Enseñanza EclesialMaría

Un manantial de bienes

Cualquiera que ahonde en la naturaleza del Rosario descubrirá la eficacia de esta oración. Esta forma de orar es sumamente agradable a la Virgen. Mientras más meditamos su naturaleza íntima, […]

Cualquiera que ahonde en la naturaleza del Rosario descubrirá la eficacia de esta oración.

Esta forma de orar es sumamente agradable a la Virgen. Mientras más meditamos su naturaleza íntima, más se descubre y brilla ante nuestros ojos la excelencia del Rosario y sus beneficios: mejor comprendida esta devoción, más conocida y practicada, adquirirá saludables desarrollos.

Cuando la devoción del Rosario es practicada, les procura a los fieles toda la fuerza y virtud que en María existe, porque esta oración es manantial de numerosos bienes, no solo para los individuos, sino también para toda la sociedad. 

Las escenas que en el Santo Rosario sirven para la meditación se desarrollan con fuerza de verdad casi dramática, con inmensa ventaja para nuestra piedad.

Recibimos en abundancia, gracias a María, el rocío de la gracia celestial. 

La meditación de los misterios exige, por parte del hombre, atención especialísima: no solamente que procure dirigir su espíritu hacia Dios, sino que se asombre en la meditación de lo que contempla, que se nutra de las normas para vivir bien y de piedad. 

Este alimento se halla al alcance de las inteligencias menos instruidas, pues no son dogmas de fe, principios doctrinales los que el Rosario propone a la meditación, sino más bien hechos visibles que se graban en la memoria. Estos, presentados en sus circunstancias de lugar, de tiempo y de personas, se imprimen doblemente en el ánimo y se comprenden con mayor eficacia.

Este modo de orar es eficaz para fortalecer el espíritu, para preservar el alma del embotamiento y, al mismo tiempo, para provocar en ella un dolor saludable de sus pecados, enderezarla y elevarla hacia el cielo.

Es fácil comprender cuánto ha de complacer a María vernos y oírnos tejer esta armoniosa corona de sus alabanzas. 

Al rezar de este modo, damos a Dios y le deseamos la gloria que le es debida; buscamos únicamente el cumplimiento de su voluntad; celebramos su bondad y su magnificencia; lo llamamos “Padre” y, en nuestra indignidad, solicitamos de Él los más preciosos dones.   

Cuando recorremos piadosamente la triple serie de los misterios, expresamos más vivamente nuestros sentimientos de gratitud hacia María, porque así declaramos que nunca nos cansamos de hacer memoria de los beneficios por los cuales ella ha tomado parte en nuestra salvación con ternura sin límites. Y estos recuerdos tan grandes, repetidos tan frecuentemente en su presencia y celebrados con fervor, apenas podemos vislumbrar cómo llenarán su alma bienaventurada de alegría inexplicable en el lenguaje humano, de solicitud y caridad maternales.

El servicio que la Virgen, Mediadora de la divina gracia, ejerce continuamente en nuestro favor delante del trono de Dios, no está quizás en ninguna parte mejor expresado que en el Rosario.

Esta oración inunda el alma de los que la recitan devotamente con dulzura piadosa, siempre sincera, y les produce la misma impresión y emoción como si estuvieran escuchando la voz de su misericordiosísima Madre explicándoles los misterios y dirigiéndoles saludables exhortaciones.

Al considerar y contemplar a María, nuestras almas no se sienten agobiadas por el esplendor de la divinidad, sino al contrario, atraídas por el parentesco de una naturaleza común, trabajan con más confianza en imitarla.

Hay que restaurar religiosamente una costumbre que estuvo presente entre nuestros antepasados, en las familias cristianas, en las ciudades y los campos: al caer el día acudían fatigados del trabajo a la imagen de la Virgen y le obsequiaban el tributo de la alabanza por medio del Rosario. 

N. de la R.: León XIII escribió nueve Documentos Eclesiales para desarrollar la importancia que tiene el rezo del Rosario para los católicos. Estas son algunas de las reflexiones más significativas que compartió el Papa.

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