Cristo Vive

Cristo Vive

URL del sitio web:

ENSEÑANZA ECLESIAL -


En la familia se dan los aprendizajes fundamentales de la vida. A esto se refiere Francisco en su última Exhortación apostólica, Amoris laetitia.
 

La familia, como se experimenta tantas veces, es un espacio para el amor. Allí los esposos manifiestan su ternura; los padres e hijos aprenden a crecer en la amistad; los hermanos conviven con sus cualidades, valores y diferencias; se aprende a servir y ayudar a los necesitados; se abren las puertas para recibir a los que buscan bondad. 
 

En la familia cristiana, especialmente, se aprende a reconocer y a tratar a Dios como a un Padre, se reconoce a Jesús como el mayor de una multitud de hermanos, se alcanza unidad por el Espíritu del amor, y se vive en la proximidad de nuestra Madre, la Virgen María, que es el modelo de la Madre Iglesia. 
 

Sin embargo, convivir en el amor no es fácil. Exige vencer el cansancio, la agitación y la rutina. Cuesta darse el tiempo para la comunicación y el diálogo reposado pero es posible. Nuestra sociedad y la Iglesia necesitan de familias que, a pesar de las dificultades, luchen por un amor a toda prueba, delicado, generoso, fuerte y definitivo. 
 

Este amor, que se conquista con esfuerzo, que a diario necesita el diálogo y el perdón, es hermoso. Y para sostener esta búsqueda, se cuenta con la gracia del sacramento del matrimonio, que es indisoluble. Recordar eso en épocas en las que todo se hace provisorio, cuando el matrimonio entra en crisis, es una exigencia del amor que se funda en la verdad: “Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre” (Mt 19,6b).
 

En la familia se tiene la posibilidad privilegiada de valorarse como personas y de hacer el ejercicio de aceptarse en la diversidad. Los jóvenes que sienten las urgencias del amor necesitan ver a la familia como un llamado al camino de alegrías y dolores que son la paternidad y maternidad generosa. Los niños precisan encontrarse y ver padres abiertos al don de la vida. 
 

Es necesario que los hijos aprendan en las familias a cultivar el amor y el respeto mutuo y que, la gran lección que aprendan, sea amar a Dios. Es justamente ese amor que los llevará más adelante a buscarlo nuevamente en el matrimonio o como consagrados al servicio del Señor.
 

Allí donde las familias cuidan el espacio y el tiempo de diálogo con Dios, el diálogo en ellas se fortalece, porque escuchándolo a Él se aprende a escuchar y a comunicar sin dificultades. Así se aprende también que la oración es vida: “Yo soy la vid y ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada” (Jn 15,5). Ser buenos esposos, padres, hijos o hermanos solo es posible en la proximidad de Dios que da la oración.
 

Una participación activa en la vida de la Iglesia, además, alimenta y acrecienta el amor: “La Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano” (Familiaris consortio, 57). Solo a través de ella es posible alcanzar la fecundidad a la que llama el Señor.
 

La familia, como camino de amor, es una búsqueda constante de la confianza y la alegría, de la disposición al sacrificio por el otro, de la fidelidad y el cariño, de la disponibilidad y solidaridad, de la sencillez y la austeridad, de la reconciliación y el reencuentro. Hay una fuerte invitación a no dejarse ganar por las dificultades; Dios provee la fuerza necesaria para seguir buscando el diálogo y la bondad. Cada situación o problema familiar es siempre una oportunidad de crecimiento y conversión.
 

María y José son los primeros modelos de este amor hermoso que la Iglesia no deja de implorar para la juventud, los esposos y las familias, descrito en el Cantar de los Cantares. En el pesebre de Belén, en el hogar de Nazaret y en el monte de Jerusalén ellos supieron cumplir la voluntad de Dios. Que la Sagrada Familia acompañe y bendiga a las familias cada día, ayudándolas a crecer en la verdad y el amor, para que sean iglesias domésticas que den testimonio con sus hechos de lo que proclaman.
 

N. de la R.: Extracto de la carta de la Conferencia episcopal de Chile publicada en L’Osservatore Romano n° 22.

 

Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº203.

ENSEÑANZA APOSTÓLICA -


En camino hacia la Jornada Mundial de la Juventud*, publicamos algunas expresiones de Francisco para los jóvenes acerca de la verdadera dimensión del amor y de la libertad.
 

El rasgo central

El amor es el documento de identidad del cristiano, porque Dios nos dice que la gente reconocerá a los discípulos de Jesús por cómo se amen entre ellos. Si este documento caduca y no se renueva continuamente, dejamos de ser testigos del Maestro. El amigo verdadero de Jesús se distingue principalmente por el amor concreto, porque si solo es puras palabras, se vuelve una telenovela, un romance. Si queremos vivir esta invitación, tenemos que frecuentar su escuela, que es una escuela de vida para aprender a amar. Porque ese aprendizaje es un trabajo de todos los días.
 

Ofrecer lo que somos

Amar, ante todo, es bello, es el camino para ser felices. Pero no es fácil, es un desafío y supone esfuerzo. Amar quiere decir dar, no solo algo material, sino algo de uno mismo: el tiempo personal, la propia amistad, las propias capacidades.

Miremos al Señor, que es invencible en generosidad. Recibimos de Él muchos dones, y cada día tendríamos que darle gracias. Aun cuando nos olvidamos, Él no se olvida de hacernos cada día un regalo especial: su amistad fiel. Jesús es un amigo que no se retirará jamás. Aunque lo decepcionemos y nos alejemos, Jesús sigue amándonos, creyendo en nosotros, incluso aunque nosotros no lo hagamos. 
 

El amor es libre

En la adolescencia surge de una manera nueva el deseo de amar y de recibir afecto. En ese tiempo de la vida, es posible aprender a hacer más hermosos el afecto y la ternura recibiendo las enseñanzas del Señor. Dios pone en el corazón una intención buena, la de amar sin poseer: amar a las personas sin desearlas como algo propio, sino dejándolas libres. Porque el amor es libre, si no, no es amor.

Existe siempre la tentación de contaminar el afecto con la pretensión instintiva de poseer aquello que me gusta. Y esto es egoísmo. La cultura consumista refuerza esta tendencia.

Pero cualquier cosa, cuando se exprime demasiado, se desgasta, se estropea; después quedamos  decepcionados y con un vacío adentro. Si escuchamos la voz del Señor, nos revelará el secreto de la ternura: interesarse por otra persona; respetarla, protegerla, esperarla. Y esto es lo concreto de la ternura y del amor.
 

Decisiones valientes y fuertes 

Muchos dirán que ser libres significa hacer lo que se quiera. Pero a esto es necesario saber decir “no”. Libre es quien sabe decir “sí” y sabe decir “no”. La libertad no es poder hacer siempre lo que se quiere: esto nos vuelve cerrados, distantes y nos impide ser amigos abiertos y sinceros; no es verdad que cuando estoy bien todo vaya bien.

La libertad, en cambio, es el don de poder elegir el bien. Es libre quien elige el bien, quien busca aquello que agrada a Dios, aun cuando sea fatigoso. No es fácil, pero solo con decisiones valientes y fuertes se realizan los sueños más grandes, esos por los que vale la pena dar la vida.
 

