. Ef 1, 4).

La Iglesia, a través de la historia, ha procurado “cristianizar” las tradiciones populares para que no se opongan a la fe. Así sucedió, por ejemplo, con la fiesta pagana del nacimiento del sol, que se celebraba al comenzar el verano (diciembre) en el hemisferio norte. A esta festividad, pastoralmente, se la asoció con la imagen bíblica de Cristo como el “Sol de Justicia” y así se popularizó la Navidad como el día de nacimiento de Jesús, dato que históricamente se desconoce. Pero quedó incorporado a la devoción de la piedad popular cristiana.

La Iglesia admite esta tradición de la incineración como bien se la ha señalado en otro artículo de esta revista1 y ha creado religiosamente la posibilidad de cinerarios que, allí, las cenizas esperan la resurrección de los cuerpos.

Con respecto a repercusiones en las costumbres humanas, no podemos dejar de señalar su incidencia en lo que son los velatorios y el lugar del cementerio.

Al quedar reducido el cuerpo a las cenizas, el velatorio deja de ser un momento de luto y encuentro familiar, y el cementerio (a veces con un “panteón familiar”), un lugar de visitas y aniversarios. El velatorio se transforma en un encuentro rápido y de tiempo abreviado y el cementerio, en un trámite fugaz. La Iglesia ha habilitado en parroquias un lugar común de cenizas incineradas que expresan la resurrección de los cuerpos y ante las cuales se celebran algunas “misas aniversario”.

 

3. El misterio del cuerpo

Para la fe de la Iglesia, el cuerpo humano es un misterio de gran transcendencia. Antropológicamente, es la expresión visible de la persona y el medio por el que se expresa. Un cuerpo disminuido en su capacidad reduce la posibilidad de la expresión física y psíquica de la persona. En los términos clásicos, podemos decir que cuerpo y alma son coesenciales. No puede existir uno sin el otro para que haya una naturaleza humana. Una persona sin la expresión corporal será una persona angélica pero no humana. Por eso, para la eternidad, la persona requiere la resurrección de su cuerpo que es misterio del poder y obrar de Dios.

La Palabra de Dios llega a revelar que el cuerpo, como tal, es templo del Espíritu Santo. Por eso “el cuerpo –en la expresión de su intimidad sexual– no es para la fornicación, sino para el Señor” (1 Cor 6, 13b). “Dios que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros con su poder” (1 Cor 6, 14).

Y Pablo, en el contexto de la vida matrimonial, hace esta revelación: “¿No saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes nos se pertenecen sino que han sido comprados, ¡y a qué precio! Glorifiquen a Dios en sus cuerpos” (1 Cor 6, 19-20).

La conciencia de esta revelación es de gran valor cuando hay matrimonios que desean hacer de su vida conyugal un camino unificado en la santidad. En el Movimiento de la Palabra de Dios es propio de los matrimonios que hacen un camino y un compromiso de vivir como “dedicados a Dios”2. Esta gracia privilegiada de Dios, hoy está certificada en la Iglesia por la beatificación de los matrimonios, como en el caso de los padres de santa Teresita y del matrimonio Quattrocchi.

resurrec3En la experiencia eclesial, además, es elocuente que se hayan encontrado cuerpos incorruptos de muchos santos mientras, en el trámite de canonización, se revisaba el cuerpo enterrado y, muchas veces, además, fue expuesto a la pública veneración de los fieles. En esos casos, Dios parece querer confirmarnos que la virtud y la santidad de la persona trascienden la muerte biológica y la consecuencia de su corrupción corporal.

Jesús mismo había revelado a sus amigos de Betania el misterio de la resurrección y, como signo de su veracidad, resucitó a Lázaro. Le dijo a Marta: “Tu hermano resucitará” y ella le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día” y entonces Jesús manifestó: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá: y todo el que cree en mí no morirá jamás” (Jn 11, 23-26). Y la última expresión de ese diálogo vale también para nosotros: “¿Crees esto?”. Podemos hacer nuestra la respuesta de Marta (Cf. Jn 11, 27).

Lo que el Apocalipsis revela bajo la imagen de “las bodas del Cordero” (Cf. Apoc 19-22) como fe que cree en la esperanza de una certeza, nosotros habitualmente lo confesamos en el contexto de la Eucaristía, el sacramento pascual de Jesús. Después que el sacerdote ha consagrado el pan y el vino, proclamamos como Pueblo de Dios: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: ¡ven Señor Jesús!”… ¡Pedimos su regreso para que se glorifique, también, nuestro cuerpo resucitado!
 

