Editorial

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La Madre de Dios siempre está cerca de nuestra vida. Nos sorprende la gran variedad de formas en las que se hace presente en el mundo.

En estas páginas queremos compartir la gracia que nos regala la Madre de la Palabra de Dios y Guardiana de nuestra fe, el relato de cómo tuvo lugar la inspiración, los sucesos que dieron a luz la imagen y los frutos y testimonios de de esta nueva advocación mariana. Con ella se identifica el carisma del Movimiento de la Palabra de Dios.


Con esta colección, María en el mundo, queremos difundir y acompañar la presencia silenciosa de la Madre de Dios, quien no deja de hacerse cercana a nosotros, sus hijos, a través de sus apariciones y diversas advocaciones.

 

Otros títulos de la colección: La Virgen de la Revelación, La Madre de todos los Pueblos, La Virgen de El Cajas, Nuestra Señora del Pilar, Nuestra Señora de Guadalupe.


64 páginas • 11 x 17 cm

 



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NOTA.-

Por Lara Salinas



Entre las propuestas más novedosas para erradicar el acoso escolar, están en marcha leyes, programas educativos y eventos culturales para proteger la integridad física y psicológica de los adolescentes.


El estreno de la polémica serie 13 Reasons Why reavivó el debate en torno al bullying y a sus nefastas consecuencias. La Organización Mundial de la Salud sostiene que se trata de un tipo de acoso constante de parte de un chico hacia otro, lo que produce en la víctima el desasosiego, la falta de rendimiento escolar y, en algunos casos, autoflagelaciones e intentos de suicidio. 

Recientemente, la ONG Bullying Sin Fronteras publicó los datos que extrajo de una encuesta1 a niños, adolescentes y al personal educativo en países latinoamericanos. Más del 90% de los consultados reconocieron que el bullying estaba instalado en sus comunidades y uno de cada dos jóvenes que intervino en este estudio, tanto del nivel primario como del secundario, confesó que en algún momento había padecido algún tipo de acoso en la escuela. 

En Latinoamérica, actualmente se generan múltiples ideas en torno a qué hacer para detener esta alarmante situación. Entre otras, surgieron propuestas que buscan establecerse como políticas públicas, métodos educativos, espacios de difusión de la problemática y pautas de convivencia.


Ejercicios de meditación

Después de almorzar, los alumnos de la Escuela N° 97 “Federico García Lorca” de Montevideo, Uruguay, salen al patio para practicar Falun Dafa, una disciplina china tradicional y popular, que consta de un juego de ejercicios suaves acompañados por otros de meditación que brindan claridad mental y paz interna. Es una práctica que favorece la concentración y la relajación. 


En la escuela, los niños la incorporaron de forma maravillosa y no encontraron dificultades para aprenderla, ya que en el 2015 practicaban Tai Chi, otra serie de ejercicios orientales. La directora Silvia Blumberg manifiesta que con esta práctica los niños “se benefician no solo espiritualmente, sino biológicamente: se oxigenan y relajan e ingresan al aula enfocados y con otra actitud”. Gracias a esta actividad, entre los chicos cambió la manera de vincularse. Anteriormente, los cursos tenían serios problemas de concentración y de violencia social reflejada en el aula. Los cambios que hicieron este último año conmovieron a los directivos y a los docentes de la escuela.


El himno anti-bullying 

Reconocidos músicos de Paraguay formaron parte de la grabación de la canción “Somos Uno” lanzada el 18 de marzo, cuyo objetivo era crear conciencia y lograr la difusión de la problemática del bullying en escuelas del país. La iniciativa fue impulsada por los creadores de la campaña "No más violencia, por más mujeres, niños y adolescentes felices" y cuenta con el apoyo de los músicos Rolando Chaparro, Lenys Paredes, Nicole Arz y Giuseppe Luraschi, entre otros artistas.


El himno fue declarado de Interés Cultural por la Secretaría de Cultura del Paraguay.2


Prevenir por medio de la tecnología 

El Colegio Internacional SEK de Quito implementó el programa ZeroAcoso con el fin de detectar de forma temprana los posibles casos de bullying para intervenir rápidamente y evitar que perduren en el tiempo. Se trata de una plataforma virtual que permite que el alumno pueda comunicarse anónimamente a través de canales como iOS, Android y Facebook Messenger, para contar a las autoridades si fue testigo de un caso de acoso y manifestar su preocupación. Los datos que proporciona ZeroAcoso se convierten en un censo real de este tipo de conductas.


Una iniciativa de dos boxeadores

En la escuela de boxeo para niños y niñas de Víctor “Chocolate” Torres e hijo, Richard “Chocolatín” Torres, de Arequipa, se combate el bullying por medio del deporte.


Richard sostiene que la enseñanza del boxeo no consiste en hacer que los niños hagan uso de los golpes para atacar a otros, sino en darles confianza y reforzar su autoestima. La idea de los boxeadores es disciplinarlos y formarlos en valores, como en cualquier otro deporte. 


Los chicos que son víctimas de agresiones físicas por parte de sus compañeros en la escuela aprenden técnicas de autodefensa que los ayudan a salir airosos del ataque de sus agresores; mientras que los que son propensos a maltratar a sus compañeros encauzan su agresividad y energía en el deporte. Una estrategia pedagógica particular de Richard con los más agresivos es ponerlos en el ring contra otros niños más entrenados en el boxeo, de tal forma que pueden experimentar lo duro que es pelear contra otro más fuerte que ellos y sentirse identificados con los chicos a los que les hacen bullying.


En febrero llegaron a superar los 100 alumnos, varones y mujeres de 5 a 18 años. 


Pautas de convivencia

En la Legislatura de la provincia de Mendoza se busca erradicar el bullying de las escuelas. El proyecto apunta a que, desde principios de año, cada institución cree y difunda cuáles son sus pautas de convivencia y a que se trabaje intensivamente en la detección y en el seguimiento de los casos de acoso. Por otro lado, se propone que las sanciones no impliquen la suspensión ni expulsión de los alumnos de la escuela, sino que se orienten a generar un cambio en la conducta. 


La iniciativa presentada por la senadora Mariana Caroglio apunta a regular la promoción, la intervención institucional, la investigación y la recopilación de experiencias sobre la convivencia y el abordaje de la conflictividad social en todas las escuelas mendocinas, con el objetivo de prevenir el acoso escolar en concordancia con las leyes nacionales de “Promoción de la convivencia y el abordaje de la conflictividad social en las instituciones educativas” y de “Protección Integral de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes”. 


Si no hay público, no hay espectáculo

El KiVa nació en el 2007, en Finlandia. Cuatro años después de su creación, en las escuelas los índices de acoso escolar habían bajado un 95%. Esta estadística provocó que, en la Argentina, dos colegios de la provincia de Salta se animaran a implementar el programa a principios del 2016. 