Responsabilidades hondas

El amor, entonces, es el don libre de quien tiene el corazón abierto; el amor es una responsabilidad bella que dura toda la vida; es el compromiso cotidiano de quien sabe realizar grandes sueños. Pobres los jóvenes que no se animan a soñar. Si un joven no sabe soñar, ya está jubilado. No sirve.

El amor se alimenta de confianza, de respeto y de perdón. El amor no surge porque hablamos de él, sino cuando se vive; no es una poesía bonita para aprender de memoria, sino una opción de vida que se debe poner en práctica.

¿Cómo podemos crecer en el amor? El secreto está en el Señor: Jesús se nos da a sí mismo en la Eucaristía, nos ofrece el perdón y la paz en la Confesión. Allí aprendemos a recibir su amor, a hacerlo nuestro y a difundirlo en el mundo. Y cuando amar parece algo arduo, cuando es difícil decirle que no a lo que es falso, miremos la cruz del Señor, abracémosla y no nos soltemos, porque nos lleva hacia lo alto.


Ideales falsos

No hay que contentarse con la mediocridad, con el estar cómodos e “ir tirando”; no hay que confiar en quien distrae de la verdadera riqueza, que somos nosotros mismos; cuando escuchemos que la vida es bonita solo si se tienen muchas cosas, o que solo valemos cuando nos hacemos pasar por fuertes, como los héroes de las películas, o exitosos, vistiendo la última moda, desconfiemos. Nuestra felicidad no tiene precio y no se negocia; no es una “app” (aplicación) que se descarga en el teléfono móvil: ni siquiera la versión más reciente podrá ayudarlos a ser libres y grandes en el amor.

 

Siempre de pie

En la vida caemos porque somos pecadores, débiles. Pero siempre está la mano de Jesús que nos levanta, porque nos quiere de pie. Él le decía al paralítico: “Levántate”.

Debemos tener el coraje de levantarnos, de dejarnos levantar por Jesús, cuya mano viene muchas veces de a través de un amigo, nuestros papás, de quienes nos acompañan en la vida, etc. Levantémonos, Jesús nos quiere de pie.

Estamos llamados a construir así el futuro: junto con los otros y por los otros, pero jamás contra alguien, jamás destruyendo. Al vivir plenamente la adolescencia, tan rica en dones, sin temerle al cansancio, se pueden lograr cosas maravillosas.

Hagamos como los campeones del mundo del deporte, que logran llegar a las metas altas entrenándose todos los días con humildad y duramente. Que nuestro programa cotidiano sean las obras de misericordia. Entrenemos con entusiasmo en ellas para ser campeones de vida, campeones de amor. Así nos conocerán como discípulos de Jesús. Así tendremos el documento de identificación de los cristianos y nuestra alegría será plena.

Francisco


Fuente:
Homilía del 24 de abril de 2016, correspondiente a la misa del Jubileo de los Adolescentes, que consistió en tres días de oración, peregrinaciones, confesiones y celebraciones. Nucleó a cerca de 60.000 jóvenes de entre 13 y 16 años en la Ciudad del Vaticano. 
 

*El encuentro de la juventud se realizará del 25 al 31 de julio en Cracovia.
 

Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº203.

NOTA -


Alcohol, marihuana, pegamentos, paco y pastillas de ansiolíticos; estas son las drogas más baratas y con efectos más devastadores en los cuerpos y las mentes de los chicos.
 

Hunde los dedos en el barro. Aprieta fuerte el puño, estruja la tierra y el agua con los ojos fijos pero llenos de lágrimas. “Les fallé a todos, le fallé a mi familia. El vicio, la droga, no me deja más”, dice el joven y se le quiebra la voz.
 

Esta es una dinámica más de un retiro de Pascua en el Movimiento de la Palabra de Dios, que intenta replicar la experiencia del hijo pródigo del Evangelio a través de la experiencia de hundir las manos en el barro. En esa parábola, el hijo, que tenía todo en la casa del Padre, prefiere irse de su lado con la herencia, la malgasta y termina trabajando en un chiquero, solo y muerto de hambre.
 

Ver el barro en sus manos impacta a R., un adolescente de 17 años de Tucumán, distanciado del refugio familiar, del abrigo y del abrazo paterno. Hasta ahí lo llevó la adicción: solo, lejos y metido en el lodo.
 

“No sé cómo hacer para volver”, dice M., otro chico de no más de 22 años, atravesado por el dolor de la oscuridad en la que lo dejó su adicción al alcohol y a la marihuana.
 

Las voces de estos jóvenes sin rostro constituyen una minúscula parte de las atrocidades que provocan las adicciones en niños y adolescentes de toda la Argentina y de buena parte de Latinoamérica. Las barriadas pobres del noroeste argentino reciben las oleadas más severas de esta marea que ahoga y asfixia a los más desprotegidos. Ya no se trata de hablar desde la ingenuidad del “flagelo” sino desde la realidad de las consecuencias extremas de las adicciones: la soledad, la lejanía, la oscuridad, el barro, la muerte.
 

El último informe que realizó en 2014 el Observatorio Argentino de Drogas (OAD), que depende del SEDRONAR1, contiene cifras contundentes respecto de las adicciones en esas provincias del norte. El Sexto Estudio Nacional sobre Consumo de Sustancias Psicoactivas en Estudiantes de Enseñanza Media resalta un incremento en los porcentajes de consumo entre los adolescentes, especialmente tabaco, bebidas energizantes (generalmente mezcladas con ansiolíticos), marihuana y pasta base de cocaína-paco. Mientras los chicos admiten que consumen cada vez más, la edad de inicio se desbarranca y ya a los trece años hay algunos que admiten haber probado marihuana, paco o inhalantes. Hay, incluso, ciertos casos dolorosos de chicos de diez, nueve e incluso ocho años.
 

El principado instaurado por las drogas en el mundo provoca que el hijo que “abandona la casa del Padre” no sea ya un muchacho joven: ahora tiene el rostro de un niño lastimado, de un adolescente confundido.

 

Efectos temporarios y permanentes

“Estar dentro de la droga es como estar enterrado en el cementerio, pero mirando todo lo que pasa. Es como no poder respirar, ahogarse hasta con la propia saliva. Es un dolor en el pecho, como tener todo el tiempo encima una piedra que aplasta. No se puede hacer nada”, admite un adolescente de 16 años adicto a la marihuana. “Es fácil de conseguir, todos tienen en la calle. Hay ‘kioscos’ por todos lados y cerca de las escuelas”, agrega.
 

“Cuando ‘jalás’ ya no pasa nada”, dice un chico de catorce años que se hizo adicto al pegamento cuando tenía once. Después, se le nubla la vista: “Cuando se te pasa parece que todo está oscuro. Es como si se hiciera de noche todo el día”.
 

El efecto temporario de cualquier droga, desde el alcohol y el tabaco hasta el paco, se asemeja al tiempo de la vida “licenciosa” del hijo pródigo (Cf. Lc 11,13). Y así como el hijo menor debe asumir las consecuencias en su propia carne, los efectos de la adicción también son devastadores en los adolescentes y los jóvenes.
 

