17 Mar
Cultivar la derrota: La eutanasia
por Cristo Vive |
Leído 624 veces | Publicado en Evangelización de la cultura Ultima modificacion el Lunes, 17 de Marzo de 2014 17:05
 
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REFLEXION -
 

En algunos países, en estos últimos años, se legisló esta práctica cuyo fin, en definitiva, es eludir el sufrimiento ante la inminencia de la muerte. La propuesta del Evangelio es otra, de eso trata el libro de Elena Passo Ser uno en el dolor.
 

La experiencia de la doctora Passo con los enfermos comenzó en su infancia, cuando acompañaba a su padre, también médico, a visitar a sus pacientes que, algunas veces, estaban muy deteriorados de salud. Años después, en su trabajo en hospitales, notó que había un vacío formativo que afectaba a los enfermos y a sus familias con respecto a la dignidad humana, el cuidado de la vida y la integridad. Muchas personas desconocen que, en este momento de profundo dolor, asegura la doctora, los enfermos nos muestran el Evangelio de la vida y que los médicos son los encargados de custodiarlos.
 

Ética médica y libertad humana

En la actualidad, la muerte está culturalmente ignorada. El historiador Philippe Ariès ha sistematizado en cinco etapas históricas las distintas concepciones ante la muerte, y describe la última instancia, la contemporánea, como la innombrable: hablar de la muerte es una falta de educación y, ante su inminencia, no se debe hacer sufrir al enfermo con esa “mala” noticia, así que se le niega la posibilidad de despedirse. La cultura actual, en palabras de Passo, tiende a apropiarse del hombre, se adueña de su muerte: la minimiza casi hasta ocultarla y la torna aséptica e institucionalizada. Esta forma de negar la muerte es una manifestación más de lo paradójica que es nuestra sociedad.


Con la institucionalización de los pacientes murientes se hace referencia a la instancia en la que la persona se aleja, o es alejada, del contacto familiar y permanece su último tiempo de vida física en una clínica; esta situación, afirma la doctora, “es manifestación de una corriente ideológica que busca ocultar la muerte y someterla al criterio de utilidad”. La fase final de la vida humana se rige, entonces, por el concepto de eficiencia-productividad y esto es sumamente perjudicial para el enfermo dada la fragilidad del paciente en esa etapa. La institucionalización de la muerte y su despersonalización están vinculadas a una soledad ocasionada por el vacío existencial más profundo de todos, debido a que no hay dolor psíquico más intenso que el que provoca la idea del desarraigo del propio ser. Esto duele tanto, explica la doctora, que en la desesperación el paciente, en muchas ocasiones, desea acabar con su vida debido a que piensa equivocadamente que solo dejará de sufrir con la propia muerte. Este puede ser, en algunos casos, el origen del pedido de la eutanasia.


En la Congregación para la Doctrina de la Fe se definió que por eutanasia se debe entender “una acción o una omisión que, por su naturaleza y en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados”1; esta acción constituye siempre, en palabras de Juan Pablo II, “una grave violación de la ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana”2.


Este deseo no es exclusivo de los pacientes, sino que muchas veces se extiende a la familia, por ejemplo, cuando el ser amado se encuentra en estado vegetativo, por lo cual se pide a la justicia que cese legalmente su soporte vital. Al respecto, cabe mencionar el debate por la vida del neuquino Marcelo Diez quien vive en estado vegetativo permanente e irreversible desde 1994, tras sufrir un accidente en moto. Su caso fue elevado a la Corte Suprema de Justicia y llegado hasta el Vaticano para pedir que se expida tanto la justicia como el Papa ante el caso. Mons. Virginio Bressanelli, obispo de Neuquén, reflexiona en un diario provincial y sostiene que tiene derecho a seguir vivo, ya que “Marcelo respira por sus propios medios, sin ayuda de respirador o de máscara de oxígeno. No está enchufado a máquina alguna. Rota y se acomoda en la cama por sí mismo, se frota o rasca en la parte del cuerpo donde siente molestias. A veces, aprieta suavemente la mano de quien lo toma. Al parecer de quienes más lo conocen y asisten o acompañan, su respuesta a estímulos externos no es solo refleja sino que, por momentos, se trataría de actos dirigidos. Es sensible a muestras de afecto y hacia quienes le conversan; se irradia su rostro al escuchar música; da señales visibles de displacer o cansancio cuando algo no le gusta. Marcelo vive en una situación de alta discapacidad” (lmneuquen.com.ar, 17-11-13).


Doctores de la salud física y espiritual

cultivarLa eutanasia no es una opción. Los médicos tienen como tarea, ante todo, preservar la vida. La asistencia a la persona enferma se debe mantener hasta el instante de la constatación de la muerte natural, explica Passo: siempre se asiste, aunque ya no haya posibilidad alguna de curación, pero es una asistencia supeditada a la realidad humana y con el pensamiento puesto en el bien del paciente. Cuando la expectativa asistencial no es la curación, ¿qué se debe hacer? Passo considera que los médicos deben brindar atención activa y continuada, intentando que el paciente viva sus días consciente, libre de dolor y con los síntomas controlados, de tal forma que este proceso pueda darse en su propio hogar donde cuente con la compañía, el amparo y el amor de sus seres queridos. Sin duda, el rol del médico es clave, porque su trabajo consistiría en mitigar el dolor, elaborar estrategias para lograr el control de la sintomatología propia de la enfermedad, escuchar y estar atento a las necesidades reales del paciente, establecer un diálogo permanente que incluya al equipo médico, acompañar el proceso de comunicación de la verdad, estar presente al lado del enfermo y de sus afectos y respetar sus palabras y sus silencios.


