03 Mar
La resurrección del cuerpo
Leído 1198 veces | Publicado en Resurrección Ultima modificacion el Martes, 03 de Marzo de 2015 13:12
 
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En la Pascua celebramos, como fiesta, la resurrección de Jesús: ella es la garantía de nuestra fe. Cuando, después de la muerte de Jesús, los discípulos fueron a visitar su sepulcro (Cf. Jn 20, 1-10), lo encontraron vacío y hallaron la manifestación de Dios que les decía: “No está aquí porque resucitó como él lo había dicho” (Mt 28, 6). La misma referencia hace san Lucas: “¿Por qué buscan entre muertos al que está vivo?” (Lc 24, 5).

Es Jesús resucitado el que va a dar testimonio ante los apóstoles y discípulos de su propia resurrección durante cuarenta días: “Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo” (Lc 29, 39). En el camino de Emaús, Jesús, como Maestro, les enseña a dos discípulos la interpretación de las profecías que hacen alusión a él (Cf. Lc 24, 27).

A Tomás, que no había creído el testimonio de sus compañeros apostólicos, se le aparecerá expresamente y le dirá: “Tomás, en adelante no seas incrédulo sino hombre de fe” (Jn 20, 27b). Y a nosotros, los cristianos de hoy, nos dirá desde esa ocasión: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 29).
 

1. Nuestra fe

Desde la fe pascual, también nuestra muerte está vinculada a la muerte y resurrección de Jesús. Él es la cabeza de la Iglesia y nosotros su cuerpo (Cf. Ef 1, 22-23). Por eso, la muerte de nuestro cuerpo está asociada a la resurrección de Jesús. La Iglesia hablará de la “resurrección de la carne”, es decir, de nuestro cuerpo.

San Pablo se preguntará: “¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo?" (1 Cor 15, 35). Estamos ante un misterio. Y el apóstol va a mostrarlo a través de una imagen: la de una semilla, que es nuestro cuerpo ante el poder creador y recreador de Dios. Y dirá: “Lo que siembras no llegará a tener vida, si antes no muere” (v. 36). Lo que se da en la naturaleza y es patente para nosotros, sucederá en la semilla de nuestro cuerpo. Y Pablo desenvuelve esa imagen: “Y lo que siembras no es la planta tal como va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo, o de cualquier otra planta. Y Dios da a cada semilla la forma que él quiere, a cada clase de semilla, el cuerpo que le corresponde” (1 Cor 15, 37-38). “Lo mismo pasa con la resurrección de los muertos: se siembran cuerpos corruptibles y resucitarán incorruptibles; se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos; se siembran cuerpos débiles y resucitarán llenos de fuerza; se siembran cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales. Porque hay un cuerpo puramente natural y hay también un cuerpo espiritual” (1 Cor 15, 42-44).

resurrec2Pablo hace una enseñanza respecto de este misterio: “Les aseguro, hermanos, que lo puramente humano no puede tener parte en el Reino de Dios, ni la corrupción puede heredar lo que es incorruptible” (1 Cor 15, 50). Al final de la historia, ante el regreso del Señor, “todos seremos transformados” (v.51b): “En un instante… los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados” (v.52). Como cuerpo de Jesús, también nosotros participaremos de la inmortalidad de Jesús: lo que es corruptible debe revestirse de la incorruptibilidad y lo que es mortal debe revestirse de la inmortalidad. Es el triunfo final del amor y la misericordia de Dios sobre la muerte (Cf. 1 Cor 15, 26; Rom 8, 37).


¿Cómo enseña la Iglesia esto? Podemos leer algunos trozos de esta doctrina en el Catecismo Católico:

Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día (Cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad: “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a sus cuerpos mortales por su Espíritu que habita en ustedes" (Rom 8, 11; Cf. 1 Tes 4, 14; 1 Cor 6, 14; 2 Cor 4, 14; Flp 3, 10-11) (Nº 989).

El término "carne" designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (Cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La "resurrección de la carne" significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros "cuerpos mortales" (Rom 8, 11) volverán a tener vida (Nº 990).

El "cómo ocurrirá la resurrección" sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que por la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo: “Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección” (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 18, 4-5) (Nº 1000).


2. El sentido de la muerte

Y nosotros ¿cómo podemos explicar este misterio a la luz de la experiencia del proceso de nuestra vida humana y de la antropología?

La imagen de la semilla y la planta es válida para visualizar la gracia de nuestra concepción y nacimiento.

La semilla del momento de la concepción se transforma en la planta de un ser humano que nace y se desarrolla en la tierra del vientre materno. Esta planta tiene la duración de la edad en su vida histórica; y el proceso humano hecho visible en el cuerpo incluye su reintegración a la tierra, de acuerdo con la sentencia bíblica: “Polvo eres y al polvo volverás” (Gen 3, 19b). El hombre que ha sido sacado de la tierra (Cf. Gen 2, 7), con la muerte se convierte en tierra; ¡solo Dios puede sacarlo de la muerte y de la tierra!

Antropológicamente, la tradición bíblica acepta la corrupción del cadáver como proceso natural del cuerpo.

Pero en nuestra época, por distintos motivos culturales, se ha ido desarrollando una tradición panteísta proveniente de Oriente que quiebra este proceso natural con la incineración del cuerpo. La Iglesia acepta esta práctica mortuoria “cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo”, dice el CIC nº 2301.

Dada la diversidad de repercusiones culturales y religiosas que pueden surgir de una tradición popular, podemos entonces preguntarnos sobre el fundamento de esta tradición oriental y el motivo de su aceptación católica.

