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María, Madre de la esperanza

Unos meses atrás, celebramos la mayor fiesta de la Iglesia: la Pascua en la que Jesús pasó de la muerte a la vida. Entonces exclamábamos: “¿Dónde está, muerte, tu victoria?” […]

Unos meses atrás, celebramos la mayor fiesta de la Iglesia: la Pascua en la que Jesús pasó de la muerte a la vida. Entonces exclamábamos: “¿Dónde está, muerte, tu victoria?” (1Cor 15,55).

La Pascua está en el centro del corazón de la Iglesia y, bajo el lema La esperanza y confianza de la alianza con el Padre, el Movimiento de la Palabra de Dios la celebró con alegría en 74 retiros ofrecidos en diez países. Asistieron 10.500 personas, incluyendo 1400 niños. 

Esos días santos nos ayudaron también a tomar conciencia de la esperanza de María. Jesús, el Hijo único de María, el Unigénito de Dios, entregaba su cuerpo tejido con la carne de María por la salvación de toda la humanidad. 

La Madre, entonces acompañada por el discípulo amado de Jesús, seguramente lloró, más que por la tristeza de un duelo que la embargaba, por el pecado del mundo donde están también nuestros pecados. 

Seguramente, y más que nadie, esperó con certeza la resurrección de su Hijo. Por eso, desde esa esperanza realizada podemos imaginar la fiesta de su Asunción al cielo. Allí se abrazó con su Hijo glorificado, la carne de su carne. 

Hoy María nos abraza también a nosotros desde la sonrisa eterna del Padre que engañó al Maligno con la Resurrección de su Hijo, quien había sido vendido por la traición de un apóstol (Cf. Jn 13,26-27). 

Después de la Pascua de su Hijo, María dio a luz a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, en el pesebre de Pentecostés. Y desde allí quiere que nosotros participemos de la alegría de su esperanza cumplida. 

Desde esa alegría nos invita a vivir y a recorrer el camino de cada comunidad. La alegría del Espíritu Santo que resucitó a Jesús se mantiene aun en medio de las dificultades de nuestra vida (Cf. 1Tes 1,6), que está inserta en una cultura que mantiene al Señor enterrado en el sepulcro de la negación de la fe, del «no me importa Dios», de la tristeza por la ausencia de un sentido trascendente. 

Te suplicamos, Señor de la Vida nueva, que derrames tu gracia en nuestro corazón para que, habiendo conocido por el anuncio del ángel tu encarnación en María, por tu cruz y tu Resurrección, alcancemos la gracia de la santidad y la eternidad del Padre, Dios.  

Padre Ricardo, MPD

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