Padre Ricardo

 

Véase el artículo "¿Qué hacemos con las cenizas de nuestros familiares fallecidos?", Cristo Vive, ¡Aleluya!, Nº 194, P. Juan Bautista Duhau, pp. 26-27.

Véase el artículo “Matrimonios dedicados a Dios”, Cristo Vive, ¡Aleluya!, Nº 55, P. Ricardo, pp. 6 -7.



Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº196.

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En la Pascua celebramos, como fiesta, la resurrección de Jesús: ella es la garantía de nuestra fe. Cuando, después de la muerte de Jesús, los discípulos fueron a visitar su sepulcro (Cf. Jn 20, 1-10), lo encontraron vacío y hallaron la manifestación de Dios que les decía: “No está aquí porque resucitó como él lo había dicho” (Mt 28, 6). La misma referencia hace san Lucas: “¿Por qué buscan entre muertos al que está vivo?” (Lc 24, 5).

Es Jesús resucitado el que va a dar testimonio ante los apóstoles y discípulos de su propia resurrección durante cuarenta días: “Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo” (Lc 29, 39). En el camino de Emaús, Jesús, como Maestro, les enseña a dos discípulos la interpretación de las profecías que hacen alusión a él (Cf. Lc 24, 27).

A Tomás, que no había creído el testimonio de sus compañeros apostólicos, se le aparecerá expresamente y le dirá: “Tomás, en adelante no seas incrédulo sino hombre de fe” (Jn 20, 27b). Y a nosotros, los cristianos de hoy, nos dirá desde esa ocasión: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 29).
 

1. Nuestra fe

Desde la fe pascual, también nuestra muerte está vinculada a la muerte y resurrección de Jesús. Él es la cabeza de la Iglesia y nosotros su cuerpo (Cf. Ef 1, 22-23). Por eso, la muerte de nuestro cuerpo está asociada a la resurrección de Jesús. La Iglesia hablará de la “resurrección de la carne”, es decir, de nuestro cuerpo.

San Pablo se preguntará: “¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo?" (1 Cor 15, 35). Estamos ante un misterio. Y el apóstol va a mostrarlo a través de una imagen: la de una semilla, que es nuestro cuerpo ante el poder creador y recreador de Dios. Y dirá: “Lo que siembras no llegará a tener vida, si antes no muere” (v. 36). Lo que se da en la naturaleza y es patente para nosotros, sucederá en la semilla de nuestro cuerpo. Y Pablo desenvuelve esa imagen: “Y lo que siembras no es la planta tal como va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo, o de cualquier otra planta. Y Dios da a cada semilla la forma que él quiere, a cada clase de semilla, el cuerpo que le corresponde” (1 Cor 15, 37-38). “Lo mismo pasa con la resurrección de los muertos: se siembran cuerpos corruptibles y resucitarán incorruptibles; se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos; se siembran cuerpos débiles y resucitarán llenos de fuerza; se siembran cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales. Porque hay un cuerpo puramente natural y hay también un cuerpo espiritual” (1 Cor 15, 42-44).

resurrec2Pablo hace una enseñanza respecto de este misterio: “Les aseguro, hermanos, que lo puramente humano no puede tener parte en el Reino de Dios, ni la corrupción puede heredar lo que es incorruptible” (1 Cor 15, 50). Al final de la historia, ante el regreso del Señor, “todos seremos transformados” (v.51b): “En un instante… los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados” (v.52). Como cuerpo de Jesús, también nosotros participaremos de la inmortalidad de Jesús: lo que es corruptible debe revestirse de la incorruptibilidad y lo que es mortal debe revestirse de la inmortalidad. Es el triunfo final del amor y la misericordia de Dios sobre la muerte (Cf. 1 Cor 15, 26; Rom 8, 37).


¿Cómo enseña la Iglesia esto? Podemos leer algunos trozos de esta doctrina en el Catecismo Católico:

Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día (Cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad: “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a sus cuerpos mortales por su Espíritu que habita en ustedes" (Rom 8, 11; Cf. 1 Tes 4, 14; 1 Cor 6, 14; 2 Cor 4, 14; Flp 3, 10-11) (Nº 989).

El término "carne" designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (Cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La "resurrección de la carne" significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros "cuerpos mortales" (Rom 8, 11) volverán a tener vida (Nº 990).