El uso frecuente de la marihuana, considerada con cierta hipocresía como una droga “social” y hasta tolerable, provoca perturbaciones en el desarrollo normal del cerebro en formación de los jóvenes: deterioro cognitivo, pérdida relativa de la memoria, irritabilidad, malos resultados académicos, etc. Estas evidencias fueron presentadas por el National Institute on Drug Abuse, una organización gubernamental dedicada a profundizar en las consecuencias del abuso de las drogas. Sumado a esto, el informe del SEDRONAR señala que el incremento en los niveles de consumo de la marihuana en las provincias de Argentina indican que esta podría ser la droga iniciática para los adolescentes y aún para los niños; una suerte de puerta hacia la oscuridad.
 

La adicción a inhalar pegamentos tiene casi el mismo porcentaje de impacto en niños y adolescentes argentinos que el consumo de marihuana. Las “jaladas” que los chicos les dan a los vapores de tolueno contenido en los pegamentos afectan de manera inmediata los pulmones y el cerebro. Los tóxicos, que actúan rápido, dañan los nervios que controlan los movimientos motores en un área del cerebelo. Así, la adicción crónica genera en los chicos temblores constantes y agitación. A mediano plazo, aparecen la falta de apetito, un descuido generalizado en la higiene, falta de atención y una disminución muy importante en el nivel de abstracción.
 

Las drogas más “duras”, como la cocaína o el “paco”, aceleran todo el proceso de deterioro físico y psicológico de los adictos. La desconexión con la realidad es mucho más severa y singularmente más profunda.
 

Hace tres años, un chico de nueve fue demorado por la policía de Catamarca cuando intentaba robar en un comercio. Estaba completamente drogado, posiblemente con pegamento o con ansiolíticos mezclados con alcohol. Cuando lo llevaron ante el juez de menores, el niño dijo con un hilo de voz: “Cuando me drogo, sueño que tengo comida y juguetes”.

 

Puerta de entrada

A diferencia de lo que ocurre en los grandes centros urbanos del país, en las ciudades más pobres no son la marihuana, ni la cocaína, ni el paco las drogas más habituales o más consumidas. Menos aún las pastillas de drogas sintéticas como el éxtasis, que también hacen estragos en jóvenes de familias acomodadas. Los chicos más pobres comienzan el camino de las adicciones con fármacos de compra fácil. 
 

Estos suelen recetarse para superar trastornos de ansiedad, ataques de pánico, nerviosismo o insomnio, pero los chicos los consiguen con la complicidad de los vendedores de las farmacias, que les proveen los blíster fuera de hora, con recetas truchas y por unos pocos pesos.
 

Estos fármacos se buscan por un solo motivo: como actúan sobre el sistema nervioso central, provocan sensación de bienestar y placer, pero no alucinaciones, como el resto de los estupefacientes. Mezclados con alcohol disminuye progresivamente los niveles de conciencia, así que es el camino más corto para sustraerse de su entorno.
 

Cuando el hijo pródigo del Evangelio comienza a sufrir necesidades, toma contacto con su situación personal. La realidad lo arroja al chiquero, donde cuida los cerdos de otro. Los animales comen mejor que él y él entonces desea las bellotas con las que los engordan. Finalmente, el hijo decide regresar a la casa de su Padre, arrepentido, avergonzado y dispuesto a pedir perdón. Y allí lo reciben con alegría y fiesta.
 

¿Cómo es posible hallar el camino de regreso a la casa del Padre desde este lugar de fango y tierra donde dejan las adicciones? ¿Cómo puede un adolescente tomar conciencia de su ropa en harapos, del hambre, de la soledad, de la oscuridad, de la distancia que puso con su Padre?
 

Esta conciencia tiene el componente indispensable del arrepentimiento. Admitir el error, la mala elección, es el gesto físico que pone de pie a la persona y lo encamina a su casa, murmurando la frase de perdón para su Padre.
 

“Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó” (Lc 15,20). El retorno tiene la promesa del recibimiento y la reconciliación. No hay reproches, no se piden explicaciones. Tampoco se mide el tiempo pasado en el exilio, dentro de la noche oscura de la adicción.
 

Quien sufre o sufrió en su propia humanidad el latigazo de la droga sabe que asomar la cabeza desde allí es comenzar a ver la salida.
 

“La primera vez que escuché que Dios me perdonó todo, supe que tenía que dejar las pastillas. Pero hay pocas oportunidades para oírlo. Hay chicos que pasaron de largo y ya no están acá. Eran mis amigos”, confiesa A., un joven que encontró ayuda y contención para iniciar el tratamiento contra su adicción en un centro de salud privado de la ciudad de San Miguel de Tucumán.
 

Ejemplos similares se reciben en Catamarca, una provincia desbordada por el impacto que tienen las adicciones: en los últimos cinco años se triplicaron los casos de jóvenes que ingresan a la sala de urgencias de los hospitales o los centros privados de salud con crisis de abstinencia por las drogas. Más aún, el propio gobierno asumió que debe multiplicar los centros de contención de jóvenes, pero la política hace agua frente a la aberrante falta de controles oficiales para mantener a raya la venta de ansiolíticos a niños y adolescentes.
 

El desafío actual para las comunidades de creyentes es mantener iluminado el camino de regreso para estos chicos que aún tropiezan en las penumbras de las adicciones. Son los gestos de misericordia hacia el prójimo sobre los que tanto insiste Francisco en cada enseñanza.
 

Ojalá no nos falte, en estos momentos de oscuridad en la historia de los hombres, el “aceite para mantener encendidas nuestras lámparas” (Cf. Mt 25,1-13).
 

Ariel Arrieta


1. Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico.
 

N. de la R.: Ariel participa de los grupos del Movimiento en la Prov. de Catamarca, es periodista, está casado y tiene tres hijos.
 

Fuentes: Foundation for a Drug-Free World, “La verdad sobre los inhalantes”; Salud y bienestar de los Adolescentes y jóvenes: una mirada integral. (http://publicaciones.ops.org.ar/publicaciones/otras%20pub/SaludBienestarAdolescente.pdf); Consumo de drogas en adolescentes: el papel del estrés, la impulsividad y los esquemas relacionados con la falta de límites. Universidad de Deusto. Departamento de Psicología. Bilbao.


Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº203.


NOTA

Nennolina podría ser la beata no mártir más joven de la historia de la Iglesia.
 

Antonietta Meo nació en 1930 y murió en 1937, a los seis años y medio, luego de que le detectaran un osteosarcoma (cáncer óseo) en la rodilla, que, una vez amputada la pierna, ya había hecho metástasis en todo el cuerpo.
 

Fue una niña muy alegre y profundamente espiritual que ofreció sus dolores por la conversión de los pecadores, por las almas del purgatorio y para que no estallara la guerra.
 

Recuerda Margherita, su hermana, que sus padres sufrieron al pensar cómo sería el dolor de la pequeña tras la amputación. Cuando Antonietta despertó de la operación, su madre le dijo: “Hija, tú dijiste que si Jesús quería tu mano, tú se la darías. Ahora te ha pedido que le des tu pierna”. Y ella respondió: “Le he dado mi pierna a Jesús”. “La primera noche fue terrible”, cuenta Margherita. “Pero ella ofrecía todos sus dolores. Incluso, cuando se cumplió un año de esta operación, lo celebró muy contenta, porque era un año de ofrecimientos a Jesús”.
 