El método apunta al cambio conductual del acosador con miras a que cumpla las metas que él mismo se propone. Lo novedoso es que se pone el foco no en el agresor ni en la víctima, sino en los testigos del bullying: se trabaja para que sean ellos los primeros en repudiar los casos de acoso. Se trata de un método integral, del que participa todo el grupo, y que parte de la premisa de que si no hay público, entonces no hay espectáculo. Al no haber quienes celebren estos episodios, los agresores generalmente desisten. Pero si esto no ocurre, el método KiVa propone trabajar con cada caso en particular. Cuando se identifica que el problema persiste, los representantes del Consejo (un grupo de alumnos elegidos democráticamente por sus pares para tratar específicamente las problemáticas de acoso) le proponen al acosador que busque una manera de contrarrestar el daño que le hizo a quien fue maltratado con una actitud desinteresada y amable: ya sea almorzar con él o ayudarlo en alguna tarea; lo importante es que la idea provenga del que provocó el daño. Las autoridades de la escuela, por su parte, hacen un seguimiento de esa acción. A la semana siguiente, se le pide al alumno que plantee una nueva propuesta y se observa que haya tenido un cambio actitudinal hacia su compañero. 


Un festival contra el bullying 

En Rosario, el director del Instituto Superior Zona Oeste, Arístides Álvarez, encabezó una iniciativa contra el bullying y el ciberbullying cuando vio cómo la producción cultural había cambiado a uno de sus alumnos. Nahuel Malanot había hecho viral un video que dejaba en ridículo a dos compañeros. El director, en vez de amonestarlo, le encargó que hiciera un cortometraje sobre la violencia escolar. Esta tarea despertó en Nahuel la vocación; actualmente es un joven cineasta premiado3 y da charlas contra el bullying en distintos colegios. 


Esta transformación personal, como otras ocurridas en la escuela, impulsaron la creación del festival artístico Si nos reímos, nos reímos tod@s, que fue realizado en la plaza Pringles de Rosario, provincia de Santa Fe, en octubre del 2016, al que asistieron más de 500 personas. En su organización contó con el auspicio de la ONG Libres de Bullying. Se trató de un encuentro donde niños y adolescentes fueron protagonistas y se manifestaron a favor de la convivencia escolar y social contra el maltrato, el acoso y la discriminación a través de distintas expresiones artísticas como canciones, poesías, bailes, dibujos y actuaciones. Actualmente, se planea recorrer toda la provincia de Santa Fe con este festival. 


El evento fue declarado de interés municipal por la ciudad de Rosario y de interés provincial en Santa Fe. 




1. El estudio se desarrolló entre marzo de 2016 y marzo de 2017.

2. “Somos Uno” se puede escuchar en el portal de YouTube de la Secretaría Nacional de Cultura del Paraguay.

3. El cortometraje Identidad Oculta de Nahuel Malanot fue premiado por el Observatorio de los Derechos de la Niñez y la Adolescencia de UNICEF. Trata la problemática del Grooming (un tipo de acoso cibernético).



REFLEXIÓN.-

La importancia de hacer silencio para encontrarnos con el otro.


En distintas oportunidades me encontré con este texto de Carl Rogers y, cada vez que lo leo, me genera nuevas sensaciones.


El primer sentimiento que deseo compartir con ustedes es mi alegría cuando realmente oigo a alguien. Creo que esta ha sido quizás, y desde hace mucho tiempo, una de mis características… Creo que sé por qué me satisface oír a alguien. Cuando realmente logro escuchar a alguien, eso me pone en comunicación con él, enriquece mi vida… 


Cuando digo que me gusta oír a alguien, me refiero, por supuesto, a oírlo con profundidad. Me refiero a oír las palabras, los pensamientos, los tonos sensoriales, el significado personal, incluso el significado oculto tras la intención consciente del comunicante… 


Por consiguiente, he aprendido a preguntarme: ¿logro oír los sonidos y sentir la forma del mundo interno de mi interlocutor? ¿Soy capaz de vibrar ante lo que me dice con tal profundidad que siento el significado de lo que lo atemoriza y que, sin embargo, querría comunicar, además de lo que le es conocido?


He descubierto que, tanto en las sesiones terapéuticas como en las experiencias de grupo intensivas, que tanto han significado para mí, oír trae consecuencias. Cuando escucho realmente a una persona, incluido el significado importante para ella en aquel momento, oyendo no solo palabras, sino a la persona en sí y cuando le hago saber que he captado su propio significado privado, ocurren muchas cosas. Lo primero es una mirada de agradecimiento. Se siente exonerada. Quiere hablarme de su mundo. Se lanza con una nueva sensación de libertad. Se abre al proceso de cambio. 


A menudo he comprobado que cuanto más profundamente oigo el significado de la persona, mayor cantidad de cosas ocurren. Casi siempre, cuando se da cuenta de que se le ha oído con profundidad, se le humedecen los ojos. Creo que, en realidad llora de alegría. Es como si dijera: “Gracias a Dios que alguien me ha oído. Alguien sabe cómo es ser como soy”. 


Escuchar es algo tan humano que parece muy sencillo de realizar y, sin embargo, no lo es. No se trata de permitir que nuestra capacidad de oír se abra a los sonidos y palabras que alguien expresa; hablamos de una escucha que se realiza con todo el ser, no solo con el oído. Me animaría a decir que se trata de un acto que consiste en detenerse y vaciarse para que otro sea cada vez más persona


Es necesaria una escucha receptiva, disponible para entrar en el mundo del otro, comprender su realidad y comunicarle de algún modo esta comprensión. 


¿Qué se interpone para que se dé una verdadera experiencia de escucha? Jean-Marc Randin nos acerca algunas pistas al decir que “el primer obstáculo somos nosotros mismos”. 2 Cada vez que estamos preocupados por escuchar y por comprender, nos centramos en nosotros mismos y perdemos disponibilidad. Porque escuchar no es el objetivo, sino que, a partir de la escucha, se produzca esa maravillosa y potencial experiencia de comunicar la importancia que tiene el otro, darle a conocer que él ha sido tenido en cuenta y ha sido considerado; en definitiva, que el otro es persona, que existe y es digno de ser


Escuchar implica salir de nosotros mismos sin dejar de ser y sin dejar de estar. Jean-Marc Randin explica que “escuchar pide esa rara mezcla donde es necesario poder ponerse suficientemente de lado uno mismo, aun estando decididamente presente. Estar libre de una voluntad de resultado manteniéndonos despiertos y en ‘atención’, en tensión hacia [el otro]”. 


El peligro para una verdadera escucha es no darle el valor que realmente tiene, como también aferrarse a la expectativa de querer ayudar como única meta y preocupación. 


Podemos decir que supone conquistar nuevos hábitos, salir de pretender que la escucha dé resultados rápidos, actitud promovida por nuestra cultura que tiende a la eficiencia de todas nuestras acciones. Es como buscar desaprender lo aprendido de la escucha, para poder escuchar de un modo nuevo. 