El "cómo ocurrirá la resurrección" sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que por la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo: “Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección” (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 18, 4-5) (Nº 1000).


2. El sentido de la muerte

Y nosotros ¿cómo podemos explicar este misterio a la luz de la experiencia del proceso de nuestra vida humana y de la antropología?

La imagen de la semilla y la planta es válida para visualizar la gracia de nuestra concepción y nacimiento.

La semilla del momento de la concepción se transforma en la planta de un ser humano que nace y se desarrolla en la tierra del vientre materno. Esta planta tiene la duración de la edad en su vida histórica; y el proceso humano hecho visible en el cuerpo incluye su reintegración a la tierra, de acuerdo con la sentencia bíblica: “Polvo eres y al polvo volverás” (Gen 3, 19b). El hombre que ha sido sacado de la tierra (Cf. Gen 2, 7), con la muerte se convierte en tierra; ¡solo Dios puede sacarlo de la muerte y de la tierra!

Antropológicamente, la tradición bíblica acepta la corrupción del cadáver como proceso natural del cuerpo.

Pero en nuestra época, por distintos motivos culturales, se ha ido desarrollando una tradición panteísta proveniente de Oriente que quiebra este proceso natural con la incineración del cuerpo. La Iglesia acepta esta práctica mortuoria “cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo”, dice el CIC nº 2301.

Dada la diversidad de repercusiones culturales y religiosas que pueden surgir de una tradición popular, podemos entonces preguntarnos sobre el fundamento de esta tradición oriental y el motivo de su aceptación católica.

La tradición panteísta de Oriente tiene como base la creencia de que el absoluto de la vida es la energía. El ser humano no es valorado por su persona, aunque haya una praxis de introspección budista, muchas veces conocida por el yoga, que no es la única praxis. En esas prácticas, la persona se pierde en el todo. En la muerte, la incineración del cuerpo va acompañada por el esparcir las cenizas para que ellas se reintegren a la energía universal. No hay conciencia de la eternidad de la persona ni de un Dios de dimensión personal.

resurrec4Y esto nos alerta sobre lo que es propio de la oración como encuentro personal con Dios. La oración no es un modo de introspección, para encontrarse con la naturaleza profunda de sí mismo, porque esto sería una forma de buscarse a uno mismo sin salir de sí. La oración es un salir de sí para encontrarse con el Otro personal divino. La oración, propiamente, es un gesto de querer vivir la alianza con Dios en su Presencia (Cf. Ef 1, 4).

La Iglesia, a través de la historia, ha procurado “cristianizar” las tradiciones populares para que no se opongan a la fe. Así sucedió, por ejemplo, con la fiesta pagana del nacimiento del sol, que se celebraba al comenzar el verano (diciembre) en el hemisferio norte. A esta festividad, pastoralmente, se la asoció con la imagen bíblica de Cristo como el “Sol de Justicia” y así se popularizó la Navidad como el día de nacimiento de Jesús, dato que históricamente se desconoce. Pero quedó incorporado a la devoción de la piedad popular cristiana.

La Iglesia admite esta tradición de la incineración como bien se la ha señalado en otro artículo de esta revista1 y ha creado religiosamente la posibilidad de cinerarios que, allí, las cenizas esperan la resurrección de los cuerpos.

Con respecto a repercusiones en las costumbres humanas, no podemos dejar de señalar su incidencia en lo que son los velatorios y el lugar del cementerio.

Al quedar reducido el cuerpo a las cenizas, el velatorio deja de ser un momento de luto y encuentro familiar, y el cementerio (a veces con un “panteón familiar”), un lugar de visitas y aniversarios. El velatorio se transforma en un encuentro rápido y de tiempo abreviado y el cementerio, en un trámite fugaz. La Iglesia ha habilitado en parroquias un lugar común de cenizas incineradas que expresan la resurrección de los cuerpos y ante las cuales se celebran algunas “misas aniversario”.

 

3. El misterio del cuerpo

Para la fe de la Iglesia, el cuerpo humano es un misterio de gran transcendencia. Antropológicamente, es la expresión visible de la persona y el medio por el que se expresa. Un cuerpo disminuido en su capacidad reduce la posibilidad de la expresión física y psíquica de la persona. En los términos clásicos, podemos decir que cuerpo y alma son coesenciales. No puede existir uno sin el otro para que haya una naturaleza humana. Una persona sin la expresión corporal será una persona angélica pero no humana. Por eso, para la eternidad, la persona requiere la resurrección de su cuerpo que es misterio del poder y obrar de Dios.

