15 Jul
El arte de escuchar
por Editorial |
Leído 580 veces | Publicado en Cristo Vive Nº208 Ultima modificacion el Viernes, 14 de Julio de 2017 22:33
 
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REFLEXIÓN.-

La importancia de hacer silencio para encontrarnos con el otro.


En distintas oportunidades me encontré con este texto de Carl Rogers y, cada vez que lo leo, me genera nuevas sensaciones.


El primer sentimiento que deseo compartir con ustedes es mi alegría cuando realmente oigo a alguien. Creo que esta ha sido quizás, y desde hace mucho tiempo, una de mis características… Creo que sé por qué me satisface oír a alguien. Cuando realmente logro escuchar a alguien, eso me pone en comunicación con él, enriquece mi vida… 


Cuando digo que me gusta oír a alguien, me refiero, por supuesto, a oírlo con profundidad. Me refiero a oír las palabras, los pensamientos, los tonos sensoriales, el significado personal, incluso el significado oculto tras la intención consciente del comunicante… 


Por consiguiente, he aprendido a preguntarme: ¿logro oír los sonidos y sentir la forma del mundo interno de mi interlocutor? ¿Soy capaz de vibrar ante lo que me dice con tal profundidad que siento el significado de lo que lo atemoriza y que, sin embargo, querría comunicar, además de lo que le es conocido?


He descubierto que, tanto en las sesiones terapéuticas como en las experiencias de grupo intensivas, que tanto han significado para mí, oír trae consecuencias. Cuando escucho realmente a una persona, incluido el significado importante para ella en aquel momento, oyendo no solo palabras, sino a la persona en sí y cuando le hago saber que he captado su propio significado privado, ocurren muchas cosas. Lo primero es una mirada de agradecimiento. Se siente exonerada. Quiere hablarme de su mundo. Se lanza con una nueva sensación de libertad. Se abre al proceso de cambio. 


A menudo he comprobado que cuanto más profundamente oigo el significado de la persona, mayor cantidad de cosas ocurren. Casi siempre, cuando se da cuenta de que se le ha oído con profundidad, se le humedecen los ojos. Creo que, en realidad llora de alegría. Es como si dijera: “Gracias a Dios que alguien me ha oído. Alguien sabe cómo es ser como soy”. 


Escuchar es algo tan humano que parece muy sencillo de realizar y, sin embargo, no lo es. No se trata de permitir que nuestra capacidad de oír se abra a los sonidos y palabras que alguien expresa; hablamos de una escucha que se realiza con todo el ser, no solo con el oído. Me animaría a decir que se trata de un acto que consiste en detenerse y vaciarse para que otro sea cada vez más persona


Es necesaria una escucha receptiva, disponible para entrar en el mundo del otro, comprender su realidad y comunicarle de algún modo esta comprensión. 


¿Qué se interpone para que se dé una verdadera experiencia de escucha? Jean-Marc Randin nos acerca algunas pistas al decir que “el primer obstáculo somos nosotros mismos”. 2 Cada vez que estamos preocupados por escuchar y por comprender, nos centramos en nosotros mismos y perdemos disponibilidad. Porque escuchar no es el objetivo, sino que, a partir de la escucha, se produzca esa maravillosa y potencial experiencia de comunicar la importancia que tiene el otro, darle a conocer que él ha sido tenido en cuenta y ha sido considerado; en definitiva, que el otro es persona, que existe y es digno de ser


Escuchar implica salir de nosotros mismos sin dejar de ser y sin dejar de estar. Jean-Marc Randin explica que “escuchar pide esa rara mezcla donde es necesario poder ponerse suficientemente de lado uno mismo, aun estando decididamente presente. Estar libre de una voluntad de resultado manteniéndonos despiertos y en ‘atención’, en tensión hacia [el otro]”. 


El peligro para una verdadera escucha es no darle el valor que realmente tiene, como también aferrarse a la expectativa de querer ayudar como única meta y preocupación. 


Podemos decir que supone conquistar nuevos hábitos, salir de pretender que la escucha dé resultados rápidos, actitud promovida por nuestra cultura que tiende a la eficiencia de todas nuestras acciones. Es como buscar desaprender lo aprendido de la escucha, para poder escuchar de un modo nuevo. 


Reconquistar el valor del proceso, confiar en la capacidad sanadora que tiene la escucha profunda, empática, aceptante, congruente y sostenida en el tiempo. No somos dueños del proceso que desata la escucha profunda. No conocemos el camino. No lo controlamos. No hay plazos para ese proceso. Solo sabemos el valor que tiene la escucha a partir de nuestra propia experiencia de ser escuchados. Y sabemos que ese poder es de potencia y que está dentro del mundo interno de la persona que es escuchada. 


AMIGOS DEL SILENCIO 


Más de una vez me pregunto: ¿seremos capaces los hombres de hoy de desarrollar una actitud contemplativa que favorezca una escucha profunda, que amplíe nuestro ángulo de percepciones? ¿Cómo podrá ser esta experiencia en medio del ritmo de vida que imponen las grandes ciudades? ¿Cómo favorecerla cuando vivimos inmersos en un mundo donde la tecnología nos vincula con una comunicación inmediata, invasiva y casi sin límites? 


