23 Sep
“Caminé a Luján con mis manos”
por Cristo Vive |
Leído 830 veces | Publicado en María Ultima modificacion el Martes, 23 de Septiembre de 2014 13:05
 
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MARÍA EN EL MUNDO -
 

Cada año en Argentina, el primer fin de semana de octubre se realiza una peregrinación a la basílica de Luján. Esta es la experiencia de alguien que sirve en la enfermería durante las peregrinaciones.
 

Soy kinesióloga y eso hace que no dude en ofrecer mi servicio. Peregriné a Luján cuatro veces como servidora en la enfermería, pero esta fue la primera que lo hice con el Movimiento de la Palabra de Dios y acompañando a mi hija.
 

Es hermoso ver al rebaño de Dios que camina hacia Él por María. No hay explicación que entienda nuestra razón sobre la fuerza de convocatoria de la Madre a sus hijos.
 

camine2Me maravilla ver que nosotros partimos tal cual somos, con nuestra identidad, con nuestras fuerzas físicas intactas y cómo la Virgen, poco a poco, entre parada y parada, se encarga de ir despojándonos de toda nuestra humanidad. Es en ese momento cuando, con su delicadeza y amor, nos envuelve con su manto de protección. Ya en Luján, frente a su imagen, solo le entregamos nuestro corazón, con sus miserias y flaquezas, porque el resto quedó en el camino. Este es el instante en el que Ella, año a año, derrama sus gracias.
 

Se gastan todas las fuerzas humanas, solo llegamos gracias a Ella. Ya no nos importa nuestra imagen, ni la condición de nuestra ropa, ni el cabello desprolijo, ni nuestros dientes sucios, ni nos molesta el sudor. Perdemos noción del frío y del calor, del hambre, de nuestro estado físico, no sabemos ni siquiera dónde nos duele más, dónde quedaron nuestras piernas, cuántas ampollas tenemos, ni si las medias están mojadas, ni si la piel está reseca o colorada por el sol. Todo es intrascendente, porque perdimos la noción de nosotros mismos, nos "vaciamos" de nuestro cuerpo, nuestra historia, nuestras cosas…
 

Es allí donde siento claramente que mis manos, con las que masajeo a los peregrinos, son las de Jesús, que viene a nuestro encuentro en nuestras dificultades, que está atento, que nos descansa… Es Él quien utiliza mi pobreza humana, logra trascender mis límites y me hace su instrumento para llegar al hermano.
 

Yo también, parada tras parada, me fui despojando de mí misma para estar disponible al otro y para sentir que, cuando pude abrazar su pie cansado con mis manos, la Virgen hizo que en esa continuidad fuéramos uno.
 

Agradezco a Dios la oportunidad de vivir esta experiencia y espero que cada peregrino que asisto pueda sentir a Jesús cerca. Él alivia sus dolores, les da fuerzas y los alienta a seguir caminando para enseñarnos que solo dejando todo y aceptando nuestros límites, podemos seguir.
 

Ya en Luján, a María le entregamos nuestra esencia: nuestro corazón. Agradezco a todos los peregrinos la experiencia de vivir el compartir; sus logros fueron los míos. Ellos caminaron con los pies, yo con mis manos. Todos llegamos en comunidad y no hubiéramos podido hacerlo solos. La peregrinación es, sin duda, un testimonio para nosotros y para el resto del mundo de lo que Dios obra si nos entregamos, caminamos juntos y nos dejamos levantar.
 

La alegría y la plenitud de haber podido aliviar con mis manos el camino del hermano me hizo pensar en la alegría de nuestro Padre, cuando dejamos que con su amor, nos alivie en nuestro caminar por la vida, como nos dice en su Palabra: “Vengan a mí los que estén afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11, 28).
 

Gracias, hermano, por dejarte ayudar. Gracias a Dios por ayudarnos a vivir. Que Él nos guíe para dejarnos amar.
 

María Julia A. de Cuello

Centro Pastoral Janer

Buenos Aires

Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº194.

 

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