Reconquistar el valor del proceso, confiar en la capacidad sanadora que tiene la escucha profunda, empática, aceptante, congruente y sostenida en el tiempo. No somos dueños del proceso que desata la escucha profunda. No conocemos el camino. No lo controlamos. No hay plazos para ese proceso. Solo sabemos el valor que tiene la escucha a partir de nuestra propia experiencia de ser escuchados. Y sabemos que ese poder es de potencia y que está dentro del mundo interno de la persona que es escuchada. 


AMIGOS DEL SILENCIO 


Más de una vez me pregunto: ¿seremos capaces los hombres de hoy de desarrollar una actitud contemplativa que favorezca una escucha profunda, que amplíe nuestro ángulo de percepciones? ¿Cómo podrá ser esta experiencia en medio del ritmo de vida que imponen las grandes ciudades? ¿Cómo favorecerla cuando vivimos inmersos en un mundo donde la tecnología nos vincula con una comunicación inmediata, invasiva y casi sin límites? 


Para esto, es necesario reconquistar el silencio, hacernos amigos de él. No temer estar en contacto con nosotros mismos y con aquello que sabemos nuestra fuente de vida. Solo de este modo podremos también encontrarnos con los otros. 


Se me hace presente la expresión de un monje cisterciense, de la Abadía de San José de Spencer (Massachusetts), tratando de describir el modo de vinculación, de comunicación, entre Dios y el hombre: “El primer lenguaje de Dios es el silencio. En la Trinidad no hay más palabra que la Palabra eterna y esta única Palabra lo contiene todo. Como escribe San Juan de la Cruz: ‘Fue pronunciada una vez, en absoluto silencio. Y solo en silencio podemos oírla’”. 3 


Estar en contacto con uno mismo, con nuestra fuente de vida y con los demás abre la posibilidad a experimentarnos amados, valorados y a sentirnos sanos con capacidad de resolución de dificultades. 


Si no nos animamos a silenciarnos a nosotros mismos, difícilmente podremos ver y escuchar; decir y sentir; pedir y arriesgarnos. El silencio del que hablamos no es un silencio impuesto, sino un silencio elegido, que permite salir de la única lógica del pensamiento para entrar en un lugar donde podemos conocernos a un nivel más profundo. Es un silencio que nos permite despedir distracciones para poder estar presente, en contacto con uno, con nuestra esencia y en contacto con los otros. En el presente, en el “aquí y ahora”, de presencia a presencia. 


Es un silencio que nos permite transformarnos en escuchantes receptivos y disponibles para que el otro pueda desplegarse, pueda experimentarse en libertad. 


Mencionamos más arriba la necesidad de generar nuevos hábitos. Desaprender lo mal aprendido. Poder darle a la escucha un lugar nuevo. Nos dice Jean-Marc Randin: “La escucha exige dejarse guiar por el otro. No conducimos una escucha, a lo sumo la ponemos en práctica. Es más bien la escucha la que nos conduce, y por lo tanto es importante no perderse (…). Si podemos, porque tenemos disponibilidad, permitirnos entrar en el mundo desconocido del otro, descubriremos un universo que contiene su coherencia interna, que en relación con sus propios componentes se sostiene”.


¡Qué importante es darnos cuenta de que la escucha es la observación de las cosas como están! Esto lleva a un encuentro con la realidad de un modo distinto. Es imprescindible aceptar que sabemos poco, más bien nada de la realidad del otro. Silenciarnos supone salir de nuestros juicios preestablecidos, de nuestras construcciones racionales y también de nuestras experiencias anteriores. 


Algo más sobre este camino de silenciarnos. Cuando tratamos de cambiar la marcha, cuando buscamos salir de lo que nos aturde, cuando entramos en mayor contacto con nosotros mismos, algo de nosotros, lo que estaba en un lugar no escuchado, empieza a emerger. Aparecen los temores, los miedos, los anhelos más profundos… ¡qué importante es identificarlos y dejarlos ir! Hacer el ejercicio de soltarlos, para que, a la hora de entrar en contacto con el otro, lo conozcamos y no dejemos que interfieran en nuestra escucha. Posiblemente esto permita construir un verdadero camino de diálogo. Un tejido común que se realice a partir de la comunicación que sucede en el presente, entre el que escucha y el que es escuchado. Por eso silenciarnos no significa enmudecernos, significa más bien estar en esa condición que nos abre las puertas a una comunicación plena. 


SER INSTRUMENTOS
 


La escucha supone un compromiso de trabajo sobre nosotros mismos. Crecer en la autoaceptación, en congruencia y en nuestra escucha empática nos ayudará a llegar a una profundidad relacional. Es la oportunidad para que constatemos, una vez más, que no se trata de poner empeño en la acción de escuchar, sino en ser un instrumento, una herramienta para una escucha que personaliza. Quien nos encuentre en esta actitud podrá aprovechar nuestra disponibilidad y emprender también este hermoso camino. 


Contamos con nosotros, con el presente, como nuestros únicos tesoros para la escucha. Este es el camino de una escucha que ama, que está disponible para que el otro sea.



María Cristina Zanotto

Comunidad de Nazaret femenino 

Buenos Aires



1. Fragmentos de Carl Rogers, El camino del ser. Experiencias en comunicación, Buenos Aires, Impresiones Sud América, 2014.

2. Jean-Marc Randin, “¿Qué es la escucha? Las exigencias de una pequeña cosa tan poderosa”; artículo original: Qu’est-ce que l’écoute? Des exigences d’une si puissante petite chose”, en: revista Approche Centrée sur la Personne, 2008, n°7, p. 71-78.

3. Thomas Keating, Intimidad con Dios, Bilbao, Desclée de Brouwer, 1997. 


NOTA.-


La vida de un monje no tiene nada de espectacular, solo el atractivo de un llamado, de la respuesta y de la fidelidad a un amor que permanece a lo largo de los años.

Eran tiempos de la guerrilla en la Argentina. Mario vivía en Rosario y, con sus 16 años, sentía inquietud por la cuestión social, quería ayudar de alguna manera a la sociedad. Por eso empezó a trabajar en una fundación que instruía a los obreros y, a la vez, los acercaba a Dios dando clases de electrónica en radio y televisión. Pero luego de una de las tantas visitas que había hecho al monasterio, descubrió cuál era la manera que Dios le proponía hacerlo: “Yo quería hacer algo. Me preocupaba la situación del país, y al estar en contacto con los monjes, me di cuenta de que todo lo que hacía –estudiar, enseñar, trabajar– era todo para mí, y descubrí que esos monjes vivían solo para Dios. Sentí que eso era lo que yo quería”.


Mario “el cantor”, como lo llaman por el lugar que ocupa en el coro, ingresó al monasterio trapense de la ciudad de Azul de Buenos Aires en 1977. Actualmente, entre otras actividades, es quien se ocupa del mantenimiento del lugar y ahora una de sus preocupaciones es, por ejemplo, que funcione la caldera y la bomba de agua para que nadie se quede sin agua caliente durante el día. Este ha sido otro modo de ayudar y estar disponible para los demás.


