El Evangelio de la familia

La familia en el centro del debate

En los últimos tiempos, muchos medios de comunicación han reclamado a la Iglesia un “agiornamiento” entre la doctrina católica y la actual realidad familiar. Pero, ¿cuál es el parámetro cuando las nuevas costumbres invaden las creencias?

Dice el P. Ricardo: “La cultura y civilización actuales han traído un trastrocamiento grande de valores. A la familia no se la sostiene y defiende como a la célula fundamental de la sociedad. Actualmente se habla de diversas formas de familia y se favorece el relativismo de los vínculos y compromisos. Las separaciones y el divorcio se hacen epidemia de una sociedad secularizada y materializada. Esto también afecta a una fe recostada en los valores religiosos de la cultura más que en la conversión y opción personal. Socialmente se experimenta un proceso de ‘descristianización de la sociedad’ y de abandono de los valores trascendentes de la vida. Dios ya no es negado sino ignorado”.1

Esta mirada, hoy día, ha tomado la dimensión de la Iglesia universal, donde su Santidad Francisco convocó a un Sínodo Extraordinario de Obispos para debatir sobre el “status quaestionis” de la pastoral familiar: “En el tiempo que estamos viviendo, la evidente crisis social y espiritual llega a ser un desafío pastoral, que interpela la misión evangelizadora de la Iglesia para la familia, núcleo vital de la sociedad y de la comunidad eclesial. Así, la propuesta del Evangelio sobre la familia resulta particularmente urgente y necesaria”, formula el primer párrafo del documento elaborado por la Santa Sede para el trabajo de los padres sinodales (Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización, 1).

Una corriente renovadora

“Al mismo tiempo, la Iglesia es renovada por el Espíritu Santo. El siglo XX ha sido el siglo del ateísmo. Pero ha sido también, el de la renovación eclesial. Y dentro de este contexto aparecen los Movimientos y Nuevas Comunidades en la Iglesia. El Papa Juan Pablo II los señala como lugares donde se expresa ‘la primavera de la Iglesia’. Es decir, lugares donde la fe florece en el contexto y a pesar del secularismo ambiental”.2

Desde esta corriente de Espíritu es de donde brota la gracia de los matrimonios dedicados a Dios. La Dedicación es un carisma matrimonial dentro del Movimiento de la Palabra de Dios (MPD). Claudia Abalos de Sánchez, una de las responsables de la Rama de los matrimonios dedicados, expresó en una charla ofrecida sobre el tema en un retiro dado en el año 2008: “El amor de un hombre y una mujer es un misterio en su esencia, es un gran signo de la presencia de Dios, un don. Nosotros fuimos elegidos por el Señor, no por nuestros méritos, sino para desarrollar la gracia de la dedicación en la Iglesia. Esta gracia que nos trasciende tiene que ver con un derramamiento del Espíritu, con el Pentecostés de la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II donde surgen los Movimientos y un protagonismo del laicado como en las primeras comunidades que describe el libro de los Hechos de los Apóstoles. Dios eligió este momento, un momento histórico para derramarse en la humanidad y nos ha alcanzado con su misericordia. Este es un llamado gratuito, es parte del misterio de Dios para nuestra vida”.

Un poco de historia

En la revista Cristo Vive, ¡Aleluia! nº 55 (dic. 1986), el P. Ricardo relata el surgimiento de la gracia de la dedicación en los hermanos que conformaban los grupos de oración y tenían un anhelo de entregarse totalmente a Dios desde su vocación matrimonial: “A principios de la década del ‘80, algunas parejas de novios se fueron acercando a la Catedral de Quilmes, en donde yo residía como vicario, con una pregunta: ‘¿Qué mayor entrega de la vida podemos ofrecerle a Dios?’, o bien una afirmación de discernimiento: ‘Sentimos un llamado como de consagración de la pareja, ¿qué puede significar y qué lugar puede tener esto en el Movimiento?’”.

En aquel momento, no existía nada dentro de la Obra que pudiera encausar ese anhelo. Tras buscar, orar y discernir, se encontraron caminos que plasmaban lo que los jóvenes iban expresando como llamado y lo que Dios manifestaba como signos de la gracia: “Una docena de veces, diversamente, se repitió ese ‘gesto de Dios’, que fuimos recogiendo pastoralmente. Así se fue descubriendo un llamado: el de los matrimonios dedicados a Dios. Y se configuró un grupo de once parejas –algunos novios; los menos, casados– en situación de búsqueda, de abrir caminos, como ocurrió con otras realidades de la Obra”, continúa el P. Ricardo.

La vocación al matrimonio y la familia en el MPD

Durante el proceso de formación y evangelización de un orante del Movimiento, quien se siente llamado a vivir como discípulo del Señor, como parte de su madurez humana y espiritual, se aborda en distintos momentos el llamado vocacional: ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Cuál es su voluntad para mi vida en orden a lo vocacional?

Desde la experiencia comunitaria de fe, la persona va conformando su personalidad y desplegando las capacidades para lo que Dios la ha llamado. En particular el llamado al matrimonio y la familia como vocación puede derivar o no en la gracia de la Dedicación matrimonial a Dios, “la que comienza en un sano noviazgo y se concreta en la vida matrimonial”.3

En este sentido, como camino hacia el desarrollo de la vocación familiar y teniendo en cuenta que la “gracia supone la naturaleza”, así como existe una preparación específica para el sacerdocio y la consagración laical, el llamado matrimonial también la tiene. Para ello, como parte de la formación de esta vocación, en el MPD existe una Escuela de novios y una Escuela para padres. Estas son llevadas adelante por un equipo de matrimonios de más experiencia, junto a sacerdotes y laicas consagradas que asumen un compromiso de acompañamiento pastoral con las parejas de novios y de esposos, mediante reuniones, encuentros espontáneos y retiros espirituales especialmente preparados para ellos. Esta área dentro de la Obra constituye lo que llamamos la Diaconía familiar.

Al respecto los padres sinodales han puesto de relieve la necesidad establecer programas específicos de preparación para el matrimonio y han valorado en ello, el aporte de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades y además señalaron: “Los primeros años de matrimonio son un periodo vital y delicado en el que las parejas crecen en la conciencia de los desafíos y el significado del matrimonio. De ahí la necesidad de un acompañamiento pastoral que continúe luego de la celebración del sacramento. Resulta de gran importancia en esta pastoral, la presencia de esposos con mayor experiencia” (RS n°40).

La Palabra de Dios como fuente

El pastor general del MPD, en el libro citado, escribe: “En el Movimiento, el amor a la Palabra de Dios y el llamado a la evangelización propia y de los demás, se procura realizar desde el amor gestado en la vida y la oración comunitaria”.

Los padres sinodales declaran: “La Palabra de Dios es la fuente de vida y de la espiritualidad de la familia. Toda la pastoral familiar deberá dejarse modelar interiormente y formar a los miembros de la Iglesia doméstica a través de la lectura orante de la Sagrada Escritura. La Palabra de Dios no es sólo una buena noticia para la vida privada de las personas, sino también un criterio de juicio y una luz para el discernimiento de los diversos desafíos que enfrentan los cónyuges y familias” (RS, 34).

Por lo tanto nos unimos a las conclusiones del Sínodo afirmando que evangelizar es una responsabilidad de todo el pueblo de Dios, cada uno según su ministerio y carisma y que la proclamación del Evangelio de la familia es una necesidad urgente para una nueva evangelización (Cf. RS 29 y 30).

Laura di Palma

Revista Cristo Vive ¡Aleluia! Nº 195 (NOV-DIC 2014)

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