12 Mar
Que todos sean uno
por Cristo Vive |
Leído 1109 veces | Publicado en Eucaristía Ultima modificacion el Martes, 12 de Marzo de 2013 11:58
 
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ENSEÑANZA APOSTÓLICA-
 

Jesús transforma su Pasión en ofrenda al Padre por los hombres. Esta conversión de su sufrimiento en amor posee una fuerza transformadora que nos es dada para nuestra conversión y la del mundo.
 

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“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con ustedes, antes de mi Pasión” (Lc 22, 15). Con estas palabras, Jesús comenzó la celebración de su Última Cena y de la institución de la Eucaristía. Él tuvo grandes deseos de ir al encuentro de aquella hora en el que se daría a los suyos bajo las especies del pan y del vino. Esperaba lo que en cierto modo serían las verdaderas bodas mesiánicas: la transformación de los dones de esta tierra y el llegar a ser uno con los suyos, para convertirlos y comenzar así la transformación del mundo. En el deseo de Jesús, podemos reconocer el de Dios mismo. Su amor a los hombres, su creación, es un amor que espera. El amor que aguarda el momento de la unión, el amor que quiere atraer a todos los hombres, cumpliendo de esta manera lo que la creación misma espera: la manifestación de los hijos de Dios (Cf. Rm 8, 19). Jesús nos desea, nos espera. Y nosotros ¿tenemos verdaderamente deseo de Él? ¿Sentimos en nuestro interior el impulso de ir a su encuentro? ¿Anhelamos su cercanía, ese ser uno con Él, que se nos entrega en la Eucaristía? ¿O somos, más bien, indiferentes, distraídos y ocupados totalmente en otras cosas? Por las parábolas de Jesús sobre los banquetes, sabemos que Él conoce que hay puestos que quedan vacíos, que muchos dan una respuesta negativa, tienen desinterés por Él y su cercanía. Los puestos vacíos en el banquete nupcial del Señor son para nosotros, ya desde hace tiempo, no una parábola sino una realidad actual. Jesús también sabía de aquellos invitados que vendrían sin estar vestidos con el traje de boda, sin alegría por su cercanía, como cumpliendo solo una costumbre y con una orientación de su vida completamente diferente. San Gregorio Magno se preguntaba: “¿Qué tipo de personas son aquellas que vienen sin el traje nupcial? ¿En qué consiste este traje y cómo se consigue? (…) Los que han sido llamados y vienen, en cierto modo tienen fe. Es la fe la que les abre la puerta. Pero les falta el traje nupcial del amor. Quien vive la fe sin amor no está preparado para la boda y es arrojado fuera. La comunión eucarística exige la fe, pero la fe requiere el amor, de lo contrario también como fe está muerta”.
 

Sabemos que la Última Cena de Jesús fue también un lugar de anuncio. Jesús propuso con insistencia los elementos fundamentales de su mensaje. Palabra y sacramento, mensaje y don, están indisolublemente unidos. Pero durante la Última Cena, Jesús, sobre todo, oró. Mateo, Marcos y Lucas utilizan dos palabras para describir la oración de Jesús en el momento central de la Cena: “agradecer” y “bendecir”. El movimiento ascendente del agradecimiento y el descendente de la bendición van juntos. Las palabras de la transustanciación son parte de esta oración de Jesús. Son palabras de plegaria. Jesús transforma su Pasión en oración, en ofrenda al Padre por los hombres. Esta conversión de su sufrimiento en amor posee una fuerza transformadora para los dones en los que Él se da a sí mismo. Él nos lo da para que nosotros y el mundo seamos transformados. El objetivo propio y último de la transformación eucarística es nuestra transformación en la comunión con Cristo. La Eucaristía apunta al hombre nuevo, al mundo nuevo, tal como puede nacer solo a partir de Dios mediante la obra del Siervo de Dios.
 

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Sabemos que Jesús en su oración durante la Última Cena dirigió también peticiones al Padre, súplicas que contienen al mismo tiempo un llamado a sus discípulos de entonces y de todos los tiempos. Me refiero a una súplica que, según san Juan, Jesús repitió cuatro veces en su oración sacerdotal. ¡Cuánta angustia debió de sentir! Esta sigue siendo continuamente su oración al Padre por nosotros: es la oración por la unidad. Jesús dijo explícitamente que esta súplica era válida no solo para los discípulos que estaban entonces presentes, sino que oraba por todos los que más adelante creyeran en Él (Cf. Jn 17, 20). Pidió que todos sean uno “como tú, Padre, estás en mí, y yo en ti..., para que el mundo crea” (Jn 17, 21). La unidad de los cristianos solo se da si los cristianos están íntimamente unidos a Él. Fe y amor a Jesús, fe en su “ser uno” con el Padre y apertura a la unidad con Él, son esenciales. Esto no es algo solamente interior, místico. Se ha de hacer visible, tan visible que constituya para el mundo la prueba de la misión de Jesús por parte del Padre. Por eso, esa súplica tiene un sentido eucarístico escondido, que san Pablo resaltó con claridad en la primera carta a los Corintios: “El pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (1 Cor 10, 16s).
 


