Editorial de la Palabra de Dios

Después de una reunión comunitaria que tuvo como eje el paso de Dios en la Pascua –y de la oración que hubo, llena de un clima de “resurrección”–, refl exioné sobre algunas cuestiones que se me habían presentado allí. Había leído días atrás en un informe sobre la Sábana Santa, realizado en 2011 por la ENEA, la agencia italiana de Energía, que la cantidad de “energía lumínica” que sería necesaria para dejar en una tela de lino una huella como la que tiene la Sábana Santa de Turín es de unos 34 trillones de watts. Hoy en día, la máxima tecnología disponible permite generar apenas algunos miles de millones de watts. Es decir, sería imposible reproducir ese fenómeno. Entonces me desvelé tratando de mi imaginar lo ocurrido aquella noche en el sepulcro de Jesús. Los científi cos comparan la resurrección con una especie de “big bang lumínico” en el limitado espacio de un cuerpo humano. ¡Lo que debe haber sido ese estallido de luz! No hay palabras humanas para definir ese hecho único. El Evangelio de Mateo habla de un ángel “con aspecto de relámpago” y dice que hubo “un gran temblor de tierra que hizo rodar la piedra del sepulcro” (Mt 28, 2). Y, sin embargo, en esa formidable explosión nadie resultó herido. Los guardias huyeron llenos de miedo, pero la Palabra no dice que hayan sido lastimados. Entre otras cosas, los científicos afirman que en su resurrección Jesús debe haber levitado al estallar en luz, porque la impresión que dejó en el lienzo es la misma en el dorso y en el frente, no es la de un cuerpo apoyado. Se me ocurría que ese instante, que según los científicos debe haber durado “una millonésima de segundo con una temperatura de unos millones de grados”, tuvo que haber sido en realidad un acontecimiento “cósmico”, pero no violento.

Recordé entonces el “susurro de una brisa suave” que hizo cubrirse al profeta Elías frente a la presencia de Dios (1 Re 19,12). Elías no se cubrió frente al terremoto o al huracán, ni frente al fuego, porque todos esos son fenómenos grandiosos, pero de este mundo. Por eso lo que lo hizo cubrirse con el manto no fue la brisa suave en sí, sino la presencia de Dios que había en ella. Imagino que la resurrección habrá llevado ese mismo sello de contrastes que tenía mucho de lo que hizo Jesús en este mundo: siendo todopoderoso nació en un pesebre, era rey pero fue el más pobre, era el más santo pero andaba con los más pecadores; su cuerpo sufrió un gigantesco big bang de luz al resucitar, pero la Palabra dice que no se quemaron las vendas ni el sudario que lo envolvían. A diferencia de algunos textos bíblicos que deben ser tomados en un sentido figurado o alegórico, la resurrección de Jesús, sea cual fuere la forma en que haya ocurrido, fue un hecho real. Hace más de 2000 años, por primera vez en la historia, un hombre muerto volvió a la vida con un cuerpo espiritual y eterno, que ya no se rige por las leyes físicas de este mundo. Y ese hombre vive aun hoy y anda entre nosotros.


¡Qué milagro tan maravilloso y misterioso! Por último, yo no podía dejar de pensar que, según la Palabra, esto es un anticipo de lo que ocurrirá con nuestro propio cuerpo al fi nal de los tiempos, cuando el Señor nos “despierte” y resucitemos para la vida eterna. Esa es nuestra esperanza, y es un canto de victoria.

Rubén Guillemí

Disponible en Cristo Vive ¡Aleluia! N°201 – Marzo/abril 2016