16 Jul
La Virgen nos ayuda a crecer
por Cristo Vive |
Leído 1366 veces | Publicado en María Ultima modificacion el Martes, 16 de Julio de 2013 14:19
 
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ENSEÑANZA APOSTÓLICA - 
 

Orando ante un ícono de María, Francisco describe sus rasgos maternales para con todos sus hijos*.
 

Esta tarde estamos aquí ante María. Hemos rezado bajo su guía maternal para que nos conduzca a estar cada vez más unidos a su Hijo Jesús, le hemos traído nuestras alegrías y nuestros sufrimientos, nuestras esperanzas y nuestras dificultades, la hemos invocado con la bella advocación de Salus Populi Romani**, pidiendo para todos nosotros, para Roma y para el mundo, que nos done la salud. Sí, porque María nos da la salud, es nuestra salud. Jesucristo, con su Pasión, Muerte y Resurrección, nos trae la salvación, nos dona la gracia y la alegría de ser hijos de Dios, de llamarlo en verdad “Padre”. María es madre; una madre se preocupa sobre todo por la salud de sus hijos y sabe cuidarlos siempre con gran y tierno amor. La Virgen custodia nuestra salud. ¿Qué quiere decir esto? Pienso sobre todo en tres aspectos: nos ayuda a crecer, a afrontar la vida y a ser libres.
 

Una mamá ayuda a los hijos a crecer y quiere que crezcan bien, por eso los educa a no ceder a la pereza –que también se deriva de un cierto bienestar–, a no conformarse con una vida cómoda que se contenta solo con tener algunas cosas. La mamá cuida a los hijos para que crezcan más y más, que sean fuertes, capaces de asumir responsabilidades y compromisos en la vida, y que tengan grandes ideales. El Evangelio de san Lucas dice que, en la familia de Nazaret, Jesús "iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él" (Lc 2, 40). La Virgen hace precisamente esto con nosotros: nos ayuda a crecer humanamente y en la fe, a ser fuertes y a no ceder a la tentación de ser hombres y cristianos de una manera superficial, sino a vivir con responsabilidad, a mirar cada vez más hacia lo alto.
 

virgen2Una mamá además piensa en la salud de sus hijos, educándolos también para afrontar las dificultades de la vida. No se educa, no se cuida la salud evitando los problemas, como si la vida fuera una autopista sin obstáculos: la mamá ayuda a los hijos a mirar con realismo los problemas de la vida y a no perderse en ellos, sino a afrontarlos con valentía, a no ser débiles y a saber superarlos, en un sano equilibrio que una madre "siente" entre las áreas de seguridad y las zonas de riesgo. Y esto, una madre sabe hacerlo: lleva al hijo no siempre sobre el camino seguro, porque de esta manera no puede crecer, pero tampoco lo deja andar solamente sobre el del riesgo, porque es peligroso.
 

Una madre sabe equilibrar estas cosas. ¡Una vida sin desafíos no existe y un chico o una chica que no sepa afrontarlos poniéndose en juego no tiene columna vertebral! Recordemos la parábola del buen samaritano: Jesús no propone la conducta del sacerdote y del levita, que evitan socorrer al hombre que había caído en manos de ladrones, sino la del samaritano que ve la situación de ese hombre y la afronta de una manera concreta. María ha vivido muchos momentos no fáciles en su vida, desde el nacimiento de Jesús, cuando "no había lugar para ellos en el albergue" (Lc 2, 7), hasta el Calvario (Cf. Jn 19, 25). Y, como una buena madre está cerca de nosotros, para que nunca perdamos el valor ante las adversidades de la vida, ante nuestra debilidad, ante nuestros pecados: nos da fuerza, nos muestra el camino de su Hijo. Jesús en la cruz le dice a María, indicando a Juan: "¡Mujer, aquí tienes a tu hijo!" y a Juan: "Aquí tienes a tu madre"(Cf. Jn 19, 26-27). En este discípulo todos estamos representados: el Señor nos confía en las manos llenas de amor y de ternura de la Madre, para que podamos sentir que nos sostiene al afrontar y vencer las dificultades de nuestro camino humano y cristiano. No tengamos miedo a las dificultades, afrontémoslas con la ayuda de la madre.
 

Un último aspecto: una buena mamá no solo acompaña a los niños en el crecimiento, sin evitar los problemas ni los desafíos de la vida, una buena mamá ayuda también a tomar las decisiones definitivas con libertad. Esto no es fácil. Pero una madre sabe hacerlo, en este momento en que reina la filosofía de lo temporal. Pero ¿qué significa libertad? Por cierto, no es hacer todo lo que uno quiere, dejarse dominar por las pasiones, pasar de una experiencia a otra sin discernimiento, seguir las modas del momento; "libertad" no significa, por así decirlo, tirar por la ventana todo lo que no nos gusta. La libertad se nos dona ¡para que sepamos optar por las cosas buenas en la vida! María, como buena madre, nos educa a ser, como Ella, capaces de tomar decisiones definitivas, con aquella libertad plena con la que respondió "sí" al plan de Dios para su vida (Cf. Lc 1, 38).
 

La libertad se nos dona para que sepamos optar por las cosas buenas en la vida.
 

¡Qué difícil es, en nuestro tiempo, tomar decisiones definitivas! Nos seduce lo temporal. Somos víctimas de una tendencia que nos empuja a lo efímero... ¡como si deseáramos permanecer adolescentes para toda la vida! ¡No tengamos miedo de los compromisos definitivos, de los compromisos que involucran y abarcan toda la vida! ¡De esta manera, nuestra vida será fecunda! Y ¡esto es libertad! Tener el coraje de tomar decisiones con grandeza.

Toda la existencia de María es un himno a la vida, un himno de amor a la vida: ha generado a Jesús en la carne y ha acompañado el nacimiento de la Iglesia en el Calvario y en el Cenáculo. La Salus Populi Romani es la Mamá que nos dona la salud en el crecimiento, para afrontar y superar los problemas, en hacernos libres para las opciones definitivas; la mamá que nos enseña a ser fecundos, a estar abiertos a la vida y a ser cada vez más fecundos en el bien, en la alegría, en la esperanza, a no perder jamás la esperanza, a donar vida a los demás, vida física y espiritual.
 

¡Oh María, Salus Populi Romani para el pueblo de Roma, para todos nosotros: dónanos la salud que solo tú puedes darnos, para ser siempre signos e instrumentos de vida!

 

* Alocución de su Santidad en la basílica de Santa María la Mayor de Roma, 04/05/2013.

** Salus Populi Romani (Protectora del Pueblo Romano) es el nombre que se le da en el siglo XIX al icono bizantino de la Virgen y el niño, que procede de los primeros cristianos. 


Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº188.


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