La Palabra de Dios llega a revelar que el cuerpo, como tal, es templo del Espíritu Santo. Por eso “el cuerpo –en la expresión de su intimidad sexual– no es para la fornicación, sino para el Señor” (1 Cor 6, 13b). “Dios que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros con su poder” (1 Cor 6, 14).

Y Pablo, en el contexto de la vida matrimonial, hace esta revelación: “¿No saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes nos se pertenecen sino que han sido comprados, ¡y a qué precio! Glorifiquen a Dios en sus cuerpos” (1 Cor 6, 19-20).

La conciencia de esta revelación es de gran valor cuando hay matrimonios que desean hacer de su vida conyugal un camino unificado en la santidad. En el Movimiento de la Palabra de Dios es propio de los matrimonios que hacen un camino y un compromiso de vivir como “dedicados a Dios”2. Esta gracia privilegiada de Dios, hoy está certificada en la Iglesia por la beatificación de los matrimonios, como en el caso de los padres de santa Teresita y del matrimonio Quattrocchi.

resurrec3En la experiencia eclesial, además, es elocuente que se hayan encontrado cuerpos incorruptos de muchos santos mientras, en el trámite de canonización, se revisaba el cuerpo enterrado y, muchas veces, además, fue expuesto a la pública veneración de los fieles. En esos casos, Dios parece querer confirmarnos que la virtud y la santidad de la persona trascienden la muerte biológica y la consecuencia de su corrupción corporal.

Jesús mismo había revelado a sus amigos de Betania el misterio de la resurrección y, como signo de su veracidad, resucitó a Lázaro. Le dijo a Marta: “Tu hermano resucitará” y ella le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día” y entonces Jesús manifestó: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá: y todo el que cree en mí no morirá jamás” (Jn 11, 23-26). Y la última expresión de ese diálogo vale también para nosotros: “¿Crees esto?”. Podemos hacer nuestra la respuesta de Marta (Cf. Jn 11, 27).

Lo que el Apocalipsis revela bajo la imagen de “las bodas del Cordero” (Cf. Apoc 19-22) como fe que cree en la esperanza de una certeza, nosotros habitualmente lo confesamos en el contexto de la Eucaristía, el sacramento pascual de Jesús. Después que el sacerdote ha consagrado el pan y el vino, proclamamos como Pueblo de Dios: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: ¡ven Señor Jesús!”… ¡Pedimos su regreso para que se glorifique, también, nuestro cuerpo resucitado!
 

Padre Ricardo

 

Véase el artículo "¿Qué hacemos con las cenizas de nuestros familiares fallecidos?", Cristo Vive, ¡Aleluya!, Nº 194, P. Juan Bautista Duhau, pp. 26-27.

Véase el artículo “Matrimonios dedicados a Dios”, Cristo Vive, ¡Aleluya!, Nº 55, P. Ricardo, pp. 6 -7.



Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº196.

“La vida es una escuela. Necesitamos aprender a vivir en el amor y no dar por supuesto que sabemos amar o que el amor es algo espontáneo para la naturaleza humana” (Padre Ricardo).
 

En este nuevo libro, dedicado a las personas que buscan una vida de interioridad y fraternidad, el autor propone hacer de la existencia humana un aprendizaje continuo de la vida del amor.
 

A partir de estas meditaciones, el Padre Ricardo enseña un camino de evangelización personal y comunitario, que ayudará al discípulo misionero a cultivar integralmente su interioridad y a vivir la alegría del Evangelio. Si bien, esta obra se terminó de escribir antes de la publicación de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, contiene la inspiración de lo que el Espíritu Santo sopla sobre la Iglesia en este tiempo.
 

A fin de testimoniar el camino que se propone, cada capítulo está enriquecido por experiencias personales y anexos gráficos que ayudan a una comprensión real y concreta de la vida del amor porque “Dios es amor y al amor se lo conoce amando”.




El Padre Ricardo L. Mártensen, fundador del Movimiento de la Palabra de Dios, fue ordenado sacerdote en 1969. Es Licenciado en Filosofía y Teología y en su tarea pastoral, se ha dedicado especialmente a evangelizar y a formar humana y comunitariamente a los jóvenes.