A Nennolina le dolía mucho caminar, pero repetía con alegría: “Que cada paso que doy sea una palabra de amor”. No perdió su vivacidad: multiplicó sus oraciones y tomó la costumbre de poner a los pies del crucifijo, todas las tardes, una carta que al principio le dictaba a su madre y que luego empezó a escribir ella misma con mensajes para Jesús, María, Dios y el Espíritu Santo.
 

“Querido Jesús, tú que has sufrido tanto en la cruz: quiero hacer muchos ofrecimientos y permanecer siempre en el calvario cerca, cerca de ti y de tu mamá”, escribió en enero de 1937, meses antes de morir.
 

Ese año Antonietta tuvo que interrumpir la escuela porque el tumor le había hecho metástasis. En el hospital recibió el sacramento de la Unción de los enfermos. Así y todo, pidió que la llevaran en silla de ruedas todos los días ante una imagen de Nuestra Señora, para recitar oraciones y poner flores a sus pies.
 

“Querida Virgencita: eres tan buena, toma mi corazón y llévaselo a Jesús. Oh, Virgencita, tú eres la misma de nuestro corazón”, le escribió a María en una ocasión, pidiéndole también ser siempre obediente: “Quiero recibir a Jesús de tus manos para ser más digna”.
 

En su última carta antes de morir, Nennolina le escribió a Jesús: “Yo te doy las gracias porque tú me has mandado esta enfermedad, pues es un medio para llegar al paraíso (…).Te encomiendo a mis padres y a Margherita”.
 

Tras su muerte se produjeron conversiones y se derramaron gracias, y su fama de santidad se difundió por todas partes, incluso fuera de Italia.
 

Antonietta es un ejemplo de santidad en las cosas pequeñas: “Para mí ser santa es aceptar día tras día lo que Dios quiere y querer a todos los demás, también a las personas que parece que no aman. Con el amor se pueden superar todos los obstáculos”, explicó su hermana.
 

Eq. de Redacción


Un largo proceso
 

En 1942 se abrió el proceso de beatificación de Antonieta Meo y en 1972 concluyó la fase diocesana, pero al encontrarse en el límite de lo que se considera la edad de la razón, su caso creó perplejidad en quienes lo examinaron y dificultades en el proceso. Aunque ninguna ley canónica determina los límites de edad de quienes se pretende beatificar, en 1981, la Iglesia reconoció plenamente que también los niños pueden realizar acciones heroicas de fe, esperanza y caridad, y por consiguiente pueden ser elevados a los altares. Fue declarada “venerable” por Benedicto XVI el 17 de diciembre de 2007. Su vida ha sido un testimonio de la santidad de los niños que sufren.


Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº203.

TESTIMONIO -


Mariana y Federico le ofrecieron sus búsquedas familiares a Dios y descubrieron todo su amor y cuidado.


En enero de 2015 participamos como servidores de una Convivencia de verano. Teníamos muchas inquietudes sobre nuestra disponibilidad a Dios y conservábamos en nuestro interior la pregunta de qué más teníamos para ofrecerle al Señor.


Hacía más de dos años que ahorrábamos y buscábamos comprar una casa. Nos estaba costando mucho conseguir lo que queríamos y esto se había vuelto un camino largo. Estábamos cansados de buscar y no encontrar; nos habíamos desilusionado.


Sin embargo, en esa Convivencia, el Señor fue más allá de nuestra dificultad y de la búsqueda material. Él nos mostró que su proyecto era más grande y perfecto. Solo quería que nos animáramos a vivir el presente como familia, desde una disposición distinta.


Después de muchas oraciones y encuentros con Dios, descubrimos que nos pedía disponibilidad, porque del resto se ocuparía Él. Ofrecimos nuestro proyecto y, desde esa entrega y del abandono de nuestros miedos, creció una confianza que no venía de nosotros sino de haber experimentado cuánto nos ama Dios.


Ese año lo comenzamos de forma diferente. Nuestras decisiones empezaron a ser otras, más libres y confiadas, porque creíamos que lo que Dios quería era lo mejor. Anhelábamos dejarlo todo en Él.


Todavía no aparecía una casa, pero nos animamos a completar el proyecto de familia que nos proponía Dios. Aunque no tuviéramos el lugar para vivir que tanto soñábamos y que tanta comodidad nos daría, queríamos dejarlo todo en las manos del Padre. Así, nos abrimos a la vida y nos lanzamos a buscar un hijo.


Ya avanzado el año, a partir de la experiencia de anunciarles a otros hermanos la propuesta del Capital del Señor1, uno de nosotros experimentó el llamado a diezmar. En medio de los ahorros y la búsqueda, Dios nos pedía un paso más de confianza y entrega total a Él.


Nos lanzamos: uno se animó a diezmar en su comunidad a comienzo del mes de abril y el otro acompañó. Y, a mediados de ese mes, encontramos la casa que buscábamos.


Comenzamos así un largo camino para poder comprarla: hubo muchas idas y vueltas, complicaciones, dificultades en la economía del país, créditos que tardaban en ser aprobados, una dueña que retrasaba la entrega, etc.


Pero finalmente llegó el día en que, por gracia de Dios y su providencia que se hizo presente en los préstamos de nuestras familias y la ayuda y la oración de amigos y hermanos, firmamos la escritura. No lo podíamos creer, la promesa de Dios se cumplía y era hermoso experimentar toda su generosidad.


Nos mudamos a la nueva casa, acompañados por Dios en el cuidado y la ayuda de familiares y amigos, y, como Él nunca deja promesas sin cumplir, una semana después supimos que esperábamos un hijo.


Ya logramos superar tres de las cuatro grandes deudas económicas de ese tiempo y el 6 de mayo de este año nació nuestro hijo, Felipe Manuel. Todo esto solo fue posible porque primero se lo ofrecimos al Señor.


“Dios, del que viene todo y que actúa en todo, quería introducir en la Gloria a un gran número de sus hijos” (Heb 2,10). Hoy, más que nunca, esto es una certeza para nosotros.
 

Mariana y Federico Schaeffer


1.El Capital del Señor está conformado con los aportes voluntarios y sostenidos a lo largo del tiempo de los miembros del Movimiento y desde él se responde a las necesidades económicas misionales de la Obra.

Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº203.

 

29 Jul

Les doy mi paz

Publicado en Oración

REFLEXIÓN -


Es necesaria una paz mundial para aligerar los sufrimientos y, en particular, para que los niños de hoy y de mañana no conozcan la angustia y la inseguridad.
 

La paz interior es, ante todo, la del corazón, aquella que nos permite mirar con esperanza el mundo, incluso cuando está desgarrado por la violencia y los conflictos. Esta paz de Dios es también un apoyo para que podamos contribuir, muy humildemente, a construirla allí donde está amenazada.
 

