15 Jul
Una larga lista de obediencias
por Editorial |
Leído 44 veces | Publicado en Cristo Vive Nº208 Ultima modificacion el Viernes, 14 de Julio de 2017 21:57
 
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ENSEÑANZA APOSTÓLICA.-



María tuvo que afrontar dolores e incertidumbres.



Una respuesta valiente

María es la Madre de la esperanza. Ella ha atravesado más de una noche en su camino de madre. Desde la primera aparición en la historia de los Evangelios, su figura emerge como si fuera el personaje de un drama. No era simplemente responder con un “sí” a la invitación del ángel: sin embargo ella, mujer todavía en la flor de la juventud, responde con valentía, no obstante no sabía qué destino le esperaba. María en aquel instante se presenta como una de las tantas madres de nuestro mundo, valerosa hasta el extremo cuando se trata de acoger en su propio vientre la historia de un nuevo hombre que nace. Su “sí” es el primer paso de una larga lista de obediencias que acompañaron su itinerario de madre.


Una mujer que escucha

María aparece en los Evangelios como una mujer silenciosa, que muchas veces no comprende todo aquello que sucede a su alrededor, pero que medita cada palabra y cada suceso en su corazón. En esta disposición hay un fragmento bellísimo de la psicología de María: no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir por el camino correcto. No es mucho menos una mujer que protesta con violencia, que injuria contra el destino de la vida que nos revela muchas veces un rostro hostil. Es, en cambio, una mujer que escucha: no se olviden que hay siempre una gran relación entre la esperanza y la escucha, y María es una mujer que escucha, que acoge la existencia así como ella se presenta a nosotros, con sus días felices, pero también con sus tragedias que jamás quisiéramos haber encontrado. Hasta la noche suprema de María, cuando su Hijo es clavado en el madero de la cruz.


Presente, fiel y en silencio

Hasta ese día, María había casi desaparecido de la trama de los Evangelios: los escritores sagrados dejan entrever este lento eclipsarse de su presencia, la suya permanece muda ante el misterio de un Hijo que obedece al Padre. Pero María reaparece justamente en el momento crucial: cuando buena parte de los amigos han desaparecido debido al miedo. Las madres no traicionan, y en aquel instante, a los pies de la cruz, ninguno de nosotros puede decir cual haya sido la pasión más cruel: si aquella de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su hijo. Los Evangelios son lacónicos, y extremamente discretos. Registran con un simple verbo (estar) la presencia de la Madre: “Ella estaba” (Jn 19,25). No dice nada de su reacción: si lloraba o no… nada; ni mucho menos una pincelada para describir su dolor: sobre estos detalles se habrían luego lanzado la imaginación de los poetas y de los pintores regalándonos imágenes que han entrado en la historia del arte y de la literatura. Pero la Palabra solo dice que ella “estaba” allí, en el momento más feo y cruel, y sufría con su hijo. 


La Madre a los pies de la cruz

María “estaba”, simplemente estaba ahí. Estaba ahí nuevamente la joven mujer de Nazaret, ya con los cabellos canosos por el pasar de los años, todavía luchando con Dios, cuando debería solo ser abrazado, y con una vida que ha llegado al umbral de la oscuridad más densa. María “estaba” en la oscuridad más densa, pero “estaba”. No se había ido. María está ahí, fielmente presente, cada vez que hay que tener una candela encendida en un lugar de neblina y tinieblas. Ni siquiera ella conoce el destino de resurrección que su Hijo en aquel instante abría para todos nosotros los hombres: está ahí por fidelidad al plan de Dios del cual se la proclama sierva desde el primer día de su vocación, pero también a causa de su instinto de madre que simplemente sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una pasión. Todos nosotros hemos conocido mujeres fuertes, que han llevado adelante tanto sufrimiento de sus hijos…


María en Pentecostés

La reencontramos el primer día de la Iglesia, a ella, Madre de esperanza, en medio de aquella comunidad de discípulos tan frágiles: uno había negado, muchos habían huido, todos habían tenido miedo (Cf. Hech 1,14). Pero ella simplemente estaba allí, en el más normal de los modos, como si fuera del todo natural: en la primera Iglesia envuelta por la luz de la Resurrección, pero también por las vacilaciones de los primeros pasos que debía cumplir en el mundo.


Enseñanzas maternales

No somos huérfanos, tenemos una Madre en el cielo: es la Santa Madre de Dios. Todos nosotros la amamos como Madre porque nos enseña la virtud de la esperanza, incluso cuando parece que nada tiene sentido. Ella siempre confía en el misterio de Dios, incluso cuando Él parece eclipsarse por culpa del mal del mundo. En los momentos de dificultad, María, la Madre que Jesús nos ha regalado, puede siempre sostener nuestros pasos y decirnos al corazón: “Levántate. Mira adelante. Mira el horizonte”, porque ella es Madre de esperanza.

Francisco


Fuente: Fragmentos de la Audiencia General "Con María, Madre de la esperanza, no somos huérfanos", 10 de mayo de 2017.


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