15 May
Una fe más fuerte que la muerte
por Cristo Vive |
Leído 1588 veces | Publicado en Cruz y entrega Ultima modificacion el Miércoles, 15 de Mayo de 2013 15:04
 
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REFLEXIÓN - 
 

Fe y evangelización en las cartas pastorales del siervo de Dios François-Xavier Nguyên Van Thuân, cardenal vietnamita.
 

Ante los restos mortales del cardenal Van Thuân, recordando su luminoso testimonio de fe a pesar del sufrimiento en la cárcel, pensando en las dificultades actuales de la Iglesia debemos reconocer que su verdadera fuerza proviene de la fe firme de los creyentes, de los sacerdotes y de los obispos, de su vivir el amor de Cristo crucificado: una fe y un amor más fuertes que la muerte, que desembocan en la resurrección. La fuerza de la Iglesia se alimenta al vivir místicamente la cruz de Cristo, la cruz de su Señor. De la cruz proviene la gloria. De hecho, en la cruz se manifiesta el esplendor de una vida que supera la separación de Dios, plenitud de vida que ilumina el mundo.
 

La fe es, ante todo, vivir a Cristo, amándolo por encima de todas las cosas. Es construir el edificio de la propia existencia sobre él. Por esto, a la primera “obra” –el amor total a Cristo– la siguen muchas otras “obras”. Las obras de la construcción de la comunidad cristiana van unidas a las obras que mejoran y humanizan a la sociedad, escribe Van Thuân en su primera carta pastoral (1968). Es preciso superar la separación entre la fe y la vida diaria, uno de los errores más graves de nuestro tiempo. La Iglesia no puede ignorar que vive y actúa en el mundo. La unidad entre fe y vida es parte constitutiva del ser cristiano y es la ofrenda que el creyente debe presentar al Señor. Sólo la traducción de la fe en obras hace más auténtica la oración del creyente. La oración es más verdadera en un contexto de compromiso concreto. “Orar –solía repetir– significa ser solidarios con el ambiente en que vivimos, con el mundo que tiene miles de problemas difíciles. Orar es unirse a Dios y llevar a Dios a la humanidad, para realizar su voluntad en el seno de nuestro mundo”.
 

Orar es unirse a Dios y llevar a Dios a la humanidad, para realizar su voluntad en el seno de nuestro mundo.
 

En la segunda carta pastoral (1969), inspirándose en el Año de la fe (1967-1968) convocado por Pablo VI, propone uno también para su diócesis. En esa carta el obispo Van Thuân asocia a la fe el compromiso de la defensa y la promoción de la dignidad humana, porque la persona ha sido creada a imagen de Dios, está llamada a ser hija de Dios en el Hijo, y está destinada a formar parte del Cuerpo místico de Cristo. La fe en Jesucristo, porque es fe en el Nuevo Adán, también es fe en una nueva humanidad, considerada según su altísima dignidad. A cada hombre, al que en cierto modo se ha unido Cristo con su encarnación, corresponde la libertad de ser íntegramente él mismo, sin reducciones. Por eso, no se debe dejar de combatir contra aquellos sistemas y aquellas asociaciones secretas que buscan su disminución. “Es necesario respetar la libertad –escribe en su carta pastoral– si se quiere tener una verdadera paz: libertad personal, libertad de la comunidad, libertad de culto, libertad de búsqueda, libertad de afirmar las propias opiniones. Libertad de los ciudadanos ante el Gobierno. Libertad entre las naciones: esta libertad se debe usar según un orden y debe estar protegida contra cualquier atropello nacionalista que mediante la opresión crea un orden falso”.

Con estas últimas palabras nos parece que el cardenal Van Thuân indica como mejor seno de la libertad la gran familia humana que trasciende los confines locales, organizada como “sociedad de pueblos” a nivel mundial.
 

Mario Toso para L 'Osservatore Romano


Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº187.


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