09 Nov
“El hombre más peligroso del planeta”
por Cristo Vive |
Leído 428 veces | Publicado en Francisco Ultima modificacion el Lunes, 09 de Noviembre de 2015 16:40
 
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ACTUALIDAD ECLESIAL -

La gira del papa Francisco por Cuba y Estados Unidos en septiembre pasado estuvo llena de gestos radicales y abrió nuevos espacios de diálogo.


En estos últimos meses, mientras observaba todo lo que hizo el papa Francisco para restablecer las relaciones entre dos países y seguía los eventos de su viaje, recordaba algunas escenas de la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-32), donde ese padre bondadoso intenta acercar a dos hijos distanciados poniendo como prioridad la urgencia y la alegría del reencuentro.
 

La gira papal que se inició el 19 de septiembre de este año tiene sus raíces en los hechos de diciembre pasado, cuando gracias a la silenciosa mediación papal las dos naciones vecinas decidieron reanudar sus relaciones diplomáticas.
 

Durante medio siglo cualquier intento de acercamiento entre ellos fue una tensión interminable: Estados Unidos alegaba que La Habana debía empezar a respetar los derechos humanos y las libertades, mientras que Cuba se negaba a hablar con aquellos que le habían impuesto un terrible bloqueo comercial debido a sus violaciones de los derechos humanos y la falta de libertades.
 

En esta disputa Washington se asemejaba al hermano mayor de la parábola, quien se niega a cualquier encuentro porque está convencido de ser una especie de “guardián moral” que ha defendido históricamente los valores más nobles que el otro hijo no respeta.
 

peligr1Y la estrategia de Francisco se pareció mucho también a la del padre de la parábola. Al igual que aquel hombre bondadoso, él invitó a los hermanos distanciados a dejar por un momento de lado los conflictos concretos para “comer y hacer fiesta” (Cf. Lc 15,23). De hecho, más allá de algunas mínimas concesiones, los puntos de confrontación no cambiaron: ni Cuba se convirtió en el paraíso de la libertad ni Washington levantó su bloqueo. Pero Francisco les propuso poner por delante lo que él llama la “cultura del encuentro”. “Lo que ganarán es la paz, el encuentro, la amistad y la colaboración”, prometió el Papa.
 

Así, después de 54 años de aislamiento, Cuba y Estados Unidos volvieron a abrir sus respectivas embajadas en La Habana y Washington en julio pasado, y el Papa inició su visita dos meses más tarde.
 

Pero cuando comenzó, esta gira mostró que la “cultura del encuentro” está plagada de piedras en el camino que deben removerse pacientemente. Con esa misión Francisco se subió al avión el sábado 19: “Hoy el mundo está sediento de paz”, les dijo a los periodistas en el vuelo Roma-La Habana y, también, que es necesario “tender puentes, puentes pequeños”. Porque “un puente pequeño y otro y otro y otro… hacen el gran puente de la paz”.
 

Pero tanto en la isla como en el territorio norteamericano se escucharon enseguida las voces de protesta frente a cada gesto del que viajaba para hacer puentes. La revista Newsweek llegó incluso a preguntarse en su tapa: “¿El Papa es católico?”
 

En la cadena televisiva Fox, el principal baluarte de los conservadores en los medios de Estados Unidos, el comentarista Greg Gutfeld, definió a Francisco como “el hombre más peligroso del planeta” por sus posiciones, tanto las expresadas en la encíclica ecológica Laudato si’, como en aquellas dichas en su acercamiento a Cuba y sus críticas al capitalismo. “El capitalismo hace mucho más por los pobres que lo que hace el Vaticano”, retrucó, desubicado, Gutfeld.
 

De la misma manera, en Cuba se oyeron voces de protesta porque el Papa no recibió específicamente a los disidentes. Francisco no es ingenuo y conoce la repercusión política de cada una de sus decisiones y gestos, pero sus viajes tienen un sentido pastoral más que político. Aunque estrechó sus manos, él nunca entendió esta visita como una muestra de apoyo hacia los hermanos Castro ni tampoco hacia Barack Obama.
 