“Dios es amor” (1Jn 4,8), expresa san Juan. Si pudiésemos comprender estas tres palabras, iríamos muy lejos. Porque en ellas encontramos una certeza: Dios no envió a Cristo a la tierra para condenar a nadie, sino para que todo ser humano se sepa amado y pueda encontrar un camino de comunión con Él.
 

¿Por qué algunos se reconocen amados, incluso colmados, y por qué otros, no obstante, tienen la impresión de ser poco tomados en cuenta?
 

Dios nos acompaña hasta en nuestras insondables soledades. Nos dice a cada uno de nosotros: “Tú vales mucho a mis ojos, eres precioso para mí y te amo” (Cf. Is 43,4). Él no puede más que dar su amor; allí está el todo del Evangelio.
 

Lo que Dios nos pide es que recibamos sencillamente su infinita misericordia.
 

Que Él nos ama es una realidad a veces poco accesible, pero cuando descubrimos que su amor es ante todo perdón, nuestro corazón se calma e incluso se transforma. Así nos volvemos capaces de olvidar en Dios lo que atormenta nuestros corazones: ahí está la fuente donde podemos volver a encontrar un nuevo impulso.
 

¿Somos conscientes de esto? El Señor nos entrega una gran confianza: Él tiene para nosotros, para cada uno, un llamado. ¿Cuál es? Nos invita a amar como Él nos ama. Y no hay amor más profundo que ir hasta la entrega de uno mismo, por Dios y por los demás.
 

Quien vive de Dios elige amar, y un corazón que decide amar puede irradiar una bondad sin límites. Así, para quienes tienen esta búsqueda, la vida se llena de una belleza serena.
 

Aquellos que eligen amar y expresarlo con sus vidas son llevados a interrogarse sobre una de las cuestiones más fuertes que existen: ¿cómo aliviar las penas y los tormentos de los que están cerca o lejos?
 

Amar, entonces, ¿será compartir los sufrimientos de los más maltratados? Sí, es eso. ¿Será tener una infinita bondad de corazón y olvidarse de sí mismo por los otros, con desinterés? Sí, ciertamente. Y aún más: ¿qué es amar? Amar es perdonar, vivir reconciliados. Y reconciliarse es siempre una primavera del alma.
 

¿Somos tan frágiles que necesitamos ser consolados?
 

Poco antes de su muerte, Cristo asegura a los suyos que recibirán un consuelo: les enviará el Espíritu Santo que será para ellos un apoyo y que permanecerá siempre con ellos (Cf. Jn 14,18/16,7).
 

En el corazón de cada uno, aún hoy susurra: “No te dejaré nunca solo, te enviaré al Espíritu Santo. Incluso si estás en lo hondo de la desesperación, me tienes cerca”.
 

Recibir el consuelo del Espíritu Santo es buscar, en el silencio y la paz, abandonarnos en él. Entonces, incluso si se producen eventos graves, es posible superarlos.
 

Todos fuimos o somos sacudidos por pruebas personales o por el sufrimiento de otros. Esto puede provocar que nuestra fe tambalee y que se nos apague la esperanza. Encontrar de nuevo la confianza de la fe y la paz del corazón supone a veces ser paciente con uno mismo.
 

Hay una pena que marca de forma particular: la muerte de alguien cercano, de alguien que necesitamos para caminar en la tierra. Pero semejante prueba puede conocer una transfiguración, y entonces esta abre una comunión, porque Dios viene a iluminar el misterio del dolor humano hasta el punto de ampararnos en una intimidad con Él.
 

Estamos así situados en un camino de esperanza. Dios no nos deja solos, nos concede avanzar hacia la comunión de amor que es la Iglesia, misteriosa e indispensable al mismo tiempo.
 

El “Cristo de comunión” nos da ese inmenso don de la consolación.
 

En la medida en que la Iglesia llega a ser capaz de aportar la curación del corazón comunicando el perdón y la compasión, hace más accesible una plenitud de comunión con Cristo.
 

Cuando la Iglesia está atenta a amar y a comprender el misterio de todo ser humano, cuando escucha incansablemente, consuela y cura, llega a ser un reflejo limpio de comunión.
 

Buscar la reconciliación y la paz supone una lucha interior con uno mismo. Este no es un camino fácil. Nada que dure se construye en la facilidad. El espíritu de comunión no es ingenuo, es un ensanchamiento del corazón, profunda bondad, no escucha las “sospechas”.
 

Para ser portadores de comunión, ¿avanzaremos, en cada una de nuestras vidas, por el camino de la confianza y la bondad de corazón siempre renovada?
 

Por este camino habrá fracasos. Recordemos que la fuente de la paz y la comunión están en Dios. En vez de desanimarnos, invoquemos al Espíritu Santo sobre nuestras fragilidades.
 

Y, a lo largo de toda la existencia, el Espíritu Santo nos concederá reemprender la ruta e ir, poco a poco, hacia un porvenir de paz.
 

Hermano Roger 

Comunidad de Taizé
 

Morir de amor
 

En la apertura del concilio de los jóvenes, en 1974, el hermano Roger había dicho: “Sin amor, ¿para qué existir? ¿Por qué seguir viviendo? ¿Con qué fin? Ahí está el sentido de nuestra vida: ser amados siempre, hasta la eternidad para que, también nosotros, vayamos a morir de amor. Sí, feliz quien muere de amar”.



Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº203.

REFLEXIÓN -


Es necesaria una paz mundial para aligerar los sufrimientos y, en particular, para que los niños de hoy y de mañana no conozcan la angustia y la inseguridad.
 

La paz interior es, ante todo, la del corazón, aquella que nos permite mirar con esperanza el mundo, incluso cuando está desgarrado por la violencia y los conflictos. Esta paz de Dios es también un apoyo para que podamos contribuir, muy humildemente, a construirla allí donde está amenazada.
 

“Dios es amor” (1Jn 4,8), expresa san Juan. Si pudiésemos comprender estas tres palabras, iríamos muy lejos. Porque en ellas encontramos una certeza: Dios no envió a Cristo a la tierra para condenar a nadie, sino para que todo ser humano se sepa amado y pueda encontrar un camino de comunión con Él.
 

¿Por qué algunos se reconocen amados, incluso colmados, y por qué otros, no obstante, tienen la impresión de ser poco tomados en cuenta?
 

Dios nos acompaña hasta en nuestras insondables soledades. Nos dice a cada uno de nosotros: “Tú vales mucho a mis ojos, eres precioso para mí y te amo” (Cf. Is 43,4). Él no puede más que dar su amor; allí está el todo del Evangelio.
 

Lo que Dios nos pide es que recibamos sencillamente su infinita misericordia.
 

Que Él nos ama es una realidad a veces poco accesible, pero cuando descubrimos que su amor es ante todo perdón, nuestro corazón se calma e incluso se transforma. Así nos volvemos capaces de olvidar en Dios lo que atormenta nuestros corazones: ahí está la fuente donde podemos volver a encontrar un nuevo impulso.
 

¿Somos conscientes de esto? El Señor nos entrega una gran confianza: Él tiene para nosotros, para cada uno, un llamado. ¿Cuál es? Nos invita a amar como Él nos ama. Y no hay amor más profundo que ir hasta la entrega de uno mismo, por Dios y por los demás.
 