El Movimiento, que se inició en la Argentina en 1974, responde a la iniciativa del Espíritu Santo que en los últimos años ha suscitado nuevos carismas en la Iglesia, renovándola en el anuncio de la Palabra y en el compromiso de una fe comunitaria, testimonial y misionera.

Orar y amar. Pequeña escuela antropológica de oración y vida de alianza, tiene como antecedente inmediato la publicación de las siguientes obras: Yo Soy. Meditaciones pastorales sobre la identidad humana (2011) y El sagrario humano de Jesús. Espiritualidad del trato fraterno (2006).

Como camino pastoral práctico del contenido de Orar y amar, el autor escribió Encuentro en la Palabra, lectio divina comunitaria. Escuela de fe y oración comunitaria en la Palabra (2014).

 

Autor: Padre Ricardo. MPD

224 páginas • 15 x 21 cm

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Dios ha querido compartir su Vida, que es eterna, con nosotros. Este es un gesto de su amor paternal y misericordioso. Es don, es regalo, es gracia hacia nosotros. Y cuando históricamente nos vio alejados de la alianza con Él, quiso compartir su Vida haciéndose uno con nosotros menos en el pecado (Cf. Fil 2, 6-8). Movido por la compasión de su misericordia, “amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16). Por eso el Hijo trinitario “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14a). Y en su Hijo, Dios Padre quiso amarnos hasta el extremo (Cf. Jn 15, 13-14), y hasta el extremo de su entrega en la cruz. ¿Quién puede entender cuál es la dimensión del amor de Dios por nosotros?
 

En nuestra experiencia y civilización humana, estamos acostumbrados a pensar y obrar descuidando la comunión del vivir y convivir. Dios creó la pareja humana y la hizo familia porque en la familia se desenvuelve primariamente la experiencia del compartir y la cultura de la vida. Aunque en otra medida, esto también ocurre en la convivencia social y en una comunidad básica de fe. Vivir es con-vivir y convivir, humanamente, es compartir la propia vida con los demás y la vida de los demás con nuestra vida aportando cada uno según sus dones y posibilidades.
 

La Iglesia como comunidad es expresión de la Vida de Dios en el Cuerpo de su Hijo. En la comunidad eclesial y en sus comunidades de base se comparte, de diversos modos, la vida en el Cuerpo Místico de Jesús (Cf. Rom 12,4-5; 1 Cor 12,12ss). Pastoralmente el compartir comunitario de la vida, qué y cómo la estoy viviendo en su significado y afectación personal, exige espacios propios, tanto para estar con Dios como para estar con los demás. Este espacio propio del compartir comunitario se hace vínculo con Dios en la expresión de una oración también comunitaria. Este es el misterio de la Iglesia, un cuerpo eucarístico que se entrega a los demás, el Cuerpo de Jesús del cual participamos.

Es necesario también un espacio propio para compartir la vida con los demás en las diversas circunstancias del convivir humano: interpersonal, familiar, social, religioso comunitario.

Vivir y amar es compartir la vida
 

Nadie tiene una vida absoluta en sí mismo, salvo Dios. Nuestra vida es limitada; se completa con las de los demás y se plenifica con la de Dios. No hemos sido creados como individuos sino como personas y eso significa que hemos sido creados como comunidad. Vivir y amar es compartir la vida.

La vida es riqueza y novedad diaria. Y, animada por la fe y la oración fraterna en una comunidad de alianza o discipular, adquiere un relieve de mayor trascendencia y riqueza. Lleva a tener “un solo corazón y una sola alma” (Cf. Hech 4, 32; Flp 2, 2). El Señor puede estar presente en medio de ella (Cf Mt 18, 20). La riqueza de la vida afectiva encauzada en la fraternidad y el vínculo con el Dios vivo y verdadero, se trasluce en paz, alegría y alabanza (Cf. Hech 2, 46-47).
 

Padre Ricardo, MPD
 

 

N. de la R.: Del libro Compartir fraterno y comunitario, Editorial de la Palabra de Dios, agosto de 2012, p 35.


Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº185.

Dios ha querido compartir su Vida, que es eterna, con nosotros. Este es un gesto de su amor paternal y misericordioso. Es don, es regalo, es gracia hacia nosotros. Y cuando históricamente nos vio alejados de la alianza con Él, quiso compartir su Vida haciéndose uno con nosotros menos en el pecado (Cf. Fil 2, 6-8). Movido por la compasión de su misericordia, “amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16). Por eso el Hijo trinitario “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14a). Y en su Hijo, Dios Padre quiso amarnos hasta el extremo (Cf. Jn 15, 13-14), y hasta el extremo de su entrega en la cruz. ¿Quién puede entender cuál es la dimensión del amor de Dios por nosotros?
 

