En la década de los setenta, cuando la Argentina se encontraba convulsionada por los sucesos sociales que acontecieron, jóvenes de entre 16 y 20 años, de los cuales algunos aún eran alumnos de la escuela secundaria, formaron los primeros grupos de oración.
El Padre Ricardo junto a Mercedes Guinle, catequista del Colegio Hijas de Jesús de Belgrano, y a la hermana Graciela Rodríguez, del Colegio Ana María Janer de Flores, los acompañaban pastoralmente y discernían cada paso que el Espíritu Santo indicaba como camino para los grupos de oración.
Fue entonces, que recogieron la preocupación de los papás por la participación de sus hijos en los grupos y vieron conveniente ofrecerles un espacio para compartir con ellos la experiencia y para que pudieran conocer el ambiente en donde estaban los jóvenes. Así, surgieron las llamadas “misas de padres” que comenzaron a celebrarse todos los segundos domingos de mes.
Cristo Vive, ¡Aleluia! encontró entre sus archivos el manuscrito de una “charla” que el Padre Ricardo ofreció en Pentecostés de 1975 a los papás, y que hoy publica en estas páginas.
Nené y Carlos Frontera fueron testigos de aquel momento y posteriormente conformaron el primer grupo de padres que se constituyó a partir de la Pascua de 1976. Actualmente, ambos son parte de una comunidad de vida del Centro Pastoral Janer de Buenos Aires.
Luego de tantos años, nos encontramos con Carlos para que nos cuente lo que sucedió en aquel
momento.
Cristo Vive: ¿Qué recuerdos tienes de ese tiempo? Carlos Frontera: Mi hija Laura asistía al colegio Ana María Janer de Flores. Allí se reunían los grupos de jóvenes y un día nos invitó a una misa para que conociéramos al Padre Ricardo. Al finalizar la Eucaristía, él nos propuso que nos quedáramos porque quería compartir con nosotros un momento y entonces nos dio una “charla” para que pudiéramos entender algo de la vivencia que tenían nuestros hijos.
¿Cuáles fueron las repercusiones que tuviste cuando la escuchaste?
Me sentí especialmente interesado por lo que Ricardo nos transmitía, sobre todo porque durante más de quince años se había desarrollado en mí un espíritu crítico que me había alejado de la Iglesia. Verdaderamente, fue tal impacto que me provocó, que más tarde fui a buscarlo para confesarme, cosa que no hacía desde hacía muchos años.
¿Cómo lo veías al Padre Ricardo en aquel momento?
Me atrajo la expresión de su intelecto, pero luego me di cuenta de que había algo más profundo y que en sus palabras primaba el corazón. Nuestro vínculo creció, el trato cada vez fue más cercano, lo que me hizo vincularme con la persona de Ricardo y no con su rol de sacerdote.
Tu hija Laura participó del retiro de Pascua de 1975, ¿qué te llamó la atención de ella, a partir de la experiencia que tuvo?
Una de las cosas que observé en Laura fue que hubo un cambio en la forma de sentir y de vivir su relación con la Iglesia.
Y con los años, ¿qué te hizo permanecer en el Movimiento?
Descubrí que al participar de la comunidad me acercaba mucho más a Jesús y a la Palabra. Nuestra permanencia, la de Nené y la mía, obedeció a tres causas: experimentar la presencia del Espíritu Santo, la vitalidad del anuncio de la Palabra y el testimonio de un auténtico amor entre los hermanos. Asimismo, fuimos asumiendo diversos servicios que nos comprometieron a participar mucho más.
¿Cómo ves la Obra hoy?
La veo en permanente crecimiento, producto del amor y de la gracia de Dios.
Laura di Palma
Publicado en revista Cristo Vive, ¡Aleluia! Nº 192

