11 May
Ser creíbles en la escuela
por Cristo Vive |
Leído 675 veces | Publicado en Trabajo y Mundo Nuevo Ultima modificacion el Lunes, 11 de Mayo de 2015 13:51
 
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MUNDO NUEVO - 



El novedoso sistema que se implementó para mejorar la convivencia entre los alumnos superó las expectativas de la comunidad educativa.


A principios de diciembre de 2013, en la provincia de Córdoba hubo una ola de saqueos a comercios y casas particulares. En medio de ese descontrol, los docentes de nuestra escuela tuvimos una terrible intuición interior: reconocimos que en esos comportamientos se demostraba el fracaso de los sistemas de educación para la convivencia social. Más que una percepción, la realidad fue reconocer que la escuela necesitaba un cambio. Y pensamos que, en vez de castigar la mala conducta de un alumno, se debería favorecer y poner en valor los buenos comportamientos y actitudes, promoviendo la credibilidad de cada uno; de eso se trata el "sistema de créditos institucionales" que está en práctica desde hace más de diez años en el Instituto Fray Mamerto Esquiú, de la localidad cordobesa Villa del Dique.


Un método singular

creibles2Aun a pesar de la aparente indiferencia que puede implicar una acción deliberadamente hostil de un alumno hacia la comunidad educativa, creemos que hay en él un eco interior de los efectos que produce su actitud. Asimismo, él sabe que los comportamientos positivos generan “onda” y, en definitiva, buena predisposición.

El fundamento central del sistema es proponer a los alumnos sostener su credibilidad como una condición para el desarrollo de la vida escolar en su plenitud. Para eso, se propone hacer “visible” su credibilidad mediante un indicador objetivo cuantificable: los créditos. Cada alumno, por el solo hecho de ser inscripto, goza de 100 créditos, equivalentes al 100% de la credibilidad, por los cuales la escuela lo admite a participar de su propuesta pedagógica con todos los “beneficios” que ella tenga: acceso a tecnología, recursos varios, competencias deportivas, experiencias extraescolares, viajes educativos, entre otros.

En la medida que un alumno sostenga sus créditos o los incremente, gozará de la plena participación de los “bienes escolares” y, en la medida en que los pierda, tendrá proporcionalmente menos acceso a ellos. De este modo, la reducción de los créditos se considera como la primera medida de sanción que repercute directamente en el alumno.

Un recurso significativo en la implementación del sistema es el “Consejo de convivencia escolar”, un órgano de participación democrática para los alumnos que, semanalmente, consideran los pedidos de aumento o disminución de créditos, integrado por dos representantes de cada curso –creíbles al 100% y votados por sus pares–, un par de profesores y un preceptor. Si la baja de créditos es mayor a cinco por la gravedad del acto cometido, pasa a la órbita de la Dirección. Sin embargo, hasta ahora no fue preciso utilizar las amonestaciones, salvo excepcionalmente.

La experiencia de debate en este Consejo resultó interesantísima en cuanto a la “puesta en palabras” de hechos, intenciones y consecuencias de los actos que nunca habían estado disponibles para el conocimiento de los docentes. Del mismo modo, este se convirtió en un espacio valioso de escucha entre los alumnos y los profesores.

 

Logros en la convivencia

Los alumnos ciertamente pueden recuperar los créditos una vez que los pierden y la única condición para ello es poner de manifiesto conductas o actitudes tales que algún docente, preceptor o alumno consejero estime positivas y dignas de ser tratadas en el Consejo. Pueden estar directamente vinculadas a la “reparación” de la situación que produjo la “baja” o ser de otra naturaleza.

Al cerrar el primer año de la experiencia, un alumno que el año anterior había quedado libre por amonestaciones y repitió su 4° año fue galardonado en el acto de fin de curso como aquel con mayor acumulación de créditos; por eso se le entregó una distinción.