Había estudiado en un colegio salesiano técnico y había comenzado la Facultad de Ingeniería. “La Directora de la fundación para la que trabajaba, una religiosa, fue la culpable, intuyó mi vocación y me sacó ‘la radiografía’, podría decir que ‘me fichó’–recuerda–. Nos llevaba a hacer retiros en la Abadía de Victoria de la provincia de Entre Ríos. Allí me impactó mucho ver cómo era la vida de los monjes. Una vez me invitó a hacer un retiro en la Trapa de Azul, conocí más de cerca cómo vivían en el convento y hablé con uno de ellos (el P. Agustín Roberts). Todo me atraía, pero tenía miedo de que el Señor me llamara. Luego, me dije: si los monjes me aceptan y ven que tengo aptitudes, lo recibiré como la voluntad de Dios. Y así fue”.


El clima de silencio y recogimiento que tiene el monasterio resulta un ámbito propicio para encontrarse cara a cara con Dios y buscar su voluntad. El silencio constituye una ayuda importante para la oración continua. La vida sencilla, escondida, laboriosa, orante, servicial y acogedora de una comunidad monástica, acentúa la unión de la persona humana con Dios y con los otros en el misterio transformador de Cristo.


Con la separación física del mundo externo por los muros del claustro, los monjes se consagran íntegramente a Dios y permanecen estables en la comunidad a la que ingresan. Unidos en comunidad, todos desean seguir a Cristo bajo una regla y un abad, quien es su padre espiritual. A través de la vida de oración intentan hacer de su corazón una tierra fértil donde germine la Palabra, mediante una permanente “memoria de Dios”.


Para ingresar, en el convento existe un tiempo de charlas previas con el abad; también se le propone al candidato realizar una experiencia por un período determinado. Luego de ello, se lo invita a irse y a tomar la decisión estando fuera del contexto monástico. Por último, se concluye el discernimiento y se dialoga acerca del posible ingreso al monasterio.


Refiriéndose a ese período, Mario dice: “En esa época, en la que no había Internet, el P. Agustín me dijo que le escribiera si me interesaba hacer una experiencia. Y estuve durante dos meses en el verano de 1976. Debí interrumpirla porque tuve que hacer el trámite por la exención del servicio militar que, en ese momento, era obligatorio. Algo pintoresco es cómo Dios hace las cosas: un seminarista había pedido la eximición, pero no la daban si ya se había tenido una prórroga; sin embargo, cuando yo fui a pedirla, me llegó providencialmente un documento para presentar con el cual quedé eximido”.


Pasaron los años y aún recuerda el diálogo que debió establecer con su papá los momentos previos a la despedida: “Mi padre era médico, el director del hospital, y al enterarse de mi decisión quería mandarme al psicólogo. Yo tengo tres hermanos, un varón y dos mujeres. A mí me gustaba una compañera de estudios de mi hermana y pensaba casarme con ella”. Pero para Mario, el impulso del llamado fue más fuerte de cualquier otra voz y se abrió paso en medio del contexto familiar que se le presentó: “Cuando llegó el momento de irme de casa, yo tenía 22 años y mi padre me dijo: ‘Espero que te vaya mal porque así te arrepentís y volvés pronto’”.


Pero Mario no regresó. Hace cuarenta años que vive en el claustro. Pareciera que lo que más tarde le auguró su papá al cambiar de opinión cuando les contó cuál era el plan de su hijo a las monjitas que trabajaban en el hospital y ellas le hicieron una fiesta. Ese día su papá le dijo: “¡Mejor que te vaya bien porque ahora todos saben que fuiste al monasterio!”. 


Sin duda, la gracia de Dios lo ha preservado en la fidelidad y la adultez de la vida no menguó su respuesta al Amor. Mario asegura: “Para mí, la oración es estar con el Señor. Le presento mis preocupaciones: ‘Señor, ¿cómo hago con la bomba que se rompió…?’ o temas de la vida comunitaria. De afuera todos parecemos buenos, pero siempre hay cosas, situaciones difíciles para atravesar”.


A los 62 años, con algunas arrugas y canas, signos del paso del tiempo, con un semblante radiante, marcado por su sonrisa que transmite paz, y una gran disposición al servicio que da confianza, “el cantor” concluye: “Aquí se escucha hasta el silencio…”. 


Ni la brisa del viento que mueve las hojas, ni las pisadas del monje –que en la oscuridad camina como si estuviera todo iluminado– rompen la armonía del lugar. Si bien a primera vista la vida monástica parece monótona o pasiva, allí se vive lo contrario, una vida activa y variada a la que invita la silenciosa y tierna presencia de un Dios Vivo que pone luz en la oscuridad y palabras en la soledad.

Laura di Palma


ENSEÑANZA APOSTÓLICA.-



María tuvo que afrontar dolores e incertidumbres.



Una respuesta valiente

María es la Madre de la esperanza. Ella ha atravesado más de una noche en su camino de madre. Desde la primera aparición en la historia de los Evangelios, su figura emerge como si fuera el personaje de un drama. No era simplemente responder con un “sí” a la invitación del ángel: sin embargo ella, mujer todavía en la flor de la juventud, responde con valentía, no obstante no sabía qué destino le esperaba. María en aquel instante se presenta como una de las tantas madres de nuestro mundo, valerosa hasta el extremo cuando se trata de acoger en su propio vientre la historia de un nuevo hombre que nace. Su “sí” es el primer paso de una larga lista de obediencias que acompañaron su itinerario de madre.


Una mujer que escucha

María aparece en los Evangelios como una mujer silenciosa, que muchas veces no comprende todo aquello que sucede a su alrededor, pero que medita cada palabra y cada suceso en su corazón. En esta disposición hay un fragmento bellísimo de la psicología de María: no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir por el camino correcto. No es mucho menos una mujer que protesta con violencia, que injuria contra el destino de la vida que nos revela muchas veces un rostro hostil. Es, en cambio, una mujer que escucha: no se olviden que hay siempre una gran relación entre la esperanza y la escucha, y María es una mujer que escucha, que acoge la existencia así como ella se presenta a nosotros, con sus días felices, pero también con sus tragedias que jamás quisiéramos haber encontrado. Hasta la noche suprema de María, cuando su Hijo es clavado en el madero de la cruz.


