“María, haz algo por mí.”

El 14 de mayo de 2015, el día siguiente a la celebración de Fátima, conocí a un matrimonio misionero de la aparición de la Virgen de la Revelación. Adriana y Beto visitaron la Editorial de la Palabra de Dios con el objetivo de comprar una cantidad de libros referidos a esa advocación mariana. Luego de intercambiar experiencias, antes de irse, me pidieron si podía ayudarlos con la traducción de la novena. Inmediatamente me ofrecí y decidí orarla mientras la traducía. 

Al iniciarla, puse en manos de María la intención por la sanidad de mi ojo izquierdo. En noviembre de 2013 me había operado por tercera vez para mejorar la visión, pero los resultados no fueron los esperados. Quedé con síndrome de ojo seco severo.

Las posibilidades de mi visión habían disminuido considerablemente: no podía leer en las primeras horas del día ni en las últimas de la noche. Tenía una permanente molestia en el globo ocular que me provocaba mucho dolor y ardor. Fui a la oftalmóloga para pedirle que me ayudara a encontrar alivio y, como ella era católica, le comenté que estaba haciendo una novena a la Virgen, a lo que me respondió: «Esta no es una cuestión de fe, es científica: hay algo físico que en tu ojo está mal» y me indicó un nuevo tratamiento que resultaba muy oneroso para mí. Salí del consultorio decepcionada por no haber encontrado otras soluciones médicas que me ayudaran a estar mejor. 

El ojo enfermo comenzó a ser un gran impedimento, fundamentalmente para mi trabajo, y así pasó la semana, en la que me olvidé de continuar con la novena que apenas había comenzado. 

Nueve días después de la visita del matrimonio, retomé el trabajo para realizar la segunda edición del libro sobre esa aparición mariana, lo que me significaba leer, corregir e investigar.

Ese día, al comenzar la tarea, estaba muy dolorida. Impulsivamente, busqué una medallita de la Virgen que me habían dejado los misioneros, me la coloqué sobre el cuello, la tomé entre mis manos y con desesperación, pero con mucha fe, le dije: “María, no doy más; si no haces algo por mí, ya no puedo seguir así. Necesito que me ayudes para que pueda escribir”. Era el sábado 23 de mayo; sin advertirlo, habían pasado nueve días desde que había comenzado con la novena.

Seguidamente avancé con el trabajo y llegué al final sin complicaciones…

A la mañana siguiente, de pronto me encontré leyendo la letra chica del periódico y advertí que ya no tenía dolor. Podía leer sin dificultad, algo que a la noche se repitió. Ya no necesitaba las “odiosas” gotas –eran de tres tipos diferentes– que estaba usando hasta el momento. La Virgen me había sanado.

Luego de lo ocurrido, fui a ver a la oculista. Le llevé el libro, le relaté los hechos de esa aparición mariana y le hablé sobre mi pedido a la Virgen para que me sanara. Me revisó y me dijo: «Tu ojo está mejor que la última vez que te vi. Tengo la piel erizada, me dejaste sin palabras. Pero si el síntoma ya no aparece, ya está. ¿Qué puedo decirte?». 

Tengo plena certeza de que María, Madre de Dios y Madre nuestra, se ocupó de pedir por mí al Padre. ¡Por su intercesión el Señor me sanó! 

Por eso, quiero dar testimonio de la gracia de la Madre, de su amor para conmigo de modo tan especial y para quienes quieren recibir su cariño maternal. 

Laura di Palma 
Comunidad de Nazaret femenino Tristán Suárez
Buenos Aires

Publicado en la Revista Cristo Vive ¡Aleluia! Nº213 (JUL-AGO 2018)

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