Mi experiencia personal, como docente que propuso el proyecto, es que esta fue una de las más hermosas vivencias escolares. Los colegas, alumnos y exalumnos nos sentimos protagonistas de un logro sencillo pero significativo en la vida de la escuela.

La escuela debe ser, y puede sin dudas lograrlo, un lugar donde aprender a identificar la “credibilidad” como valor para la convivencia: registrarla, protegerla y cuidar de ella, porque allí nacen las actitudes y comportamientos que tenemos con los otros. Es ese lugar profundo del corazón desde el cual podemos sentirnos hermanos de los demás y necesitados de su confianza para interactuar y convivir; así nacen nuestras conductas más nobles. Cuando los vínculos dentro de la escuela están heridos o debilitados, nuestro comportamiento se hace la matriz de nuestros peores temores y conductas defensivas.

El mayor valor de la propuesta es hacer de la temática “convivencia escolar”, no un simple ámbito de acuerdos básicos o presupuestos para la vida escolar, sino un fuerte “eje transversal” que vertebre espacios de discusión, tiempos de diálogo, argumentación, experiencias de encuentro y celebración, donde pueda experimentarse que a convivir se aprende. 


La vuelta a la casa paterna

creibles3El mecanismo de reparación del “contrato social” se rompe en los comportamientos transgresores y su restauración o rehabilitación da la posibilidad de un cambio de actitud, que se vincula a la experiencia interior de saberse creíble o no para participar de los bienes institucionales. Esa es la clave del éxito.

La fórmula es tan ancestral como el Génesis y su relato de la transgresión original con la consiguiente “pérdida de crédito” del hombre en medio del paraíso perdido. Allí surgen por primera vez la desconfianza, la vergüenza, la mentira, el culpar al otro, el esconderse… y se arruina la convivencia humana, irremediablemente.

En el “sistema de créditos” se reedita la historia emblemática del Hijo Pródigo que, consciente de la pérdida del crédito arrebatado al Padre por la herencia adelantada, sufre en carne propia la carencia básica del alimento y la posibilidad de realización al haberla malgastado; entonces, decide regresar y volver a empezar “si es posible”, expresa verbalmente junto con su necesidad de recomenzar.

El “Consejo” obra como la representación del Padre, que estima si el alumno está verdaderamente arrepentido a partir de sus nuevas actitudes y comportamientos, y le otorga un nuevo crédito para que restaure la convivencia con el resto de la comunidad educativa.

Quizá la representación del hijo mayor, que se enoja del regreso de su “mal hermano”, sean los alumnos que permanecen en el 100% de su credibilidad sin ponerla nunca en riesgo. Muchos de ellos viven la escolaridad sin un significado existencial profundo. Quizá creen que lo que corresponde es la expulsión del transgresor, sin más. Esto lo puede expresar un alumno o un docente molesto, que no puede dar su clase sin que lo interrumpan…

Lo propio de quien aprende es, sin duda, equivocarse (en este caso, en el uso de la libertad dentro del ámbito de la escuela) y lo propio de quien enseña es otorgar nuevas oportunidades… Sin embargo, ¡cuántos de nuestros docentes asegurarían que el Padre se equivocó al perdonar a su hijo pródigo!


El desafío a la cultura individualista

Si uno observa detenidamente la fórmula del éxito en los sistemas educativos católicos emblemáticos, puede notar que la dinámica del arrepentimiento y perdón se canalizó cotidianamente en el sacramento de la Reconciliación y sus frutos eran esenciales al sistema. Muchas veces los “pródigos” recuperados llegaron a ser los “segundos” de aquellos notables padres fundadores y sus fieles continuadores inmediatos… Es que la rehabilitación de nuestras posibilidades, la recepción del perdón y la certeza de la credibilidad recuperada provoca efectos profundos en el corazón de cualquier ser humano, nos regresa a una dinámica sencilla de amor correspondido y genera irremediablemente confianza, alegría, ganas de intentar, valentía, optimismo y altruismo. Y si esto se constata cotidianamente en las familias, las parejas, las sociedades laborales y relaciones de amistad, ¿cómo no va a funcionar en las escuelas?

