21 Sep
Lo primero: orar y anunciar la Palabra
por Cristo Vive |
Leído 52775 veces | Publicado en Oración Ultima modificacion el Viernes, 05 de Octubre de 2012 14:30
 
tamaño fuente reducir tamaño fuente aumentar tamaño fuente
Vota este articulo
(0 votos)

La primera comunidad cristiana se enfrentó con un problema que amenazó con crear divisiones dentro de la Iglesia: proclamar la Palabra de Dios o atender con amor las necesidades de los hermanos. ¿Qué es lo más importante? En una audiencia general, el Papa Benedicto XVI responde a la cuestión.




Ante la controversia que relata el libro de los Hechos de los apóstoles sobre la urgencia del anuncio de la Palabra y la ayuda al necesitado, el episodio concluye con el discernimiento realizado por los apóstoles: “No está bien que nosotros abandonemos la Palabra de Dios por servir a las mesas (…) Busquen de entre ustedes a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de saber, y los pondremos al frente de esta tarea; mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra” (Hech 6, 2-4).


En primer lugar, existe en la Iglesia un ministerio de la caridad: la Iglesia no solo debe proclamar la Palabra, sino también cumplirla. Y, en segundo lugar, los hombres elegidos para el servicio no solo tenían que gozar de buena reputación, sino que debían ser llenos del Espíritu Santo y de sabiduría; es decir, no podían ser solo organizadores, sino que debían “hacer” según el espíritu de la fe con la luz de Dios en la sabiduría del corazón y, por lo tanto, su función práctica era, sin embargo, una función espiritual. La caridad y la justicia no son solo acciones sociales, también son espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo. Podemos decir que hubo una gran responsabilidad por parte de los apóstoles que tomaron la decisión de elegir siete hombres. Los apóstoles oraron para pedir la fuerza del Espíritu Santo y luego les impusieron las manos para que se dediquen de manera exclusiva al servicio de la caridad.


Las ocupaciones que endurecen el corazón
loprimero1En la vida de la Iglesia se reflejó en cierto modo lo que sucedió durante la vida pública de Jesús, en la casa de Marta y María en Betania. Marta estaba abrumada con el servicio de ofrecer hospitalidad a Jesús y a sus discípulos; María, sin embargo, se dedica a la escucha de la Palabra del Señor (Cf. Lc 10, 38-42). Se superponen los momentos de oración y escucha de Dios con la actividad diaria. El llamado de Jesús muestra la prioridad que debemos darle a Dios: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada” y la reflexión de los apóstoles sigue esta línea: “Nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra” (Hech 6,4).


San Agustín decía que la realidad de María es una visión de nuestra situación en el cielo, por lo que en la tierra nunca podremos tenerlo todo, pero un poco de la anticipación sí debe estar presente en toda nuestra actividad así como la contemplación de Dios. No debemos perdernos en el activismo puro, sino siempre dejarnos penetrar en nuestras actividades por la luz de la Palabra de Dios y así aprender la verdadera caridad, el verdadero servicio a los demás, que necesita sobre todo del afecto de nuestro corazón: de la luz de Dios.
 

Tener muchas ocupaciones y una vida frenética a menudo terminan endureciendo el corazón

San Ambrosio, a partir del episodio de Marta y María, exhortaba a sus fieles diciendo: “Buscamos tener también nosotros aquello que no se nos puede quitar, dándole a la Palabra del Señor una diligente atención: ocurre también con las semillas de la palabra divina que se pierden si se plantan a lo largo del camino. Te estimule también a ti, como a María, el deseo de saber que la Palabra es la obra más grande, la más perfecta”. Advertía también que “el cuidado por el ministerio no distraiga la atención de la palabra divina” (Expositio Evangelii secundum Lucam, VII, 85: PL 15, 1720). Los santos, por lo tanto, han experimentado una profunda unidad de vida entre la oración y la acción, entre el amor total a Dios y el amor a los hermanos. San Bernardo, que es un modelo de armonía entre la contemplación y la actividad, en su libro De consideratione, insistía precisamente en la importancia del recogimiento interior, de la oración para defenderse de los peligros de una actividad excesiva, cualquiera que sea la condición en la que se encuentra y la tarea que se esté llevando a cabo; decía que tener muchas ocupaciones y una vida frenética a menudo terminan endureciendo el corazón y hacían sufrir el espíritu (Cf. II, 3). Es un valioso recordatorio para nosotros hoy, acostumbrados a evaluar todo con el criterio de la productividad y de la eficiencia.


Trabajar impulsados por la oración
loprimero2El pasaje de los Hechos de los Apóstoles nos recuerda la importancia del trabajo –sin duda se crea un verdadero ministerio–, del compromiso en la actividad diaria que se lleva a cabo con responsabilidad y dedicación, pero también nuestra necesidad de Dios, de su orientación, de su luz que nos da fortaleza y esperanza. Sin la oración diaria fielmente vivida, nuestra acción se vacía, pierde su alma profunda, se reduce a un simple activismo sencillo que con el tiempo nos deja insatisfechos. Hay una hermosa invocación de la tradición cristiana para ser recitada antes de una actividad, que dice: “Inspira nuestras acciones, Señor, y acompáñalas con tu ayuda, para que todo nuestro hablar y actuar tenga siempre en Ti su principio y en Ti su cumplimiento”. Cada paso de nuestra vida, cada acción, incluso en la Iglesia, debe estar realizada ante Dios, a la luz de su Palabra.
 

Si los pulmones de la oración y la Palabra de Dios no alimentan la respiración de nuestra vida espiritual, corremos el riesgo de asfixiarnos en medio de miles de cosas todos los días

Cuando la oración se nutre de la Palabra de Dios, podemos ver la realidad con nuevos ojos, con los de la fe, y el Señor da una nueva luz al camino en todo momento y en cualquier situación. Creemos en el poder de la Palabra de Dios y en la oración. Incluso la dificultad que estaba experimentando la Iglesia frente al problema del servicio a los pobres, a la cuestión de la caridad, viene superada a través de la oración, a la luz de Dios, del Espíritu Santo. Los apóstoles no se limitan a ratificar la elección de Esteban y de los demás hombres sino “habiendo hecho oración, les impusieron las manos” (Hech 6,6). (…) Confirma una vez más que el servicio práctico de la caridad es un servicio espiritual. Ambas realidades deben ir juntas. (…) Y el énfasis en la oración nos recuerda también que solo por la relación íntima con Dios, cultivada todos los días, nace la respuesta a la elección del Señor y se le confían todos los ministerios en la Iglesia.


El problema pastoral que llevó a los apóstoles a elegir y a imponer las manos sobre siete varones encargados ​​del servicio de la caridad, para dedicarse ellos a la oración y a la proclamación de la Palabra, nos señala también a nosotros, la primacía de la oración y de la palabra de Dios, que, sin embargo, produce luego también la acción pastoral. Para los pastores esta es la primera y más valiosa forma de servicio a la comunidad a ellos confiada. Si los pulmones de la oración y la Palabra de Dios no alimentan la respiración de nuestra vida espiritual, corremos el riesgo de asfixiarnos en medio de miles de cosas todos los días: la oración es la respiración del alma y de la vida. Y hay otro valioso llamado que me gustaría destacar: en la relación con Dios, en la escucha de su Palabra, en el diálogo con Dios, incluso cuando estamos en el silencio de una Iglesia o en nuestra habitación, estamos unidos en el Señor con muchos hermanos en la fe, como un conjunto de instrumentos que, a pesar de su individualidad, elevan una única y gran sinfonía de intercesiones a Dios, de acción de gracias y de alabanzas.

ir arriba