ReflexiónPaz y Desarrollo Social

El pensamiento político del discípulo

¿Cuál es el ámbito más apropiado para debatir? Los hombres interactúan y se desarrollan en distintos ámbitos: lo político, lo cultural, lo familiar, lo religioso, etc. Jesús da una clave […]

¿Cuál es el ámbito más apropiado para debatir?
Los hombres interactúan y se desarrollan en distintos ámbitos: lo político, lo cultural, lo familiar, lo religioso, etc. Jesús da una clave importante a quienes buscan vivir la propuesta discipular del Evangelio en cada uno de esos espacios: “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21). La Palabra de Dios no nos propone desentendernos de la política. Al contrario, nos llama a involucrarnos, a participar, a formarnos, a dar respuestas que produzcan una verdadera transformación social a la luz de los valores evangélicos.

Sin embargo, el Evangelio también nos previene: “y a Dios” den lo que “es de Dios”. En este sentido, estamos llamados a dar a la familia el espacio y el tiempo que necesita su construcción; al trabajo, las energías y el cumplimiento de las obligaciones propias del ámbito laboral; a los amigos, el tiempo y la dedicación que requiere el cultivo de la amistad, etc. El Evangelio nos propone una vinculación sana, equilibrada e integral con los otros en los distintos aspectos de la vida, incluidos el ideológico y el político.

Podemos preguntarnos, entonces, cómo es nuestra comunicación cuando expresamos nuestras ideas políticas y en particular cuando utilizamos las redes sociales. Estas expresiones ¿revelan nuestra intención de vivir la integralidad que nos propone el Evangelio?

Unidad y aceptación

Experimentar a Jesús vivo en nuestras vidas nos lleva a querer seguirlo y vincularnos con Él de un modo particularmente cercano, radical, sin vueltas. Es la manera de seguimiento propia del discípulo. Sobre esto, el documento de Aparecida, dice: “Necesitamos hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad y plenitud de la vida. Y necesitamos, al mismo tiempo, que nos consuma el celo misionero para llevar al corazón de la cultura de nuestro tiempo aquel sentido unitario y completo de la vida humana que ni la ciencia, ni la política, ni la economía ni los medios de comunicación podrán proporcionarle. En Cristo Palabra, Sabiduría de Dios (Cf. 1 Co 1,30), la cultura puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio y dando a cada uno su sitio y su dimensión adecuada” (DA 41).
Es propio del discípulo buscar vivir “con el Maestro”. El discípulo es el que acepta pasar por la puerta angosta (Cf. Mt 7,13), renunciar a sí mismo para tomar la cruz y seguirlo (Cf. Lc 9,23), poner la mano en el arado y no mirar atrás (Cf. Lc 9,62). El discípulo busca efectivizar con gestos concretos la opción por la unidad y la alianza fraterna.  Así procura encarnar el mandamiento del amor en sus dos vertientes: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón (…) y a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,34-40). Este amor supone un trabajo firme y constante de la aceptación del otro tal y como es, respetándolo en su pensamiento y en su ideología. Encarnar el mandamiento del amor implica aceptar y respetar al hermano excluyendo el prejuicio, el juicio, la burla, el desprecio, la discriminación.

Aceptar y respetar son la base sobre la cual debe asentarse el amor más pleno que está llamado a vivir el discípulo, el amor de Alianza, que lo lleva a dar un paso más al ofrecerse y entregarse. A partir de este ofrecimiento y de la salida  de su “autorreferencialidad” que hace el discípulo, este amor construye la unidad. Chiara Lubich, la fundadora del Movimiento de los Focolares, decía: “Tengo un sueño. Piensen qué sería el mundo si entre individuos, pueblos, etnias, estados, se pusiera en práctica la regla de oro: amar, por ejemplo, la patria del otro como la propia”. ¿Será posible amar a ese otro que no piensa como yo? ¿Será posible amar su proyecto de patria como si fuera el mío?

