21 Sep
Sufrir por el fútbol
por Cristo Vive |
Leído 2158 veces | Publicado en Jóvenes Ultima modificacion el Viernes, 21 de Septiembre de 2012 14:11
 
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Aunque a simple vista pueda resultar banal, el fanatismo radical por mi equipo de fútbol fue determinante en mi vida...

 

Este deporte, especialmente mi querido club, fue para mí una pasión desde mis primeros años. Usaba pañales y mi padre ya me había hecho socio de Rosario Central.
 

sufrir-sergioCon el paso del tiempo, seguí al equipo en sus campañas, tanto en sus mejores épocas de campeón nacional como en las peores, como cuando sufrió el descenso de categoría. Y ni hablar de los clásicos frente al eterno rival, de los cuales no me perdía uno solo. En mi adolescencia, viajaba por el país para ver al equipo cuando jugaba de visitante; lo dejaba todo para seguirlo. Sí: todo. Para sustentar los múltiples viajes, muchas veces no pagaba el tren y, para evitar al inspector que durante el recorrido controlaba los boletos, me escondía en el exterior –con el tren en marcha– entre dos vagones para que no me atraparan. En mi necedad, no podía ver que estaba arriesgando mi vida.
 

Vivía cada partido: lo gozaba o lo sufría con la misma intensidad. Yo era de los que en la chancha se “transforman”. De mi boca salían andanadas de insultos y agresiones. Me consumían los nervios en cada minuto de juego y de la cancha volvía afónico de tanto gritar. El resultado de cada partido del fin de semana determinaba mi estado de ánimo para los días posteriores y me predisponía a empezar la semana pendiente de las bromas y los comentarios, lleno de euforia o masticando la bronca, según hubiera sido el resultado. El fútbol ocupaba un lugar sumamente relevante en mi vida.
 

“No era libre: mi ánimo dependía del resultado del partido”
 

Pero el Señor salió a mi encuentro para rescatarme y proponerme una vida nueva poniendo orden donde no lo había. Uno de esos “lugares interiores” donde recibí su gracia fue en lo relativo a esta cuestión... Aunque a simple vista pueda parecer un tema menor y sin trascendencia, padecer por la suerte de un equipo de fútbol es una forma de esclavitud. ¿Era justo que un partido me arruinara un domingo con la familia, una reunión, o me distanciara de una persona? ¿Era la voluntad de Dios que cada domingo mi cabeza y mi corazón permanecieran en tensión desperdiciando ese tiempo de recreación y descanso? ¿Era justo que mi malestar o mi alegría dependiesen de lo que hicieran once jugadores?
 

Gracias a la luz del Señor, pude darme cuenta de que el significado hondo por el cual tenía esta actitud hacia el fútbol tenía su raíz en mi infancia, cuando mi papá me llevaba a la cancha: en aquellos abrazos con él, cuando gritábamos juntos el gol que nos daba el campeonato y otras tantas vivencias felices de mi niñez ligadas al fútbol...  Pero mi conducta hacia el deporte no podía seguir ocupando el lugar que le había dado en mis pensamientos y emociones.
 

sufrirEn la medida que fui asumiendo otras opciones, dejé de ir a la cancha y hoy puedo decir con gozo que Dios me fue liberando de esa forma de dependencia y alienación. Ahora puedo decir como san Pablo que lo que tenía como una ganancia ahora lo puedo ver como una pérdida, y en lo que yo creía pérdida descubro una ganancia.
 

Mi simpatía por los colores de mi equipo sigue intacta y, obviamente, sigo prefiriendo que este gane a que pierda. Hace casi una década que juego al fútbol semanalmente. Lo que ha cambiado es el nuevo lugar que todo eso tiene en mi corazón: antes lo dejaba todo por mi equipo y la pasión me hacía perder la razón. Ahora, cuando puedo, lo veo por televisión, pero jamás me pierdo la gracia de la reunión comunitaria por un partido. Hoy cuido cada comentario al respecto y ya desterré las bromas que sé que pueden herir susceptibilidades de otros que siguen a equipos distintos. Esta es una de las tantas gracias que recibí del Señor para poder darle a cada cosa el lugar que Él quiere que tenga y aprendí a vivir, por su gracia, despojado de lo que me quite la paz.

Sergio Menchón*

Rosario – Prov. de Santa Fe


*Sergio tiene 48 años, está casado con Sonia y juntos coordinan talleres de matrimonios jóvenes y la escuela de novios.

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