Pentecostés es una promesa cumplida, a través de la liturgia, la Iglesia ha ido presentando esta promesa hecha por Jesús. Así, el día de María Auxiliadora, lo expresaba a través del Evangelio de Juan: “Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. Él me glorificará porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes” (cf. Jn 16, 13-14). De esta expresión de Jesús podemos señalar dos cosas: que “el Espíritu Santo no hablará por sí mismo sino que dirá lo que ha oído”. Podemos preguntarnos: ¿Cuándo y de quién lo ha oído?
El Espíritu proviene del Padre y del Hijo, enseña la Iglesia. Es la expresión del amor trinitario que hay entre el Padre y el Hijo. Por eso dirá Jesús, “Recibirá de lo mío que soy Hijo hecho hombre y se lo anunciará a ustedes”. “Todo lo que es del Padre es mío; por eso les digo: recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes” (cf. Jn 16, 15).
En la fiesta del día de Pascua se enciende el cirio como señal de que desde él se ilumina nuestra vida humana. El Espíritu que viene a nosotros nos pide ser lámparas encendidas del “cirio de pentecostés” para iluminar la cultura del mundo con nuestra vida y testimonio. Cada comunidad discipular (cf. Mt 28, 20) es una lámpara en medio de las tinieblas del sinsentido en la cultura actual. No debemos apagar ninguna luz de nuestra lámpara comunitaria.
Del cirio de Pentecostés se enciende el cirio de nuestro carisma que se sustenta en la gracia del compartir desde la fe (y no desde la naturaleza) el curso de nuestra vida; y de una oración con fe de poder para quebrantar la muerte que hay en nuestra cultura y el poder del maligno en ella.
P. Ricardo, MPD
N. de la R.: Subsidio del Padre Ricardo para la preparación de las jornadas de Pentecostés del año 2017.