Presente, fiel y en silencio

Hasta ese día, María había casi desaparecido de la trama de los Evangelios: los escritores sagrados dejan entrever este lento eclipsarse de su presencia, la suya permanece muda ante el misterio de un Hijo que obedece al Padre. Pero María reaparece justamente en el momento crucial: cuando buena parte de los amigos han desaparecido debido al miedo. Las madres no traicionan, y en aquel instante, a los pies de la cruz, ninguno de nosotros puede decir cual haya sido la pasión más cruel: si aquella de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su hijo. Los Evangelios son lacónicos, y extremamente discretos. Registran con un simple verbo (estar) la presencia de la Madre: “Ella estaba” (Jn 19,25). No dice nada de su reacción: si lloraba o no… nada; ni mucho menos una pincelada para describir su dolor: sobre estos detalles se habrían luego lanzado la imaginación de los poetas y de los pintores regalándonos imágenes que han entrado en la historia del arte y de la literatura. Pero la Palabra solo dice que ella “estaba” allí, en el momento más feo y cruel, y sufría con su hijo. 


La Madre a los pies de la cruz

María “estaba”, simplemente estaba ahí. Estaba ahí nuevamente la joven mujer de Nazaret, ya con los cabellos canosos por el pasar de los años, todavía luchando con Dios, cuando debería solo ser abrazado, y con una vida que ha llegado al umbral de la oscuridad más densa. María “estaba” en la oscuridad más densa, pero “estaba”. No se había ido. María está ahí, fielmente presente, cada vez que hay que tener una candela encendida en un lugar de neblina y tinieblas. Ni siquiera ella conoce el destino de resurrección que su Hijo en aquel instante abría para todos nosotros los hombres: está ahí por fidelidad al plan de Dios del cual se la proclama sierva desde el primer día de su vocación, pero también a causa de su instinto de madre que simplemente sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una pasión. Todos nosotros hemos conocido mujeres fuertes, que han llevado adelante tanto sufrimiento de sus hijos…


María en Pentecostés

La reencontramos el primer día de la Iglesia, a ella, Madre de esperanza, en medio de aquella comunidad de discípulos tan frágiles: uno había negado, muchos habían huido, todos habían tenido miedo (Cf. Hech 1,14). Pero ella simplemente estaba allí, en el más normal de los modos, como si fuera del todo natural: en la primera Iglesia envuelta por la luz de la Resurrección, pero también por las vacilaciones de los primeros pasos que debía cumplir en el mundo.


Enseñanzas maternales

No somos huérfanos, tenemos una Madre en el cielo: es la Santa Madre de Dios. Todos nosotros la amamos como Madre porque nos enseña la virtud de la esperanza, incluso cuando parece que nada tiene sentido. Ella siempre confía en el misterio de Dios, incluso cuando Él parece eclipsarse por culpa del mal del mundo. En los momentos de dificultad, María, la Madre que Jesús nos ha regalado, puede siempre sostener nuestros pasos y decirnos al corazón: “Levántate. Mira adelante. Mira el horizonte”, porque ella es Madre de esperanza.

Francisco


Fuente: Fragmentos de la Audiencia General "Con María, Madre de la esperanza, no somos huérfanos", 10 de mayo de 2017.


- NOTA EDITORIAL

El Papa Francisco en más de una oportunidad proclama la presencia de María en la historia y en Una larga lista de obediencias nos asegura: “No somos huérfanos, tenemos una Madre en el cielo: es la Santa Madre de Dios. (…) Todos la amamos como Madre porque ella nos enseña la virtud de la esperanza, incluso cuando parece que nada tiene sentido”. Es por esto que el autor de la oración Unidos en un abrazo eterno puede decir con confianza: “Pensaste qué era lo que necesitaba, como lo hace una madre con su hijo”.

Dios nos está creando minuto a minuto. Él nos ama como somos y no como podríamos ser. Por eso, todo se manifiesta como don Ante el misterio de la vida: la maternidad, una curación física (Una curación) y hasta la partida de un hermano hacia la eternidad (Por el sendero de la fe).

En este número queremos dar testimonio de que es posible creer, responder a un llamado de amor y vivir Todo para Dios, tanto en un monasterio o en medio del mundo como consagradas particulares (Betania es su casa) o desde la consagración en una comunidad convivencial de Nazaret (La vida de la alianza). 

Tal vez solo necesitamos hacer silencio y desarrollar El arte de escuchar para poder conocer a Dios y a los otros, de un modo nuevo; en sintonía con la afirmación del P. Tetlow, quien sostiene que “en una contemplación larga y silenciosa, conocerás principalmente al Dios que es Amor”.

Por último, El juego: un problema serio y Siete maneras creativas de enfrentar el bullying dan cuenta de que la gracia de Dios puede sobre nuestras limitaciones e inspira el buen obrar en cada uno.

Aprendamos de María a buscar a Dios, a esperar en Él, porque ella “es una mujer que escucha, que acoge la existencia, así como se presenta a nosotros, con sus días felices, pero también con sus tragedias que jamás quisiéramos haber encontrado” (Francisco). 

Ante cada circunstancia que nos presente la vida, ella está, nos acompaña como Madre y es un refugio seguro contra toda adversidad.



Laura di Palma


ENSEÑANZA APOSTÓLICA

Una larga lista de obediencias – Francisco 


TESTIMONIO

Una curación – M. R. de Casares

El juego: un serio problema – A. G.

Betania es su casa – P. Sarlé

La vida de la alianza – A. Poblete

Por el sendero de la fe – C. Frontera

Ante el misterio de la vida – C. Dellacasa


ECOS DEL CURSILLO

Oración de madrugada – S. Monforte


NOTA

La casa que voló – E. de Redacción

Todo para Dios – L. di Palma

Siete maneras creativas de enfrentar el bullying L. Salinas


MARÍA EN EL MUNDO

“He aquí la sierva del Señor” – Eq. de Redacción


REFLEXIÓN

El arte de escuchar – C.M. Zanotto

Dios nos está creando – J. Tetlow

El desafío de la actualidad – G. Vivona


EXPERIENCIA

Creo en Jesús, mi Salvador – M. B. Aguilar

ORACIÓN

Unidos en un abrazo eterno – G. Morinigo

María, haznos semejantes a tu Hijo – Pío XII


ENSEÑANZA APOSTÓLICA.-


¿Dónde encontrar plenitud, belleza, justicia y bondad infinitas?


•"CREO EN EL ESPÍRITU SANTO QUE ES SEÑOR"

La primera verdad a la que nos unimos en el Credo es que el Espíritu Santo es Kýrios (“Señor”). Esto significa que Él es verdaderamente Dios como lo son el Padre y el Hijo, objeto entonces, por nuestra parte, del mismo acto de adoración y de glorificación que dirigimos al Padre y al Hijo. El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad; es el gran don de Cristo resucitado que abre nuestra mente y nuestro corazón a la fe en Jesús como el Hijo enviado del Padre que nos guía a la amistad, a la comunión con Dios.

Él es la fuente inagotable de la vida de Dios en nosotros. Los hombres desean una vida plena y bella, justa y buena, que no sea amenazada por la muerte, sino que pueda madurar y crecer hasta su plenitud. El hombre es como un viajero que, atravesando los desiertos de la vida, tiene sed de un “agua” viva, efusiva y fresca, capaz de saciar profundamente su deseo hondo de luz, de amor, de belleza y de paz. ¡Todos sentimos este deseo! Y Jesús nos dona esta “agua viva”: el Espíritu Santo, que procede del Padre y que el Hijo reserva en nuestros corazones. Así, nos asegura: "Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia" (Jn 10,10).


