07 Nov
La experiencia comunitaria de la fe
Leído 3837 veces | Publicado en Vida fraterna y comunitaria Ultima modificacion el Jueves, 03 de Enero de 2013 11:40
 
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Dios ha querido compartir su Vida, que es eterna, con nosotros. Este es un gesto de su amor paternal y misericordioso. Es don, es regalo, es gracia hacia nosotros. Y cuando históricamente nos vio alejados de la alianza con Él, quiso compartir su Vida haciéndose uno con nosotros menos en el pecado (Cf. Fil 2, 6-8). Movido por la compasión de su misericordia, “amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16). Por eso el Hijo trinitario “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14a). Y en su Hijo, Dios Padre quiso amarnos hasta el extremo (Cf. Jn 15, 13-14), y hasta el extremo de su entrega en la cruz. ¿Quién puede entender cuál es la dimensión del amor de Dios por nosotros?
 

En nuestra experiencia y civilización humana, estamos acostumbrados a pensar y obrar descuidando la comunión del vivir y convivir. Dios creó la pareja humana y la hizo familia porque en la familia se desenvuelve primariamente la experiencia del compartir y la cultura de la vida. Aunque en otra medida, esto también ocurre en la convivencia social y en una comunidad básica de fe. Vivir es con-vivir y convivir, humanamente, es compartir la propia vida con los demás y la vida de los demás con nuestra vida aportando cada uno según sus dones y posibilidades.
 

La Iglesia como comunidad es expresión de la Vida de Dios en el Cuerpo de su Hijo. En la comunidad eclesial y en sus comunidades de base se comparte, de diversos modos, la vida en el Cuerpo Místico de Jesús (Cf. Rom 12,4-5; 1 Cor 12,12ss). Pastoralmente el compartir comunitario de la vida, qué y cómo la estoy viviendo en su significado y afectación personal, exige espacios propios, tanto para estar con Dios como para estar con los demás. Este espacio propio del compartir comunitario se hace vínculo con Dios en la expresión de una oración también comunitaria. Este es el misterio de la Iglesia, un cuerpo eucarístico que se entrega a los demás, el Cuerpo de Jesús del cual participamos.

Es necesario también un espacio propio para compartir la vida con los demás en las diversas circunstancias del convivir humano: interpersonal, familiar, social, religioso comunitario.

Vivir y amar es compartir la vida
 

Nadie tiene una vida absoluta en sí mismo, salvo Dios. Nuestra vida es limitada; se completa con las de los demás y se plenifica con la de Dios. No hemos sido creados como individuos sino como personas y eso significa que hemos sido creados como comunidad. Vivir y amar es compartir la vida.

La vida es riqueza y novedad diaria. Y, animada por la fe y la oración fraterna en una comunidad de alianza o discipular, adquiere un relieve de mayor trascendencia y riqueza. Lleva a tener “un solo corazón y una sola alma” (Cf. Hech 4, 32; Flp 2, 2). El Señor puede estar presente en medio de ella (Cf Mt 18, 20). La riqueza de la vida afectiva encauzada en la fraternidad y el vínculo con el Dios vivo y verdadero, se trasluce en paz, alegría y alabanza (Cf. Hech 2, 46-47).
 

Padre Ricardo, MPD
 

 

N. de la R.: Del libro Compartir fraterno y comunitario, Editorial de la Palabra de Dios, agosto de 2012, p 35.


Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº185.

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