En nuestra experiencia y civilización humana, estamos acostumbrados a pensar y obrar descuidando la comunión del vivir y convivir. Dios creó la pareja humana y la hizo familia porque en la familia se desenvuelve primariamente la experiencia del compartir y la cultura de la vida. Aunque en otra medida, esto también ocurre en la convivencia social y en una comunidad básica de fe. Vivir es con-vivir y convivir, humanamente, es compartir la propia vida con los demás y la vida de los demás con nuestra vida aportando cada uno según sus dones y posibilidades.
 

La Iglesia como comunidad es expresión de la Vida de Dios en el Cuerpo de su Hijo. En la comunidad eclesial y en sus comunidades de base se comparte, de diversos modos, la vida en el Cuerpo Místico de Jesús (Cf. Rom 12,4-5; 1 Cor 12,12ss). Pastoralmente el compartir comunitario de la vida, qué y cómo la estoy viviendo en su significado y afectación personal, exige espacios propios, tanto para estar con Dios como para estar con los demás. Este espacio propio del compartir comunitario se hace vínculo con Dios en la expresión de una oración también comunitaria. Este es el misterio de la Iglesia, un cuerpo eucarístico que se entrega a los demás, el Cuerpo de Jesús del cual participamos.

Es necesario también un espacio propio para compartir la vida con los demás en las diversas circunstancias del convivir humano: interpersonal, familiar, social, religioso comunitario.

Vivir y amar es compartir la vida
 

Nadie tiene una vida absoluta en sí mismo, salvo Dios. Nuestra vida es limitada; se completa con las de los demás y se plenifica con la de Dios. No hemos sido creados como individuos sino como personas y eso significa que hemos sido creados como comunidad. Vivir y amar es compartir la vida.

La vida es riqueza y novedad diaria. Y, animada por la fe y la oración fraterna en una comunidad de alianza o discipular, adquiere un relieve de mayor trascendencia y riqueza. Lleva a tener “un solo corazón y una sola alma” (Cf. Hech 4, 32; Flp 2, 2). El Señor puede estar presente en medio de ella (Cf Mt 18, 20). La riqueza de la vida afectiva encauzada en la fraternidad y el vínculo con el Dios vivo y verdadero, se trasluce en paz, alegría y alabanza (Cf. Hech 2, 46-47).
 

Padre Ricardo, MPD
 

 

N. de la R.: Del libro Compartir fraterno y comunitario, Editorial de la Palabra de Dios, agosto de 2012, p 35.


Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº185.

ANUNCIO -


Antes de su Pasión, Jesús le pedía a la fragilidad y debilidad de sus apóstoles: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor”. El Señor no quiere que el amor sea una limosna, sino un estado de vida. Es el estado de vida que caracteriza a los discípulos del Señor. “En esto todos reconocerán que son mis discípulos: en el amor que ustedes se tengan los unos a los otros” (Jn 13, 15).


El Espíritu Santo es la permanencia eterna en el amor entre el Padre y el Hijo en el misterio trinitario de Dios. Por eso, para que nosotros podamos vivir en el amor, es necesario participar de esa Alianza que hay entre el Padre y el Hijo. “Para que –oraba Jesús– el amor con que Tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos” (Jn 17, 26b).


santidad_comunidad

El Espíritu crea en nosotros el anhelo de la fidelidad y santidad que tiene el amor de Dios. “Y esta esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5, 5). Podemos, entonces, vivir en el amor de Dios. Pero esto nos lleva a mirar dentro de nosotros mismos y a preguntarnos: ¿en qué lugar de nuestro interior estamos cuando amamos? Amar es salir de uno mismo para encontrarse con el otro. Amar es elegir ser un don para Dios y para los demás. Esta es la vida de alianza con Dios en la oración y la Eucaristía, y con los demás en la vida de comunión fraterna.


“El Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes”, dice San Pablo (Rom 8, 11). El Espíritu de Pentecostés habita en nosotros para que podamos vivir animados, no por la carnalidad de nuestro yoísmo y sus pasiones, sino por el espíritu de nuestra persona que se perfecciona en el amor (Cf. Rom 8, 5-6ss).



