He cumplido treinta años de médico. Durante un cuarto de siglo, desde mi graduación, mi ideal se centró en intentar ser un buen cirujano cardiovascular. Todos los esfuerzos tenían un objetivo: ser siempre “algo
más”. Así llegué a ser Profesor Titular de Cirugía Cardíaca y Vascular en la Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador (en 1977), al cumplir mis 44 años. Acumulé tftulos honorificas, soy miembro honorario de sociedades científicas americanas y europeas; presidí varias asociaciones;
fui honrado con lauros académicos: miembro titular de la Academia Argentina de Cirugía, Honorario de la Brasileña de Cirugía, Vicepresidente de la lnternational Cardiovascular Society… Desarrollé un programa de trasplantes renales, operando un centenar de casos. Logré un nombre en mi especialidad y un alto prestigio profesional. También mi meta fue afirmarme económicamente, quizá por haber nacido en un hogar muy humilde.
Con gran esfuerzo logré una situación envidiada por otros. Obviamente mi escala de valores desplazaba a mi esposa, que se mantuvo silenciosa y protectora, esperando otra cosa de mí…
Mis cuatro hijos obtuvieron migajas de mi amor. Los amo profundamente, pero mi currículum-vitae era una locomotora lanzada al futuro, que pocas veces detenía la marcha para acariciar siquiera con ternura la cabeza de mis hijos, o dialogar con ellos, que tenían hambre de padre. Mis funciones científicas me obligaban a presidir a otros médicos, a dialogar, a enseñar, a competir, con otros hombres que compartían los mismos ideales.
Soy Director de un Hospital Privado, con más de 200 camas. Hasta mediados de 1980 había recorrido casi todo el mundo, pero aún no habla encontrado lo esencial de mi vida.
Dios estaba oculto detrás de una fila de condecoraciones, títulos, pergaminos, honras y bienes materiales; podios cada vez más altos que se desvanecían al conquistarlos. Fui elegido, no sabía bien por quién, para hacer un Cursillo de Cristiandad en octubre de 1980. Al iniciar ese -para mi- “retiro espiritual”, el Espíritu Santo me sacó la latita de la base de esa pila de fatuidades, y ví la luz…
Me enamoré de Cristo, me comprometí con el Señor, y, sin desandar el camino errado, comencé a darle a mi vida un sentido trascendente, orientándola hacia lo fundamental cristiano. Me sentí apóstol y me obligué a reparar mis omisiones. Comencé por desbordar amor sincero a mi esposa. Busqué todo momento posible para compartir con mis hijos, gozando cristianamente de esa Gracia de Dios, que es la familia, reflejo anticipado de la hermandad con Cristo, en la Comunión de los Santos.
Le di más tiempo y más afecto a mis padres. Traté de evangelizarlos. Sí, porque descubrí el signo palpable de Dios en nosotros, su Palabra. Me enamoré del Evangelio y me apasioné con la Eucaristía. Me nutrí diariamente de ella.
Aprendí a orar… Ingresamos con mi esposa en un Grupo de Evangelio del Movimiento de la Palabra de Dios, que culmina como grupo de oración. Me inundó esta experiencia del Verbo Divino, y comencé a edificar mi futuro sobre roca. Soy, como decía Francisco -el inmediato a Cristo, el pobre de Asís- “una raíz que pende del vacío de la tierra, con pocos brotes, pero arraigada profundamente en la roca viva que es Cristo”, y ya nada me podrá hacer regresar a mi fatuidad, al antiguo, ilusorio e infeliz status, que sin saber para qué ni por qué, me alienaba.
Hoy veo en cada enfermo que asisto un Cristo roto, intento mejorarlo, médica y espiritualmente, acercarlo a la luz de la fe, darle paz. Soy desde hace un año Ministro Extraordinario de la Eucaristía, y dar la comunión a los enfermos del sanatorio en que actúo, siento una satisfacción intensamente superior, pues estoy tan cercano a Jesús Eucaristía que lo venero y administro con sentido apostólico. He perdido muchos años confundido, pero el Espíritu Santo iluminó mi vida, y por mediación de la Virgen María, sus distintas advocaciones guiaron mi sendero junto con mi esposa y hermana en la fe, cuando estaba entonces tan ciego, que ni siquiera conocía mi ceguera.
Soy un convertido, amo a mis hermanos y trato de brindar amor, a pesar de todo obstáculo y ante toda tentación. Amor cristiano, testimonio de vida y servicio fraternal caritativo. Allí, creo, se conjuga en lo terreno, la trinidad teológica de Dios. Vivo en gracia de Dios. Por ende el Padre está conmigo. Si Dios es amor, tengo a Dios sin duda junto a mí, en todo instante. Me alimento, estudio, amo y practico Su Palabra y la proclamo. Por tanto el Verbo encarnado vive en mí y yo en El. Y, en definitiva traslado a un testimonio de constante vida cristiana, mis convicciones. Poseo así al Espíritu Santo, pues es El quien obra y no yo…
Dios, Señor Padre Eterno, permite que esta muestra de
mi conversión alerte a otros corderos alejados de tu redil,
para que se acerquen a tu rebaño; yo seguiré mi
peregrinar, intentando lograr, si lo permitís, mi
incorporación junto con mis seres queridos, en tu celestial comunión.
No te alejes de mi, Señor, esperame.
Miguel Ángel Lucas
Publicado en revista Cristo Vive, ¡Aleluia! Nº 53