•EL"AGUA VIVA"

Jesús promete a la Samaritana darle "agua viva", con sobreabundancia y para siempre (Cf. Jn 4,5-26). Él ha venido a darnos esta "agua viva" que es el Espíritu Santo para que nuestra vida sea guiada y animada por Dios. Cuando nosotros decimos que el cristiano es un hombre espiritual, entendemos precisamente que es una persona que piensa y actúa según Dios, según el Espíritu Santo. Entonces podemos preguntarnos si pensamos y actuamos según Dios o si en realidad nos dejamos guiar por otras cosas.

¿Por qué el Espíritu, esta agua, puede apagar nuestra sed definitivamente? Nosotros sabemos que el agua es esencial para la vida, porque sacia, lava, hace fecunda la tierra. "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Rom 5,5). El "agua viva", el Espíritu Santo, nos purifica, nos ilumina, nos renueva, nos transforma porque nos hace partícipes de la vida de Dios que es amor. Por eso, san Pablo afirma que la vida del cristiano está animada por el Espíritu y sus frutos, que son "amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y templanza" (Gál 5,22-23).


•"UN DON PRECIOSO"

San Pablo expresa el obrar del Espíritu con estas palabras: "Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios Padre. El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con él para ser glorificados con él” (Rm 8,14-17). Este es el don precioso que el Espíritu Santo lleva a nuestros corazones: la vida misma de Dios, vida de verdaderos hijos, con una relación de confidencia, de libertad y de confianza en el amor y en la misericordia de Dios. Esto tiene como efecto también una mirada nueva hacia los otros, cercanos y lejanos, vistos siempre como hermanos y hermanas en Jesús para respetar y amar. El Espíritu Santo nos enseña a mirar con los ojos de Cristo, a vivir la vida como la ha vivido Él y a comprenderla como Él lo hizo. Es por eso que el “agua viva”, el Espíritu Santo, sacia nuestra vida, porque nos dice que somos amados por Dios como hijos, que podemos amar a Dios como sus hijos y que con su gracia podemos vivir como hijos de Dios, como Jesús.

Dejemos que el Espíritu nos guíe y nos hable al corazón. Así podremos escuchar con claridad lo que solo Él nos puede decir: que Dios es amor, siempre nos espera, y que es nuestro Padre y nos ama por completo. Escuchemos al Espíritu Santo y vayamos adelante por este camino del amor, de la misericordia y del perdón.

Francisco


1. Homilía en Santa Marta, Ciudad del Vaticano, 11/09/2014.


N. de la R.: Extracto de una charla ofrecida en octubre de 2016 en la Jornada de la Civilización Nueva que se realiza en los Centros pastorales de la Obra.

MUNDO NUEVO.-


Como cristianos estamos llamados a construir un mundo nuevo.


La misericordia es capaz de provocar una gran transformación en nuestra convivencia social. Esto comienza a partir de la experiencia de recibir el amor de Dios, de descubrir que Él nos pensó como hijos suyos y eso es lo que provoca un cambio de raíz en nosotros. Estamos invitados, entonces, a vivir y a transmitir a otros esta experiencia creacional para reparar las heridas que causa la falta de amor. Esta misión se concreta desde cada carisma de la Iglesia en el envío a evangelizar y anunciar la vida de Jesús.

En el Evangelio, el Señor nos muestra qué camino debemos seguir para desarrollar esto: “Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores” (Mt 5,44). Esto se refiere no solo a nuestras familias y amigos, sino también a aquellos con quienes nos cuesta más tener estas actitudes. Nos invita a darnos a nosotros mismos precisamente a los que no nos quieren, a los que nos causan daño, a los enemigos.

El camino del cristiano, evidentemente, no es fácil. Por eso el Papa nos sugiere “ir por el camino de Jesús, que es la misericordia: ‘Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso’ (Lc 6,36)”. Porque “solamente con un corazón misericordioso podremos hacer todo lo que el Señor nos aconseja, hasta el final”1, en cada ámbito de la vida donde desarrollamos nuestra historia.

• EN LA VIDA FAMILIAR

El amor tiene un lugar fundamental en la familia. Es el motor para la vida y el desarrollo familiar. A veces no lo tenemos en cuenta y lo naturalizamos: nos queremos y listo, con eso alcanza. En ciertos casos, es una carencia, una ausencia.

La misericordia repara y restaura la falta de amor en la vida familiar. Así, Dios reconstruye los vínculos familiares. Él nos comparte su propia experiencia familiar en la Trinidad y, en alianza con Él, nos ayuda a hacer una nueva experiencia familiar.

De este modo, nos invita a fundar una nueva familia no desde la experiencia y las heridas que tengamos sino desde su amor y la imagen familiar que Él revela.

Dios nos pide que no rompamos las vinculaciones familiares, sino que las hagamos flexibles, elásticas, desde la compasión, la paciencia, el perdón, el agradecimiento y la donación. Es su misericordia expresada en estos gestos lo que transforma los vínculos familiares.

Somos responsables de cuidar y hacer crecer este amor en nuestras familias. Podemos preguntarnos, por ejemplo, qué es lo que ocurre cuando hay un desencuentro en la familia: ¿cómo se resuelve? ¿Favorecemos el diálogo y el encuentro o solo hay lugar para la pelea?

Debemos pedirle a Dios con insistencia la vida de este amor, porque solo así habrá un cambio de raíz en la convivencia familiar.

• EN EL TRABAJO Y EL ESTUDIO

En la Palabra, Dios nos exhorta a dar generosamente, sin medidas y sin tener en cuenta el mal recibido: “Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante” (Lc 6,38).

Quienes trabajan o estudian pasan muchas horas conviviendo con otros, a veces más tiempo que con su familia. El desafío de vivir como verdaderos cristianos se juega en estos ámbitos. ¿Cómo trabajo? ¿Con qué dedicación me formo para ser profesional?

Tenemos una misión concreta, entonces es necesario preguntarnos para qué estudiamos y trabajamos, y por qué y para qué estamos en esos lugares.

La misericordia nos acerca a todos, incluso a aquellos que nos dañan o maltratan, ya se trate de nuestro jefe o profesor, un compañero de trabajo o estudio, un empleado, etc. Este amor es creador de puentes porque nos acerca a quien no comparte nuestros criterios ni nuestras opciones de vida, y siempre nos invita a apostar por la justicia, a decir la verdad y tratar a los otros con caridad, a ser honestos y honrados, a ofrecernos primero frente a las necesidades.

Vivir esto solos es difícil, por eso un camino posible es la conformación de fraternidades laborales-profesionales que nos sostengan y alimenten desde la formación, el compartir fraterno y la oración en común. Eso último será esencial: para poder ser instrumentos de transformación, será necesario recurrir a la fuerza de la oración. Ella hará de nosotros discípulos en el mundo del trabajo.

