Editorial de la Palabra de Dios

SU AMOR ERA LIMITADO PARA CUIDAR DE UN FAMILIAR, PERO EL SEÑOR OBRÓ.

Hacía tiempo que no rezaba el Rosario todos los días. Un día, mientras oraba, miré con atención el que tenía en la mano; no era cualquiera, era el rosario que me había regalado un enfermo internado en el hospital… Hace unos meses, a un familiar le tocó atravesar una dura situación de vida. Los médicos decidieron que lo conveniente era internarlo en el hospital, en el área de salud mental. Cuando recibí la noticia, me entristecí profundamente. Le pedí a Dios que lo cuidara y le ofrecí mi disponibilidad para que, con mi amor limitado, además de mi poco conocimiento de lo que podía ofrecer y entender acerca de la enfermedad, se
hiciera su voluntad y no la mía.

Iba al hospital tres veces al día. Cada vez que ingresaba le ofrecía a la Virgen lo que viviría en esas horas. En mis primeras visitas, sentía que mi cuerpo se estremecía y mi corazón se conmovía por la vida de todos los que
estaban allí. Algunos habían intentado recientemente quitarse la vida, otros eran adictos, alcohólicos o drogadictos, presos y enfermos mentales crónicos. Había internados de todas las edades.

Una tarde me llevé en el corazón el rostro de cada uno de ellos y, en casa, me puse a orar. La oración quebrantó mi corazón y, entre lágrimas, le expresé al Señor mi imposibilidad para hacer algo que aliviara sus padecimientos. Entonces se me ocurrió la idea de llevar rosarios para regalarles, e incluso, a los que quisieran y tuvieran la disposición, enseñarles a orar.

Con la fuerte intención de que María los bendijera, comencé a buscar todos los rosarios que había en casa. Con la ayuda de hermanos, logré reunir varios, entonces los llevé con el propósito de regalárselos a los internados. ¡Mi sorpresa fue grande cuando los aceptaron, y más, cuando escuchaba cómo oraban! Regresé a casa con la idea juntar más rosarios para regalar.

La presencia de nuestra Madre comenzó a percibirse en la internación del hospital, no solo en mi familiar sino también en los demás. El ambiente del lugar comenzó a cambiar. Mi corazón se expandió para recibir a todos los que se encontraban allí: los enfermos, sus familiares, los médicos, las enfermeras, el personal de limpieza, de cocina y de seguridad.


Llevaba mate y galletas todos los días. Luego de un tiempo, algunos internados me esperaban para contarme de ellos. A veces, les podía hablar del Evangelio. Había una señora que, ya dada de alta, solo tenía que volver a la internación para tomar su medicación. Luego de hacerlo podía retirarse, pero ella pedía permiso para quedarse a tomar mates con nosotros.

Después de un tiempo me di cuenta de que había regalado todos los rosarios que tenía y, ¡me había quedado sin uno para mí! Pero, María se encargaría de eso… El día que le dieron de alta a mi familiar, un hombre que había estado internado y que había vuelto por su medicación diaria, al que yo le había regalado un rosario, se acercó y me dijo: “Sé que la fe es muy importante y he comenzado a rezar –luego extendió su mano con un rosario en ella para regalármelo–; te traje de casa este rosario que me han traído desde la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás, en Buenos Aires”.

¡Me alegré tanto! Le agradecí de todo corazón su regalo. A este me refería al principio del testimonio, el que tengo en mis manos cuando rezo. María no quiso que me quedara sin él. Ella nos cuidó con su amor maternal e incondicional. ¡Gracias, Madre querida!

N.S.