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Mártires de la Amazonia

Hombres y mujeres dejaron la vida por defender el “pulmón del mundo” de la deforestación y a los pueblos que lo habitan. En la selva amazónica se desencadenó una profunda […]

Hombres y mujeres dejaron la vida por defender el “pulmón del mundo” de la deforestación y a los pueblos que lo habitan.

En la selva amazónica se desencadenó una profunda crisis por una prolongada intervención humana donde, aún hoy, predomina la “cultura del descarte” (Laudatio Si’ 16) y la mentalidad extractivista.

La Amazonia es una región de vital importancia para el planeta, con una rica biodiversidad; es multiétnica, pluricultural y tiene una gran diversidad religiosa: un espejo de toda la humanidad que, en defensa de la vida, exige cambios estructurales y personales de todos los seres humanos, de los estados y de la Iglesia.

Muchos hombres y mujeres ya han ofrecido su vida en el martirio en defensa de los habitantes de la Amazonia. Algunos desarrollaron caminos de evangelización para el Pueblo de Dios que habita en esa región y con él: habitantes de comunidades y zonas rurales, de ciudades y grandes metrópolis, poblaciones que habitan en las riberas de los ríos, migrantes y desplazados y, especialmente, pueblos indígenas. Otros se enfrentaron a los poderes económicos que ven la Amazonia como una despensa de recursos naturales, por encima de la vida de los pueblos originarios; a esos poderosos no les importa la destrucción de la naturaleza.

El ángel de la selva

La entrega de la vida de la religiosa estadounidense Dorothy Stang, misionera en la zona amazónica del Brasil, es un fuerte testimonio que se ha convertido para la Iglesia católica en un símbolo de la nueva pastoral que actúa promoviendo la sostenibilidad ecológica. En 2008, las Naciones Unidas otorgaron a título póstumo el Premio de Derechos Humanos a la hermana Dorothy (galardón que se concede solo cada cinco años).

El 12 de febrero de 2005, cuando la hermana se dirigía a una reunión para discutir una reciente oleada de casas incendiadas por los ganaderos, destinada a intimidar a los campesinos pobres para que abandonaran sus tierras, fue asesinada por orden de un hacendado. 

En el camino, en medio de la selva, enfrentó a sus dos asesinos: “Ustedes están armados –les dijo–, pero yo no. La única defensa que llevo es la Palabra de Dios”, y comenzó a leer: “Benditos sean los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Dorothy, a los 74 años, murió rápidamente de seis balazos en el pecho y la cabeza.

Ella dedicó su vida consagrada a la evangelización en la parroquia de Anapú, en el Estado amazónico brasileño de Pará. Su trabajo pastoral tuvo como prioridades la defensa de la selva contra la deforestación y el cuidado de la población originaria de la región amazónica.

En cada aniversario de su muerte, las comunidades locales junto con las religiosas de la congregación de Nuestra Señora de Namur se acercan peregrinando al lugar de su asesinato. Allí celebran la entrega de la vida de Dorothy, realizan una representación de su asesinato, luego oran y reflexionan. Para culminar, alzan a un bebé hacia el cielo como un signo de la vida que se renueva, que fructifica y llena de esperanza al mundo.

De la misión al martirio 

A los 12 años Alejandro Labaka ingresó en un seminario  al que llegaban entusiastas cartas de China, provenientes de los misioneros capuchinos. En su formación, descubrió el ideal de la misión y, al recibir la ordenación sacerdotal, escribió a su superior para pedirle ser enviado a China: “Mi alegría sería inmensa si el Espíritu Santo se dignase escogerme para extender la Iglesia y salvar las almas en misiones… y sobre todo en países de más dificultad y donde más haya que sufrir”.

Le gustaba cantar este himno misionero: “Mi premio ha de ser, oh Madre, al pie de un árbol morir. De todos abandonado, de todos menos de ti. Bendita mil veces, diré al expirar, la hora en que me enviaste la fe a propagar”.

Labaka vivió su primera experiencia misionera en China durante casi siete años (1947-1953) que le permitieron a su corazón latir “a nivel universal” y ser altamente impactado por una cultura de un pueblo que no conocía a Cristo. Tiempo después, llegó a Ecuador, donde permaneció más de 33 años y se ofreció a la labor pastoral en la sierra y la costa de ese país. Allí fue ordenado obispo del Vicariato Apostólico del Aguarico, el 9 de diciembre de 1984.

Cuando entró en contacto con los pueblos ocultos amazónicos, descubrió su verdadera vocación misionera. El encuentro con las minorías étnicas que no habían tenido ningún contacto con la cultura occidental lo obligó a encontrar nuevos caminos para expresar su cercanía y su decisión de participar de su vida. Por eso, cuando se dirigió a su encuentro y quiso expresar su deseo de convivir con ellos, se presentó sin ropas y desarmado. Con su indefensión, manifestó su mensaje de amistad, de amor y aceptación. Desde entonces sabía bien a lo que iba, como lo dejó escrito en sus memorias: “Hoy, los que trabajen por las minorías tienen que tener vocación de mártires”.

