15 Jan
¿Qué hacemos con las cenizas de nuestros familiares fallecidos?
por Cristo Vive |
Leído 809 veces | Publicado en Cruz y entrega Ultima modificacion el Jueves, 15 de Enero de 2015 14:52
 
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NOTA -
 

El 2 de noviembre la Iglesia nos invita a tener especialmente presente en nuestra oración a todos los fieles difuntos. En ese día celebramos con confianza aquello que expresamos en el Credo, que creemos en la vida eterna y en la resurrección de los muertos. Al hacer presente a los difuntos es bueno reflexionar sobre el modo en que, desde la fe católica, vivimos el momento del fallecimiento de nuestros seres queridos y las decisiones que debemos tomar en esas instancias.
 

Estamos ante un cambio en las costumbres de sepultar a nuestros familiares. Hasta hace unos años el modo habitual era la "inhumación" (del latín humus: tierra; significa "enterrar"), es decir, llevar los restos mortales a un cementerio para ser enterrados bajo tierra o depositados en nichos, mausoleos, criptas u otro tipo de sepulturas. En el presente, una opción cada vez más común es la "cremación", es decir, quemar los restos mortales hasta convertirlos en cenizas.
 

La costumbre de inhumar fue la forma que adoptaron los cristianos para el enterramiento de los difuntos bautizados, ya que era la misma manera utilizada por los judíos, imitaba el rito fúnebre aplicado al mismo Jesús y, por otra parte, diferenciaba a los cristianos de las costumbres de los paganos. Tanto el velatorio como la inhumación expresan un respeto especial por el cuerpo del hombre y la mujer, signo de la creación de Dios y llamado a resucitar.
 

Los cristianos, en el pasado, no aprobaban la cremación ya que la identificaban con ritos paganos y con otras creencias extrañas sobre el cuerpo y la vida más allá de la muerte. También la Iglesia, años atrás, condenaba la cremación porque muchas personas pedían ser cremadas para señalar su indiferencia religiosa, o como un modo de negar algún aspecto de la fe católica, por ejemplo, la resurrección.
 

Como en general se opta por la cremación por otros motivos y no por creencias contrarias a la fe, se enseña en el Catecismo: "La Iglesia permite la incineración si esta no manifiesta un poner en duda la fe en la resurrección de los cuerpos" (CEC 2301). Por eso los creyentes pueden elegir la cremación, ya que nuestra fe sostiene que el poder de Dios puede retornar a la vida esas cenizas en el día del juicio final.
 

Elegir la cremación no significa perder de vista la fe al momento de celebrar las exequias y de disponer un lugar de descanso para las cenizas de los fallecidos. Es bueno formar nuestra conciencia reconociendo que los restos cremados de un cuerpo deben ser tratados con el mismo respeto dado a los restos corporales de un cuerpo humano. Esto incluye el uso de un recipiente digno para contener las cenizas, la manera en que son llevadas, el cuidado y la atención para colocarlas y transportarlas de manera apropiada, y la disposición final.
 

Los obispos del Uruguay publicaron una Nota Pastoral sobre este tema donde enseñan que la dispersión de las cenizas no tiene ningún sentido cristiano, por eso no es parte de nuestra fe diseminar las cenizas en el mar, en un río o en un terreno cualquiera. Muchas personas al recibir la urna con las cenizas no logran llegar a una decisión con respecto al lugar definitivo donde disponerlas, y por este motivo muchas veces las cenizas permanecen en las casas de los familiares. Esto tampoco es cristiano. La Iglesia recomienda un destino digno para las cenizas que sea estable, evitando por todos los medios la movilidad de la urna, y procurando su descanso en un lugar definitivo. Por este motivo no es aconsejable que se lleve nuevamente la urna a la Iglesia, por ejemplo, para conmemorar el aniversario del fallecimiento.1
 

Es acorde a la fe que nuestros seres queridos descansen en un terreno santo. Así se denominaban antiguamente los cementerios, «camposanto», indicando así que se trataba de un terreno bendecido y destinado al descanso de quienes se durmieron en el Señor.
 

