Mi hermano, el asesino de Monseñor Romero

Marisa creó la fundación que impulsó la beatificación del obispo, que se concretará el 23 de mayo.

Sin saber que lo estaban apuntando con un arma, las últimas palabras del arzobispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero fueron una autoprofecía. El lunes 24 de marzo de 1980, cuando estaba realizando la consagración del pan y el vino, Romero dijo: “Que este cuerpo inmolado y esta carne sacrificada por los hombres nos alimenten también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo”. Luego levantó los brazos con el cáliz y el asesino disparó.

A partir de ese momento Marisa D’Aubuisson, que tenía 30 años, tuvo que cargar con un doble dolor: perder a su querido pastor, a quien seguía fervientemente como cristiana militante, y ser señalada el resto de su vida como “la hermana del asesino de Romero”, el jefe militar Roberto D’Aubuisson, creador de los escuadrones de la muerte de El Salvador.

En una entrevista que tuvimos semanas atrás por Skype, Marisa recordó cómo fue cambiando la imagen de monseñor Romero. “Cuando se conoció su nombramiento como arzobispo en 1977 muchos sentimos desilusión. La represión estaba en niveles muy altos, la gente estaba en las calles repudiando el fraude electoral y él era un obispo desconocido que venía de un pueblo del norte y que no tenía una voz fuerte. Además era muy apegado a las reglas canónicas de la Iglesia”, nos contó.

Pero el obispo “conservador” comenzó a hacerse oír mientras la represión se ensañaba con los más pobres y también con los curas que trabajaban en los barrios marginales. Los muertos se empezaron a contar de a miles.

El hermano de Marisa, Roberto, lanzó desde los escuadrones de la muerte la consigna: “Haga patria, mate un cura”, a quienes consideraba “comunistas disfrazados”, y ordenó pegar carteles en las calles con esa frase. Pese a todo, monseñor Romero no dejó de hablar y en sus últimas prédicas no dudó en llamar a los soldados a desobedecer las órdenes asesinas de sus jefes. En marzo de 1980, un día antes de su muerte, en una histórica homilía dijo: “Ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: ‘No matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla (…), les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!”.

En el diálogo por Skype, Marisa nos contó que aprendió a convivir en paz con un doble sentimiento hacia su hermano, y que cree que es posible amar a una persona aun repudiando sus acciones: “Siempre lo quise mucho a Roberto, fue mi hermano más querido desde pequeña, y no se puede olvidar toda una vida compartida. Pero en lo que hizo como militar lo aborrezco”, confesó.

Roberto falleció de cáncer de garganta en 1992 a los 47 años. El día anterior a su muerte, Marisa lo visitó en el sanatorio y le dijo: “Tienes que morir en paz. Te lo ruego, abócate a Romero, pídele perdón desde la parte más profunda de tu corazón”. Él abrió los ojos por un momento, la acercó hasta tenerla cara a cara y ya, incapaz de hablar por su enfermedad, se puso a llorar.

Marisa no puede asegurar que su hermano se haya arrepentido del crimen hacia el final de sus días: “No sé si ante la inminencia de la muerte habrá habido algún cambio. Para un hombre como él hubiera sido muy terrible tener que admitir que había perdido su vida del lado de los injustos. Pero sí estoy segura de que Romero lo hubiera perdonado. Él no era un hombre de odios”, concluyó.

Rubén Guillemí

Publicado en Revista Cristo Vive ¡Aleluia! Nº 197 (MAY-JUN 2015)

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