15 May
El poder de la esperanza
por Editorial |
Leído 194 veces | Publicado en Cristo Vive Nº207 Ultima modificacion el Lunes, 15 de Mayo de 2017 18:34
 
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REFLEXIÓN.-


Hoy en día, el desánimo y la tristeza suelen ganar en los corazones. Sin embargo, existe un impulso que levanta la mirada de los hombres hacia Dios y Él los renueva.


Vestida de paciencia, deliberadamente decidida a permanecer, la esperanza siempre resiste allí donde hay un clamor, un lamento, una necesidad, una desgracia, una puerta que se cierra, una ilusión que se trunca, una vida que se escapa.

Su luz sigue ardiendo y provocando fuegos allí donde “alguien” renuncia a su tiempo, anula la cita con sus deseos y se despide de su legítima aspiración a realizarlos, pospone su trabajo, ignora su cansancio y olvida sus dolores, sus años y sus miedos para salir al encuentro del otro, para, en medio de la oscuridad, el sinsentido y la ausencia de futuro, hacer presente al Dios de la esperanza.

• UNA RESPUESTA RADICAL

Vivimos en un tiempo de crisis, de ocaso de valores, de caída de referencias y creencias, de las certezas y las estructuras que daban antes confianza y firmeza a nuestro caminar. El cambio de época nos ocasiona confusión e incertidumbre. Es natural una primera reacción de turbamiento en cuanto nos enfrentamos con transformaciones que interrogan nuestra identidad y nuestra fe hasta las raíces. Nada está claro. Algo se derrumba y algo intenta salir a la luz. Tal vez por esta razón nuestro tiempo es simultáneamente dramático y fascinante, y exige de nosotros algo más que una respuesta mediocre: una respuesta dramática y suficientemente radical para ser también fascinadora. Es decir, capaz de abrir caminos hacia el futuro.

Nuestro momento, entonces, es el de la esperanza, que debemos despertar todos los días y que va acompañada de la fe y la caridad. De ahí que sea preciso arraigarse en la fe, pero también dejar que esta fe nos dinamice y que el amor nos haga creativos. Habrá que despedir muchas formas que pertenecen al pasado y que ya no son elocuentes, ni en nuestro anuncio ni en nuestro testimonio. Habrá que preguntarse una y mil veces sobre el cómo, sin conceder ni un milímetro de terreno a la duda sobre el porqué o el para qué. De esto se encargan la fe y el amor. Escondidamente, sin glorias, pero abriendo un espacio en el que dejar brotar y cuidar a la pequeña esperanza.

• UN CAMBIO DE MIRADA

La esperanza se aferra a Dios como un ancla y se adentra en el corazón de la eternidad, estableciendo allí nuestras existencias como destino.

No podremos ser profetas, ni testigos, ni portadores de esperanza en nuestro mundo si la esperanza no está en nosotros, si no experimentamos, deseamos y vivimos esperándolo todo de Dios. Debemos ser encarnación de la esperanza en nuestro entorno cotidiano para que quienes nos rodean entiendan que “la oscuridad” y “la negrura de la vida” no son definitivas.

Dice Benedicto XVI: “Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Solo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto” (Spe Salvi, 31).

Poner la atención en el fundamento de nuestra esperanza nos descentra de nosotros mismos y de nuestros interrogantes, de modo que la preocupación de quien espera (yo) es desplazada hacia el esperado (Dios). Nuestra esperanza se resitúa en un nuevo espacio, ocupada y preocupada no tanto por sí misma sino por lo que Dios espera de nosotros. No se trata de que no sea legítimo y justo el preguntarnos qué esperamos o qué podemos esperar. Pero la pregunta radical, la pregunta capaz de despertar la esperanza es ¿qué espera Dios de mí, qué espera de nosotros?

• CON LOS OJOS DE DIOS

A la luz de la historia que Dios ha vivido con los hombres, no podemos negar que justamente es el Dios de la esperanza: el que aguarda, el que confía, el que espera incansable de su creación, de su pueblo y de cada ser humano en particular. El Dios que no desiste de su sueño y que, una y otra vez, cuando sus proyectos para el mundo fracasan, los reinventa, abriendo nuevas posibilidades de logro y de futuro para nosotros.