¿Dónde encontramos hoy un terreno santo donde dejar establemente las cenizas? En los cementerios, que son lugares santos aunque se encuentran bajo administración civil por parte de los municipios o sean un emprendimiento privado como los cementerios-parque. En estos establecimientos existen espacios para el depósito de cenizas.
 

Actualmente en muchas parroquias, de acuerdo con la tradición cristiana sobre el cuidado y la veneración del cuerpo de los fieles, se atiende a las necesidades que plantea la vida urbana moderna al ofrecer un lugar digno para depositar las cenizas de los difuntos de los miembros de la comunidad y sus familiares, los "cinerarios". Este es otro lugar santo, que muchas veces puede quedar más accesible a nuestras posibilidades para acercarnos a celebrar la Eucaristía y orar por nuestros familiares.
 

El cinerario tiene por finalidad solucionar el problema de la disposición final de las cenizas de los fieles difuntos en un lugar apropiado y decoroso, en tierra bendita.
 

Cambian las costumbres, pero nuestra fe en la resurrección de los muertos y en el descanso de nuestros seres queridos es la misma que la Iglesia profesó desde la muerte y la resurrección de Jesús. Por eso es necesario buscar el modo adecuado de celebrar la partida de nuestros seres queridos y decidir, de acuerdo a nuestra fe, dar un digno reposo en un lugar santo a sus restos mortales, como nos enseña este himno cristiano:
 

“Señor, da el descanso merecido

a tus siervos dormidos en la muerte;

si el ser hijos de Dios fue don vivido,

sea luz que ilumine eternamente. Amén”.
 

P. Juan Bautista Duhau, MPD

Sacerdote nazareno
 

Notas:
1. Conferencia Episcopal Uruguaya, Nota Pastoral sobre la inhumación e incineración de los cadáveres, 2014.


 

Una sabia enseñanza

San Antonio Abad (251 a 356 d.C) fue un monje cristiano fundador del movimiento de monjes, es decir, iniciador de las fundaciones carismáticas en la Iglesia. En este pasaje de su vida vemos como condena las costumbres funerarias egipcias y enseña a los cristianos a diferenciarse del modo en que la cultura de su tiempo trataba los restos de los familiares fallecidos: "Aunque los hermanos le forzaban a quedarse con ellos para acabar allí su vida, él no accedió por muchos motivos que dio a entender callando y, sobre todo, por este motivo: los egipcios quieren rendir honores fúnebres y envolver en telas de lino los cuerpos de los hombres que mueren llenos de celo y, sobre todo, de los santos mártires. No los entregan a la tierra, sino que los colocan en los lechos y los tienen en las casas, creyendo que así honran a los difuntos. Pero Antonio, a menudo, rogaba a los obispos que reprendieran al pueblo. Intentaba disuadir a los fieles y reprendía a las mujeres, diciendo que esto no era legítimo ni piadoso. 'Todavía hoy se conservan los sepulcros de los patriarcas y de los profetas, y el cuerpo del Señor fue colocado en un sepulcro (cf. Jn 19, 41) y, una gran piedra fue puesta sobre él (cf. Mt 27, 60; Mc 15, 46) hasta que al tercer día resucitó'. Con estas palabras demostraba que transgreden la ley aquellos que, tras la muerte, no entierran los cuerpos de los difuntos, aunque sean santos. Pues ¿qué existe más grande y más santo que el cuerpo del Señor? Muchos, tras escucharlo, enterraban a sus muertos desde ese momento bajo tierra, y daban gracias al Señor por haber recibido una sabia enseñanza". Fuente: Atanasio de Alejandría, Vida de Antonio, Madrid, Ciudad Nueva,1995, pp. 123-124.


 


Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº195.

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