El camino fraterno y más común de santificación está en perfeccionar, con la gracia de Dios, el trato con nuestros semejantes. “Con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor. Traten de conservar la unidad del espíritu, mediante el vínculo de la paz” (Ef. 4,2-3).


La falta de comunión fraterna entristece y entorpece la acción del Espíritu Santo. En su Palabra, el Señor nos dice: “No entristezcan al Espíritu Santo de Dios. Eviten la amargura, los arrebatos, la ira, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Por el contrario, sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado” (Ef 4, 31-32).


Y es valiosa la siguiente exhortación de san Pablo: “Traten de imitar a Dios, como hijos suyos muy queridos. Practiquen el amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios” (Ef 5, 1-2). Nuestro yo pasa a vivir en el amor cuando se hace Pascua de “ofrenda y sacrificio agradable a Dios”. De otro modo, se hace codicia de sí mismo más que donación.


Como el Padre me amó, también yo los

he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor...

El Espíritu también nos lleva a vivir en vínculo de alianza con Dios. Él recrea y profundiza nuestra interioridad (Cf. Rom 8, 14-16) y “viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido” (Rom 8, 26).

De acuerdo con la experiencia pentecostal de los comienzos eclesiales, podríamos decir que el Espíritu Santo tiene un gusto especial por establecer un vínculo de oración comunitaria con Dios. Lo vemos repetidamente en los Hechos de los Apóstoles, donde la oración comunitaria tiene, además, un poder carismático de liberación y conversión extraordinario (Cf. Hech 4, 23-31; 12, 5-17).


De su experiencia pastoral, Pablo plasmó en sus cartas: “Eleven constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animados por el Espíritu. Dedíquense con perseverancia incansable a interceder por todos los hermanos” (Ef 6, 18) y “Que la Palabra de Cristo resida en ustedes con toda su riqueza Instrúyanse en la verdadera sabiduría, corrigiéndose los unos a los otros. Canten a Dios con gratitud y de todo corazón salmos, himnos y cánticos inspirados” (Col 3, 16).


Hermanos, “si vivimos animados por el Espíritu, dejémonos conducir también por Él” (Gál 5, 25). Y entonces recogeremos en nuestras vidas el fruto del Espíritu Santo: “amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad y confianza, mansedumbre y templanza” (Gál 5, 22-23).


Podemos terminar orando al Espíritu de esta manera:


Llama profunda que escrutas e iluminas el corazón del hombre: restablece la fe con la Noticia, y el amor ponga en vela la esperanza, hasta que el Señor vuelva” (Himno Litúrgico).


 

P. Ricardo

Publicado en la Revista Cristo Vive nº182.

 

El autor de El sagrario humano de Jesús nos ofrece, en esta oportunidad, la posibilidad de ahondar en el encuentro con los otros desde la gracia del compartir fraterno. El Padre Ricardo no duda en presentar esta propuesta como una “categoría espiritual, hondamente humana y pastoral”.

El presente libro está dirigido a grupos comunitarios que quieran cultivar la personalización y madurez comunitaria de la fe, en la comunicación o en la convivencia. Cada capítulo desarrolla un tema a partir de una meditación seguida con una propuesta de oración y diálogo, pudiendo finalizarse con una lectio divina comunitaria. Algunos temas son enriquecidos con anexos que se añaden como complemento a la exposición o para lectura personal.
 

En tiempos de la nueva evangelización, pastoralmente, es importante descubrir, concientizar y desarrollar la puesta en común de la vida desde la fe y el encuentro con Dios.
 

Autor: Padre Ricardo, MPD
14 x 20cm - 96 pág


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Antes de su Pasión, Jesús le pedía a la fragilidad y debilidad de sus apóstoles: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor”. El Señor no quiere que el amor sea una limosna, sino un estado de vida. Es el estado de vida que caracteriza a los discípulos del Señor. “En esto todos reconocerán que son mis discípulos: en el amor que ustedes se tengan los unos a los otros” (Jn 13, 15).


El Espíritu Santo es la permanencia eterna en el amor entre el Padre y el Hijo en el misterio trinitario de Dios. Por eso, para que nosotros podamos vivir en el amor, es necesario participar de esa Alianza que hay entre el Padre y el Hijo. “Para que –oraba Jesús– el amor con que Tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos” (Jn 17, 26b).


santidad_comunidad

El Espíritu crea en nosotros el anhelo de la fidelidad y santidad que tiene el amor de Dios. “Y esta esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5, 5). Podemos, entonces, vivir en el amor de Dios. Pero esto nos lleva a mirar dentro de nosotros mismos y a preguntarnos: ¿en qué lugar de nuestro interior estamos cuando amamos? Amar es salir de uno mismo para encontrarse con el otro. Amar es elegir ser un don para Dios y para los demás. Esta es la vida de alianza con Dios en la oración y la Eucaristía, y con los demás en la vida de comunión fraterna.


