Editorial de la Palabra de Dios

Juan era un hombre aparentemente seguro de sí mismo. Muchos que lo conocían llegaban a afirmar que no necesitaba de nadie. Eficiente cien por cien. Su sola presencia impactaba, aunque su vida tenía un dejo de tristeza… A Juan lo inquietaban sus imperfecciones.

Era archiperfeccionista. Así nunca podía estar contento. Siempre había algo en él o en sus hermanos o en la realidad que lo rodeaba donde faltaban “cinco para el peso”… Sus amigos lo conocían por “Omni”, de “omnipotente”, claro… Sí, Juan se sentía omnipotente.

Sebastián compartía asiduamente con Juan. A aquel lo conocían por “Humi”, de “humilde”, claro… Sebastián era distinguible fácilmente por su alegría, su constante alegría. No le faltaban problemas, pero era capaz de alegrarse más por los diez que tenía que por los noventa que le faltaban, aunque trabajara por los cien.

No era hombre de andar “enroscado”, y por eso sabía ver dónde había alguien necesitado. Tampoco tenía él reparos en mostrar su necesidad. La pobreza para Sebastián era motivo de comunión y, paradójicamente, de riqueza: abría al compartir… Cierto día nuestros amigos se reunieron a considerar unos versículos de la Escritura; así leyeron: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo…” (Mt. 5, 48) y “sean santos porque Yo soy santo” (Lev. 19, 2 y 1 Pd. 1, 16).

Estos imperativos “sean perfectos”, “sean santos” resonaron vivamente en los dos. Juan exclamó: “¡Qué alto ideal! Si otros pudieron, ¿por qué no yo? Con disciplina y empeño podré.” Sebastián, por su parte, intervino: “Es un gran ideal la santidad, es cierto… Es cierto también que es un llamado para todos los hombres. Otros supieron transitar antes que nosotros el camino de Jesús, ¿por qué no nosotros? Estoy de acuerdo.

Pero, ¿será todo cuestión de disciplina y empeño, Juan?…” La charla se prolongaba en el desencuentro. Juan tenía una imagen de la santidad y Sebastián otra. Decidieron, entonces, hacer una prueba, caminar esos versículos de la Palabra según sus imágenes y evaluar el resultado de sus intentos.

Allí fue Juan por el camino de la seguridad meramente humana, confiado en sus recursos de férrea voluntad. Intentando una y otra vez no equivocarse. Es que “ser santo” y “ser perfecto” resonaban dentro de él creando estas imágenes: “no hay que errar”, “no puede uno aquí equivocarse”. Camino duro el de Juan.

Poco a poco se le fue arraigando la tristeza… de no ser perfecto, por supuesto. A cada paso del camino se encontraba con los límites de su propia naturaleza, de su personalidad, con la fuerza de su pecado. Intentó trabajar uno a uno sus defectos hasta aniquilarlos y ser perfecto.

Cuando creía haber vencido alguno, brotaban otros como los hongos después de la lluvia. Juan había elegido el camino de la soberbia, de la autosuficiencia. Y los soberbios, como los autosuficientes, caminan solos. Sentirse necesitado de los otros es una suerte de deshonra para ellos.

Quijotescamente Juan encaró su intento… ¡Qué agrio intento! … Sebastián, por su parte, comenzó a caminar pensando y orando por Juan. Se había quedado preocupado por su solitario camino. Es que la imagen de Sebastián era otra. “Ser santo”, “ser perfecto” significaban para él la santidad y la perfección del amor. Y fue por esto que desde el vamos no podía encarar solo este camino. “El amor, para ser perfecto -se dijo- debe ser recíproco, como en Dios”.

Y se buscó hermanos donde amar y servir a Jesús… Y el que busca, lo sabemos, descubre enseguida hermanos para caminar juntos. Sebastián no intentó heroicidades estoicas, más bien se aferró a la humildad de conocer y aceptar sus límites, a trabajar cada día en la paciencia del amor sabiendo que “el amor cubre todos los pecados” (1 Pd. 4, 8), a encender la luz de la caridad más que combatir incesantemente la molesta experiencia de sus propias tinieblas.

Si había una fuerza en Sebastián era su capacidad de vivir reconciliado. ¡Con cuánta alegría transitaba nuestro amigo este sendero plagado de prójimos reveladores de Dios! El no sentía haber alcanzado la meta de la propuesta de santidad y perfección, pero corría confiado en que Dios iría ganando espacio en su pobreza (cf. Flp. 3, 12ss).

No registraba la pobreza como una carencia sino como un don de Dios: mientras más pobre se reconocía, más lugar había para Dios en su vida. Pero la alegría de Sebastián tenía una pequeña sombra: ¿qué sería de Juan? Esta preocupación lo lanzó en su búsqueda… Allí estaba Juan. No quería ver a nadie. Había fracasado.

Se lo veía muy mal: triste, deprimido, sin resultados, masticando el sinsabor de sus límites y defectos incontables, enojado con Dios y con él mismo. ¿No le había dicho Dios que fuera perfecto? ¿Dónde estaba Dios?… En medio de estas preguntas sin respuesta (los soberbios no preguntan para obtener respuesta sino para justificar sus fracasos… sólo los humildes saben escuchar porque abren el corazón), decía que en medio de estas preguntas Sebastián irrumpió en la soledad de su amigo y se llenó de compasión por él. Juan pensó que sería juzgado y le pidió que no le dijese sermones.

Pero la mirada trasparente de Sebastián pudo más que la dureza de su compañero. No hubo reproches. “Vení, Juan. No sigas intentando solo. Mirá cuánta tristeza y soledad te rodea”, expresó Sebastián. A Juan se le iluminó la mirada. Había encontrado respuesta a una pregunta constante en su camino: “Maestro, ¿dónde está la santidad? ¿dónde vives?”. Y Jesús le contestó en el corazón: “Yo vivo en tus hermanos, yo te espero en tus hermanos”. Juan fue, vio donde vivía Jesús y perdió su apodo para siempre.

Ignacio J. Blanco

Publicado en Revista Cristo Vive ¡Aleluia! Nº74 – OCTUBRE 1990