23 Aug
Un cambio cultural que impone nuevos desafíos
por Cristo Vive |
Leído 1754 veces | Publicado en Evangelización de la cultura Ultima modificacion el Miércoles, 19 de Septiembre de 2012 08:59
 
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Las tecnologías al servicio del Evangelio

- NOTA - 


Una cosa es estar conectado y otra es hacer vínculo. Conectarse es fácil, no implica esfuerzo porque mientras estoy conectado puedo hacer varias cosas, atender diversidad de demandas; es como una fuga constante hacia otro estímulo. Esto puede ser productivo para muchas actividades (laborales, de estudio, de entretenimiento). Es fácil porque siento que no tengo que renunciar a nada, que puedo con todo a la vez, que voy haciendo “microdecisiones” que mantienen ocupado mi cerebro todo el tiempo, imposibilitando o al menos dificultando tomar “la” decisión. Porque esa decisión implica renunciar a diversidad de estímulos para encontrarnos “a solas” con Dios, con un hermano, con otro. Hacer un vínculo implica renuncia y perseverancia. Quedarme un rato conversando con el Señor, permanecer tranquilo sin mirar el reloj, sin mirar el celular, ni las ventanas emergentes de mi computadora que esperan ansiosas a que haga clic y vuelva a conectarme para desconectarme de su Presencia. Estar conectado implica estar siempre disponible a este tipo de contacto: efímero, fortuito, superficial; pero pocas veces estoy “disponible” frente al Señor, quien me ofrece un encuentro profundo, quien “está a mi puerta y llama” (Cf. Apoc 3,20), y espera a que le abra para que cenemos juntos...

 

Un_cambio_AlbarelloHoy quiero reflexionar sobre el cambio cultural que introdujeron las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), la necesidad de discernir nuestro vínculo con ellas y el modo en que nos comunicamos para hacer más efectivo nuestro mensaje para construir el Reino.
 

Una revolución tecnológica
 

Desde las últimas décadas del siglo XX vivimos una época de cambio tecnológico, que algunos caracterizan de revolución, de una magnitud similar a la de la revoluciones industriales precedentes. La gran diferencia respecto de estos cambios sociales del pasado está en que la “materia prima” de esta revolución es la información, que circula por todos lados, es consumida y compartida por los habitantes del planeta en forma instantánea.
 

Las denominadas “nuevas tecnologías de la comunicación y la información”1 ya no tienen nada de nuevas. Lo que en todo caso es lo nuevo son los cambios sociales y culturales que estas tecnologías están produciendo, que a veces pasan desapercibidos y que es importante dimensionar si queremos hacer un uso crítico de ellas.2
 

La traducción de todo tipo de información en el lenguaje digital y la conexión en red del sistema genera una verdadera convergencia tecnológica y cultural, según señala Henry Jenkins3; esto hace que podamos conectar todo con todo y en tiempo real. Internet se consagró enseguida como el medio convergente por excelencia y la proliferación de los dispositivos móviles en los últimos años (primero las computadoras portátiles de menor tamaño, y luego los smartphones, I-pads y tabletas) promovió la movilidad de las comunicaciones gracias a la ubicuidad en el acceso a la red. Las redes sociales –Facebook nació en 2004 y contaba con 800 millones de usuarios en el mundo en noviembre de 2011– dan cuenta de esta evolución tecnológica que propicia la participación activa y colaborativa así como la producción de contenidos online como nunca antes ningún medio de comunicación lo había hecho.
 

Ahora es momento de reflexionar sobre cómo vemos esta evolución tecnológica. Entonces, cabe preguntarnos: ¿las tecnologías son neutrales?, es decir, ¿no son ni buenas ni malas, sino que siempre dependen de cómo se usen y de quién las use? No, no son neutrales.

La tecnología es una producción humana que guarda “instrucciones de uso” dejadas por su creador. Los seres humanos creamos tecnología todo el tiempo, desde las épocas primitivas cuando el hombre produjo fuego para calentarse o para cocinar la carne de sus presas, o bien cuando echó mano de una piedra y le dio forma de flecha para matar a un animal y alimentarse. La tecnología fue creada desde entonces para adaptarnos al ambiente y no es neutral, ya que otorga poder al que la posee.
 

