Editorial de la Palabra de Dios

Inmóvil como rulo de estatua miraba el horizonte como pidiéndole por favor que se acercara un poco. Lo invadía la sensación de que el horizonte está lejos y cuando uno corre para alcanzarlo se aleja aún más. “Pareciera que no fue hecho para alcanzarlo sino para mirarlo”, se repetía consolándose.

Apoyado en una piedra, mirando pasar el día a la sombra de algún árbol amigo, un hombre meditaba sobre su pasado, su presente y su futuro. Contemplaba el horizonte como queriendo encontrar en él las respuestas para sus preguntas. Trató de imaginarse un paisaje sin horizonte y, por más que dejó volar alto su imaginación, no podía concebir una tarde de caminata sin el horizonte como meta y telón de fondo.

Cuando se cansó de mirar para adelante, desparramó su mirada sobre las ondulantes aguas del río en cuyas orillas había pasado muchos momentos de su vida. Este hombre era un observador de la vida y leía con atención las lecciones que iba recibiendo de la naturaleza mientras crecía. Odiaba la ciudad, porque no podía encontrar en ella nada para contemplar más que el humo de los colectivos, el apuro de la gente, el cemento de los edificios y el exagerado mal humor de los empleados públicos.

Tanto el horizonte como el río le habían enseñado mucho. El horizonte era la majestuosa imagen del ideal con el que toda persona se mantiene vivo. Lo tiene delante, lo mira, lo desea, lo contempla, lo sufre, lo disfruta. Pero cuando pega un salto desesperado para agarrarlo, comprueba que no se deja cazar, no se agota. Sirve de guía, de aliento, de motivo. Pero si pudiera guardarlo en una caja fuerte, dejaría de ser el horizonte. El horizonte le enseñaba que todo hombre necesita algo que mirar mientras camina. Algo que lo atraiga, que le de sentido, algo que pueda contemplar extasiado. Algo que lo impulse a seguir y que a la vez, nunca termine de conocer. Algo que le inspire sueños, que lo emocione, que lo haga sufrir de amor, que le ayude a trascenderse a sí mismo.

El río también le había enseñado. En el paisaje el río estaba pegado al horizonte. Pero no estaba tan lejos. Se podía alcanzar, llegar hasta sus orillas, hasta tocar el caudal de su vida misma. El río parecía el camino para llegar al horizonte. Muchas veces se lanzó a la aventura de cruzarlo con la ilusión de que la otra orilla lo dejaría cerca del ansiado horizonte. A nado o en canoa, muchas veces había enfrentado el camino del río. Y fueron muchos también los sentimientos que brotaron de su corazón repleto de anhelos. Las primeras veces en que se ubicó frente a las aguas, y pudo cruzarlas, le inyectaron optimismo y confianza. “Se puede hacer sin problemas”, se decía. Paulatinamente fue pasando del “se puede” al “yo puedo”. Y casi sin darse cuenta pasó del “yo puedo” al “qué bien lo hago”. Tanta confianza se agarró, que empezó a pensar que lo podía cruzar sin mojarse. ¡Sería fantástico!. Dominaba al río, se sentía más fuerte que él y ya estaba sintiendo algo parecido a lo que sintió Dios cuando creó el río… Veía el horizonte, pero no veía los límites para llegar a él. Se sentía ilimitado, invulnerable, inoxidable…

Tiempo después, la vida misma le fue enseñando que esta etapa era rica en sensaciones, que le fascinaba jugar a que no tenía límites y no estaba dispuesto a ponerle un torniquete a la hemorragia de su pedantería.

Hasta que el juego dejó de ser juego. Sus límites comenzaron a pasearse delante de su nariz. Un día llegó hasta el río con aire triunfante y la idea fija de cruzarlo sin mojarse. Pero grande fue su desilusión cuando lo intentó. Aún pasando en bote, tenía que bajarse para empujarlo, tomar carrera y después saltar. Mojado, por supuesto. Una filosa amargura comenzó a correr por los rincones de su ánimo. Más doloroso fue todavía cuando se dio cuenta de que sus fuerzas también tenían un límite. Recordó que de chico un cartel adornaba el aula de la escuela primaria: “Querer es poder”. Recorrió la guía telefónica de punta a punta buscando al autor de aquella mentira que lo tenía engañado desde niño. No lo encontró…

Andando el tiempo (bastante tiempo), se dio cuenta de que de fábrica, ya venía limitado el hombre. La experiencia ahora era inversa. Veía los límites, pero no el horizonte. La tristeza de no poder todo lo que quería le hizo creer que no podía nada, que no podía esperar en nada, ni alcanzar nada.

Un largo tiempo le duraron las ganas de no acercarse más al río. Claro, la desilusión de sí mismo lo había dejado hipersensible. Hasta que fue madurando en el silencio, la posibilidad del equilibrio. ¿Cuál?: Ver el ideal y buscarlo conociendo los propios límites, la propia pobreza. Sin límites la vida no es posible. Pero sin horizonte, tampoco. Algo así como una pintada imaginaria en las paredes del alma: “Ni omnipotencia, ni impotencia: la sencilla alegría del ideal”.

¡Cuánto le hubiera gustado a este hombre cruzar el río sin mojarse! ¡Cuánto le hubiera gustado aprender las lecciones de la vida sin vivir! ¡Cuánto le hubiera gustado no necesitar aprender nada! ¡Cómo ansiaba enjaular el horizonte!. Si todos estos deseos hubiesen sido realidad, se habría perdido lo mejor de la vida. Aprendió que el hombre no es Dios y que necesita algo o alguien más grande que él para seguir vivo.

Marcelo Ciaramella

Publicado en Revista Cristo Vive ¡Aleluia! Nº89 – OCTUBRE 1993