Cuarenta años del Movimiento

Cristo Vive, ¡Aleluia! entrevistó a hermanos que estuvieron presentes en los primeros tiempos del carisma y realizaron la Pascua I en 1974. Ellos cuentan experiencias de entonces y lo que hoy ven de la Obra en este aniversario.

Lo que era una promesa de Dios en un grupo de jóvenes, hoy es una realidad. El Movimiento de la Palabra de Dios reconoce su gestación en setiembre de 1973 con la realización de un retiro llevado adelante por el Padre Ricardo con adolescentes. La experiencia del compartir la vida a la luz de la Palabra y la oración espontánea, hizo que esos jóvenes no solo participaran de la Pascua que dio a luz la Obra, sino que también hoy sean profesionales, consagrados, matrimonios dedicados, todos, entregados a la evangelización. Nos encontramos con: Adrián Caruso (sacerdote), Mary Lofano (contadora), Viviana Martello (docente), Betty Massun (consagrada y docente), Margarita Ridruejo (psicopedagoga), Mirta Ridruejo (odontóloga), Cecilia Pavlicek (médica pediatra), Luis Salinas (médico psiquiatra) y Patricia Smiles (docente).

Los primeros momentos

Los primeros años de los grupos de oración transcurrieron a la par de cambios políticos bruscos en el país. ¿Esto incidió en las reuniones que tenían?

Adrián: Si bien nuestra adolescencia transcurrió entre procesos sociales y políticos difíciles, como la subversión y la represión militar, teníamos una búsqueda de sentido que nos daba esperanza para no detenernos y para emprender proyectos vocacionales o profesionales. 

Viviana: Era un momento social muy difícil. Recuerdo que durante un retiro nos sobrevoló todo el día un helicóptero de la policía. Había que avisar a la policía cuando nos juntábamos. Y las hermanas del colegio Janer del barrio de Flores, donde nos reuníamos, se preocupaban cuando nos quedábamos compartiendo al salir y nos pedían que nos fuéramos rápido a casa. Éramos muy inocentes, nunca hablábamos de política, tampoco lo hacía el Padre Ricardo. 

Cecilia: En el colegio se provocó una revolución. A partir de la experiencia religiosa que tuvimos, nos miraban como bichos raros porque en los recreos, en vez de ir al kiosco, empezamos a ir a la capilla a orar. En nuestras vidas hubo un antes y un después.

A propósito, ¿qué recuerdo tienen de cómo era el Padre Ricardo en ese entonces? 

Patricia: Yo lo conocí en el colegio Janer en 1973, cuando daba los retiros de curso. Había en él una especial presencia del Espíritu; de sonrisa franca y hablar suave, pausado pero firme. Era delicadamente observador de nuestras actitudes. Nos escuchaba con interés y su propuesta nos llevaba a orar como nunca antes lo habíamos hecho. Cautivaba su manera de anunciar la Palabra deteniéndose en cada versículo y su actitud de oración ante ella. Con los jóvenes era muy atento y alentador. 

Luis: El Pastor, como espontáneamente empezamos a llamarlo, siempre nos proponía orar “todo lo que Dios quisiera” y orar cada vez más. Nos ponía ante la pregunta: “¿Qué querrá el Señor hacer con nosotros?” y nos llevaba a sentirnos muy cerca de Jesús… También, hacía muy presente a María.

Margarita Ridruejo: Al principio, lo veíamos como a un sacerdote serio que nos admiraba por su formación. Pero a medida que lo conocimos, lo descubrimos más cercano y comenzó a llamarnos la atención su testimonio de vida. 

Mary: Él era un hombre muy sabio y abierto al Espíritu… Lo que a mí más me llamó la atención es que entregó su vida a la voluntad a Dios “contando” con nosotros, que éramos tan jóvenes… Él fue un canal para mí para que pase del pensamiento de Dios a la experiencia de Dios. Me hizo conocer realmente quién era Dios, que es amor…

Viviana: Recuerdo que oraba sentado en el suelo, como cualquiera de nosotros… Eso no era lo común en un sacerdote, pero lo hacía cercano a nosotros. 