Acompañando la misión de la Congregación capuchina en el lugar, se encontraba también la hermana Inés Arango. 

Un día, la consagrada acompañó al obispo en su visita a unas familias indígenas en medio de la selva. El 21 de julio de 1987, monseñor Alejandro y la hermana Inés fueron llevados en helicóptero a una apartada región de la Amazonia donde vivían los tagaeri, un grupo indígena aislado voluntariamente. Ellos deseaban advertirles de las empresas petroleras que amenazaban con quitarles sus tierras. Descendieron sobre una de sus viviendas y fueron recibidos por las mujeres y los niños. Sin embargo, más tarde llegaron los hombres adultos, los cazadores, y decidieron matarlos.

La hermana Inés contempló la muerte cruel del obispo en el rito de clavarle 17 lanzas y punzarle con 80 heridas. ¿Y a ella? Al parecer, no querían matarla, pero un joven guerrero clavó su lanza en su frágil cuerpo. Tuvo 70 heridas. 

Y allí quedaron, tendidos y desangrados en la selva. El obispo, con el cuerpo desnudo, como el de Jesús en la cruz.

Hay en la Amazonía de Ecuador dos minorías indígenas en aislamiento voluntario, los taromenane y tagaeri. Son pueblos ancestrales que llevan siglos dedicados a la caza y a la pesca, sin ningún contacto con lo que nosotros llamamos “civilización”. Este fenómeno se extiende por la amplia Amazonia de Brasil, Perú, Bolivia, Colombia, Venezuela y Paraguay. El número de pueblos en aislamiento voluntario en América Latina, fuera de Brasil, son 37. En Brasil se calculan unos 60. La Amazonia ecuatoriana vive una tensa realidad desde el año 2013. En el mes de marzo de ese año los taromenane mataron al jefe Huaorani Ompure y a su esposa Bugahey. En represalia, y según su ancestral ley de venganza, un grupo de Waorani dio muerte a más de 20 taromenane, ya no con lanzas, sino con sofisticadas armas modernas. Hay organismos internacionales que velan por los pueblos ancestrales.

El día del martirio

Una de las hermanas religiosas de Inés ha dejado testimonio de las disposiciones de su corazón a la entrega de la vida:

El día 19, domingo (19 de julio de 1987), fue día de preparativos. Inés se había confesado con Monseñor. Mañana, lunes, día 20, de madrugada saldrían el obispo y la hermana rumbo a la mínima tribu de los tagaeri, una minoría entre pueblos no contactados.

Monseñor, tras el último viaje de inspección en helicóptero, había escrito a la Compañía petrolera, cuyos servicios alquilaba el Vicariato: “Con la última evidencia de los signos positivos para un acercamiento personal, se decide que Mons. Alejandro Labaka y la Hna. Inés Arango, Misionera Terciaria Capuchina de la Sagrada Familia desciendan, Dios mediante, el día 20 de julio de 1987”.

Cuenta esto Laura Fernández, una hermana de aquella pequeña comunidad de Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia de Francisco de Orellana o Coca, en la margen del río Napo, afluente del Amazonas. También, recuerda una conversación establecida con la hermana Inés: 

Aquella misma noche del día 19, fui a su habitación y la encontré arreglando todo… En la mochila o shigra preparó tres cosas: una cámara fotográfica, un rollo de esparadrapo y un bote de Nescafé. Me dijo:

– Tengo que dejar todo arreglado.

– ¿Y no te da miedo entrar a los tagairi?

– No, Laura. Si muero, muero feliz. Ojalá me dejen en la selva.

Inés se arrodilló y me dijo:

– Esta ropa me la han regalado mis familiares; es para los Huaorani.

Nos abrazamos y salí de su pieza. Pero regresé inmediatamente y le dije:

– De verdad, Inés, ¿no te da miedo?

– No, me dijo; porque si muero, muero como y donde se lo he pedido al Señor.

Inés transmite seguridad, pero hay un misterioso presentimiento de que algo puede pasar. De hecho, antes de partir, ella dejó sobre su escritorio una hoja con ese mensaje:

En caso de muerte: El dinero que queda es así. Pesos colombianos de mis hermanas, Ángela y Ana Isabel y 2.000 de Roque. 4. (=4.000) sucres debo a Gabamo por motorista. 5.000 me había dado Imelda y no los gasté. El resto de los 25.000 que me dieron en Rocafuerte para lentes, dientes, etc. Que lo empleen para aucas y pobres.

Si muero me voy feliz y ojalá nadie sepa nada de mí. No busco nombre… ni fama. Dios lo sabe.

Siempre con todos.

Tanto las hermana Dorothy e Inés, como monseñor Alejandro y otros laicos y religiosos que ofrecieron su vida, lo hicieron defendiendo a las comunidades amazónicas y su cultura, además de promover el cuidado del medio ambiente. Con ellos y otros muchos hermanos, la Iglesia católica está presente a través de misioneros y misioneras comprometidos con las causas de los pueblos indígenas y amazónicos.

P. Juan Bautista Duhau, MPD

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