Tiempo de Decisiones

La juventud es una etapa para decidir y optar por sí mismo y preguntarle a Dios: “Señor, qué necesitas de mi?”

La juventud es un período de paso, no definitivo, pero sin embargo un momento en el que se maduran y asientan aspectos significativos de la persona. En términos generales, esta transición hacia la vida adulta que va delineando la propia identidad conlleva la toma de importantes decisiones y, por lo tanto, obliga, quizá más que en otros momentos de la vida, a reafirmar constantemente las opciones personales.

En las sociedades urbanas latinoamericanas actuales, la juventud tiene la particularidad de estar muy marcada por la adolescencia, etapa muy sobrevalorada culturalmente por la falta de responsabilidades y la “liviandad” con la que se toman las cosas. Sin embargo, la juventud es el momento de empezar a dejar atrás algunas características adolescentes para empezar a adquirir las de la madurez: se deja de lado la seguridad que dan el espacio reglado de la escuela y los adultos (la distribución ordenada de horarios y actividades, sus indicaciones sobre lo que se espera que uno haga, la regulación en los permisos, entre otros) y se comienza paulatinamente a elegir cada vez más cosas por uno mismo. El joven abandona opciones que otros han tomado por él y se enfrenta al desafío de decidir y optar: la vocación, el estado de vida, la profesión, el trabajo, el manejo del dinero, del tiempo, entre otros. En este sentido, la juventud es una etapa en la que uno se encuentra con mayores libertades para decidir y optar por sí mismo.; por eso, se convierte en un tiempo privilegiado para el encuentro con Dios, para preguntarle a Él qué camino tomar y con qué criterios elegir. Nuestro Creador nos invita a compartir con Él la construcción de nuestra identidad y de los proyectos de vida.

Muchas de las opciones de esta etapa se convierten en cimientos para toda la vida. En este sentido, se vuelve vital cultivar el vínculo con Dios, ir a lo profundo, dejarnos interpelar por Él para construir con el Señor nuestra casa, nuestra vida. “Así pues, quien escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que construyó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca” (Mt 7, 24-25). Jesús nos advierte, como lo hace con sus discípulos, lo significativo que se vuelve el tiempo de poner las bases y lo importante que es que tengan la solidez de su Palabra.

Para construir nuestra vida desde la búsqueda discipular, el vínculo con el Creador requiere de una mayor madurez, de dejar atrás un modo infantil de vinculación, en el que nosotros le pedimos a Dios lo que necesitamos, queremos y deseamos. La invitación de Jesús es establecer un vínculo más maduro: “Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre dejé a un lado las cosas de niño” (1 Cor 13, 11). La propuesta de Dios se vuelve contracultural si, tal como mencionamos, vivimos en una época en la que la adolescencia se trata de prolongar lo máximo posible por la negación a asumir mayores compromisos y responsabilidades. En este sentido, es un gran desafío diferenciarnos de esta tendencia de nuestra época, ponernos de cara Dios con toda nuestra vida y disponernos para la construcción de su Reino y decirle: “Señor ¿qué necesitas de mi?, quiero poner mi vida a disposición tuya para la construcción de un mundo distinto”.

Para el camino discipular, la libertad es una herramienta, una oportunidad que regala Dios para acercarnos más a Él, para dejar que nos ayude a “armarnos”, a “construirnos” e “identificarnos” como discípulos suyos en esta tierra. Toda la libertad que se adquiere carece de sentido si la utilizamos tal como nosotros queremos para servir solo a nuestras necesidades o a nuestros placeres. La propuesta de Dios, justamente, es que despleguemos una libertad responsable, que no tiene que ver con hacer lo que uno quiere, sino con ofrecer nuestras nuevas posibilidades, nuestros dones para buscar libremente la plenitud en el amor, porque nosotros “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios permanece en él” (1 Jn 4, 16).

 Luciana Sánchez*

Centro Pastoral Janer

Buenos Aires

*Licenciada y Profesora en Ciencias de la Educación.

Para tener siempre presente

En la sociedad en la que vivimos se publicita y se pondera que la persona pueda ser completamente libre y elija de acuerdo con su parecer el curso de su vida. Sin embargo, fuimos creados por un Dios que es Amor y que nos creó con el fin último de amar. Él nos invita a aspirar al don más perfecto, a lo que le da sentido a cada cosa que vamos desarrollando en la vida. En esta etapa de tanta libertad, cuando hay que tomar decisiones y hacer opciones, la invitación que recibimos como discípulos de Jesús es a buscarlo, a construir un vínculo de madurez con Él para que nos guíe en el camino sin perder de vista para qué fuimos creados y cuál es el fin último de cada cosa que elegimos.

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