La compasión

Ver padecer a los demás nos impulsa a aliviar su dolor.

Habitualmente, cuando escuchamos la palabra compasión, la vinculamos al sentimiento de lástima por alguna persona. De hecho, en los diccionarios podemos encontrar como significado de compasión el “sentimiento de conmiseración y lástima hacia quienes sufren penalidades y desgracias”. Sin embargo, se trata de una concepción incompleta, porque en realidad la compasión implica un sentimiento genuino de preocupación por el bienestar de los demás. 

Etimológicamente la palabra compasión deriva de las palabras latinas: cum, “junto” y pati, “sufrir”, es decir, “sufrir junto a alguien”. También se puede interpretar como “ponerse en el lugar del otro” (empatía), y ambas acepciones distan mucho de la simple lástima o pena. Van más allá: la compasión consiste en hacerse uno con el otro, dejar el propio individualismo y darse cuenta de que todo “otro” es “otro como yo”. En ese sentido, la compasión nos hace débiles con los débiles y vulnerables con los vulnerables, por eso ser compasivos requiere una total inmersión en la condición humana y nos interpela para actuar en consecuencia.

Un compromiso activo con el bienestar del otro 

En general, a todos nos gusta pensarnos compasivos con quienes sufren y si alguien nos acusa de faltos de compasión nos ofendemos porque es como si nos vieran faltos de humanidad –esto es lo que sostiene el teólogo Henri Nouwen–. Sin embargo, la sociedad, que fácilmente se ofende si se le señala su indiferencia o débil compromiso frente al sufrimiento humano, sigue atravesada por conflictos, odios, opresiones, guerras y dolor. Nouwen se pregunta si será porque asociamos la compasión a esa lástima que nos oprime el corazón y que rápidamente intentamos sosegar mirando hacia otro lado, cambiando el canal de televisión o tranquilizando nuestra conciencia a través de la limosna.

La compasión implica mucho más que desear que las personas se liberen del sufrimiento: promueve en la persona un compromiso activo para ayudar en esta tarea. Es un valor transversal y universal(no es patrimonio exclusivo del budismo, ni del cristianismo; incluso muchos ateos y agnósticos defienden la necesidad de una “ética de la compasión” en el mundo como base y cimiento de la humanidad).

En toda acción compasiva hay tres componentes que entran en juego: una parte afectiva que puede expresarse como “siento lo que vos sentís”, una parte cognitiva: “Te comprendo”, y una parte motivacional: “Quiero ayudarte”. Esta acción del amor desinteresado hacia el que sufre –sin apego y sin buscar un beneficio personal– refleja el deseo de que todo el mundo, sin distinción alguna, sea dichoso y feliz pero, paradójicamente, da bienestar a quien la realiza. El aliviar el sufrimiento del otro nos proporciona salud y nos hace felices (Cf. Prov 17, 22).

Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad.

¿Debemos tener determinada condición para ser compasivos con nuestros hermanos? Ante esta duda, Nowen nos propone la figura del “sanador herido”. Todos podemos sanar desde la propia vulnerabilidad: quien lleva adelante la acción compasiva y quien la recibe reconocen recursos y necesidades; en el encuentro entre ambos se potencia el uso de recursos internos para afrontar las heridas personales y contemplar estos procesos en el otro. El que “sana” es “sanado” en la relación. En síntesis, no hay excusas para el acto compasivo.

En el Evangelio de Lucas, Jesús señala:“Sean compasivos como el Padre de ustedes es compasivo” (Lc 6, 36).El Padre es un compasivo, un Dios que elige ser Dios con nosotros, que comparte nuestra vida en solidaridad. Esto no significa que solucione nuestros problemas, sino que está dispuesto a entrar en nosotros y, en esa relación de intimidad, acompañarnos y compartir nuestros gozos y sufrimientos. El Padre es nuestro refugio, nuestro pastor, nuestro amor y nuestro salvador. En este sentido, Henri Nowen es claro: “Nunca conoceremos realmente a Dios como compasivo si no comprendemos con nuestro corazón y nuestra mente que ‘puso su Morada entre nosotros’ (Jn 1, 14)”.

Con la intención de buscar vidas compasivas para imitar, reconocemos que a lo largo de la historia hubo muchos hombres y mujeres que pueden ser modelos en ello, por ejemplo la Virgen María y los santos y santas de Dios. Sin embargo, todos ellos siguieron los pasos de quien supo encarnar como hombre el valor de la compasión a imitación del Padre: Jesucristo (Cf. Jn 14, 9). Él –Camino, Verdad y Vida– está dispuesto a ayudarnos con su palabra y sus actos.

Un ejercito de perdonados 

A través de sus homilías, discursos y exhortaciones apostólicas, el Papa Francisco ha hecho hincapié en el valor de la compasión. Por ejemplo, en Gaudete et Exultate señala: “Jesús no dice: ‘Felices los que planean venganza’, sino que llama felices a aquellos que perdonan y lo hacen ‘setenta veces siete’ (Mt 18, 22). Es necesario pensar que todos nosotros somos un ejército de perdonados. Todos nosotros hemos sido mirados con compasión divina. Si nos acercamos sinceramente al Señor y afinamos el oído, posiblemente escucharemos algunas veces este reproche: ‘¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ (Mt 18, 33). Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad”. 

Asimismo, en su viaje apostólico a Panamá con ocasión de la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud, hablando a los obispos centroamericanos (SEDAC), el Papa les hizo saber su preocupación porque advertía falta de compasión en la Iglesia e hizo un llamamiento a todos en ese sentido como comunidad en Cristo: “El resultado del trabajo pastoral, la evangelización en la Iglesia y la misión no se basa en la riqueza de los medios y recursos materiales, ni en la cantidad de eventos o actividades que realicemos, sino en la centralidad de la compasión: uno de los grandes distintivos que como Iglesia podemos ofrecer a nuestros hermanos. Me preocupa cómo la compasión ha perdido centralidad en la Iglesia, incluso en grupos católicos, o está perdiendo, para no ser tan pesimistas. Incluso en medios de comunicación católicos la compasión no está, el cisma, la condena, el ensañamiento, la valoración de sí mismo, la denuncia de la herejía… No se pierda en nuestra Iglesia la compasión y que no se pierda en el obispo la centralidad de la compasión. La kénosis de Cristo es la expresión máxima de la compasión del Padre. La Iglesia de Cristo es la Iglesia de la compasión, y eso empieza por casa”. 

Si practicamos la compasión en el hogar con nuestra familia, podemos ser compasivos con los demás en la escuela, en el trabajo, en la comunidad. Así como la generosidad engendra generosidad, la compasión engendra compasión.

Algunas sugerencias para afianzarnos en este camino:

Juan L. Rodríguez*

*Lic. en Ciencias de la Educación, diplomado en Catequesis y Educación en la Fe.

Fuentes consultadas: 

Nowen, Herni, La compasión en la vida cotidiana, Buenos Aires: Lumen Editorial, 1998.

Papa Francisco, Misericordiae Vultus, Ciudad del Vaticano: 2015; Gaudete et Exultate, Ciudad del Vaticano: 2018; Discurso en el Encuentro con los obispos centroamericanos, Viaje apostólico a Panamá con ocasión de la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud, 2019.

Torralba, Francesc, La compasión, Madrid: Editorial Milenio, 2012.

Publicado en la Revista Cristo Vive Nº 218 (JUL-AGO 2019)

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