Hoy por hoy, en nuestros colegios católicos, debemos ser creativos para encontrar dinámicas nuevas que reediten y viabilicen aquellos procesos tan importantes para la educación integral de niños y jóvenes, para que den los mismos frutos hoy como ayer. La cercanía y el afecto sincero de los docentes y el clima fraterno en los establecimientos siguen siendo tan necesarios como entonces, pero establecerlos en las aulas y patios del siglo XXl es un desafío a nuestra cultura individualista e indiferente, tanto entre los docentes como entre los alumnos y padres.

La mediación de la “palabra hablada” imprime el compromiso personal en nuestro comportamiento social, que a su vez carga de sentido y valor cada actitud o gesto con el otro. Por ello, generar instancias escolares formales e informales de comunicación y expresión libre habilita recursos naturales de “mediación”:

- La disponibilidad cercana y abierta al diálogo, de un referente mayor, alumno superior, docente o preceptor.

- La apertura de espacios de asamblea donde la libre participación y expresión de los actores escolares posibilite la palabra para argumentar, pedir disculpas, pedir una nueva oportunidad, devolver la credibilidad, expresar confianza, en fin, aprender en el ejercicio de la comunicación oral significativa.

También, las experiencias compartidas de proyectos solidarios son un recurso muy valioso como vivencia concreta del valor trascendente de las pequeñas actitudes y comportamientos que tienden al bien común.

La propuesta no deja de traslucir una dimensión lúdica a la vez que el desafío de sostener, incrementar o recuperar crédito supone un esfuerzo para lograrlo y una estrategia concreta para desarrollar a tal fin actitudes y comportamientos nuevos.

La escuela debe invertir tiempo, recursos, personal y sacrificio institucional si quiere arribar a logros en este campo. Cada proyecto institucional posee en su riqueza particular, o puede generar, nuevas fuentes de “bienes escolares” que se les ofrezcan a sus alumnos en carácter de contraparte a su acumulación de crédito… En ello cabría todo lo que fuera significativo y valioso para hacer de la trayectoria escolar una experiencia original, atractiva y cargada de sentido, incluso los premios y sorteos a fin de año como estímulo al aprendizaje.

Continuar sin intentar algo nuevo sabemos a dónde nos conduce porque ya estamos allí.

Finalmente, para cualquier docente católico comprometido en la búsqueda de educar en la convivencia, es valioso recordar la sentencia de San Pablo a los efesios: “Cristo es nuestra paz. Él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba” (Ef 2,11). La cultura del encuentro, que propone el Papa Francisco, es posible gracias a ello y es nuestra tarea construirla.

 

Lic. Miguel Rivarola*

 

*Miguel es licenciado en Psicología y profesor para la enseñanza primaria. Es uno de los responsables pastorales de la zona de misión Embalse y junto a su esposa Sandra, con quien tiene cinco hijos, desarrolla la vocación matrimonial de la dedicación en la Obra.

 

La experiencia de un antiguo alumno

Dice Juan Pablo: “Quedé afuera de la escuela por una zoncera. Quise experimentar en informática e hice algo que no debía: saqué del colegio algunas cosas. Hasta hoy pienso que no era tan grave; ¿por qué esto de los créditos no se hacía antes?

”Cuando uno escucha y analiza cómo obran los jóvenes, aprende. La escuela no premia tanto al joven, más que por su estudio, por los nueves y los diez, pero se pueden valorar otras cosas… Algunos nos expresamos por otros canales… y los créditos están buenos porque te los dan por algo que no son las notas, sino por lo que sos… Eso es genial y puede seguir creciendo”.

Fuente: Extracto del documental “El Fray”, del director Tomás Scoles, 2008.


Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº197. 

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