Margarita: Empezamos a conocerlo como a un hombre de fe sólida. Mostraba amor por el Evangelio y docilidad para dejarse conducir por las inspiraciones del Espíritu Santo. 

Mirta Ridruejo: En lo personal, recuerdo su acompañamiento y aliento a dejarme conducir por el Señor y componer canciones religiosas. Siempre experimenté su cercanía y paternidad.

Mary: Él fue un padre para nosotros, en el discernimiento y en cómo nos ayudó a buscar la voluntad de Dios para nuestra vida.

Hablando de actitudes paternas: ¿cómo veían sus padres que ustedes fueran a los grupos de oración? 

Cecilia: En casa no me dieron vueltas para ir al grupo de oración, pero sí fue difícil conseguir que me dejaran ir al Cursillo, que era de 15 días…

Mirta: Nosotras provenimos de una familia católica practicante, sin embargo fue difícil a nivel familiar asumir el tiempo que me insumía la participación en los grupos de oración, además de estudiar y de trabajar. 

Luis: En mi caso, tenían miedo de que me estuvieran “lavando la cabeza”, que me metieran en una secta o en un grupo terrorista.

Adrián: Lo veían con mucha desconfianza. Todo lo nuevo era sospechoso y tenía que reflejar genuinamente la doctrina católica para no ser confundido con una secta o un grupo de cristianos protestantes.

La identidad del Movimiento se reflejó en la Iglesia, ¿Qué aspectos notan que marcaron la singularidad de la Obra?

Patricia: Para mí, fueron la acción del Espíritu que nos llevaba a reunirnos en todo tiempo y lugar para orar y leer la Palabra, la aparición de la revista Cristo Vive, ¡Aleluia! con los testimonios de los hermanos de los distintos centros, las misas del 2° domingo donde nos encontrábamos todos y llevábamos invitados para que experimentaran el amor de Dios…

Mirta: La necesidad de reunirnos de a dos o más a orar era un “motor” en nosotros. Queríamos que otros conocieran a Jesús vivo, el que se nos había manifestado claramente en la Pascua I, y teníamos un impulso nuevo para anunciar la Palabra de Dios “a tiempo y a destiempo”. 

Adrián: Vivíamos un fuerte vínculo con la Palabra… También, experimentábamos la gracia de la fraternidad que actualmente se despliega en la vida de la alianza de las comunidades discipulares y el compartir de los bienes a imagen de las primeras comunidades cristianas. 

Margarita: Para mí, el cambio profundo se manifestó en una nueva conciencia del obrar del Espíritu Santo y en un encuentro más cercano con la Palabra de Dios. También en el compromiso de ser comunidad… En esto apreciábamos la gracia del Vaticano II.

El P. Ricardo nos ponía al tanto de los documentos eclesiales más importantes y también nos los presentaba desde nuestro carisma. Nos hacía valorar el aporte de los Sínodos de Obispos para reflexionar sobre los laicos y la familia.

adrián caruso

Teniendo en cuenta los cambios que introdujo el Concilio recién mencionado, ¿consideran que hubo aspectos del nuevo tiempo de la Iglesia que el Movimiento hizo propios?

Viviana: Creo que el primer Cursillo de Evangelización en el año 1976 marcó un rumbo.

Adrián: Sí, y la publicación de la encíclica Evangelii Nuntiandi de Pablo VI fue un signo que constató esta gracia.

Viviana: Más adelante, tuvimos el reconocimiento del Movimiento por Mons. Jorge Novak, en ese entonces obispo de Quilmes, y el surgimiento de multiplicidad de vocaciones, proyectos y misiones con la inquietud de aportar a la Iglesia, la riqueza que recibimos del Espíritu gratuitamente. 

