15 May
Con el agua hasta el techo
por Cristo Vive |
Leído 839 veces | Publicado en Vida fraterna y comunitaria Ultima modificacion el Miércoles, 15 de Mayo de 2013 15:04
 
tamaño fuente reducir tamaño fuente aumentar tamaño fuente
Vota este articulo
(0 votos)

Esta es la experiencia de una hermana del Centro pastoral de La Plata, ciudad afectada por el último temporal en Buenos Aires.
 

Martes 2 de abril… Feriado en Argentina. Aun respirábamos el clima de una hermosa Pascua.
 

La tarde transcurría tranquila, con normalidad, aunque un poco nublada y fría. A las cuatro de la tarde nuestra ciudad, húmeda de por sí, comenzó a recibir una copiosa lluvia. Nada extraño hasta el momento. Esperábamos que, con el correr de las horas, cediera la intensidad con que el agua se precipitaba, como tantas veces había ocurrido.
 

Las ocho horas de ininterrumpida lluvia dejaron a La Plata bajo agua, devastada. Aunque algunos barrios estaban más resguardados que otros, en todos la comunicación y la electricidad fueron suspendidas. Las calles eran ríos; los automóviles estaban totalmente tapados y las casas, cubiertas por el agua hasta el techo. Esperamos a oscuras hasta que el sol se volvió a asomar con mucha timidez sobre una ciudad que ya no era la misma.
 

Las ocho horas de ininterrumpida lluvia dejaron a La Plata bajo agua, devastada.
 

Durante la mañana del miércoles, intentamos con mucha dificultad comunicarnos y salir al encuentro de nuestras familias. Todavía sin dimensionar la magnitud del desastre, nos fuimos enterando de que muchas familias de nuestras comunidades habían pasado la noche fuera de sus casas porque el agua los despojó de todo lo que tenían.

Se hacía imposible el contacto inmediato entre nosotros. Por eso, espontáneamente, fuimos buscándonos a pie porque no se podía transitar en auto (en el caso que algún auto estuviera en condiciones para circular). Así fuimos enterándonos en qué estado se encontraban los demás y cómo estaba la cuidad en general.
 

Sin demora, dispuestos a ayudar a quienes habían padecido mayores daños, nos organizamos en grupos para limpiar y ordenar las casas afectadas, trabajo que llevaría semanas terminar. Supimos que muchos de nosotros habían pasado horas verdaderamente terribles esa noche. A medida que escuchábamos sus relatos, crecía el asombro, el dolor y, al mismo tiempo, el agradecimiento a Jesús por haber cuidado de nuestras vidas.
 

Experimentamos el ser parte de una verdadera familia, miembros de un verdadero cuerpo, en el que “si un miembro sufre, todos los demás sufren con él…” (1 Cor. 12, 26).
 

con_el_agua2

El barro, el desorden y las pérdidas fueron de todos. Entonces, el trabajo lo haríamos entre todos. El dolor profundo, el impacto, el temor que vivimos, fue para todos. Entonces, la contención, los abrazos y la mirada tranquilizadora fue el refugio de todos.
 

Una certeza sintetiza lo vivido como comunidad en La Plata: no somos, no existimos, sin los otros; sin nuestros hermanos, que nos transmiten y nos acercan a Jesús.
 

Lo propio dejó de ser “propio” para ser “nuestro”: la vida cotidiana fue postergada por las necesidades de los demás, las casas estuvieron abiertas para aquellos que se quedaron solo con lo puesto y los bienes repartidos.
 


Movilizados, y conmovidos, con una mezcla de sensaciones en nuestro interior, participamos como Centro en el encuentro mensual: ¡Nunca fue más evidente la experiencia de la Resurrección! Orando juntos, vimos correrse la piedra… Los brazos, cansados por los días de trabajo, se levantaron para alabar a Jesús en medio nuestro… Cantábamos emocionados que “la Vida se levanta”… ¡No nos alcanzaba el cuerpo para alabar al Señor! ¡Para agradecer su presencia en medio de la noche! En medio de esa noche…
 

con_el_agua3Los días siguientes nos maravillamos con la generosidad de muchas personas. Desde diferentes lugares de la Obra, se habían organizado para acercarnos donaciones. No solo nos vimos colmados y desbordados de bienes materiales, sino de gestos de amor: cajas con dedicatorias que nos animaban, citas del Evangelio para leer, etc. Las “dos monedas” de tantos se multiplicaron de manera tal que nos sobró para distribuir en otros lugares de ayuda en la ciudad.
 

No podemos dejar de admirarnos, de dar gracias al Señor y a los hermanos en sus gestos. Nos sentimos abrazados y cuidados por el Movimiento.
 

Nos queda una certeza que nada ni nadie nos arrebata: puede faltarnos todo, podemos quedarnos sin nada… Porque en Jesús lo poseemos todo.
 

Sabrina Ansorena

Publicado en la revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº187.

Deje su Comentario