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Distinguir de lo bueno, lo mejor.

El discernimiento de las inspiraciones interiores es una guía segura para encontrar el camino.

Existe un carisma particular que san Pablo menciona en la Carta a los Corintios sobre “el discernimiento de espíritus”(Cf. 1Cor 12, 10), es decir, poder distinguir de dónde llegan al interior del hombre las inspiraciones. El evangelista Juan habla de “poner a prueba las inspiraciones para saber si provienen realmente de Dios” (1Jn 4,1-6) o de otros espíritus: espíritu del hombre, espíritu del mal o espíritu del mundo. 

¿Cómo darnos cuenta de la procedencia de las inspiraciones al tener que decidir algo en particular? Cuando tenemos que tomar decisiones y evaluar las situaciones que se plantean, el Espíritu Santo nos asiste en base a criterios de sabiduría y prudencia humana, y también, a la luz de los principios sobrenaturales de la fe.

El primer y fundamental “discernimiento de los espíritus” es el que permite distinguir “el Espíritu de Dios” del “espíritu del mundo” (Cf. 1Cor 2, 12). San Pablo da un criterio objetivo de discernimiento, el mismo que ha dado Jesús: ver los frutos. “La carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Ambos luchan entre sí y, por eso ustedes, no pueden hacer todo el bien que quieren”, dice el apóstol (Gal 5, 17). De esta manera, san Pablo describe algunos de los frutos según de dónde llegue la inspiración: “Las obras de la carne son fornicación, impureza y libertinaje, idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza. Por el contrario, el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia” (Gal 5, 19-23). 

A veces este criterio objetivo no es suficiente porque la decisión no es entre el bien y el mal, sino entre un bien y otro bien, y se trata de entender qué es lo que Dios quiere en una circunstancia determinada. 

San Ignacio de Loyola ilumina este camino e invita a mirar las disposiciones interiores que tenemos, las intenciones (los “espíritus”) que están detrás de una determinada decisión. Él ha sugerido medios prácticos para aplicar estos criterios. Una de las propuestas es que, cuando se está delante de dos posibles decisiones, es bueno detenerse sobre una como si sin lugar a dudas tuviera que seguirla, quedarse en tal estado por un día o más; evaluar entonces las reacciones del corazón delante de esa decisión. Si da paz, si se armoniza con el resto de las decisiones; si algo dentro de nosotros va en aquella dirección o, al contrario, si la cosa deja un velo de inquietud. Repetir el proceso con la segunda hipótesis. Todo en un clima de oración, de abandono a la voluntad de Dios y de apertura al Espíritu Santo.

En la base del discernimiento, en san Ignacio está su doctrina de la “santa indiferencia”. Esta consiste en ponerse en un estado de total disponibilidad a aceptar la voluntad de Dios y renunciar, desde el comienzo, a toda preferencia personal. La experiencia de la paz interior será el criterio principal de cada discernimiento. 

Ahora bien, la condición más favorable para un buen discernimiento es tener en cada caso la disposición habitual de seguir la voluntad de Dios. Y, finalmente, se trata de “presentar las cuestiones a Dios” y esperar en oración su respuesta (Cf. Ex 18, 19). 

También Ignacio recuerda que en ciertos casos solamente la unción del Espíritu Santo es la que permite discernir lo que hay que hacer. Hay una profunda razón teológica en esto. El Espíritu Santo es él mismo la voluntad sustancial de Dios, y cuando entra en un alma “se manifiesta como la voluntad misma del Altísimo para aquel en el cual se encuentra”. Por lo tanto, podemos decir que el discernimiento no es ni un arte ni una técnica, sino un carisma, o sea un don del Espíritu.