Jesús nos desea, nos espera. Y nosotros ¿tenemos verdaderamente deseo de Él?
 

San Lucas nos ha dejado un elemento concreto de la oración de Jesús por la unidad: “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 31ss). Hoy comprobamos de nuevo con dolor que al demonio se le ha concedido purificar a los discípulos de manera visible delante de todo el mundo. Y sabemos que Jesús ora por la fe de Pedro y de sus sucesores. Sabemos que Pedro, que va al encuentro del Señor a través de las aguas agitadas de la historia y está en peligro de hundirse, está siempre sostenido por su mano y es guiado sobre las aguas. Jesús predijo la caída de Pedro y su conversión. ¿De qué ha tenido que convertirse Pedro? Al comienzo de su llamado, asustado por el poder divino del Señor y por su propia miseria, Pedro había dicho: “Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador” (Lc 5, 8). En la presencia del Señor, reconoció su insuficiencia. Así fue llamado precisamente en la humildad de quien se sabe pecador, una humildad que se debe buscar continuamente. En Cesarea de Filipo, Pedro no había querido aceptar que Jesús tuviera que sufrir y ser crucificado: esto no era compatible con su imagen de Dios y del Mesías. En el Cenáculo no quiso aceptar que Jesús le lavara los pies: eso no se ajustaba a su imagen de la dignidad del Maestro. En el huerto de los Olivos empuñó la espada: quería demostrar su valentía. Sin embargo, delante de la sierva afirmó que no conocía a Jesús. En aquel momento, eso le pareció una pequeña mentira para poder permanecer cerca de Él. Su heroísmo se derrumbó. Todos debemos aprender siempre a aceptar a Dios y a Jesucristo como es y no como nos gustaría que fuese. También nosotros tenemos dificultad en aceptar que Él se ha unido a las limitaciones de su Iglesia y de sus ministros. Tampoco queremos aceptar que Él no tenga poder en el mundo. También nos escondemos detrás de los pretextos cuando pertenecer a Él se hace muy costoso o peligroso.La Iglesia nace con la Eucaristía. Todos nosotros comemos del mismo pan, recibimos el mismo cuerpo del Señor. Él hace que todos seamos uno. La Eucaristía es el misterio de la íntima cercanía y comunión de cada uno con el Señor. Y, al mismo tiempo, es la unión visible entre todos. La Eucaristía es sacramento de la unidad. Llega hasta el misterio trinitario, y así crea a la vez la unidad visible. Ella es el encuentro personalísimo con el Señor y, sin embargo, nunca es un mero acto de devoción individual. La celebramos necesariamente juntos. En cada comunidad está el Señor en su totalidad, pero es el mismo en todas las comunidades. Esto no es un añadido exterior a lo que sucede interiormente, sino expresión necesaria de la realidad eucarística misma. Y nombramos al Papa y al obispo por su nombre: la unidad es totalmente concreta, tiene nombres. Así se hace visible la unidad, se convierte en signo para el mundo y establece para nosotros mismos un criterio concreto.

 

 

Todos tenemos necesidad de una conversión que acoja a Jesús en su ser-Dios y ser-hombre y de la humildad del discípulo que cumple la voluntad del Maestro. Queremos pedirle que nos mire como miró a Pedro: en el momento oportuno, con sus ojos benévolos, y que nos convierta. Pedro, convertido, fue llamado a confirmar a sus hermanos. No es un dato exterior que esto le haya sido confiado en el Cenáculo. El servicio de la unidad tiene su lugar visible en la celebración de la Eucaristía.
 

Señor, tú tienes deseos de nosotros, de mí. Tú has deseado darte a nosotros en la Eucaristía, de unirte a nosotros. Provoca también en nosotros el deseo de ti. Fortalécenos en la unidad contigo y entre nosotros. Da a tu Iglesia la unidad, para que el mundo crea. Amén.
 

Benedicto XVI

Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº186.

 

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