Pero el trabajo del profesional de la salud es aún más complejo, explica Passo, debido a que para la realización de un acto médico se requiere la autorización directa o indirecta del paciente. El doctor no puede intervenir arbitrariamente sobre la persona enferma sino que previamente tiene que contar con su consentimiento y es precisamente a través de este proceso de comunicación que el paciente tiene la posibilidad de ejercer su libertad, entendida como “autodeterminación en el sentido del bien” debido a que actuar en forma libre y responsable significa, para el paciente, realizar una elección orientada a su propio bien integral; y, para poder elegir adecuadamente, la persona enferma debe estar informada en forma significativa. En el caso de no poder expresarse, debido a su inconsciencia, su familia asume esta importante tarea.


La doctora Passo considera que este proceso de comunicación es provechoso debido a que le brinda al enfermo la posibilidad de tomar decisiones en aquellas cuestiones de orden personal que le preocupan. Solo al conocer la verdad de su situación, puede dar respuesta a sus necesidades concretas, a aquellos que había postergado y a recomponer lazos rotos. Este es un tiempo valioso de reconversión y de reconciliación interna. Es tiempo de diálogo, de reconciliación y de ser entrega. Es para el enfermo y para todos los allegados la posibilidad de la caridad y de crecer en humanidad ante la propia fragilidad.


Por otro lado, afirma Passo, sería aconsejable para el bien morir dejar de lado el dramatismo y enfocarnos con serenidad en que esta es una realidad de la naturaleza humana. Sí, la muerte es una realidad objetiva que debe ser asimilada dentro de la propia vida, y vivida en plenitud.


Hacia una cultura de la esperanza

Cultivar3Durante la VIII Feria Mundial del Enfermo de 1999, Juan Pablo II explicó que “Cristo no escondía a sus oyentes la necesidad del sufrimiento. Decía muy claramente: ‘El que quiera venir detrás de mí… cargue con su cruz cada día’ (Lc 9, 23), y a sus discípulos les ponía unas exigencias de naturaleza moral, cuya realización solo es posible a condición de que ‘renuncie a sí mismo’ (Cf. Lc 9, 23)”3. La muerte es una cruz, que puede tener un significado mayor y es el de la entrega, reflexiona la doctora Passo; “es la posibilidad del hombre de la donación total de sí. Es el tiempo de la entrega del don más valioso que posee: su alma espiritual. Y ese es un trabajo intransferible, un último esfuerzo que solo el propio hombre puede realizar”.


Por otro lado, según afirma la doctora Bolton de Mercado, el dolor forma parte de la condición humana, es esencial a su naturaleza; tratar de minimizarlo o negarlo sería poner distancia a aquello que es inseparable: “Un hecho que provoca un profundo dolor o una grave enfermedad puede marcar el comienzo a una nueva persona capaz de aceptarse y amar, dejándose sencillamente ser”4 porque la dignidad del hombre no radica en la perfección o en la utilidad de la vida, sino que, como señala el P. Ricardo: “la persona humana, en el contexto de toda la Creación, tiene una dignidad especial. Es un ser consciente de sí mismo que se parece a Dios sin ser Dios. Y que es llamado a vivir en alianza con su Creador”4.


Es así como vive la familia rosarina de César del Pazo; los padres están agradecidos a Dios de que su hijo siga entre ellos. Tras un accidente automovilístico trece años atrás, César se encuentra en estado de inconsciencia permanente, pero vive en su hogar, acompañado por sus padres y hermanos. En la revista Familia y Vida (Dic 2013), su madre asegura que en su casa se sigue celebrando la vida, y sus familiares se sienten bendecidos porque comenzaron a vivir de otra manera: aprendieron a ser felices.


La vida, a fin de cuentas, es un bien fundamental que permite la realización de otros bienes de la persona y es otorgado en custodia al hombre; nosotros somos responsables de velar por ella, por la propia y la del hermano sufriente aunque esto sea en medio de situaciones de suma dificultad. Para ello, asegura la doctora Passo, podemos aprender la forma de acompañar al muriente, enriquecer sus fortalezas, evitar que se sienta despersonalizado, facilitarle la expresividad existencial, contener sus miedos y propiciar su confianza en que será asistido en sus necesidades, que incluyen también las subjetivas, como decía Juan Pablo II: acercarle a Dios para que sea Él quien lo salve de la angustia ante el fin de la vida terrena, “recordando que Jesús quiere comunicar la plenitud armoniosa de la vida a los hombres de hoy. Su acción salvífica no solo está ordenada a colmar la indigencia del hombre, víctima de sus propios límites y errores, sino también a sostener la aspiración a la completa realización de sí. Él abre ante el hombre también la perspectiva de la vida divina: ‘He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia’ (Jn 10, 10)”5.
 

Lara G. Salinas

 

N. de la R.: La nota fue elaborada a partir de lo escrito por la doctora Elena Passo (médica inmunóloga) en Ser uno en el dolor, editado en 2011 por Dunken. 
 

FUENTES:

1. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Iura et bona sobre la eutanasia.

2. Juan Pablo II, Congreso sobre Tratamientos de mantenimiento vital y estado vegetativo.

3. P. Ricardo, Yo Soy, Buenos Aires, Paulinas y Ed. de la Palabra de Dios, 2011, p.166.

4. Juan Pablo II, Salvifici Doloris, Carta Apostólica sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, capítulo VI.

5. Juan Pablo II, Mensaje para la VIII Feria Mundial del Enfermo, agosto 1999.

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