Por otra parte, el Espíritu Santo no difunde habitualmente en el alma esta luz suya de manera milagrosa y extraordinaria, sino simplemente a través de la Sagrada Escritura. Los discernimientos más importantes de la historia de la Iglesia sucedieron así. Por ejemplo, fue escuchando la palabra del Evangelio “Si quieres ser perfecto…”, que san Antonio abad entendió lo que debía hacer e inició el monaquismo. Fue también así como Francisco de Asís recibió la luz para iniciar su movimiento de retorno al Evangelio. “Después que el Señor me dio a los frailes –escribe en su testamento- nadie me mostraba qué cosa debía hacer, pero el Altísimo me reveló que tenía que vivir de acuerdo con la forma del santo Evangelio”. Dios se lo reveló durante una misa mientras escuchaba la cita de la Palabra en la cual Jesús le dijo a los discípulos que fueran por el mundo ‘sin llevar nada para el viaje: ni bastón ni bolsa, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas’” (Cf. Lc 9,3).

Escuchar la Palabra de Dios y el examen de conciencia son las prácticas más comunes para ejercitar el discernimiento a nivel personal. Esto no debería limitarse solamente a la preparación para la confesión, sino volverse una capacidad constante; ponerse bajo la luz de Dios y dejar que nuestro interior sea examinado por Él. 

Dejarse guiar por el Espíritu Santo 

La vida de Jesús nos ilumina en esto: sin el Espíritu Santo, Jesús no lleva adelante ninguna acción. Con Él anduvo por el desierto; con su potencia volvió e inició su predicación; “en el Espíritu Santo” eligió a sus apóstoles (Cf Hech 1, 2); en Él rezó y se ofreció al Padre (Cf. Heb 9, 14).

A veces nos puede suceder que queremos ser los guías del Espíritu, queremos decirle qué tiene que hacer. En este sentido, tenemos que protegernos de la tentación de querer dar consejos al Espíritu Santo, en cambio de recibirlos. “¿Quién ha dirigido al Espíritu del Señor y como su consejero le ha dado sugerencias?” (Is 40, 13). El Espíritu Santo nos dirige a todos y no es dirigido por nadie; guía y no es guiado. Hay un modo sutil de sugerirle al Espíritu Santo lo que debería hacer con nosotros y cómo debería guiarnos. A veces incluso, nosotros tomamos decisiones y las atribuimos con desenvoltura al Espíritu Santo.

Santo Tomás de Aquino habla de esta guía interior del Espíritu como de una especie de “instinto propio de los justos”: “Como en la vida corporal –escribe– el cuerpo no es movido sino por el alma que lo vivifica, así en la vida espiritual cada movimiento nuestro debería venir del Espíritu Santo”.

 Tenemos que abandonarnos al Espíritu Santo como las cuerdas de una guitarra se dejan llevar por los dedos de quien las mueve. Como buenos “actores”, podemos oír la voz del inspirador escondido, para recitar fielmente nuestra parte en la escena de la vida. Es más fácil de lo que se piensa, porque nuestro inspirador nos habla adentro, nos enseña cada cosa, nos instruye en todo. Es suficiente a veces una simple mirada interior, un movimiento del corazón, una oración. 

Pidamos al Paráclito que dirija nuestra mente y toda nuestra vida con las palabras de una oración que se recita en el Oficio de Pentecostés de las Iglesias del rito sirio:

“Espíritu que distribuyes a cada uno los carismas; Espíritu de sabiduría y de ciencia, enamorado de los hombres; que llenas a los profetas, perfeccionas a los apóstoles, fortificas a los mártires, inspiras las enseñanzas de los doctores. Es a ti, Dios Paráclito, a quien dirigimos nuestra súplica. Te pedimos renovarnos con tus santos dones, de posarte en nosotros como sobre los apóstoles en el Cenáculo. Infunde en nosotros tus carismas, llénanos de la sabiduría de tu doctrina; haz de nosotros templos de tu gloria, enhébranos con la bebida de tu gracia. Danos el don de vivir para ti, de consentirte y de adorarte, tú, el puro, el santo, Dios Espíritu Paráclito”. 

Equipo de Redacción

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