29 Jul
Les doy mi paz
por Cristo Vive |
Leído 254 veces | Publicado en Oración Ultima modificacion el Viernes, 29 de Julio de 2016 12:28
 
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REFLEXIÓN -


Es necesaria una paz mundial para aligerar los sufrimientos y, en particular, para que los niños de hoy y de mañana no conozcan la angustia y la inseguridad.
 

La paz interior es, ante todo, la del corazón, aquella que nos permite mirar con esperanza el mundo, incluso cuando está desgarrado por la violencia y los conflictos. Esta paz de Dios es también un apoyo para que podamos contribuir, muy humildemente, a construirla allí donde está amenazada.
 

“Dios es amor” (1Jn 4,8), expresa san Juan. Si pudiésemos comprender estas tres palabras, iríamos muy lejos. Porque en ellas encontramos una certeza: Dios no envió a Cristo a la tierra para condenar a nadie, sino para que todo ser humano se sepa amado y pueda encontrar un camino de comunión con Él.
 

¿Por qué algunos se reconocen amados, incluso colmados, y por qué otros, no obstante, tienen la impresión de ser poco tomados en cuenta?
 

Dios nos acompaña hasta en nuestras insondables soledades. Nos dice a cada uno de nosotros: “Tú vales mucho a mis ojos, eres precioso para mí y te amo” (Cf. Is 43,4). Él no puede más que dar su amor; allí está el todo del Evangelio.
 

Lo que Dios nos pide es que recibamos sencillamente su infinita misericordia.
 

Que Él nos ama es una realidad a veces poco accesible, pero cuando descubrimos que su amor es ante todo perdón, nuestro corazón se calma e incluso se transforma. Así nos volvemos capaces de olvidar en Dios lo que atormenta nuestros corazones: ahí está la fuente donde podemos volver a encontrar un nuevo impulso.
 

¿Somos conscientes de esto? El Señor nos entrega una gran confianza: Él tiene para nosotros, para cada uno, un llamado. ¿Cuál es? Nos invita a amar como Él nos ama. Y no hay amor más profundo que ir hasta la entrega de uno mismo, por Dios y por los demás.
 

Quien vive de Dios elige amar, y un corazón que decide amar puede irradiar una bondad sin límites. Así, para quienes tienen esta búsqueda, la vida se llena de una belleza serena.
 

Aquellos que eligen amar y expresarlo con sus vidas son llevados a interrogarse sobre una de las cuestiones más fuertes que existen: ¿cómo aliviar las penas y los tormentos de los que están cerca o lejos?
 

Amar, entonces, ¿será compartir los sufrimientos de los más maltratados? Sí, es eso. ¿Será tener una infinita bondad de corazón y olvidarse de sí mismo por los otros, con desinterés? Sí, ciertamente. Y aún más: ¿qué es amar? Amar es perdonar, vivir reconciliados. Y reconciliarse es siempre una primavera del alma.
 

¿Somos tan frágiles que necesitamos ser consolados?
 

Poco antes de su muerte, Cristo asegura a los suyos que recibirán un consuelo: les enviará el Espíritu Santo que será para ellos un apoyo y que permanecerá siempre con ellos (Cf. Jn 14,18/16,7).
 

En el corazón de cada uno, aún hoy susurra: “No te dejaré nunca solo, te enviaré al Espíritu Santo. Incluso si estás en lo hondo de la desesperación, me tienes cerca”.
 

Recibir el consuelo del Espíritu Santo es buscar, en el silencio y la paz, abandonarnos en él. Entonces, incluso si se producen eventos graves, es posible superarlos.
 

Todos fuimos o somos sacudidos por pruebas personales o por el sufrimiento de otros. Esto puede provocar que nuestra fe tambalee y que se nos apague la esperanza. Encontrar de nuevo la confianza de la fe y la paz del corazón supone a veces ser paciente con uno mismo.
 

Hay una pena que marca de forma particular: la muerte de alguien cercano, de alguien que necesitamos para caminar en la tierra. Pero semejante prueba puede conocer una transfiguración, y entonces esta abre una comunión, porque Dios viene a iluminar el misterio del dolor humano hasta el punto de ampararnos en una intimidad con Él.
 

Estamos así situados en un camino de esperanza. Dios no nos deja solos, nos concede avanzar hacia la comunión de amor que es la Iglesia, misteriosa e indispensable al mismo tiempo.
 

El “Cristo de comunión” nos da ese inmenso don de la consolación.
 

En la medida en que la Iglesia llega a ser capaz de aportar la curación del corazón comunicando el perdón y la compasión, hace más accesible una plenitud de comunión con Cristo.
 

Cuando la Iglesia está atenta a amar y a comprender el misterio de todo ser humano, cuando escucha incansablemente, consuela y cura, llega a ser un reflejo limpio de comunión.
 

Buscar la reconciliación y la paz supone una lucha interior con uno mismo. Este no es un camino fácil. Nada que dure se construye en la facilidad. El espíritu de comunión no es ingenuo, es un ensanchamiento del corazón, profunda bondad, no escucha las “sospechas”.
 

Para ser portadores de comunión, ¿avanzaremos, en cada una de nuestras vidas, por el camino de la confianza y la bondad de corazón siempre renovada?
 

Por este camino habrá fracasos. Recordemos que la fuente de la paz y la comunión están en Dios. En vez de desanimarnos, invoquemos al Espíritu Santo sobre nuestras fragilidades.
 

Y, a lo largo de toda la existencia, el Espíritu Santo nos concederá reemprender la ruta e ir, poco a poco, hacia un porvenir de paz.
 

Hermano Roger 

Comunidad de Taizé
 

Morir de amor
 

En la apertura del concilio de los jóvenes, en 1974, el hermano Roger había dicho: “Sin amor, ¿para qué existir? ¿Por qué seguir viviendo? ¿Con qué fin? Ahí está el sentido de nuestra vida: ser amados siempre, hasta la eternidad para que, también nosotros, vayamos a morir de amor. Sí, feliz quien muere de amar”.



Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº203.

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