• FUNDAR UNA ORGANIZACIÓN SOCIAL CRISTIANA

“Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes” (Lc 6,31), dice la Palabra. Esta es la “regla de oro” de la convivencia humana, sobre la que se fundamentan relaciones sociales justas y fraternas. Jesús expande este principio a todos los hombres, exigiendo a sus discípulos no solo no hacer el mal, sino buscar el bien de los demás, incluso de los enemigos, como quisiéramos que los otros lo hicieran con nosotros.

Allí mismo, Jesús también nos dice: “Sean misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36).

La misericordia une, acerca en las diferencias y nos permite convivir con otros diferentes a nosotros. Ella nos arrima al desconocido como a un hermano, invitándonos a tener un corazón universal y solidario.

Podemos preguntarnos, entonces ¿qué es lo que nos propone la misericordia en este tiempo, qué gestos concretos y cotidianos nos invita a hacer?

En la búsqueda por construir una nueva organización social cristiana, el desafío es salir del ámbito conocido y preguntarle a Dios qué necesita de nosotros. La transformación empieza en nuestro interior pero se despliega hacia afuera, hacia los demás.

Por eso la invitación es a amar al prójimo, a hacer el bien a todos, a donarnos gratuitamente, a prestar sin esperar recompensa, a no reaccionar con violencia sino poner la otra mejilla. Dios hace todo eso con nosotros. Él nos ama y se ofrece por cada uno primero para que podamos hacerlo también nosotros.

Diaconía Laboral

Movimiento de la Palabra de Dios


1. Homilía en Santa Marta, Ciudad del Vaticano, 11/09/2014.


N. de la R.: Extracto de una charla ofrecida en octubre de 2016 en la Jornada de la Civilización Nueva que se realiza en los Centros pastorales de la Obra.

REFLEXIÓN.-


Hoy en día, el desánimo y la tristeza suelen ganar en los corazones. Sin embargo, existe un impulso que levanta la mirada de los hombres hacia Dios y Él los renueva.


Vestida de paciencia, deliberadamente decidida a permanecer, la esperanza siempre resiste allí donde hay un clamor, un lamento, una necesidad, una desgracia, una puerta que se cierra, una ilusión que se trunca, una vida que se escapa.

Su luz sigue ardiendo y provocando fuegos allí donde “alguien” renuncia a su tiempo, anula la cita con sus deseos y se despide de su legítima aspiración a realizarlos, pospone su trabajo, ignora su cansancio y olvida sus dolores, sus años y sus miedos para salir al encuentro del otro, para, en medio de la oscuridad, el sinsentido y la ausencia de futuro, hacer presente al Dios de la esperanza.

• UNA RESPUESTA RADICAL

Vivimos en un tiempo de crisis, de ocaso de valores, de caída de referencias y creencias, de las certezas y las estructuras que daban antes confianza y firmeza a nuestro caminar. El cambio de época nos ocasiona confusión e incertidumbre. Es natural una primera reacción de turbamiento en cuanto nos enfrentamos con transformaciones que interrogan nuestra identidad y nuestra fe hasta las raíces. Nada está claro. Algo se derrumba y algo intenta salir a la luz. Tal vez por esta razón nuestro tiempo es simultáneamente dramático y fascinante, y exige de nosotros algo más que una respuesta mediocre: una respuesta dramática y suficientemente radical para ser también fascinadora. Es decir, capaz de abrir caminos hacia el futuro.

Nuestro momento, entonces, es el de la esperanza, que debemos despertar todos los días y que va acompañada de la fe y la caridad. De ahí que sea preciso arraigarse en la fe, pero también dejar que esta fe nos dinamice y que el amor nos haga creativos. Habrá que despedir muchas formas que pertenecen al pasado y que ya no son elocuentes, ni en nuestro anuncio ni en nuestro testimonio. Habrá que preguntarse una y mil veces sobre el cómo, sin conceder ni un milímetro de terreno a la duda sobre el porqué o el para qué. De esto se encargan la fe y el amor. Escondidamente, sin glorias, pero abriendo un espacio en el que dejar brotar y cuidar a la pequeña esperanza.

• UN CAMBIO DE MIRADA

La esperanza se aferra a Dios como un ancla y se adentra en el corazón de la eternidad, estableciendo allí nuestras existencias como destino.

No podremos ser profetas, ni testigos, ni portadores de esperanza en nuestro mundo si la esperanza no está en nosotros, si no experimentamos, deseamos y vivimos esperándolo todo de Dios. Debemos ser encarnación de la esperanza en nuestro entorno cotidiano para que quienes nos rodean entiendan que “la oscuridad” y “la negrura de la vida” no son definitivas.

Dice Benedicto XVI: “Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Solo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto” (Spe Salvi, 31).

Poner la atención en el fundamento de nuestra esperanza nos descentra de nosotros mismos y de nuestros interrogantes, de modo que la preocupación de quien espera (yo) es desplazada hacia el esperado (Dios). Nuestra esperanza se resitúa en un nuevo espacio, ocupada y preocupada no tanto por sí misma sino por lo que Dios espera de nosotros. No se trata de que no sea legítimo y justo el preguntarnos qué esperamos o qué podemos esperar. Pero la pregunta radical, la pregunta capaz de despertar la esperanza es ¿qué espera Dios de mí, qué espera de nosotros?

• CON LOS OJOS DE DIOS

A la luz de la historia que Dios ha vivido con los hombres, no podemos negar que justamente es el Dios de la esperanza: el que aguarda, el que confía, el que espera incansable de su creación, de su pueblo y de cada ser humano en particular. El Dios que no desiste de su sueño y que, una y otra vez, cuando sus proyectos para el mundo fracasan, los reinventa, abriendo nuevas posibilidades de logro y de futuro para nosotros.

El fundamento último de la esperanza cristiana es que Dios tiene esperanza en nosotros. Dios tiene fe en el mundo, que es obra de su amor. Espera en el mundo, porque lo ama incondicional y gratuitamente. La encarnación es la condición de posibilidad de esta espera.

Estamos invitados, entonces, a modificar nuestra perspectiva, a cambiar la dirección de nuestra mirada, para hacerlo desde Dios, con sus ojos, para mirar la realidad, el mundo, a los hermanos, como Dios los mira. Para ver más allá de la objetividad de lo que acontece, lo que Dios nos quiere hacer ver. Esto es la fe. La luz que nos permite ver con los ojos de Dios.

