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Jóvenes valientes

En la Anunciación, la joven María es ejemplo de confianza en Dios. 

Temblar por la misión

Es comprensible que la repentina aparición del ángel haya causado una fuerte turbación en María, sorprendida por esta primera revelación de su identidad y de su vocación, desconocida para ella entonces. Como otros personajes de las Sagradas Escrituras, tiembla ante el misterio del llamado de Dios, que en un instante la sitúa ante la inmensidad de su propio designio y le hace sentir toda su pequeñez, como una humilde criatura. 

“¡No temas!”  

Dios lee nuestro corazón como leyó el de María. Él conoce bien los desafíos y el temor que sentimos frente a aquello que tenemos que afrontar en la vida, especialmente cuando nos encontramos ante las decisiones fundamentales de las que depende lo que seremos y lo que haremos en este mundo. Es la “emoción” que experimentamos frente a las decisiones sobre nuestro futuro, nuestro estado de vida, nuestra vocación.  

Los miedos de la juventud

Hoy en día, muchos jóvenes se sienten obligados a mostrarse distintos de lo que son en realidad, adecuarse a estándares a menudo artificiales e inalcanzables. Hacen continuos “retoques fotográficos” de su imagen, se esconden detrás de máscaras y falsas identidades. Muchos están obsesionados con recibir el mayor número posible de “me gusta”. Y este sentido de inadecuación produce temores e incertidumbres. Otros tienen temor a no ser capaces de encontrar una seguridad afectiva y quedarse solos. Frente a la precariedad del trabajo, miedo a no poder alcanzar una situación profesional satisfactoria, a no ver cumplidos sus sueños.  

El llamado que viene de arriba

En los momentos en que las dudas y los miedos inundan nuestros corazones, resulta imprescindible el discernimiento, indispensable para encontrar la vocación personal de cada uno. La vocación es un llamado que viene de arriba y el discernimiento consiste, sobre todo, en abrirse al Otro que llama. Se necesita, entonces, el silencio de la oración para escuchar la voz de Dios que resuena en la conciencia. El Señor golpea a la puerta de nuestros corazones, como lo hizo con María, con ganas de entablar una amistad con nosotros a través de la oración, de hablarnos a través del Evangelio, de ofrecernos su misericordia en el sacramento de la reconciliación y de ser uno con nosotros en la comunión eucarística.

Compañeros de camino

Es importante dialogar con otros, hermanos y hermanas en la fe, que tienen más experiencia y que, movidos por el Espíritu Santo, nos ayudan a ver mejor y a escoger entre las diversas opciones. Ellos no son únicamente guías espirituales, sino también quienes nos ayudan a abrirnos a todas las riquezas infinitas de la existencia que Dios nos ha dado. Los cristianos auténticos no tienen miedo de abrirse a los demás, ni de compartir su vida para transformarla en un espacio de fraternidad.

El misterio más profundo de la vida

“Te he llamado por tu nombre” (Is 43,1). Un motivo para no tener miedo es precisamente el hecho de que Dios nos llama por nuestro nombre. Detrás del nombre hay una identidad, algo que es único en cada cosa, en cada persona, esa íntima esencia que solo Dios conoce en profundidad. Esta prerrogativa divina fue compartida con el hombre, a quien el Padre le concedió que diera nombre a los animales, a los pájaros y también a los propios hijos (Cf. Gen 2,19-21; 4,1). Muchas culturas comparten esta profunda visión bíblica, reconociendo en el nombre la revelación del misterio más profundo de una vida, el significado de una existencia. 

Un nuevo nombre

Cuando Dios llama por el nombre a una persona, le revela al mismo tiempo su vocación, su proyecto de santidad y de bien, por el que esa persona llegará a ser alguien único y un don para los demás. Y también cuando el Señor quiere ensanchar los horizontes de una existencia, decide dar a la persona a quien llama un nombre nuevo, como hace con Simón, llamándolo “Pedro”. De aquí viene la costumbre de asumir un nuevo nombre cuando se entra en una orden religiosa, para indicar una nueva identidad y una nueva misión. La llamada divina, al ser personal y única, requiere que tengamos el valor de desvincularnos de la presión homogeneizadora de los lugares comunes, para que nuestra vida sea de verdad un don original e irrepetible para Dios, para la Iglesia y para los demás.

Valentía cotidiana

La fuerza para tener valor nos viene de la convicción de que la gracia de Dios está con nosotros: valor para llevar adelante lo que Él nos pide aquí y ahora, en cada ámbito de nuestra vida; valor para abrazar la vocación que Dios nos muestra; valor para vivir nuestra fe sin ocultarla o rebajarla. Cuando nos abrimos a la gracia de Dios, lo imposible se convierte en realidad. Su gracia toca el hoy de nuestra vida, con todos nuestros miedos y límites, pero también revela los maravillosos planes del Señor.

Sostenidos en la prueba y la oscuridad

El motivo principal por el que María no debe temer es porque ha encontrado gracia ante Dios. ¡Cuánto nos anima saber que no tenemos que conseguir la cercanía y la ayuda del Señor presentando por adelantado un “currículum de excelencia”, lleno de méritos y de éxitos! El ángel dice a María que ya ha encontrado gracia ante Dios, no que la conseguirá en el futuro. Esas palabras nos dan a entender que la gracia divina es continua, no es algo pasajero o momentáneo, y por esto nunca faltará. También en el futuro seremos sostenidos siempre por la gracia de Dios, sobre todo en los momentos de prueba y de oscuridad. 

Francisco

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