23 Aug
La santidad del amor
Leído 1749 veces | Publicado en Vida fraterna y comunitaria Ultima modificacion el Miércoles, 19 de Septiembre de 2012 08:59
 
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Antes de su Pasión, Jesús le pedía a la fragilidad y debilidad de sus apóstoles: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor”. El Señor no quiere que el amor sea una limosna, sino un estado de vida. Es el estado de vida que caracteriza a los discípulos del Señor. “En esto todos reconocerán que son mis discípulos: en el amor que ustedes se tengan los unos a los otros” (Jn 13, 15).


El Espíritu Santo es la permanencia eterna en el amor entre el Padre y el Hijo en el misterio trinitario de Dios. Por eso, para que nosotros podamos vivir en el amor, es necesario participar de esa Alianza que hay entre el Padre y el Hijo. “Para que –oraba Jesús– el amor con que Tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos” (Jn 17, 26b).


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El Espíritu crea en nosotros el anhelo de la fidelidad y santidad que tiene el amor de Dios. “Y esta esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5, 5). Podemos, entonces, vivir en el amor de Dios. Pero esto nos lleva a mirar dentro de nosotros mismos y a preguntarnos: ¿en qué lugar de nuestro interior estamos cuando amamos? Amar es salir de uno mismo para encontrarse con el otro. Amar es elegir ser un don para Dios y para los demás. Esta es la vida de alianza con Dios en la oración y la Eucaristía, y con los demás en la vida de comunión fraterna.


“El Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes”, dice San Pablo (Rom 8, 11). El Espíritu de Pentecostés habita en nosotros para que podamos vivir animados, no por la carnalidad de nuestro yoísmo y sus pasiones, sino por el espíritu de nuestra persona que se perfecciona en el amor (Cf. Rom 8, 5-6ss).



El camino fraterno y más común de santificación está en perfeccionar, con la gracia de Dios, el trato con nuestros semejantes. “Con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor. Traten de conservar la unidad del espíritu, mediante el vínculo de la paz” (Ef. 4,2-3).


La falta de comunión fraterna entristece y entorpece la acción del Espíritu Santo. En su Palabra, el Señor nos dice: “No entristezcan al Espíritu Santo de Dios. Eviten la amargura, los arrebatos, la ira, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Por el contrario, sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado” (Ef 4, 31-32).


Y es valiosa la siguiente exhortación de san Pablo: “Traten de imitar a Dios, como hijos suyos muy queridos. Practiquen el amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios” (Ef 5, 1-2). Nuestro yo pasa a vivir en el amor cuando se hace Pascua de “ofrenda y sacrificio agradable a Dios”. De otro modo, se hace codicia de sí mismo más que donación.


Como el Padre me amó, también yo los

he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor...

El Espíritu también nos lleva a vivir en vínculo de alianza con Dios. Él recrea y profundiza nuestra interioridad (Cf. Rom 8, 14-16) y “viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido” (Rom 8, 26).

De acuerdo con la experiencia pentecostal de los comienzos eclesiales, podríamos decir que el Espíritu Santo tiene un gusto especial por establecer un vínculo de oración comunitaria con Dios. Lo vemos repetidamente en los Hechos de los Apóstoles, donde la oración comunitaria tiene, además, un poder carismático de liberación y conversión extraordinario (Cf. Hech 4, 23-31; 12, 5-17).


De su experiencia pastoral, Pablo plasmó en sus cartas: “Eleven constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animados por el Espíritu. Dedíquense con perseverancia incansable a interceder por todos los hermanos” (Ef 6, 18) y “Que la Palabra de Cristo resida en ustedes con toda su riqueza Instrúyanse en la verdadera sabiduría, corrigiéndose los unos a los otros. Canten a Dios con gratitud y de todo corazón salmos, himnos y cánticos inspirados” (Col 3, 16).


Hermanos, “si vivimos animados por el Espíritu, dejémonos conducir también por Él” (Gál 5, 25). Y entonces recogeremos en nuestras vidas el fruto del Espíritu Santo: “amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad y confianza, mansedumbre y templanza” (Gál 5, 22-23).


Podemos terminar orando al Espíritu de esta manera:


Llama profunda que escrutas e iluminas el corazón del hombre: restablece la fe con la Noticia, y el amor ponga en vela la esperanza, hasta que el Señor vuelva” (Himno Litúrgico).


 

P. Ricardo

Publicado en la Revista Cristo Vive nº182.

 


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