La fe nos descentra y entonces, al sacarnos del bucle que nos encierra en nuestras pequeñas luchas, proyectos y dificultades, nos permite al fin descubrir el origen más profundo de la esperanza. Si la fe nos capacita para taladrar la realidad y ver lo que Dios quiere hacernos ver, la esperanza también nos descentra y nos hace comprender que no tenemos más futuro que aquel que seamos capaces de alcanzar para el otro; que en medio de una sociedad desesperanzada y de tantos hermanos desesperados, heridos, presos del sufrimiento, nuestra más honda y urgente obligación es dar esperanza, ser esperanza para otros, sostener la esperanza que naufraga en nuestro tiempo. No solamente “esperar con otros”, sino “esperar para otros”. Regalar a nuestros hermanos la experiencia de que alguien espera en ellos, confía en ellos. Aguardar algo de ellos y arriesgarnos hasta el punto de estar dispuestos a “esperar por otros”. De esta exigencia brota radicalmente el deber de no desesperar.

• ESPERAR CON OTROS

“La esperanza es esencialmente… la disponibilidad de una alma profundamente comprometida en una experiencia de comunión” (G. Marcel).

No hay esperanza más que a nivel del “nosotros”. Y del compromiso de la esperanza con la comunión, se sigue que esperar sea siempre esperar en otro o en otros; esperar con otros, es decir, una tarea solidaria que se realiza en comunidad, en fraternidad, en sociedad; esperar para otros como rasgo específico de nuestra misión cristiana y, si se nos da la gracia para ello, esperar por otros, mostrando el carácter vicario de la esperanza.

+Esperar “en otros”. Para que sea posible esperar de verdad, el hombre tiene que fiarse de la “gracia”, es decir, de lo gratuitamente dado. Tiene que estar dispuesto a estar abierto, a dejar espacio y a recibir. Para conocer y entender la esperanza, ante todo debe experimentarse, pues es tan misteriosa como la vida misma. Por incluir necesariamente la recepción de algo como don de otra persona, nos desconcierta. De ahí que una formulación tan simple y al mismo tiempo profunda como “yo espero en ti”, aparezca como una de las expresiones más auténticas de la esperanza.

+Esperar del otro. La esperanza se despierta allí donde surge la amistad, allí donde brota el amor, y en consecuencia, puede pensarse como una especie de “entre” que se crea siempre en una relación en la que alguien se abre a la posibilidad de acogerla al esperar en el otro.

La comunión se muestra así como condición de posibilidad para la esperanza, y “esperar en otro” encuentra su lugar paradigmático en la esperanza depositada en Aquel que es el Otro por excelencia y que abraza en sí “todo otro”. Si “yo espero en ti” aparecía como fórmula acabada para referirnos a la esperanza en el otro, para dar cuenta de la relación entre nuestra esperanza en Dios y en los otros, Gabriel Marcel nos brinda otra preciosa fórmula: “Yo espero en Ti para nosotros”, donde ese Tú con mayúsculas es experimentado como vínculo viviente, como garantía de la unidad que se genera en el acto de esperanza entre dicho Tú y cada uno de nosotros, pero también en toda relación con otro o con otros. Así el dinamismo de la esperanza nos hace comprender que ya no se trata solamente de esperar en otro, sino de la esperanza en un Otro que posibilita, genera y alimenta el esperar con otros.

+Esperar con otros. La esperanza es inseparable del amor solidario. Y el paradigma es Cristo que esperó con todos y por todos, consumando así también nuestra esperanza, al ponerse absolutamente al servicio de los demás. De ahí que la esperanza solo sea verdadera como co-esperanza, y que el auténtico sujeto de la esperanza sea un “nosotros”. La esperanza solo es posible radicalmente en comunidad. Y nuestra comunidad, la humana, la eclesial, lo es en tanto que quienes la constituimos compartimos una misma esperanza. No podríamos “estar alegres en la esperanza” si esta no incluyera a los otros, si lo que espero para mí no lo esperara también para aquellos a quienes amo y para toda la humanidad.

La misión de la comunidad es mantener viva esa esperanza, gestarla, sostenerla, anunciarla y testimoniarla entre todos. Esto supondrá que en algunos momentos el rol de uno será fundamentalmente “soportar”, mantener a otros en la esperanza, y, en otros momentos, “ser llevado”, ser sostenido en la esperanza. En algunas ocasiones nos corresponderá alumbrar el camino con la luz de nuestra esperanza, y, en otras, confiar nuestra oscuridad y nuestra ceguera a la guía de nuestros hermanos.

Nuestra esperanza no es para nosotros. Quien la tiene, la tiene para los desesperados, y en su servicio está llamado a ejercerla, como Cristo, dando su vida por la redención de muchos. Así se acredita la esperanza, y por ello el martirio será el lugar paradigmático de dicha acreditación, donde podemos percibir la exigencia suprema de la soberanía de Dios y responder con nuestra vida muriendo por él, reviviendo el ejemplo y el amor de Cristo, y también su esperanza.

Hay sin embargo un martirio que no siempre es cruento y que acompaña la vida de fe dinamizándola desde la esperanza. Se trata del martirio de la esperanza en la vida cotidiana.

Este martirio no es glorioso ni brillante. Se ajusta exactamente en sus medidas a las dimensiones de lo cotidiano, paso a paso, a todo lo que hay que recomenzar regularmente cada mañana, a lo que hay que asumir continuamente, rumiar, discernir, afrontar; las pequeñas muertes de cada día, cada acto de abnegación que supone el reconocer al otro y ceder de lo mío.

“De los mártires de la esperanza nunca se habla porque es en la paciencia de lo cotidiano donde derraman toda su sangre”, escribió Bernardo Oliveira, abad general de los Trapenses, luego de la muerte de los siete monjes de Notre Dame de l’Atlas.

Uno de estos hermanos asesinados también había escrito, años antes de su martirio: “Sabemos por experiencia que las cosas pequeñas suelen costar mucho, sobre todo cuando hay que repetirlas cada día. Nosotros hemos entregado nuestro corazón a Dios ‘al por mayor’, pero nos cuesta más que Él lo tome ‘al por menor’” (31-3-94).

Estamos invitados a volver al amor primero de donde todo brota y a vivir con esa fe, que es confianza absoluta en Aquel que reconocemos como el Señor de nuestra vida, y con una esperanza que consiste simplemente en existir “colgados” de Él, sostenidos por ese hilo invisible. Estamos llamados a abrirnos a la luz que Él nos da para aprender a mirar la realidad como Él la ve, con sus ojos, con su perspectiva. Nada habrá cambiado, objetivamente mirado, pero ¡qué distinto puede ser todo! ¡Qué luz tan diversa refleja el fracaso, la pérdida, la frustración cuando se nutren de vida entregada por otros, de esperanza regalada! Por este camino seremos capaces de adentrarnos en nuestra compleja historia como pequeñas luces que hagan brillar la esperanza.

Nurya Martínez-Gayol*



*Fragmentos extraídos de la conferencia “La pequeña esperanza se abre paso a través de la historia” (XXXV Semana Argentina de la Teología, provincia de Salta, Argentina, septiembre de 2016). Nurya Martínez-Gayol es doctora en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma, Italia, y profesora de Teología Dogmática en la Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, España.

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