Quien vive de Dios elige amar, y un corazón que decide amar puede irradiar una bondad sin límites. Así, para quienes tienen esta búsqueda, la vida se llena de una belleza serena.
 

Aquellos que eligen amar y expresarlo con sus vidas son llevados a interrogarse sobre una de las cuestiones más fuertes que existen: ¿cómo aliviar las penas y los tormentos de los que están cerca o lejos?
 

Amar, entonces, ¿será compartir los sufrimientos de los más maltratados? Sí, es eso. ¿Será tener una infinita bondad de corazón y olvidarse de sí mismo por los otros, con desinterés? Sí, ciertamente. Y aún más: ¿qué es amar? Amar es perdonar, vivir reconciliados. Y reconciliarse es siempre una primavera del alma.
 

¿Somos tan frágiles que necesitamos ser consolados?
 

Poco antes de su muerte, Cristo asegura a los suyos que recibirán un consuelo: les enviará el Espíritu Santo que será para ellos un apoyo y que permanecerá siempre con ellos (Cf. Jn 14,18/16,7).
 

En el corazón de cada uno, aún hoy susurra: “No te dejaré nunca solo, te enviaré al Espíritu Santo. Incluso si estás en lo hondo de la desesperación, me tienes cerca”.
 

Recibir el consuelo del Espíritu Santo es buscar, en el silencio y la paz, abandonarnos en él. Entonces, incluso si se producen eventos graves, es posible superarlos.
 

Todos fuimos o somos sacudidos por pruebas personales o por el sufrimiento de otros. Esto puede provocar que nuestra fe tambalee y que se nos apague la esperanza. Encontrar de nuevo la confianza de la fe y la paz del corazón supone a veces ser paciente con uno mismo.
 

Hay una pena que marca de forma particular: la muerte de alguien cercano, de alguien que necesitamos para caminar en la tierra. Pero semejante prueba puede conocer una transfiguración, y entonces esta abre una comunión, porque Dios viene a iluminar el misterio del dolor humano hasta el punto de ampararnos en una intimidad con Él.
 

Estamos así situados en un camino de esperanza. Dios no nos deja solos, nos concede avanzar hacia la comunión de amor que es la Iglesia, misteriosa e indispensable al mismo tiempo.
 

El “Cristo de comunión” nos da ese inmenso don de la consolación.
 

En la medida en que la Iglesia llega a ser capaz de aportar la curación del corazón comunicando el perdón y la compasión, hace más accesible una plenitud de comunión con Cristo.
 

Cuando la Iglesia está atenta a amar y a comprender el misterio de todo ser humano, cuando escucha incansablemente, consuela y cura, llega a ser un reflejo limpio de comunión.
 

Buscar la reconciliación y la paz supone una lucha interior con uno mismo. Este no es un camino fácil. Nada que dure se construye en la facilidad. El espíritu de comunión no es ingenuo, es un ensanchamiento del corazón, profunda bondad, no escucha las “sospechas”.
 

Para ser portadores de comunión, ¿avanzaremos, en cada una de nuestras vidas, por el camino de la confianza y la bondad de corazón siempre renovada?
 

Por este camino habrá fracasos. Recordemos que la fuente de la paz y la comunión están en Dios. En vez de desanimarnos, invoquemos al Espíritu Santo sobre nuestras fragilidades.
 

Y, a lo largo de toda la existencia, el Espíritu Santo nos concederá reemprender la ruta e ir, poco a poco, hacia un porvenir de paz.
 

Hermano Roger 

Comunidad de Taizé
 

Morir de amor
 

En la apertura del concilio de los jóvenes, en 1974, el hermano Roger había dicho: “Sin amor, ¿para qué existir? ¿Por qué seguir viviendo? ¿Con qué fin? Ahí está el sentido de nuestra vida: ser amados siempre, hasta la eternidad para que, también nosotros, vayamos a morir de amor. Sí, feliz quien muere de amar”.



Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº203.

TESTIMONIO -


Mariana y Federico le ofrecieron sus búsquedas familiares a Dios y descubrieron todo su amor y cuidado.


En enero de 2015 participamos como servidores de una Convivencia de verano. Teníamos muchas inquietudes sobre nuestra disponibilidad a Dios y conservábamos en nuestro interior la pregunta de qué más teníamos para ofrecerle al Señor.


Hacía más de dos años que ahorrábamos y buscábamos comprar una casa. Nos estaba costando mucho conseguir lo que queríamos y esto se había vuelto un camino largo. Estábamos cansados de buscar y no encontrar; nos habíamos desilusionado.


Sin embargo, en esa Convivencia, el Señor fue más allá de nuestra dificultad y de la búsqueda material. Él nos mostró que su proyecto era más grande y perfecto. Solo quería que nos animáramos a vivir el presente como familia, desde una disposición distinta.


Después de muchas oraciones y encuentros con Dios, descubrimos que nos pedía disponibilidad, porque del resto se ocuparía Él. Ofrecimos nuestro proyecto y, desde esa entrega y del abandono de nuestros miedos, creció una confianza que no venía de nosotros sino de haber experimentado cuánto nos ama Dios.


Ese año lo comenzamos de forma diferente. Nuestras decisiones empezaron a ser otras, más libres y confiadas, porque creíamos que lo que Dios quería era lo mejor. Anhelábamos dejarlo todo en Él.


Todavía no aparecía una casa, pero nos animamos a completar el proyecto de familia que nos proponía Dios. Aunque no tuviéramos el lugar para vivir que tanto soñábamos y que tanta comodidad nos daría, queríamos dejarlo todo en las manos del Padre. Así, nos abrimos a la vida y nos lanzamos a buscar un hijo.


Ya avanzado el año, a partir de la experiencia de anunciarles a otros hermanos la propuesta del Capital del Señor1, uno de nosotros experimentó el llamado a diezmar. En medio de los ahorros y la búsqueda, Dios nos pedía un paso más de confianza y entrega total a Él.


Nos lanzamos: uno se animó a diezmar en su comunidad a comienzo del mes de abril y el otro acompañó. Y, a mediados de ese mes, encontramos la casa que buscábamos.


Comenzamos así un largo camino para poder comprarla: hubo muchas idas y vueltas, complicaciones, dificultades en la economía del país, créditos que tardaban en ser aprobados, una dueña que retrasaba la entrega, etc.


Pero finalmente llegó el día en que, por gracia de Dios y su providencia que se hizo presente en los préstamos de nuestras familias y la ayuda y la oración de amigos y hermanos, firmamos la escritura. No lo podíamos creer, la promesa de Dios se cumplía y era hermoso experimentar toda su generosidad.


Nos mudamos a la nueva casa, acompañados por Dios en el cuidado y la ayuda de familiares y amigos, y, como Él nunca deja promesas sin cumplir, una semana después supimos que esperábamos un hijo.


Ya logramos superar tres de las cuatro grandes deudas económicas de ese tiempo y el 6 de mayo de este año nació nuestro hijo, Felipe Manuel. Todo esto solo fue posible porque primero se lo ofrecimos al Señor.


“Dios, del que viene todo y que actúa en todo, quería introducir en la Gloria a un gran número de sus hijos” (Heb 2,10). Hoy, más que nunca, esto es una certeza para nosotros.
 

