23 Aug
La Virgen María, una mujer eucarística
por Cristo Vive |
Leído 1823 veces | Publicado en Eucaristía Ultima modificacion el Miércoles, 19 de Septiembre de 2012 09:00
 
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ENSEÑANZA ECLESIAL -

Si bien la presencia de María en los evangelios muchas veces pasa a un segundo plano, la Madre está siempre presente y forma parte del misterio de la Pasión de su Hijo. Mons. Terán Dutari reflexiona acerca de la vinculación de la Virgen con los misterios la vida de Jesús, a la luz de las enseñanzas de Juan Pablo II.
 

mujer_eucaristica2En La Iglesia vive de la Eucaristía, Juan Pablo II escribe sobre la Santísima Virgen: “Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía”. El Papa recuerda la participación de la Virgen en el banquete eucarístico: “A primera vista, el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a María. Se sabe, sin embargo, que estaba junto con los apóstoles, «reunidos en la oración» (Cf. Hch 1, 14) en la primera comunidad que oró después de la Ascensión en espera de Pentecostés. Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos «en la fracción del pan» (Hch 2, 42)”.
 

El Papa encuentra la relación de la Virgen con la Eucaristía en su actitud interior de fe y dice: “María es mujer «eucarística» con toda su vida”. La Eucaristía es un misterio de fe porque supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la Palabra de Dios. Juan Pablo II nos muestra, unidas en una sola, las dos palabras “Hagan”: la de Cristo eucarístico (“Hagan esto en conmemoración mía”) y la de María en el milagro de Caná que anunciaba la Eucaristía (“Hagan lo que Él les diga”). Obedecer a la Palabra de Cristo solo es posible en la más pura fe, esa misma fe que María demostró en Caná y que pide desde entonces a todos sus hijos cuando dice: “Hagan lo que Él les diga”. Así, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que la Eucaristía fuera instituida. En realidad, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios, estaba pronunciando un “” creyente a todo lo que consigo iba a traer la encarnación: sobre todo, el ulterior abajamiento de Cristo, que no dudaría en entregarse a la pasión y la muerte sobre la cruz y que, ni siquiera después de su resurrección, se abaja a una presencia oculta en su Iglesia bajo las especies humildes del pan y del vino. Y, de este modo, el fiat de María al aceptar a Cristo humillado en la encarnación anticipa el “” del creyente cuando dice “amén” antes de recibir al mismo Cristo resucitado pero encubierto: al comulgar sacramentalmente.
 

María es mujer «eucarística»

con toda su vida


Juan Pablo II consideraba no solo la perspectiva individual de cada creyente que comulga (ya que María, en su contemplación y abrazo del Hijo, es modelo del diálogo eucarístico de los fieles), sino en la estricta dimensión eclesiológica porque, en la Encarnación, María anticipó también la fe eucarística de la Iglesia. Se convirtió en “el primer tabernáculo de la historia”, en custodia viviente por el misterio de la Visitación lleva en su seno al Hijo, que irradia su luz a través de los ojos y la voz de María. Recordemos nosotros que estos misterios de María, por estar dentro de los misterios de Cristo, tienen valor permanente, y así la ‘visitación eucarística’ de María (si se nos permite el término) continúa en la historia de nuestros pueblos, como lo ha expresado, desde el comienzo de la evangelización americana, ese otro lienzo milagroso y espléndidamente expresivo: el de Nuestra Señora de Guadalupe, custodia resplandeciente con los rayos de Cristo, que va en su seno y que es traído por la mujer María-Iglesia.
 

mujer_eucaristica3Profundizando en su contemplación de María como mujer eucarística, Juan Pablo II pasa de considerar una presencia eucarística que exige fe a ver la dimensión sacrificial de la Eucaristía, que María hizo suya, sobre todo en el Calvario. Su Santidad señala en especial el pasaje de la profecía que le hace Simeón, de aquella espada que traspasaría su alma por estar unida al hijo suyo, a aquel niño que sería señal de contradicción: “Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de «Eucaristía anticipada» se podría decir, una «comunión espiritual» de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los apóstoles, como «memorial» de la pasión”.
 

Esta contemplación mariana del Papa desemboca en el aspecto más íntimo y más fuerte de la relación que une a María con el misterio eucarístico: su presencia y colaboración en este misterio. En efecto, recuerda Juan Pablo II que “en el ‘memorial’ del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte. Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro”. Así, se insinúa esa colaboración tan especial que tiene la Madre Dolorosa en el sacrificio de la cruz, de la que ya hablaba la Constitución del Concilio sobre la Iglesia: en la redención nuestra, sellada en la cruz y perpetuada en la Eucaristía, ella es una colaboradora privilegiada, ella asume todo el papel de madre (madre de Cristo y madre de la Iglesia) con todas sus implicaciones y consecuencias, para lo cual el Padre la preparó desde su concepción inmaculada, por la fuerza del Espíritu Santo en la anticipada gracia preveniente del Hijo. Y, por lo tanto, en la celebración eucarística, Jesús nos hace presente también a su Madre y dice otra vez a su Iglesia: “He aquí a tu Madre”. “Vivir la Eucaristía como memorial implica asumir a María como madre y comprometernos a imitarla en su actitud eucarística” concluye Juan Pablo II; y añade una declaración que deberíamos apreciar mucho más en todo su inmenso alcance teológico y espiritual: “María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas”. Y nos hace entender entonces por qué el recuerdo de María en la celebración eucarística es unánime, ya desde la antigüedad, entre las Iglesias de Oriente y Occidente.
 

En la celebración eucarística, Jesús nos dice otra vez a su Iglesia: “He aquí a tu Madre”

Finalmente, la presencia de María en el misterio eucarístico se muestra de modo especial en el espíritu con que la Iglesia lo celebra, que es el espíritu del Magníficat, la oración de la Virgen que el Papa relee aquí en perspectiva eucarística: “Porque toda la Eucaristía es alabanza y acción de gracias a Dios Padre por Jesús, en y con Jesús, como ante Isabel alabó y agradeció al Padre en y con el niño que llevaba en su seno. Y la Eucaristía es al mismo tiempo recuerdo de las promesas de Dios, anuncio de su cumplimiento ya realizado, proclamación de su plenitud en ‘la nueva historia’ y ‘su diseño programático’. Todo esto se canta en el Magníficat con su tensión escatológica. Y es de suma importancia para que nunca olvidemos que tanto la Eucaristía como la presencia eclesial de María, nuestra Madre, y la auténtica espiritualidad mariana deben ubicarse dentro del misterio de la historia de salvación, en las grietas y en las esperanzas concretas de este mundo y de este tiempo”.

Publicado en la Revista Cristo Vive nº183.


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