¡CUÁNTO TRABAJO TUVIMOS!
Tuve la gracia del llamado a la Obra hace unos cuantos años. Desde ese momento no deja de arder dentro de mí la vocación de ser comunidad.
Entré a los grupos en el año 79, tenía 16 años. Después de mi primer retiro de Pascua, todas las demás Pascuas me encontraron en servicio a los hermanos; en la coordinación de grupos, en la limpieza, en la cocina, en todo lo que pastoralmente se me proponía para cada retiro. Siempre el servicio me encontró disponible, alegre y atenta a la necesidad de los otros, más allá de la mía. Esto, por supuesto, lo reconozco como el don de la servicialidad que Dios Padre quiso depositar en mí.
Pasó el verano ’90 y se aproximaba la organización de la Pascua. Cito el verano porque, en alguna medida, ayudó a un desorden interior, que desembocó en el cerrarme por completo a la invitación de los coordinadores de centro a organizar, en lo práctico, la Pascua XVII.
Esta negativa mía empezó a ser fuente de enojos con distintos hermanos y hasta de una intensa angustia. Era fruto de mi desorden interior, en el que Satanás encontró el medio propicio para hacer de las suyas: mantenerme empecinada, contestar mal a los hermanos, crear en mí sentimientos ambivalentes (sirvo-no sirvo, me dispongo-no me dispongo), y lo peor, crear divisiones en mí, separándome de los hermanos y de lo comunitario.
¡Gracias a Dios por el don del discernimiento en el Movimiento! Disponerme al discernimiento pastoral en lo personal me ayudó a disponerme a servir más allá de lo que sentía. Me di cuenta de que todos mis sentimientos eran un engaño y le dije a Jesús: “Señor, vos sabés que lo que más me cuesta en esta Pascua es servir, pero te lo ofrezco para que vos produzcas los frutos que quieras.
En Ramos Mejía, en el Colegio Santo Domingo, donde el Centra Janer celebró la Pascua, el Padre nos bendijo con alrededor de 100 hermanos nuevos, más los 250 aproximadamente que ya participábamos de los grupos.
¡Aleluya, cuánto trabajo tuvimos! Sin darme cuenta, ni tampoco quererlo, estuve toda la Pascua atendiendo necesidades o resolviendo lo que se presentaba como dificultad: poner mesas, barrer, colgar algún cartel, dar algún aviso o hasta estar disponible para cuidar algunos bebés. Muchos detalles están detrás de la organización de la Pascua, que no saltan a la vista. Pero, cada vez que movía alguna silla o limpiaba alguna mesa, sentía muy dentro de mí: “Alguien alguna vez lo hizo por mí”.
Llegaron los testimonios del sábado, al final del retiro. ¡Qué sorpresa me había preparado Dios Padre! Hermanos que decían: “Después de esta Pascua, me pude confesar luego de 2 años y hoy voy a comulgar”, “Me sentí distinto, esto no lo esperaba, veo que ahora tengo que dejar de vivir para mis ambiciones, para mí mismo…”, “Le doy gracias a Dios, porque mis hijos estuvieron aquí desde hace mucho tiempo, y ahora, lo que ellos viven, puedo descubrirlo yo”, “Agradezco a mis hermanos y al Señor, por la paciencia que me tuvieron en estos años de letargo, porque en esta Pascua pude volver a redescubrir el llamado que Dios me hizo al Movimiento”, “Pude ver un distintivo entre ustedes: la forma de relacionarse que tienen, me tocó el corazón ver cómo se aman”. …Y otras tantas cosas que Dios hizo, que se mostraban en los gestos, las expresiones.
El primer testimonio que escuché me erizó la piel, pero cuando fueron sucediéndose, no pude contener un quebrantamiento interior. Volví a descubrir el sentido que la entrega tiene. Que, aunque solamente uno se hubiera convertido, uno solo hubiera vuelto a encontrarse con Jesús, valía la pena tanta movilización de servicios.
Esa fue mi resurrección: volver a dar vida al servir, y ofrecerme por los hermanos. Jesús se asoció al pedido del Padre de entregar su vida en la cruz por una multitud. Yo vuelvo a asociarme a la vocación comunitaria y a estar dispuesta a entregar aun lo que no quiera, por uno solo que vuelva a la Casa del Padre. ¡Aleluya, aleluya, Jesús ha resucitado!
Laura Di Palma
Centro Flores Janer
Revista Cristo Vive, ¡Aleluia! nº 76 – marzo 1991