Mariana y Federico Schaeffer


1.El Capital del Señor está conformado con los aportes voluntarios y sostenidos a lo largo del tiempo de los miembros del Movimiento y desde él se responde a las necesidades económicas misionales de la Obra.

Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº203.

 

NOTA

Nennolina podría ser la beata no mártir más joven de la historia de la Iglesia.
 

Antonietta Meo nació en 1930 y murió en 1937, a los seis años y medio, luego de que le detectaran un osteosarcoma (cáncer óseo) en la rodilla, que, una vez amputada la pierna, ya había hecho metástasis en todo el cuerpo.
 

Fue una niña muy alegre y profundamente espiritual que ofreció sus dolores por la conversión de los pecadores, por las almas del purgatorio y para que no estallara la guerra.
 

Recuerda Margherita, su hermana, que sus padres sufrieron al pensar cómo sería el dolor de la pequeña tras la amputación. Cuando Antonietta despertó de la operación, su madre le dijo: “Hija, tú dijiste que si Jesús quería tu mano, tú se la darías. Ahora te ha pedido que le des tu pierna”. Y ella respondió: “Le he dado mi pierna a Jesús”. “La primera noche fue terrible”, cuenta Margherita. “Pero ella ofrecía todos sus dolores. Incluso, cuando se cumplió un año de esta operación, lo celebró muy contenta, porque era un año de ofrecimientos a Jesús”.
 

A Nennolina le dolía mucho caminar, pero repetía con alegría: “Que cada paso que doy sea una palabra de amor”. No perdió su vivacidad: multiplicó sus oraciones y tomó la costumbre de poner a los pies del crucifijo, todas las tardes, una carta que al principio le dictaba a su madre y que luego empezó a escribir ella misma con mensajes para Jesús, María, Dios y el Espíritu Santo.
 

“Querido Jesús, tú que has sufrido tanto en la cruz: quiero hacer muchos ofrecimientos y permanecer siempre en el calvario cerca, cerca de ti y de tu mamá”, escribió en enero de 1937, meses antes de morir.
 

Ese año Antonietta tuvo que interrumpir la escuela porque el tumor le había hecho metástasis. En el hospital recibió el sacramento de la Unción de los enfermos. Así y todo, pidió que la llevaran en silla de ruedas todos los días ante una imagen de Nuestra Señora, para recitar oraciones y poner flores a sus pies.
 

“Querida Virgencita: eres tan buena, toma mi corazón y llévaselo a Jesús. Oh, Virgencita, tú eres la misma de nuestro corazón”, le escribió a María en una ocasión, pidiéndole también ser siempre obediente: “Quiero recibir a Jesús de tus manos para ser más digna”.
 

En su última carta antes de morir, Nennolina le escribió a Jesús: “Yo te doy las gracias porque tú me has mandado esta enfermedad, pues es un medio para llegar al paraíso (…).Te encomiendo a mis padres y a Margherita”.
 

Tras su muerte se produjeron conversiones y se derramaron gracias, y su fama de santidad se difundió por todas partes, incluso fuera de Italia.
 

Antonietta es un ejemplo de santidad en las cosas pequeñas: “Para mí ser santa es aceptar día tras día lo que Dios quiere y querer a todos los demás, también a las personas que parece que no aman. Con el amor se pueden superar todos los obstáculos”, explicó su hermana.
 

Eq. de Redacción


Un largo proceso
 

En 1942 se abrió el proceso de beatificación de Antonieta Meo y en 1972 concluyó la fase diocesana, pero al encontrarse en el límite de lo que se considera la edad de la razón, su caso creó perplejidad en quienes lo examinaron y dificultades en el proceso. Aunque ninguna ley canónica determina los límites de edad de quienes se pretende beatificar, en 1981, la Iglesia reconoció plenamente que también los niños pueden realizar acciones heroicas de fe, esperanza y caridad, y por consiguiente pueden ser elevados a los altares. Fue declarada “venerable” por Benedicto XVI el 17 de diciembre de 2007. Su vida ha sido un testimonio de la santidad de los niños que sufren.


Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº203.

NOTA -


Alcohol, marihuana, pegamentos, paco y pastillas de ansiolíticos; estas son las drogas más baratas y con efectos más devastadores en los cuerpos y las mentes de los chicos.
 

Hunde los dedos en el barro. Aprieta fuerte el puño, estruja la tierra y el agua con los ojos fijos pero llenos de lágrimas. “Les fallé a todos, le fallé a mi familia. El vicio, la droga, no me deja más”, dice el joven y se le quiebra la voz.
 

Esta es una dinámica más de un retiro de Pascua en el Movimiento de la Palabra de Dios, que intenta replicar la experiencia del hijo pródigo del Evangelio a través de la experiencia de hundir las manos en el barro. En esa parábola, el hijo, que tenía todo en la casa del Padre, prefiere irse de su lado con la herencia, la malgasta y termina trabajando en un chiquero, solo y muerto de hambre.
 

Ver el barro en sus manos impacta a R., un adolescente de 17 años de Tucumán, distanciado del refugio familiar, del abrigo y del abrazo paterno. Hasta ahí lo llevó la adicción: solo, lejos y metido en el lodo.
 

“No sé cómo hacer para volver”, dice M., otro chico de no más de 22 años, atravesado por el dolor de la oscuridad en la que lo dejó su adicción al alcohol y a la marihuana.
 

Las voces de estos jóvenes sin rostro constituyen una minúscula parte de las atrocidades que provocan las adicciones en niños y adolescentes de toda la Argentina y de buena parte de Latinoamérica. Las barriadas pobres del noroeste argentino reciben las oleadas más severas de esta marea que ahoga y asfixia a los más desprotegidos. Ya no se trata de hablar desde la ingenuidad del “flagelo” sino desde la realidad de las consecuencias extremas de las adicciones: la soledad, la lejanía, la oscuridad, el barro, la muerte.
 

El último informe que realizó en 2014 el Observatorio Argentino de Drogas (OAD), que depende del SEDRONAR1, contiene cifras contundentes respecto de las adicciones en esas provincias del norte. El Sexto Estudio Nacional sobre Consumo de Sustancias Psicoactivas en Estudiantes de Enseñanza Media resalta un incremento en los porcentajes de consumo entre los adolescentes, especialmente tabaco, bebidas energizantes (generalmente mezcladas con ansiolíticos), marihuana y pasta base de cocaína-paco. Mientras los chicos admiten que consumen cada vez más, la edad de inicio se desbarranca y ya a los trece años hay algunos que admiten haber probado marihuana, paco o inhalantes. Hay, incluso, ciertos casos dolorosos de chicos de diez, nueve e incluso ocho años.
 

El principado instaurado por las drogas en el mundo provoca que el hijo que “abandona la casa del Padre” no sea ya un muchacho joven: ahora tiene el rostro de un niño lastimado, de un adolescente confundido.

 

Efectos temporarios y permanentes

“Estar dentro de la droga es como estar enterrado en el cementerio, pero mirando todo lo que pasa. Es como no poder respirar, ahogarse hasta con la propia saliva. Es un dolor en el pecho, como tener todo el tiempo encima una piedra que aplasta. No se puede hacer nada”, admite un adolescente de 16 años adicto a la marihuana. “Es fácil de conseguir, todos tienen en la calle. Hay ‘kioscos’ por todos lados y cerca de las escuelas”, agrega.
 