Abrazar la tensión

Podemos preguntarnos entonces: ¿el discípulo tiene que denunciar la injusticia? La respuesta es sí. ¿Tiene que promover la búsqueda de la verdad? Sí, también. Pero ¿cómo? No solo es importante lo que denunciamos y lo que promovemos sino cómo lo hacemos. Podemos proponer un diálogo constructivo, sobre la base de una atenta escucha, valorando lo diverso, o podemos quedar atrapados en nuestras ideas a las que atribuimos carácter de verdad absoluta, de manera que ante otras ideas reaccionamos con un rechazo cerrado, descalificándolas, y, muchas veces, descalificamos también a quien las expresa. “El cristiano es alguien que, conociendo el valor del sufrimiento, está llamado a asumir la tensión crucificante que con frecuencia ello significa. Toda ‘grieta’ que se abre en la humanidad la siente como  propia, porque su vocación más profunda es construir la unidad. Te llamarán reparador de brechas (Cf. Is 58,12). Esta frase tendría que ser una ‘especialidad’ de todo cristiano”.1

El discípulo busca la unidad de la alianza en el entorno comunitario, en la Iglesia y en el mundo. Estamos invitados a “permanecer unidos en el amor con una misma alma y un mismo proyecto” (Fil 2,2). La expresión del discípulo busca edificar y no dividir; rechaza el enojo, el arrebato, las malas intenciones, las ofensas y las palabras destructivas (Cf. Col 3,8), y pone la mirada en todo lo que hay de verdadero, noble, justo, limpio, fraternal y hermoso (Fil 4,8). La Palabra nos exhorta: “No se critiquen unos a otros. El que habla mal de un hermano o se hace su juez, habla contra la ley y es juez de la ley. Pero ¿quién eres tú para juzgar al prójimo?” (Sant 4,11-12).

Dios quiere que todos los hombres se salven (Cf. 1 Tim 2,1-4). Por eso no podemos excluir o tratar de manera diferente a los que piensan distinto, profesan otros credos, adhieren a otras tendencias políticas. Ni siquiera a aquellos que, según nuestro parecer, están desviados de la verdad. El discípulo de Jesús construye un mundo nuevo desde una mirada que tiene presentes los valores del evangelio y, en especial, la justicia, la misericordia y el bien común (Cf. Mt 23,23; 1 Cor 12,1,7; 2 Pe 3,13). Sin duda el intercambio de ideas, de pensamientos en orden a la vida política, enriquece al cuerpo social y al cuerpo comunitario de la Iglesia. Cada uno aporta su originalidad, su visión, su don. Para que nada de eso se desvirtúe, es indispensable que los modos y las herramientas que se utilizan para la comunicación y el diálogo sean los adecuados. Es importante, entonces, que nos preguntemos cuáles son los marcos más propicios para este intercambio. ¿Las redes sociales lo son?  No olvidemos que lo que se escribe, muchas veces con ligereza, por impulso o mera pasión, queda indefectiblemente plasmado –“lo escrito, escrito está” (Jn 19,22)– y que lo manifestado de ese modo puede ser hiriente, dar lugar a malas interpretaciones, generar rispideces, incluso aunque esas no hayan sido nuestras intenciones. Sería muy oportuno preguntarnos también a qué otros contextos podemos acudir para encauzar el intercambio. ¿Cuál es el ámbito más apropiado para debatir en un clima de respeto y búsqueda de la verdad?

En el proceso de diálogo e intercambio es necesario aprender a identificar objetivamente qué hay de verdad en lo que se expresa y en lo que el otro dice, más allá de las influencias en el modo y en el contenido de la expresión provenientes de la formación, de la historia de vida, de las motivaciones ocasionales, etc. ¿Podemos atravesar las distintas etapas de este proceso transitando exclusivamente por las redes sociales?

El Evangelio nos llama a construir la unidad en la diversidad y esto se logra cuando privilegiamos a la persona por encima del modo con el que se expresa, de su historia, sus ideas, opiniones, aciertos y desaciertos. En definitiva, cuando puedo reconocer en el otro a mi hermano, no importa cuál sea el ámbito o marco en que nos comunicamos.

Gustavo Vivona y Marcelo Navarro*

1 Cambón, Ernesto. Trinidad, ¿modelo social?, Buenos Aires: Ciudad Nueva, 2000, p. 93.

* Gustavo y Marcelo son abogados. Ambos ingresaron al Movimiento de la Palabra de Dios en su juventud y actualmente participan de comunidades definitivas en los Centros pastorales de Misericordia y Santa María de los Ángeles respectivamente.

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