El fundamento último de la esperanza cristiana es que Dios tiene esperanza en nosotros. Dios tiene fe en el mundo, que es obra de su amor. Espera en el mundo, porque lo ama incondicional y gratuitamente. La encarnación es la condición de posibilidad de esta espera.

Estamos invitados, entonces, a modificar nuestra perspectiva, a cambiar la dirección de nuestra mirada, para hacerlo desde Dios, con sus ojos, para mirar la realidad, el mundo, a los hermanos, como Dios los mira. Para ver más allá de la objetividad de lo que acontece, lo que Dios nos quiere hacer ver. Esto es la fe. La luz que nos permite ver con los ojos de Dios.

La fe nos descentra y entonces, al sacarnos del bucle que nos encierra en nuestras pequeñas luchas, proyectos y dificultades, nos permite al fin descubrir el origen más profundo de la esperanza. Si la fe nos capacita para taladrar la realidad y ver lo que Dios quiere hacernos ver, la esperanza también nos descentra y nos hace comprender que no tenemos más futuro que aquel que seamos capaces de alcanzar para el otro; que en medio de una sociedad desesperanzada y de tantos hermanos desesperados, heridos, presos del sufrimiento, nuestra más honda y urgente obligación es dar esperanza, ser esperanza para otros, sostener la esperanza que naufraga en nuestro tiempo. No solamente “esperar con otros”, sino “esperar para otros”. Regalar a nuestros hermanos la experiencia de que alguien espera en ellos, confía en ellos. Aguardar algo de ellos y arriesgarnos hasta el punto de estar dispuestos a “esperar por otros”. De esta exigencia brota radicalmente el deber de no desesperar.

• ESPERAR CON OTROS

“La esperanza es esencialmente… la disponibilidad de una alma profundamente comprometida en una experiencia de comunión” (G. Marcel).

No hay esperanza más que a nivel del “nosotros”. Y del compromiso de la esperanza con la comunión, se sigue que esperar sea siempre esperar en otro o en otros; esperar con otros, es decir, una tarea solidaria que se realiza en comunidad, en fraternidad, en sociedad; esperar para otros como rasgo específico de nuestra misión cristiana y, si se nos da la gracia para ello, esperar por otros, mostrando el carácter vicario de la esperanza.

+Esperar “en otros”. Para que sea posible esperar de verdad, el hombre tiene que fiarse de la “gracia”, es decir, de lo gratuitamente dado. Tiene que estar dispuesto a estar abierto, a dejar espacio y a recibir. Para conocer y entender la esperanza, ante todo debe experimentarse, pues es tan misteriosa como la vida misma. Por incluir necesariamente la recepción de algo como don de otra persona, nos desconcierta. De ahí que una formulación tan simple y al mismo tiempo profunda como “yo espero en ti”, aparezca como una de las expresiones más auténticas de la esperanza.

+Esperar del otro. La esperanza se despierta allí donde surge la amistad, allí donde brota el amor, y en consecuencia, puede pensarse como una especie de “entre” que se crea siempre en una relación en la que alguien se abre a la posibilidad de acogerla al esperar en el otro.

La comunión se muestra así como condición de posibilidad para la esperanza, y “esperar en otro” encuentra su lugar paradigmático en la esperanza depositada en Aquel que es el Otro por excelencia y que abraza en sí “todo otro”. Si “yo espero en ti” aparecía como fórmula acabada para referirnos a la esperanza en el otro, para dar cuenta de la relación entre nuestra esperanza en Dios y en los otros, Gabriel Marcel nos brinda otra preciosa fórmula: “Yo espero en Ti para nosotros”, donde ese Tú con mayúsculas es experimentado como vínculo viviente, como garantía de la unidad que se genera en el acto de esperanza entre dicho Tú y cada uno de nosotros, pero también en toda relación con otro o con otros. Así el dinamismo de la esperanza nos hace comprender que ya no se trata solamente de esperar en otro, sino de la esperanza en un Otro que posibilita, genera y alimenta el esperar con otros.

