Del otro lado del mundo

Una tragedia conmocionó a Lorena, pero Dios “le habló” en la Palabra y le devolvió la paz.

Al regresar de un extenso día de trabajo, recibí la noticia de que había ocurrido un terremoto en Taipéi, Taiwán. Creo que hubiera sido una noticia más, entre otras tantas que escuchamos diariamente, si no hubiese sido porque Federico, mi marido, estaba allí en un viaje por trabajo. Justo ese día, por la mañana, había llegado a la isla desde Hong Kong.

Recuerdo mi primera reacción: fui invadida por el miedo, atormentada por la preocupación y aturdida por la inmensidad de las preguntas que me surgieron. ¿Qué había pasado? ¿Cómo estaría mi marido? ¿Justo ahí, ese día? ¿Dónde tenía que buscarlo? ¿Cómo lo encontraría? ¿Debía ir a la embajada? ¿Llamar a la empresa? ¿Qué hacer con los chicos?

Pedí la asistencia de la Virgen santa y sentí que tenía que hacer tres cosas: intentar serenarme para no inquietar a mis hijos, avisarle a mi hermano de sangre –él me ayudaría a buscar toda la información posible que estuviera publicada en Internet– y decírselo a una hermana de comunidad, porque ella iba a orar. Con solo avisarle, sin necesidad de darle mayor explicación, supe que ella iba a interceder por nosotros.

Así lo hice, y luego comencé a buscar información sobre lo que había pasado. Leí las últimas noticias que habían publicado los diarios internacionales y mandé mails a todas las direcciones de correo electrónico a las que mi marido podría llegar a tener acceso. Intenté contactarlo por las redes sociales, llamé a la empresa en Taiwán, pero no podía comunicarme con él por ningún medio. Mi preocupación se iba acrecentando. Recuerdo entonces que, estando frente a la computadora, entró un mensaje a mi teléfono celular. Era de mi hermana en la fe, que había rezado y me acercaba la Palabra de Dios que decía: “No pienses eso; que así como se fue, volverá, y el día de su regreso lo verás sano y salvo junto a ti. Un ángel bueno lo acompañará; el viaje será feliz y volverá sano a nosotros. Entonces ella dejó de llorar” (Tobías 5, 21-22).

La Palabra de Dios me cambió inmediatamente el sentir interior, me habló a lo más profundo, me llenó el alma, me consoló y me serenó. Fue alimento para mi fe. ¡Realmente sentí como si hubiera sido la primera vez en mi vida que leía la Palabra! Tan grande fue mi sorpresa y tan profunda mi emoción, que fui a ver a mis hijos que ya estaban durmiendo, les di un beso y les dije al oído: “Papá está bien y volverá prontito”.

Aproximadamente dos horas más tarde, mi marido se comunicó con nosotros vía Skype. Estaba muy bien; el terremoto había sido en las afueras de la ciudad, unas horas antes de su llegada. Dos semanas después, mi marido volvió a Buenos Aires. Creemos, con todo el corazón, que un ángel bueno lo acompañó; el viaje fue feliz y volvió sano a nosotros.

¡Bendigo la fuerza viva de la Palabra de Dios, su promesa, su consuelo, su verdad y su compañía!

¡Bendigo la docilidad al Espíritu Santo de mi hermana de comunidad que, como otras veces, acercó la presencia de Dios a mi vida! ¡Bendigo la comunión en la alianza fraterna y la oración de intercesión! ¡Bendigo el carisma que el Señor nos regaló!

Lorena Temer*
San José – Buenos Aires

*Lorena es médica pediatra y junto a Federico tienen dos hijos. Mariana y Juan Pablo.

Publicado en Revista Cristo Vive ¡Aleluia! Nº 199 (SEPT-OCT 2015)

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