A veces se mira a las tecnologías desde afuera como si nada tuvieran que ver con uno, cuando en verdad fueron creadas por nosotros mismos para determinados fines, en un contexto social, económico y cultural determinado y cumplen la función de extender o ampliar nuestras capacidades sobre el entorno. Esta visión reducida que pone la tecnología fuera de nosotros tiende a hacernos creer que podemos manejarla a nuestro antojo, que podemos esperar efectos determinados y que va a cumplir los objetivos que nos proponemos porque creemos que las dominamos totalmente. Por el contrario, movidos por el miedo a lo nuevo o a lo desconocido, hay otros que le adjudican rasgos principalmente negativos: “Las tecnologías nos dominan, somos sus víctimas y no nos queda otra alternativa que resistir”, dicen.
 

Por último, otra visión limitada de la tecnología es la que la identifica simplemente con los aparatos. Así, es común que asociemos tecnología con un celular, una computadora, una netbook… Remontándonos un poco en el tiempo, para los griegos la technè (que es la raíz etimológica de “tecno” –“logos” significa “conocimiento” o “estudio”–) incluía en su acepción original no solamente al producto sino al contexto de producción y, sobre todo, al creador de ese producto, porque se tenía una concepción artesanal del mismo. La mano del productor estaba visible. Ahora, con la revolución industrial, según observa Carina Lion, y como efecto de la innovación tecnológica que significó la producción en serie y la creciente reducción de la mano de obra, el concepto de “tecnología” se vio limitado al mero producto: una herramienta, un instrumento descontextualizado que se puede aplicar en cualquier lugar o en cualquier situación sin mediar una instancia crítica que haga preguntarnos sobre su utilidad o sobre los efectos que pueda producir. La mano del productor sigue estando, pero es invisible.
 

 

Efectos contradictorios
 

Desde una mirada que integra al producto tecnológico con el productor y con el contexto de uso, podemos entender que con la tecnología mantenemos una relación compleja: nosotros la creamos y la modificamos, pero a la vez, la tecnología nos modifica cuando la usamos, queramos o no.4 Y esa modificación en nuestra psiquis tiene un rasgo fundamental: pasa desapercibida. Cuando nos habituamos a una tecnología, esta se vuelve invisible, no nos damos cuenta de que la estamos utilizando porque, a fuerza de hábito, la naturalizamos, la internalizamos y no nos podemos pensar sin ella. En otras palabras, nos hacemos dependientes de esa tecnología. Por ejemplo, el uso del automóvil en la sociedad moderna, según McLuhan, produjo no solo el crecimiento de las ciudades sino que generó personas más ansiosas, apuradas, porque inauguró la sensación de estar rápidamente en distintos lugares.
 

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Lo que está sucediendo ahora con la telefonía celular y con los smartphones, que permiten no solo hablar sino compartir mensajes en las redes sociales, subir fotos y videos, es un paso más en el cambio en nuestra relación con el tiempo y el espacio: podemos estar en varios lugares a la vez, aprovechamos los “tiempos muertos” de un viaje, una espera en un consultorio o en la calle para “hacer algo”. Estos son los verdaderos cambios que provocan las tecnologías, y no tanto los “upgrades” o actualizaciones del último I Phone de Apple.
 

La tecnología genera efectos imprevisibles y contradictorios, de corto y mediano plazo. Cuando creamos aparatos para adaptarnos al medioambiente, tal vez no reparamos en que el uso intensivo lo transforma y en que nosotros tenemos que volver a adaptarnos a ese medioambiente transformado por la tecnología.
 

En otro orden, la tecnología de la actualidad nos está volviendo más conectados ya que podemos estar en comunicación con muchos de un modo que antes no era posible. Pero a la vez mantenemos conversaciones superficiales, entremezcladas en un sinnúmero de otras actividades que realizamos utilizando el mismo aparato, lo cual nos dificulta mantener encuentros profundos con los otros o poder discernir –entre tanto exceso de información– qué es importante y qué es superfluo. En suma, una misma tecnología puede producir un efecto positivo y negativo a la vez: todo depende de qué punto de vista asumimos para analizar esos cambios. Un ejemplo evidente es Internet: el desarrollo fenomenal de la red social Twitter, que en su primer año de vida (2006) ascendió rápidamente a los 140 millones de usuarios, ha servido para propagar las revoluciones del mundo árabe (lo que se ha denominado “la primavera árabe” por el efecto social que produjo la comunicación instantánea de millones de ciudadanos descontentos con los regímenes de gobierno de esa región). También el uso de Twitter facilitó la búsqueda de personas afectadas por el terremoto de 2010 en Chile. Pero por otro lado, los mensajes breves de Twitter –se pueden escribir hasta 140 caracteres– generan un “ruido” social al producir contantemente comunicaciones intrascendentes y de escasa utilidad.
 

