La murmuración y la envidia

Dos peligros en medio de una comunidad.

En una homilía dirigida al cuerpo de la gendarmería vaticana, el Papa decía: “Sean ‘guardianes’ de nuestro pueblo, de nuestras comunidades. Las murmuraciones son una ‘lengua prohibida’ en el Vaticano porque generan mal […]. Las  ‘murmuraciones’ –que llevan a uno a hablar mal de otro– destruyen la unidad. Y nadie es inmune al contagio de esta ‘mala hierba’”.

Y señaló: «Hay algo que le gusta mucho al diablo porque atenta contra la unidad. Él intenta crear la guerra interna, una especie de guerra civil y espiritual. Y ella no se hace con las armas. Se hace con la lengua […]. Hay que defender las puertas del corazón, donde la tentación entra exactamente como en todas partes. ¡No hay que hablar mal uno del otro, ni abrir las orejas a las murmuraciones! Y si se oye un murmullo: ¡detenerlo!”

Es interesante conocer el significado que encierra la palabra “murmurar”. Ella viene del latín murmurare, que significa hablar en voz muy baja, en especial manifestando una queja o un disgusto por alguna cosa, o hablar mal de una persona que no está presente, mientras que en el hebreo bíblico, la raíz primaria de esta palabra significa detenerse, estar insatisfecho, gruñir a causa de esperanzas frustradas.

En un pasaje de la Palabra, san Pablo nos previene del peligro: «No tentemos al Señor […]. Tampoco se quejen contra Dios, como se quejaron muchos de ellos y fueron eliminados por el ángel exterminador. Todo lo que les sucedió tenía valor de ejemplo, y fue escrito para instruir a los que vendrían en los últimos tiempos, es decir, a nosotros. Así, pues, el que crea estar firme tenga cuidado de no caer» (1 Cor 10,9-12).

En esa homilía su Santidad menciona el texto de 1 Samuel 18 que relata la victoria de los israelitas sobre los filisteos gracias a la valentía de David. Sin embargo, frente a las mujeres que lo alaban por haber matado a Goliat, la alegría de la victoria se transforma enseguida en la tristeza y en los celos del rey Saúl, quien toma la decisión de asesinar a David.

“Así funcionan los celos en nuestros corazones,” observa el Papa, “es una inquietud mala, que no tolera que un hermano tenga cualquier cosa que yo no tengo”. Saúl, “en vez de alabar a Dios, como hacían las mujeres de Israel, por esta victoria, prefiere encerrarse en sí mismo, amargarse”.

 “La envidia lleva a asesinar, y esta es la puerta por la que el diablo ha entrado al mundo,” continúa el Papa. “La envidia y los celos abren las puertas a todas las cosas malas. También divide la comunidad. Una comunidad cristiana, cuando sufre de envidia, de celos, termina dividida: unos contra los otros. Es un veneno”.

El ataque de la envidia tiene un fruto concreto, la amargura: “La persona envidiosa, celosa, es una persona amarga: no sabe cantar, ni alabar, no sabe lo que es la alegría”. Se vuelve sembradora de amargura y esto termina contagiándose al resto de la comunidad.

Son las murmuraciones, señala el Papa, canales hacia los celos y la envidia, “porque cuando no se tolera que el otro tenga algo, la solución es humillarlo, para estar un poco más alto. Y el instrumento son las murmuraciones. Busca siempre y te darás cuenta de que, detrás de una murmuración, están los celos y la envidia. Estas dividen a la comunidad, la destruyen; son las armas del diablo”.

El Evangelio también nos invita a dejar de lado las murmuraciones y optar por algo distinto: “Así también la lengua es algo pequeño, pero puede mucho […]. Con ella bendecimos a nuestro Señor y Padre y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios. De la misma boca salen la bendición y la maldición. Hermanos, esto no puede ser así. ¿Es que puede brotar de la misma fuente agua dulce y agua amarga?” (Sant 3,1-12).

Seremos santos en la medida en que aprendamos a dominar la lengua, y esto el apóstol Santiago lo confirma con claridad: «El que es capaz de dominar su lengua es capaz de dominar toda su persona».

Cuando evangelicemos nuestra expresión nos asemejaremos más a Cristo. Que el Espíritu Santo infunda en nuestros corazones el santo temor de Dios para evitar todo pecado de murmuración.

Liliana Schoenemann*
Resistencia, Chaco

* Responsable pastoral del lugar.

Publicado en Revista Cristo Vive ¡Aleluia! Nº 202 (MAY-JUN 2016)

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