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Tiempos de confusión

Frente a los devastadores sucesos mundiales, Dios nos invita a poner nuestra libertad al servicio de los otros.  La cultura de nuestro tiempo está marcada por lo relativo a lo […]

Frente a los devastadores sucesos mundiales, Dios nos invita a poner nuestra libertad al servicio de los otros. 

La cultura de nuestro tiempo está marcada por lo relativo a lo que cada persona cree, piensa, siente o quiere. Es una cultura relativista que lleva a la desorientación, a la equivocación y provoca confusión. Genera la vacilación entre el bien y el mal. 

Para no dejarnos tomar internamente por esta confusión, es fundamental distinguir objetivamente entre el bien y el mal. Esto es algo que la persona puede hacer naturalmente, a través de un examen de conciencia, aun a riesgo de equivocarse. 

Esa es la vía de conocer la verdad y tratar de ser justo. “Conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Jn 8, 32), dice el Señor. Y en ello decimos que la verdad requiere la aceptación de la realidad: “las cosas son como son”. 

Para vivir en la verdad y hacerse cargo de sus conductas o comportamientos, la persona ha recibido una libertad responsable. “Yo conozco íntimamente los sentimientos y las intenciones y retribuiré a cada uno según sus obras”, se le dice a la Iglesia de Tiatira (Cf. Apoc 2, 23). 

La persona necesita conocer también la verdad sobre sí mismo y de su dignidad como ser humano. En esto, la cultura de la confusión hace de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías, la cátedra de una identidad artificial donde la persona, especialmente los jóvenes, terminan sin saber lo que son, en donde el trigo se mezcla con la cizaña (Cf. Mt 13, 24-46).

La sabiduría de la vida

En medio de una cultura de confusión, la Palabra de Dios nos enseña a ser sabios, a saber vivir y nos da la gracia para ello.

La Revelación de Dios ha querido dedicarle un libro a la Sabiduría. “Dios creó al hombre para que fuera incorruptible –nos dice– y lo hizo a imagen de su propia naturaleza. Pero por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo. Los que confían en el Señor comprenderán la verdad y los que son fieles permanecerán junto a él en el amor”
(Sab 2, 23-24; 3, 9).

La respuesta a una cultura de confusión que lleva a la destrucción es, a la luz de la Palabra, “construir la casa sobre la roca” (Cf. Lc 6, 47-49). Y esa roca es la experiencia viva de Dios que toda persona está llamada a tener. En esa experiencia vital recibimos la luz de la vida (Cf. Jn 1, 4). “La Palabra es la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre”, nos dice san Juan (Jn 1, 9).

La luz de la vida es la que nos permite distinguir lo conveniente y lo inconveniente. Ella es necesaria para el don y la gracia del discernimiento. Sin discernimiento es caminar al tanteo en la vida.

El discernimiento nos conduce a vivir bajo la Soberanía de Dios: “Porque reconocer tu soberanía es la raíz de la inmortalidad. Así no nos extravían las invenciones de un arte humano perverso ni el esfuerzo estéril de los creadores de quimeras cuya contemplación excita la pasión de los necios”, en otras palabras, de aquellos que no saben vivir (Sab 15, 3-5).

Como sabemos, la experiencia de un Dios vivo es acción del Espíritu Santo que conduce a la santidad porque Dios es Santo (1Ped 1, 15). “La santidad es el adorno de la Casa del Señor, a lo largo de los tiempos” (Sal 92, 5).

Como discípulos, Jesús nos llama a vivir en libertad, especialmente en la libertad de nosotros mismos y a ser serviciales con los demás: “Háganse servidores los unos de los otros por medio del amor” (Gal 5, 13). Esto nos permite vivir alegres y gozosos.

Por eso nos enseña Pablo: “Yo los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios y así no serán arrastrados por los deseos de la carne… si vivimos animados por el Espíritu Santo, dejémonos conducir también por él” (Gal 5, 16-25).

El sentido social de la libertad está en el poder humano convertido gratuitamente en servicialidad; por eso afirma la Palabra; “Cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos que no tienen como retribuirte” (Lc 14, 13-14). 

En este último tiempo, ante la pandemia que vivimos, hemos visto la entrega de tantas personas en el cuidado de los demás: el pobre, el hambriento, el enfermo, el encarcelado… El virus mata, toma la vida para sí. Esto es lo que expresa la “cultura de la muerte”, como la describió Juan Pablo II. Pensemos qué nos quiere decir Dios en este momento de la historia a partir de esta realidad mundial. 

Nos dice un himno litúrgico: 

El mundo muere de frío
el alma perdió el calor
los hombres no son hermanos
porque han matado al amor.

Al mundo le falta vida
y le falta corazón
le falta cielo en la tierra
si no lo riega tu amor.  

Padre Ricardo

N. de la R.: Recomendamos la 2.ª ed. del libro del Padre Ricardo El Rostro del Espíritu Santo,  que muy pronto formará parte del catálogo de libros de la Editorial de la Palabra de Dios.

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