Evangelizar la comunicación y el vínculo con las TIC
 

Las TIC representan una gran oportunidad para evangelizar. Juan Pablo II exhortaba: “¡No tengan miedo a las nuevas tecnologías!, ya que están entre las cosas maravillosas –‘inter mirifica’– que Dios ha puesto a nuestra disposición para descubrir, usar, dar a conocer la verdad, incluso la verdad sobre nuestra dignidad y nuestro destino de hijos suyos, herederos del Reino eterno”.5 No hay duda de que el poder comunicacional de las redes sociales representa un escenario magnífico para dar a conocer buenas noticias. Pero antes de pensar en cómo transmitir la Buena Nueva del Evangelio a través de estos medios, se hace necesario evangelizar primero nuestra relación con estas tecnologías.
 

Como decíamos, el uso intensivo de las tecnologías tienden a volverlas invisibles, y los cambios que produce en nuestra psiquis se dan a nivel inconsciente. Entonces, es importante, en el desarrollo y crecimiento personal, incluir nuestra relación con las TIC. En otras palabras, hacer visible lo que está invisible y explícito lo que está implícito, teniendo en cuenta que el enemigo siembra la cizaña cuando dormimos (Cf. Mt 13, 25), es decir, cuando nuestra conciencia no está alerta y vigilante. Por eso tal vez nos ayude preguntarnos: ¿cómo me relaciono con las tecnologías que uso para comunicarme? ¿Me siento dependiente de ellas o me siento con la libertad de dejar de usarlas cuando quiero? ¿Qué necesidades nuevas ha creado el uso de determinada tecnología? ¿En qué cosas noto que la tecnología me ha modificado?
 

Otro aspecto en relación a las TIC tiene que ver con lo que conocemos como “discernimiento de la cultura”. Podemos decir que en la cultura actual los productos tecnológicos más novedosos están sobrevaluados. En otras palabras, se sobredimensionan sus posibilidades y sus características y se les atribuyen rasgos mágicos que proponen un tipo de relación particular: se endiosan las tecnologías como si fueran los nuevos “becerros de oro” (Cf. Éx 32) que construyeron los hombres para reemplazar a Dios y hacerlo a su medida, y pareciera que el único garante del progreso social es el avance técnico.
 

Otro modo de sobrevaluar los últimos gadgets tecnológicos se da a través de la sociedad de consumo: compramos tecnología para definirnos a nosotros mismos, porque “ser es tener”, entonces poseer determinado aparato me dota de ciertos atributos reconocidos por la sociedad, cierto estatus. A esta altura, vale la pena preguntarnos: ¿con qué criterio compro y utilizo la tecnología? ¿Le atribuyo rasgos sobredimensionados? ¿Qué expectativas deposito en la tecnología que uso?
 


un_cambio_fbSomos en relación con otros. Nuestra persona se define en el vínculo con otras personas. Por eso, nuestro vínculo con las TIC se completa con el modo en que nos comunicamos con los otros a través de ellas, entendiendo la comunicación como un vínculo, como un encuentro dialógico que construye, en el que todos tenemos la oportunidad de expresarnos y escucharnos, sin anular ni condicionar al otro. La comunicación es diálogo y encuentro, y en la medida en que no hay diálogo, no hay comunicación.
 

Actualmente se suele escuchar la expresión “tenemos todos los medios para comunicarnos pero no lo hacemos”, y hay algo de cierto: puede suceder que más que comunicarnos entramos en un diálogo con nosotros mismos cuando recurrentemente prestamos más atención a la pantalla de nuestro celular que a quienes tenemos al lado o frente a nosotros. Asimismo, las redes sociales invitan a responder o hacer clic en opciones tales como “Me gusta”, “¿Qué estás pensando ahora?”, “¿Qué está pasando ahora?”, que si bien están pensadas para ser vistas por otros, tienden a centrarnos en lo que nos sucede o sentimos nosotros mismos; finalmente, a veces podemos perder de vista la pertinencia de las cosas que comunicamos, o al menos el cuidado que debemos tener al expresarnos.