“El Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes”, dice San Pablo (Rom 8, 11). El Espíritu de Pentecostés habita en nosotros para que podamos vivir animados, no por la carnalidad de nuestro yoísmo y sus pasiones, sino por el espíritu de nuestra persona que se perfecciona en el amor (Cf. Rom 8, 5-6ss).



El camino fraterno y más común de santificación está en perfeccionar, con la gracia de Dios, el trato con nuestros semejantes. “Con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor. Traten de conservar la unidad del espíritu, mediante el vínculo de la paz” (Ef. 4,2-3).


La falta de comunión fraterna entristece y entorpece la acción del Espíritu Santo. En su Palabra, el Señor nos dice: “No entristezcan al Espíritu Santo de Dios. Eviten la amargura, los arrebatos, la ira, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Por el contrario, sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado” (Ef 4, 31-32).


Y es valiosa la siguiente exhortación de san Pablo: “Traten de imitar a Dios, como hijos suyos muy queridos. Practiquen el amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios” (Ef 5, 1-2). Nuestro yo pasa a vivir en el amor cuando se hace Pascua de “ofrenda y sacrificio agradable a Dios”. De otro modo, se hace codicia de sí mismo más que donación.


Como el Padre me amó, también yo los

he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor...

El Espíritu también nos lleva a vivir en vínculo de alianza con Dios. Él recrea y profundiza nuestra interioridad (Cf. Rom 8, 14-16) y “viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido” (Rom 8, 26).

De acuerdo con la experiencia pentecostal de los comienzos eclesiales, podríamos decir que el Espíritu Santo tiene un gusto especial por establecer un vínculo de oración comunitaria con Dios. Lo vemos repetidamente en los Hechos de los Apóstoles, donde la oración comunitaria tiene, además, un poder carismático de liberación y conversión extraordinario (Cf. Hech 4, 23-31; 12, 5-17).


De su experiencia pastoral, Pablo plasmó en sus cartas: “Eleven constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animados por el Espíritu. Dedíquense con perseverancia incansable a interceder por todos los hermanos” (Ef 6, 18) y “Que la Palabra de Cristo resida en ustedes con toda su riqueza Instrúyanse en la verdadera sabiduría, corrigiéndose los unos a los otros. Canten a Dios con gratitud y de todo corazón salmos, himnos y cánticos inspirados” (Col 3, 16).


Hermanos, “si vivimos animados por el Espíritu, dejémonos conducir también por Él” (Gál 5, 25). Y entonces recogeremos en nuestras vidas el fruto del Espíritu Santo: “amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad y confianza, mansedumbre y templanza” (Gál 5, 22-23).


Podemos terminar orando al Espíritu de esta manera:


Llama profunda que escrutas e iluminas el corazón del hombre: restablece la fe con la Noticia, y el amor ponga en vela la esperanza, hasta que el Señor vuelva” (Himno Litúrgico).


 

P. Ricardo

30 May

Yo Soy

Publicado en Libros

Yo Soy, Meditaciones pastorales sobre la identidad humana.



En la imagen bíblica de la zarza ardiente, Dios revela su identidad como “Yo Soy el que Soy” que luego es completada por la revelación trinitaria de Jesús. El hombre como imagen y semejanza de Dios podrá entenderse y descubrir quién es él mismo mientras más profundice y se interiorice en la identidad de su creador.


A partir de esta imagen, el autor describe los rasgos de la persona humana, la libertad, el sentir, el tener, el porqué de la convivencia con otros, su misión, su realización, y su llamado a la santidad a imagen del “Yo Soy santo” de Dios.


Un libro para descubrir nuestra propia identidad y vivir la dignidad humana con la que Dios nos pensó.


Autor:
 Padre Ricardo, MPD

224 páginas • 15 x 21 cm


Seis meditaciones que nos invitan a profundizar en el misterio de María, la Madre de Jesús y Madre de la Iglesia.

 

Autor: P. Ricardo L. Mártensen

126 páginas • 14 x 20 cm

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