La tradición panteísta de Oriente tiene como base la creencia de que el absoluto de la vida es la energía. El ser humano no es valorado por su persona, aunque haya una praxis de introspección budista, muchas veces conocida por el yoga, que no es la única praxis. En esas prácticas, la persona se pierde en el todo. En la muerte, la incineración del cuerpo va acompañada por el esparcir las cenizas para que ellas se reintegren a la energía universal. No hay conciencia de la eternidad de la persona ni de un Dios de dimensión personal.

resurrec4Y esto nos alerta sobre lo que es propio de la oración como encuentro personal con Dios. La oración no es un modo de introspección, para encontrarse con la naturaleza profunda de sí mismo, porque esto sería una forma de buscarse a uno mismo sin salir de sí. La oración es un salir de sí para encontrarse con el Otro personal divino. La oración, propiamente, es un gesto de querer vivir la alianza con Dios en su Presencia (Cf. Ef 1, 4).

La Iglesia, a través de la historia, ha procurado “cristianizar” las tradiciones populares para que no se opongan a la fe. Así sucedió, por ejemplo, con la fiesta pagana del nacimiento del sol, que se celebraba al comenzar el verano (diciembre) en el hemisferio norte. A esta festividad, pastoralmente, se la asoció con la imagen bíblica de Cristo como el “Sol de Justicia” y así se popularizó la Navidad como el día de nacimiento de Jesús, dato que históricamente se desconoce. Pero quedó incorporado a la devoción de la piedad popular cristiana.

La Iglesia admite esta tradición de la incineración como bien se la ha señalado en otro artículo de esta revista1 y ha creado religiosamente la posibilidad de cinerarios que, allí, las cenizas esperan la resurrección de los cuerpos.

Con respecto a repercusiones en las costumbres humanas, no podemos dejar de señalar su incidencia en lo que son los velatorios y el lugar del cementerio.

Al quedar reducido el cuerpo a las cenizas, el velatorio deja de ser un momento de luto y encuentro familiar, y el cementerio (a veces con un “panteón familiar”), un lugar de visitas y aniversarios. El velatorio se transforma en un encuentro rápido y de tiempo abreviado y el cementerio, en un trámite fugaz. La Iglesia ha habilitado en parroquias un lugar común de cenizas incineradas que expresan la resurrección de los cuerpos y ante las cuales se celebran algunas “misas aniversario”.

 

3. El misterio del cuerpo

Para la fe de la Iglesia, el cuerpo humano es un misterio de gran transcendencia. Antropológicamente, es la expresión visible de la persona y el medio por el que se expresa. Un cuerpo disminuido en su capacidad reduce la posibilidad de la expresión física y psíquica de la persona. En los términos clásicos, podemos decir que cuerpo y alma son coesenciales. No puede existir uno sin el otro para que haya una naturaleza humana. Una persona sin la expresión corporal será una persona angélica pero no humana. Por eso, para la eternidad, la persona requiere la resurrección de su cuerpo que es misterio del poder y obrar de Dios.

La Palabra de Dios llega a revelar que el cuerpo, como tal, es templo del Espíritu Santo. Por eso “el cuerpo –en la expresión de su intimidad sexual– no es para la fornicación, sino para el Señor” (1 Cor 6, 13b). “Dios que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros con su poder” (1 Cor 6, 14).

Y Pablo, en el contexto de la vida matrimonial, hace esta revelación: “¿No saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes nos se pertenecen sino que han sido comprados, ¡y a qué precio! Glorifiquen a Dios en sus cuerpos” (1 Cor 6, 19-20).

La conciencia de esta revelación es de gran valor cuando hay matrimonios que desean hacer de su vida conyugal un camino unificado en la santidad. En el Movimiento de la Palabra de Dios es propio de los matrimonios que hacen un camino y un compromiso de vivir como “dedicados a Dios”2. Esta gracia privilegiada de Dios, hoy está certificada en la Iglesia por la beatificación de los matrimonios, como en el caso de los padres de santa Teresita y del matrimonio Quattrocchi.

resurrec3En la experiencia eclesial, además, es elocuente que se hayan encontrado cuerpos incorruptos de muchos santos mientras, en el trámite de canonización, se revisaba el cuerpo enterrado y, muchas veces, además, fue expuesto a la pública veneración de los fieles. En esos casos, Dios parece querer confirmarnos que la virtud y la santidad de la persona trascienden la muerte biológica y la consecuencia de su corrupción corporal.

Jesús mismo había revelado a sus amigos de Betania el misterio de la resurrección y, como signo de su veracidad, resucitó a Lázaro. Le dijo a Marta: “Tu hermano resucitará” y ella le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día” y entonces Jesús manifestó: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá: y todo el que cree en mí no morirá jamás” (Jn 11, 23-26). Y la última expresión de ese diálogo vale también para nosotros: “¿Crees esto?”. Podemos hacer nuestra la respuesta de Marta (Cf. Jn 11, 27).

Lo que el Apocalipsis revela bajo la imagen de “las bodas del Cordero” (Cf. Apoc 19-22) como fe que cree en la esperanza de una certeza, nosotros habitualmente lo confesamos en el contexto de la Eucaristía, el sacramento pascual de Jesús. Después que el sacerdote ha consagrado el pan y el vino, proclamamos como Pueblo de Dios: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: ¡ven Señor Jesús!”… ¡Pedimos su regreso para que se glorifique, también, nuestro cuerpo resucitado!
 

Padre Ricardo

 

Véase el artículo "¿Qué hacemos con las cenizas de nuestros familiares fallecidos?", Cristo Vive, ¡Aleluya!, Nº 194, P. Juan Bautista Duhau, pp. 26-27.

Véase el artículo “Matrimonios dedicados a Dios”, Cristo Vive, ¡Aleluya!, Nº 55, P. Ricardo, pp. 6 -7.



Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº196.

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