Para esto, es necesario reconquistar el silencio, hacernos amigos de él. No temer estar en contacto con nosotros mismos y con aquello que sabemos nuestra fuente de vida. Solo de este modo podremos también encontrarnos con los otros. 


Se me hace presente la expresión de un monje cisterciense, de la Abadía de San José de Spencer (Massachusetts), tratando de describir el modo de vinculación, de comunicación, entre Dios y el hombre: “El primer lenguaje de Dios es el silencio. En la Trinidad no hay más palabra que la Palabra eterna y esta única Palabra lo contiene todo. Como escribe San Juan de la Cruz: ‘Fue pronunciada una vez, en absoluto silencio. Y solo en silencio podemos oírla’”. 3 


Estar en contacto con uno mismo, con nuestra fuente de vida y con los demás abre la posibilidad a experimentarnos amados, valorados y a sentirnos sanos con capacidad de resolución de dificultades. 


Si no nos animamos a silenciarnos a nosotros mismos, difícilmente podremos ver y escuchar; decir y sentir; pedir y arriesgarnos. El silencio del que hablamos no es un silencio impuesto, sino un silencio elegido, que permite salir de la única lógica del pensamiento para entrar en un lugar donde podemos conocernos a un nivel más profundo. Es un silencio que nos permite despedir distracciones para poder estar presente, en contacto con uno, con nuestra esencia y en contacto con los otros. En el presente, en el “aquí y ahora”, de presencia a presencia. 


Es un silencio que nos permite transformarnos en escuchantes receptivos y disponibles para que el otro pueda desplegarse, pueda experimentarse en libertad. 


Mencionamos más arriba la necesidad de generar nuevos hábitos. Desaprender lo mal aprendido. Poder darle a la escucha un lugar nuevo. Nos dice Jean-Marc Randin: “La escucha exige dejarse guiar por el otro. No conducimos una escucha, a lo sumo la ponemos en práctica. Es más bien la escucha la que nos conduce, y por lo tanto es importante no perderse (…). Si podemos, porque tenemos disponibilidad, permitirnos entrar en el mundo desconocido del otro, descubriremos un universo que contiene su coherencia interna, que en relación con sus propios componentes se sostiene”.


¡Qué importante es darnos cuenta de que la escucha es la observación de las cosas como están! Esto lleva a un encuentro con la realidad de un modo distinto. Es imprescindible aceptar que sabemos poco, más bien nada de la realidad del otro. Silenciarnos supone salir de nuestros juicios preestablecidos, de nuestras construcciones racionales y también de nuestras experiencias anteriores. 


Algo más sobre este camino de silenciarnos. Cuando tratamos de cambiar la marcha, cuando buscamos salir de lo que nos aturde, cuando entramos en mayor contacto con nosotros mismos, algo de nosotros, lo que estaba en un lugar no escuchado, empieza a emerger. Aparecen los temores, los miedos, los anhelos más profundos… ¡qué importante es identificarlos y dejarlos ir! Hacer el ejercicio de soltarlos, para que, a la hora de entrar en contacto con el otro, lo conozcamos y no dejemos que interfieran en nuestra escucha. Posiblemente esto permita construir un verdadero camino de diálogo. Un tejido común que se realice a partir de la comunicación que sucede en el presente, entre el que escucha y el que es escuchado. Por eso silenciarnos no significa enmudecernos, significa más bien estar en esa condición que nos abre las puertas a una comunicación plena. 


SER INSTRUMENTOS
 


La escucha supone un compromiso de trabajo sobre nosotros mismos. Crecer en la autoaceptación, en congruencia y en nuestra escucha empática nos ayudará a llegar a una profundidad relacional. Es la oportunidad para que constatemos, una vez más, que no se trata de poner empeño en la acción de escuchar, sino en ser un instrumento, una herramienta para una escucha que personaliza. Quien nos encuentre en esta actitud podrá aprovechar nuestra disponibilidad y emprender también este hermoso camino. 


Contamos con nosotros, con el presente, como nuestros únicos tesoros para la escucha. Este es el camino de una escucha que ama, que está disponible para que el otro sea.



María Cristina Zanotto

Comunidad de Nazaret femenino 

Buenos Aires



1. Fragmentos de Carl Rogers, El camino del ser. Experiencias en comunicación, Buenos Aires, Impresiones Sud América, 2014.

2. Jean-Marc Randin, “¿Qué es la escucha? Las exigencias de una pequeña cosa tan poderosa”; artículo original: Qu’est-ce que l’écoute? Des exigences d’une si puissante petite chose”, en: revista Approche Centrée sur la Personne, 2008, n°7, p. 71-78.

3. Thomas Keating, Intimidad con Dios, Bilbao, Desclée de Brouwer, 1997. 


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