“Cuando ‘jalás’ ya no pasa nada”, dice un chico de catorce años que se hizo adicto al pegamento cuando tenía once. Después, se le nubla la vista: “Cuando se te pasa parece que todo está oscuro. Es como si se hiciera de noche todo el día”.
 

El efecto temporario de cualquier droga, desde el alcohol y el tabaco hasta el paco, se asemeja al tiempo de la vida “licenciosa” del hijo pródigo (Cf. Lc 11,13). Y así como el hijo menor debe asumir las consecuencias en su propia carne, los efectos de la adicción también son devastadores en los adolescentes y los jóvenes.
 

El uso frecuente de la marihuana, considerada con cierta hipocresía como una droga “social” y hasta tolerable, provoca perturbaciones en el desarrollo normal del cerebro en formación de los jóvenes: deterioro cognitivo, pérdida relativa de la memoria, irritabilidad, malos resultados académicos, etc. Estas evidencias fueron presentadas por el National Institute on Drug Abuse, una organización gubernamental dedicada a profundizar en las consecuencias del abuso de las drogas. Sumado a esto, el informe del SEDRONAR señala que el incremento en los niveles de consumo de la marihuana en las provincias de Argentina indican que esta podría ser la droga iniciática para los adolescentes y aún para los niños; una suerte de puerta hacia la oscuridad.
 

La adicción a inhalar pegamentos tiene casi el mismo porcentaje de impacto en niños y adolescentes argentinos que el consumo de marihuana. Las “jaladas” que los chicos les dan a los vapores de tolueno contenido en los pegamentos afectan de manera inmediata los pulmones y el cerebro. Los tóxicos, que actúan rápido, dañan los nervios que controlan los movimientos motores en un área del cerebelo. Así, la adicción crónica genera en los chicos temblores constantes y agitación. A mediano plazo, aparecen la falta de apetito, un descuido generalizado en la higiene, falta de atención y una disminución muy importante en el nivel de abstracción.
 

Las drogas más “duras”, como la cocaína o el “paco”, aceleran todo el proceso de deterioro físico y psicológico de los adictos. La desconexión con la realidad es mucho más severa y singularmente más profunda.
 

Hace tres años, un chico de nueve fue demorado por la policía de Catamarca cuando intentaba robar en un comercio. Estaba completamente drogado, posiblemente con pegamento o con ansiolíticos mezclados con alcohol. Cuando lo llevaron ante el juez de menores, el niño dijo con un hilo de voz: “Cuando me drogo, sueño que tengo comida y juguetes”.

 

Puerta de entrada

A diferencia de lo que ocurre en los grandes centros urbanos del país, en las ciudades más pobres no son la marihuana, ni la cocaína, ni el paco las drogas más habituales o más consumidas. Menos aún las pastillas de drogas sintéticas como el éxtasis, que también hacen estragos en jóvenes de familias acomodadas. Los chicos más pobres comienzan el camino de las adicciones con fármacos de compra fácil. 
 

Estos suelen recetarse para superar trastornos de ansiedad, ataques de pánico, nerviosismo o insomnio, pero los chicos los consiguen con la complicidad de los vendedores de las farmacias, que les proveen los blíster fuera de hora, con recetas truchas y por unos pocos pesos.
 

Estos fármacos se buscan por un solo motivo: como actúan sobre el sistema nervioso central, provocan sensación de bienestar y placer, pero no alucinaciones, como el resto de los estupefacientes. Mezclados con alcohol disminuye progresivamente los niveles de conciencia, así que es el camino más corto para sustraerse de su entorno.
 

Cuando el hijo pródigo del Evangelio comienza a sufrir necesidades, toma contacto con su situación personal. La realidad lo arroja al chiquero, donde cuida los cerdos de otro. Los animales comen mejor que él y él entonces desea las bellotas con las que los engordan. Finalmente, el hijo decide regresar a la casa de su Padre, arrepentido, avergonzado y dispuesto a pedir perdón. Y allí lo reciben con alegría y fiesta.
 

¿Cómo es posible hallar el camino de regreso a la casa del Padre desde este lugar de fango y tierra donde dejan las adicciones? ¿Cómo puede un adolescente tomar conciencia de su ropa en harapos, del hambre, de la soledad, de la oscuridad, de la distancia que puso con su Padre?
 

Esta conciencia tiene el componente indispensable del arrepentimiento. Admitir el error, la mala elección, es el gesto físico que pone de pie a la persona y lo encamina a su casa, murmurando la frase de perdón para su Padre.
 

“Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó” (Lc 15,20). El retorno tiene la promesa del recibimiento y la reconciliación. No hay reproches, no se piden explicaciones. Tampoco se mide el tiempo pasado en el exilio, dentro de la noche oscura de la adicción.
 

Quien sufre o sufrió en su propia humanidad el latigazo de la droga sabe que asomar la cabeza desde allí es comenzar a ver la salida.
 

“La primera vez que escuché que Dios me perdonó todo, supe que tenía que dejar las pastillas. Pero hay pocas oportunidades para oírlo. Hay chicos que pasaron de largo y ya no están acá. Eran mis amigos”, confiesa A., un joven que encontró ayuda y contención para iniciar el tratamiento contra su adicción en un centro de salud privado de la ciudad de San Miguel de Tucumán.
 

Ejemplos similares se reciben en Catamarca, una provincia desbordada por el impacto que tienen las adicciones: en los últimos cinco años se triplicaron los casos de jóvenes que ingresan a la sala de urgencias de los hospitales o los centros privados de salud con crisis de abstinencia por las drogas. Más aún, el propio gobierno asumió que debe multiplicar los centros de contención de jóvenes, pero la política hace agua frente a la aberrante falta de controles oficiales para mantener a raya la venta de ansiolíticos a niños y adolescentes.
 

El desafío actual para las comunidades de creyentes es mantener iluminado el camino de regreso para estos chicos que aún tropiezan en las penumbras de las adicciones. Son los gestos de misericordia hacia el prójimo sobre los que tanto insiste Francisco en cada enseñanza.
 

Ojalá no nos falte, en estos momentos de oscuridad en la historia de los hombres, el “aceite para mantener encendidas nuestras lámparas” (Cf. Mt 25,1-13).
 

Ariel Arrieta


1. Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico.
 

N. de la R.: Ariel participa de los grupos del Movimiento en la Prov. de Catamarca, es periodista, está casado y tiene tres hijos.
 

Fuentes: Foundation for a Drug-Free World, “La verdad sobre los inhalantes”; Salud y bienestar de los Adolescentes y jóvenes: una mirada integral. (http://publicaciones.ops.org.ar/publicaciones/otras%20pub/SaludBienestarAdolescente.pdf); Consumo de drogas en adolescentes: el papel del estrés, la impulsividad y los esquemas relacionados con la falta de límites. Universidad de Deusto. Departamento de Psicología. Bilbao.


Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº203.


«InicioPrev12345678910PróximoFin»
Pág. 1 de 28