Cuando le preguntaron, a bordo del avión que iba de Cuba a Estados Unidos, por qué no los había recibido, él respondió no sin cierta ironía: “En la catedral de La Habana saludé a todos, a los enfermos, a la gente en silla de ruedas. Pero nadie se identificó como disidente. No sé si estaban ahí o no”.
 

En esta gira, además, Francisco volvió a dejar en claro su decidida vocación pastoral por la “periferia”. Mostró de nuevo que si va a recibir y tratar de manera especial a alguien, más allá de la condición universal de todas las personas como hijos de Dios, es a los marginados sociales, a los refugiados, a los inmigrantes, a los enfermos y a los pobres, sin importar su color político.
 

“¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”, había dicho al inicio mismo de su pontificado.
 

Así es como esta gira, al igual que las nueve anteriores, más allá de alguna reunión particular diferente, tuvo un programa casi calcado de país en país: un encuentro con las autoridades nacionales, luego con los obispos y el clero, misa multitudinaria para todo el pueblo y una visita a la “periferia” (barrios pobres, centro de refugiados, hospitales o cárceles). Y a todos les transmitió el mismo mensaje, propio de un “pastor con olor a oveja”.
 

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“Vine como pastor pero sobre todo como hermano, a compartir su situación y hacerla también mía”. ¿A quiénes dirigió esta frase y luego abrazó? ¿A sus hermanos obispos? ¿A una familia de La Habana? ¿A los líderes del Congreso norteamericano? No. A los delincuentes encarcelados en la prisión de Curran-Fromhold, en las afueras de Filadelfia. Y para que no quedaran dudas de su humildad, agregó: “Todos tenemos necesidad de ser purificados, de ser lavados. Todos. Yo, el primero”.
 

Así, en Cuba y Estados Unidos mostró una de las características distintivas de su papado: la cercanía. En Filipinas, Corea, La Paz o Nueva York, todo el mundo tuvo la impresión de que con Francisco se podía compartir una mesa con un buen vino y quedarse charlando y haciendo bromas como si se conocieran de toda la vida. ¿No se parece al Jesús del Evangelio? “Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Miren, un hombre glotón y bebedor de vino, amigo de recaudadores de impuestos y de pecadores’” (Mt 11,19).
 

En este viaje mostró también otro aspecto de su pontificado que lo acerca mucho al estilo evangélico de Jesús. Él emplea las palabras más fuertes de sus discursos y el tono más severo cuando se dirige al clero y a sus hermanos obispos, a quienes exhorta a no ser “solterones”, a que su vocación “no sea ajena a la ternura y al amor”. Eso les dijo a los obispos de Filadelfia, a quienes invitó también a no poner yugos excesivos sobre el pueblo de Dios. “Nuestro ministerio necesita desarrollar la alianza de la Iglesia y la familia. De lo contrario, se marchita, y la familia humana, por nuestra culpa, se alejará irremediablemente de la alegre noticia evangélica de Dios”.
 

Por último, un sello distintivo que arrastra desde sus épocas de arzobispo de Buenos Aires es su ecumenismo. Me puso la piel de gallina la ceremonia interreligiosa realizada en el Memorial de las Torres Gemelas, el sitio donde murieron casi 3000 personas en 2001. Había líderes islámicos, judíos, hindúes, budistas, nativos americanos y de otras confesiones cristianas. Todos congregados por Francisco para trabajar por la paz.
 

Al ver los frutos de esta gira por Cuba y Estados Unidos, la más larga de su pontificado, quizá no resulte tan desacertada la frase del comentarista norteamericano Greg Gutfeld: el Papa Francisco se ha convertido hoy, en cierto sentido, en el hombre más “peligroso” del planeta. Lo mismo dijeron de Jesús.
 

Rubén Guillemí

Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº200.

 

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