Editorial de la Palabra de Dios

Desafiar la soledad

Ramón atravesó un momento crítico de su vida sostenido por su comunidad.

Les quiero contar cómo conocí al Señor y cómo dejé que Él entrara a mi vida en un retiro de Pascua.

Soy una persona cerrada, no me gusta compartir mis problemas. Y pensaba que si decía lo que me pasaba me iban a tener lástima. Cada uno tiene sus propios problemas, así que es mejor no molestar a los demás.

El Viernes Santo, después de adorar la cruz y dejar mi vida a los pies de Jesús, empecé a llorar. Un coordinador se acercó a mí y me preguntó si quería conversar. Cuando me tranquilicé, le dije que prefería no cargarlo con mis problemas, a lo que me contestó que quería ayudarme. Le dije que había estado sobrellevándolos solo y que podía seguir así, entonces me contestó: “Imaginá un momento a Jesús en la cruz; ¿sabes cómo llego Él hasta ahí? Él no llegó solo ahí, a Él lo ayudaron a cargarla… y no una vez, sino más de una vez. Y si Él se dejó ayudar, ¿por qué no aceptás ayuda?”.

Me quedé mirando al coordinador mientras le decía a Dios para mis adentros: “Es verdad… Jesús, el más grande, el que se entregó por nosotros, el Rey de reyes: te dejaste ayudar… Y yo, ¿por qué no?”.

Entonces le conté al coordinador que yo traía mucho dolor porque desde chico sufría una enfermedad y mi condición podía empeorar: con una parálisis, un ACV u otros cuadros que me daban miedo… Me acuerdo de que hablé tanto que no le di tiempo a que me dijera ni una palabra. Fue entonces cuando me enamoré de Dios y decidí empezar a asistir a las reuniones comunitarias.
Mi enfermedad fue empeorando, hasta que un día tuve un preinfarto. El doctor le dijo en confidencia a mi familia que mi corazón estaba muy dañado y que era necesario realizar un trasplante. Cuando supe que había necesidad de una operación y que todos lo sabían excepto yo, quedé derrumbado. Y, a pesar de los dolores y de la desesperación inicial por no poder hacer nada, Dios me dio la tranquilidad necesaria para no exaltarme.
Fue muy difícil mantenerme en paz. Y si no fuera por las personas que estuvieron a mi lado, yo solo no podría haber superado ese momento. Me acuerdo de que un día oré con toda mi fuerza y con mucha fe. La operación resultó bien, pero en una serie de estudios me descubrieron otra enfermedad, “amnea del sueño”, por la cual actualmente necesito dormir de por vida con un respirador eléctrico.

José Ramón (de pie en la segunda línea) con hermanos de comunidad

El tiempo pasó. Un día, el médico me dijo que tenían que operarme del corazón urgentemente y eso era muy costoso… Ni bien llegamos a casa, nos pusimos a buscar el dinero. Confiábamos en la providencia.

La noche previa a la operación nos juntamos los hermanos de la comunidad. Me bendijeron y me desearon suerte. Por medio de ellos el Señor me ayudó a controlar mi miedo. Unas horas antes de la operación, nos dieron dinero y nos dijeron: “No es mucho pero aquí van todas nuestras entregas y sacrificios. Esto es de parte nuestra”.

La operación duró menos de una hora pero para mí fue una eternidad: como no me hizo efecto la anestesia pude sentir y ver todo el procedimiento. El dolor de la operación fue intenso. Lo primero que hice fue pedirle al Señor que viniera, que fuera Él quien estuviera en las manos de los médicos. Invoqué a nuestra Madre para que cubriera con su manto cualquier dolor, nervio o desesperación que pudiera sentir, y le dije al Padre: “Señor, que se haga tu voluntad y no la mía y que sea todo para gloria tuya”.

Me dieron el alta ese mismo día y, al día siguiente, tenía a toda mi comunidad en casa. ¡Fue algo muy hermoso poder vivir esta experiencia juntos y, sobre todo, desde Dios. El Señor me enseñó que jamás nos da algo que no seamos capaces de soportar. Cada uno tiene algo para dar y ofrecer a Dios y es por eso que nos eligió para seguirlo. Antes pensaba que yo tenía que cargar solo con mi cruz. Pero ahora sé que hay personas que están dispuestas a ayudarme. Mi vida es una bendición, es por eso que todos los días, al mirar al cielo, me dirijo hacia el Señor y le digo: ¡Gracias, Señor, por haberme dado la vida! Por elegirme y confiar en mí para hacer de mi vida tu voluntad.

José Ramón Chacoma
Juan B. Alberdi
Tucumán

Publicado en la Revista Cristo Vive ¡Aleluia! Nº 187 – MAY/JUN 2013

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