15 Jul
Todo para Dios
por Editorial |
Leído 285 veces | Publicado en Cristo Vive Nº208 Ultima modificacion el Viernes, 14 de Julio de 2017 22:06
 
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NOTA.-


La vida de un monje no tiene nada de espectacular, solo el atractivo de un llamado, de la respuesta y de la fidelidad a un amor que permanece a lo largo de los años.

Eran tiempos de la guerrilla en la Argentina. Mario vivía en Rosario y, con sus 16 años, sentía inquietud por la cuestión social, quería ayudar de alguna manera a la sociedad. Por eso empezó a trabajar en una fundación que instruía a los obreros y, a la vez, los acercaba a Dios dando clases de electrónica en radio y televisión. Pero luego de una de las tantas visitas que había hecho al monasterio, descubrió cuál era la manera que Dios le proponía hacerlo: “Yo quería hacer algo. Me preocupaba la situación del país, y al estar en contacto con los monjes, me di cuenta de que todo lo que hacía –estudiar, enseñar, trabajar– era todo para mí, y descubrí que esos monjes vivían solo para Dios. Sentí que eso era lo que yo quería”.


Mario “el cantor”, como lo llaman por el lugar que ocupa en el coro, ingresó al monasterio trapense de la ciudad de Azul de Buenos Aires en 1977. Actualmente, entre otras actividades, es quien se ocupa del mantenimiento del lugar y ahora una de sus preocupaciones es, por ejemplo, que funcione la caldera y la bomba de agua para que nadie se quede sin agua caliente durante el día. Este ha sido otro modo de ayudar y estar disponible para los demás.


Había estudiado en un colegio salesiano técnico y había comenzado la Facultad de Ingeniería. “La Directora de la fundación para la que trabajaba, una religiosa, fue la culpable, intuyó mi vocación y me sacó ‘la radiografía’, podría decir que ‘me fichó’–recuerda–. Nos llevaba a hacer retiros en la Abadía de Victoria de la provincia de Entre Ríos. Allí me impactó mucho ver cómo era la vida de los monjes. Una vez me invitó a hacer un retiro en la Trapa de Azul, conocí más de cerca cómo vivían en el convento y hablé con uno de ellos (el P. Agustín Roberts). Todo me atraía, pero tenía miedo de que el Señor me llamara. Luego, me dije: si los monjes me aceptan y ven que tengo aptitudes, lo recibiré como la voluntad de Dios. Y así fue”.


El clima de silencio y recogimiento que tiene el monasterio resulta un ámbito propicio para encontrarse cara a cara con Dios y buscar su voluntad. El silencio constituye una ayuda importante para la oración continua. La vida sencilla, escondida, laboriosa, orante, servicial y acogedora de una comunidad monástica, acentúa la unión de la persona humana con Dios y con los otros en el misterio transformador de Cristo.


Con la separación física del mundo externo por los muros del claustro, los monjes se consagran íntegramente a Dios y permanecen estables en la comunidad a la que ingresan. Unidos en comunidad, todos desean seguir a Cristo bajo una regla y un abad, quien es su padre espiritual. A través de la vida de oración intentan hacer de su corazón una tierra fértil donde germine la Palabra, mediante una permanente “memoria de Dios”.


Para ingresar, en el convento existe un tiempo de charlas previas con el abad; también se le propone al candidato realizar una experiencia por un período determinado. Luego de ello, se lo invita a irse y a tomar la decisión estando fuera del contexto monástico. Por último, se concluye el discernimiento y se dialoga acerca del posible ingreso al monasterio.


Refiriéndose a ese período, Mario dice: “En esa época, en la que no había Internet, el P. Agustín me dijo que le escribiera si me interesaba hacer una experiencia. Y estuve durante dos meses en el verano de 1976. Debí interrumpirla porque tuve que hacer el trámite por la exención del servicio militar que, en ese momento, era obligatorio. Algo pintoresco es cómo Dios hace las cosas: un seminarista había pedido la eximición, pero no la daban si ya se había tenido una prórroga; sin embargo, cuando yo fui a pedirla, me llegó providencialmente un documento para presentar con el cual quedé eximido”.


Pasaron los años y aún recuerda el diálogo que debió establecer con su papá los momentos previos a la despedida: “Mi padre era médico, el director del hospital, y al enterarse de mi decisión quería mandarme al psicólogo. Yo tengo tres hermanos, un varón y dos mujeres. A mí me gustaba una compañera de estudios de mi hermana y pensaba casarme con ella”. Pero para Mario, el impulso del llamado fue más fuerte de cualquier otra voz y se abrió paso en medio del contexto familiar que se le presentó: “Cuando llegó el momento de irme de casa, yo tenía 22 años y mi padre me dijo: ‘Espero que te vaya mal porque así te arrepentís y volvés pronto’”.


Pero Mario no regresó. Hace cuarenta años que vive en el claustro. Pareciera que lo que más tarde le auguró su papá al cambiar de opinión cuando les contó cuál era el plan de su hijo a las monjitas que trabajaban en el hospital y ellas le hicieron una fiesta. Ese día su papá le dijo: “¡Mejor que te vaya bien porque ahora todos saben que fuiste al monasterio!”. 


Sin duda, la gracia de Dios lo ha preservado en la fidelidad y la adultez de la vida no menguó su respuesta al Amor. Mario asegura: “Para mí, la oración es estar con el Señor. Le presento mis preocupaciones: ‘Señor, ¿cómo hago con la bomba que se rompió…?’ o temas de la vida comunitaria. De afuera todos parecemos buenos, pero siempre hay cosas, situaciones difíciles para atravesar”.


A los 62 años, con algunas arrugas y canas, signos del paso del tiempo, con un semblante radiante, marcado por su sonrisa que transmite paz, y una gran disposición al servicio que da confianza, “el cantor” concluye: “Aquí se escucha hasta el silencio…”. 


Ni la brisa del viento que mueve las hojas, ni las pisadas del monje –que en la oscuridad camina como si estuviera todo iluminado– rompen la armonía del lugar. Si bien a primera vista la vida monástica parece monótona o pasiva, allí se vive lo contrario, una vida activa y variada a la que invita la silenciosa y tierna presencia de un Dios Vivo que pone luz en la oscuridad y palabras en la soledad.

Laura di Palma


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