03 Jan
“Ve a incendiar todo”
por Cristo Vive |
Leído 1797 veces | Publicado en Evangelizar Ultima modificacion el Jueves, 03 de Enero de 2013 12:06
 
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Ante el espectáculo de la zarza ardiendo (Cf. Ex 3, 1-15) Moisés se preguntó: “¿Por qué razón la zarza no se consume?”. El hecho extraordinario era este: el arbusto ardía pero no se consumía. Quizá él se haya preguntado: “¿Qué clase de fuego es este que no se consume ni consume a la zarza?”. Nosotros podríamos decir que es el “fuego de Dios”. Si comparamos esa zarza ardiendo con nuestro ser persona, podríamos decir que Dios quiere arder con su fuego en nosotros. Si volvemos al relato vemos que este hecho capturó la atención de Moisés a punto tal que lo sacó del camino para mirar aquello tan sorprendente. La zarza ardiendo es un signo que llama la atención y, si lo aplicamos a la vida, podríamos decir que si ardemos en el fuego del amor de Dios, despertamos en los otros una curiosidad, llamamos la atención e incluso causamos cierta admiración.
 

Este fuego es capaz de sacar a cualquiera de la rutina, del aceleramiento, y provocar en él una actitud de contemplación. Pero si no reflejamos ese fuego de Dios en nosotros, pasamos desapercibidos en esta sociedad y en esta cultura que parece haberse olvidado de Dios. ¡Dejémonos incendiar por ese fuego!
 

La zarza no deja de ser eso: permanece siendo un simple arbusto, pero hay algo que es extraordinario: el fuego, y por eso atrae. De igual manera cuando nosotros nos acercamos a Dios, no dejamos de ser nosotros mismos, pero hay algo más que nos atraviesa: es el fuego de Dios. Y eso se percibe. Podemos preguntarnos ¿cómo está el fuego de Dios en mí?, ¿soy signo para otros? Dios se valió de la zarza para hablarle a Moisés. Y yo ¿me dejo utilizar como instrumento para que Dios hable a través de mí?
 

Si ardemos en el fuego del amor de Dios, despertamos en los otros una curiosidad, llamamos la atención e incluso causamos cierta admiración...
 

Por otra parte, la zarza tiene muchas ramas, hojas, troncos y raíces: es un conjunto de partes. Si lo vemos de este modo, la zarza también puede significar la comunidad, un centro pastoral, la Obra y la Iglesia. En última instancia, la zarza que arde sin consumirse es la Iglesia, puesto que Dios habla a través de ella, es decir, de nosotros. ¿Cómo arde el fuego en nuestras comunidades? ¿Qué podría medir ese fuego? El fuego del amor fraterno, de la oración personal y comunitaria. ¿Cómo nos ven los demás? ¿Qué reflejamos como comunidad? ¿Atraemos a otros a vivir lo que vivimos? ¿O más bien los espantamos porque nos ven con caras tristes, desanimados, sumidos en preocupaciones y “ardiendo en naturalización”?

Esto debe ser “un termómetro” para nosotros. Si en nuestros centros pastorales no se forman nuevos grupos no es porque los jóvenes no tengan una búsqueda de Dios o porque la cultura de este tiempo presente una oferta más atractiva contra lo cual no podemos hacer nada. Si lo vemos de esta forma, nuestra visión es conformista, desesperanzada y pesimista. Si esto sucede, es un signo que Dios nos da y que debemos saber leer.
 

Un rasgo de la naturaleza herida por el pecado y por Satanás es poner la responsabilidad en los otros, fuera de uno mismo. Entonces le echamos la culpa a la cultura, a la falta de compromiso, en fin, a un sinnúmero de circunstancias y somos incapaces de mirarnos a nosotros. Ahora bien, ¿cómo estamos nosotros? ¿Nos conformamos con lo que tenemos? Si lo hacemos, ése es el principal signo de naturalización y de que el fuego de Dios no está en nuestro interior o de que no arde porque nos enredamos en nosotros mismos: en lo que nos preocupa, en lo que no nos sale, en fin, en cosas que no son realmente importantes. La Palabra de Dios dice: “Busca primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás añadido será”. Nosotros, cuando nos naturalizamos, invertimos ese orden: buscamos afanosamente la añadidura y después, si nos sobra el tiempo y si estamos bien, buscamos el Reino. Hacemos depender el fuego del Reino de las vacilaciones de nuestra añadidura.
 

Debemos tomar una “decisión con determinación”: dejarnos quemar por el “fuego del amor de Dios”. Para la misión, Dios cuenta con nosotros, con nuestra entrega. “He venido a traer fuego sobre la tierra y cómo desearía que ya estuviera ardiendo” (Lc 12, 49), dijo Jesús.
 

Hagamos realidad en nuestras vidas y en nuestras comunidades su deseo. El fuego ya está entre nosotros y en nosotros. Dejemos que ese fuego nos abrace por completo y no permitamos que quede como una “chispa insignificante” que nadie puede ver y es incapaz de incendiar nada ni a nadie. San Ignacio de Loyola, cuando envía a San Francisco Javier de misión al Oriente, le dice: “Ve a incendiar todo”, y ¡vaya si lo hizo! Dejemos que esa chispa se convierta en hoguera. Dejemos que el Espíritu Santo ocupe un lugar privilegiado en nosotros como el día de Pentecostés, cuando ardieron los discípulos. Si hacemos esto, veremos milagros de conversión, de sanidad y de liberación en muchos. Si Dios no hace milagros, es por nuestra falta de fe. Salgamos de la mediocridad, del conformismo y de la omnipotencia del “no puedo” para dejarnos conducir por el Espíritu de Dios que habita en nosotros.
 

 

Padre Luis Peralta, MPD

Comunidad Nazaret Masculino de Alta Córdoba

Prov. de Córdoba

Publicado en la Revista Cristo Vive nº185.


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