Tal vez sean útiles las siguientes preguntas:

  • ¿Qué comunicar? ¿Es pertinente lo que quiero decir? ¿Es un tema relevante? ¿Es algo que me construye o algo que surge meramente de mi sentir?
  • ¿Cómo comunicar? ¿A través de qué medio voy a enunciar lo que quiero comunicar? Primero tengo que decidir cómo voy a comunicar y luego ver a través de qué medio lo voy a hacer, para que el medio no decida por mí. ¿Qué medio es más eficaz para comunicar lo que necesito decir?
  • ¿Para qué comunicar? ¿Qué busco provocar en el otro? ¿Busco construir, busco acercarme, o más bien busco “descargarme” y, como consecuencia, alejo al otro?
  • ¿A quién comunicar? ¿Todas las personas necesitan saber lo que quiero expresar o debo seleccionar a quién comunicar qué cosa? ¿Cómo actúo cuando el otro me dice algo?
  • ¿Cuándo comunicar? ¿Hay momentos más adecuados para expresar algo, o todos se deben acomodar a mi necesidad? Antes de comunicar, ¿no es mejor ver si es el momento oportuno para el otro?
     

A modo de cierre, podemos decir que las tecnologías representan a la vez una oportunidad y un desafío. Una oportunidad para comunicarnos y acercarnos a los otros, para transmitirles la buena noticia del Evangelio de Jesús. Pero también implican un gran desafío, que empieza por el trabajo de nuestra naturaleza, para que lo que comuniquemos sea constructivo y esperanzador, y que continúa con el uso responsable y adecuado de las tecnologías de la información y la comunicación para que hagan llegar nuestro mensaje hasta los confines de la tierra.
 

Francisco Albarello*

Notas:

1. Castells, M, 1997, La era de la información: economía sociedad y cultura. La sociedad red, Vol I, México D.F., Alianza, 1998. Incluye dentro de esta revolución de las TICs, avances tales como la microelectrónica, la informática, las telecomunicaciones/televisión/radio y optoelectrónica y la ingeniería genética.

2. McLuhan, M., 1964, Comprender los medios de comunicación. Las extensiones del ser humano, Barcelona, Paidós, 1994.

3. Jenkins, Henry, 2006, Convergence Culture. La cultura de la convergencia de los medios de comunicación, Barcelona, Paidós, 2008.

4. Burbules, Nicholas. Callister, Thomas, 2000, Educación: riesgos y promesas de las nuevas tecnologías de la información, Barcelona, Granica, 2001.

5. Carta apostólica a los responsables de las comunicaciones sociales n°14 (24/01/2005).

 

 

*Francisco “Paco” Albarello es doctor en Comunicación Social (Universidad Austral), Licenciado en Comunicación Social (UNLP), docente e investigador universitario en temáticas relacionadas a la comunicación, la educación y la tecnología. Participa del Movimiento de la Palabra de Dios desde el año 1988 y actualmente sirve pastoralmente al centro de Núñez en la Ciudad de Buenos Aires.

Publicado en la Revista Cristo Vive nº182.

 


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1 comentario
  • Enlace comentario Fernando Meloschik Viernes, 05 de Octubre de 2012 16:12 Publicado por Fernando Meloschik

    Muy buena la nota esta.

    Una cosa es estar conectado y otra es hacer vínculo. Conectarse es fácil, no implica esfuerzo porque mientras estoy conectado puedo hacer varias cosas, atender diversidad de demandas; es como una fuga constante hacia otro estímulo. Esto puede ser productivo para muchas actividades (laborales, de estudio, de entretenimiento). Es fácil porque siento que no tengo que renunciar a nada, que puedo con todo a la vez, que voy haciendo “microdecisiones” que mantienen ocupado mi cerebro todo el tiempo, imposibilitando o al menos dificultando tomar “la” decisión. Porque esa decisión implica renunciar a diversidad de estímulos para encontrarnos “a solas” con Dios, con un hermano, con otro

    Exelente !

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