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El amor es alegría

La decisión por amar se expresa en una vida alegre. La alegría no depende de la edad, no es una emoción más relacionada a la juventud que a la vejez, […]

La decisión por amar se expresa en una vida alegre.

La alegría no depende de la edad, no es una emoción más relacionada a la juventud que a la vejez, ni una cualidad del más rico frente al más pobre, ni de quien goza de salud frente al que no la tiene. La alegría parece una realidad muy fuerte y valiente que nos saca del miedo y del ensimismamiento a pesar de las adversidades. Ya lo decía san Pablo: “Estoy lleno de consuelo, reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones” (2 Cor 7, 4).

La alegría parece estar estrechamente unida al amor porque solo con alegría se puede amar. El motivo por el que Jesús no perdió nunca la alegría es porque Él es amor. El demonio, en cambio, no puede tener alegría porque no sabe amar. Es más, teme a la alegría y por eso huye de un corazón contento.  

La alegría está estrechamente conectada a Dios, solo existe en su amor que se manifiesta en lo cotidiano de cada día. Por eso, si estamos apesadumbrados es porque nos hemos alejado de Él. 

Necesitamos de la alegría para ir por la senda del bien: ella da al hombre la fuerza para realizar buenas acciones a todas las edades. ¡Incluso nos rejuvenece! Seguramente conocemos personas ancianas que son “jóvenes” porque tienen alegría, y en cambio vemos chicos que son “viejos” porque no la experimentan… 

Entonces Dios, siendo alegría, es “joven”. María, los ángeles y los beatos también son “jóvenes” porque, como dice san Pablo: “Los han despojado del hombre viejo y de su manera de vivir para revestirse del hombre nuevo, que el Creador va renovando conforme a su imagen para llevarlo al conocimiento verdadero” (Col 3, 10). De allí proviene su alegría. La mejor receta para combatir al “hombre viejo” y para permanecer “jóvenes” es, por lo tanto, responder a la invitación que nos hace el Apóstol: “Alégrense siempre en el Señor. Insisto: alégrense” (Fil 4, 4). 

Los alegres son humildes, perdonan siempre, no desean nunca el mal, no son vengativos, traen siempre el bien a sí mismos y a los demás, son fieles a su Señor… ¡aman!; y ¿quién no quiere que el amor abunde en su vida?  

Pietro Squassabia

Fuente: Eco de Medjugorje n°195


Tres notas de la alegría

Si la alegría fuera una sinfonía, estaría compuesta por estas notas musicales*:

La filialidad: significa sabernos y sentirnos hijos de Dios. No somos esclavos. No somos huérfanos. Tenemos un Dios por Padre y un Padre que es Dios. Junto a Jesús podemos balbucear: “¡Abba, Padre!”, una palabra de infinita dulzura, un suspiro de confianza sin precedentes y desbordante de amor.

La fraternidad. Somos hijos amados tiernamente por Dios, hijos del mismo Padre; por eso somos hermanos y hermanas con el genoma de la comunión en nuestro ADN. Hemos sido creados para amar, cantar y sonreír, no para sobrevivir. Así la alegría desbordante de la filialidad rebalsa en la alegría de la fraternidad.

La contemplación. Es la alegría que se encuentra al contemplar el misterio del amor ilimitado del Padre, al entrar en el abismo de su profundidad para exaltar su Nombre, porque la alegría es alabanza y la alabanza es alegría.  

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