+Esperar con otros. La esperanza es inseparable del amor solidario. Y el paradigma es Cristo que esperó con todos y por todos, consumando así también nuestra esperanza, al ponerse absolutamente al servicio de los demás. De ahí que la esperanza solo sea verdadera como co-esperanza, y que el auténtico sujeto de la esperanza sea un “nosotros”. La esperanza solo es posible radicalmente en comunidad. Y nuestra comunidad, la humana, la eclesial, lo es en tanto que quienes la constituimos compartimos una misma esperanza. No podríamos “estar alegres en la esperanza” si esta no incluyera a los otros, si lo que espero para mí no lo esperara también para aquellos a quienes amo y para toda la humanidad.

La misión de la comunidad es mantener viva esa esperanza, gestarla, sostenerla, anunciarla y testimoniarla entre todos. Esto supondrá que en algunos momentos el rol de uno será fundamentalmente “soportar”, mantener a otros en la esperanza, y, en otros momentos, “ser llevado”, ser sostenido en la esperanza. En algunas ocasiones nos corresponderá alumbrar el camino con la luz de nuestra esperanza, y, en otras, confiar nuestra oscuridad y nuestra ceguera a la guía de nuestros hermanos.

Nuestra esperanza no es para nosotros. Quien la tiene, la tiene para los desesperados, y en su servicio está llamado a ejercerla, como Cristo, dando su vida por la redención de muchos. Así se acredita la esperanza, y por ello el martirio será el lugar paradigmático de dicha acreditación, donde podemos percibir la exigencia suprema de la soberanía de Dios y responder con nuestra vida muriendo por él, reviviendo el ejemplo y el amor de Cristo, y también su esperanza.

Hay sin embargo un martirio que no siempre es cruento y que acompaña la vida de fe dinamizándola desde la esperanza. Se trata del martirio de la esperanza en la vida cotidiana.

Este martirio no es glorioso ni brillante. Se ajusta exactamente en sus medidas a las dimensiones de lo cotidiano, paso a paso, a todo lo que hay que recomenzar regularmente cada mañana, a lo que hay que asumir continuamente, rumiar, discernir, afrontar; las pequeñas muertes de cada día, cada acto de abnegación que supone el reconocer al otro y ceder de lo mío.

“De los mártires de la esperanza nunca se habla porque es en la paciencia de lo cotidiano donde derraman toda su sangre”, escribió Bernardo Oliveira, abad general de los Trapenses, luego de la muerte de los siete monjes de Notre Dame de l’Atlas.

Uno de estos hermanos asesinados también había escrito, años antes de su martirio: “Sabemos por experiencia que las cosas pequeñas suelen costar mucho, sobre todo cuando hay que repetirlas cada día. Nosotros hemos entregado nuestro corazón a Dios ‘al por mayor’, pero nos cuesta más que Él lo tome ‘al por menor’” (31-3-94).

Estamos invitados a volver al amor primero de donde todo brota y a vivir con esa fe, que es confianza absoluta en Aquel que reconocemos como el Señor de nuestra vida, y con una esperanza que consiste simplemente en existir “colgados” de Él, sostenidos por ese hilo invisible. Estamos llamados a abrirnos a la luz que Él nos da para aprender a mirar la realidad como Él la ve, con sus ojos, con su perspectiva. Nada habrá cambiado, objetivamente mirado, pero ¡qué distinto puede ser todo! ¡Qué luz tan diversa refleja el fracaso, la pérdida, la frustración cuando se nutren de vida entregada por otros, de esperanza regalada! Por este camino seremos capaces de adentrarnos en nuestra compleja historia como pequeñas luces que hagan brillar la esperanza.

Nurya Martínez-Gayol*



*Fragmentos extraídos de la conferencia “La pequeña esperanza se abre paso a través de la historia” (XXXV Semana Argentina de la Teología, provincia de Salta, Argentina, septiembre de 2016). Nurya Martínez-Gayol es doctora en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma, Italia, y profesora de Teología Dogmática en la Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, España.

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