Cecilia: Cuando fuimos a Quilmes, en la bienvenida que nos dio el P. Obispo Novak, yo sentí que la Iglesia nos abrazaba. 

Adrián: El P. Ricardo nos ponía al tanto de los documentos eclesiales más importantes y también nos los presentaba desde nuestro carisma. Nos hacía valorar el aporte de los Sínodos de Obispos para reflexionar sobre los laicos y la familia. 

Mirta: La coincidencia del camino del Movimiento con los documentos eclesiales para nosotros iba siendo la confirmación de que el mismo Espíritu conducía la Obra. La vinculación pastoral y cercana de Mons. Novak, que acompañaba el crecimiento del Movimiento, alimentó en nosotros la comunión y obediencia a la Iglesia en sus pastores.

 Para mí, fueron la acción del Espíritu que nos llevaba a reunirnos en todo tiempo y lugar para orar y leer la Palabra

Patricia Smiles

¿Qué aportes creen que ofrece la Obra a la Iglesia?

Adrián: Creo que la evangelización de los jóvenes, a través de la oración espontánea como camino de interioridad, entrega y búsqueda de la santidad personal y comunitaria, que el Movimiento tiene como prioridad, ha dado muchos frutos en la Iglesia… 

Viviana: Claro, un testimonio de eso es el servicio del Proceso Comunitario para la Confirmación, que es llevado adelante, en su mayoría, por jóvenes. También, las jornadas de Pascua abiertas, los materiales de lectura que ofrece nuestra Editorial, el servicio de los consagrados, los proyectos para construir una civilización más justa, las misiones, el servicio en colegios y parroquias y también la construcción de casas de encuentro y oración…

Adrián: Yo destacaría dos cosas: por un lado, el compromiso de los laicos en sus parroquias con las necesidades comunitarias y diocesanas, que transmiten el anhelo de pertenecer a una comunidad cristiana y crecer en el camino de la fe; y lo segundo es la conformación de las fraternidades sacerdotales como gracia de renovación de la espiritualidad sacerdotal en vías de los proyectos pastorales parroquiales. 

Mary: También, lo que hoy es la Dedicación matrimonial. En ese entonces, no había nada de eso en la Iglesia. Para mí, luego de la fuerte experiencia del amor de Dios que tuve en los inicios, lo único que quería era darle toda mi vida a Dios, pero desde el matrimonio… Como otros hermanos sentían lo mismo, con el discernimiento del P. Ricardo comenzamos a caminar y buscar qué quería Dios de este modo de consagración.

Luis: Una nota característica de nuestro carisma es el discipulado personal y comunitario, organizado en comunidades orantes, fraternas y misioneras, algo que Ricardo sentía como moción inicial y que luego fue confirmada por los Obispos en Aparecida.

Patricia: Yo creo que lo comunitario y fraterno es lo más desplegado y testimonial. Hoy vemos los frutos del Encuentro en la Palabra y la productiva Escuela de Lectio divina. También reconozco que la presencia de la Guardiana de nuestra fe y Madre de la Palabra de Dios entre nosotros es un fruto de los nuevos tiempos de la Obra. María hace misión entre nosotros.

La vigencia del llamado

Con el correr de los años, ¿por qué seguís participando del Movimiento?

Adrián: A mí me atrapa el encuentro permanente con el Dios vivo, la gracia de la fraternidad comunitaria y el compartir de los bienes, el camino de maduración humana y espiritual hacia la salvación, la formación vocacional y misional que la Obra le da a toda la realidad familiar y el compromiso con la construcción del mundo nuevo dentro de nuestra sociedad: desde la ayuda a los pobres y necesitados, hasta los proyectos laborales de desarrollo. 

Mary: Siempre tuve una sed, un anhelo que no sabía qué era… Cuando ingresé a los grupos, esa sed se fue saciando… Recibí dones, dejé de tener miedo, me sentí lanzada a la evangelización y recibí el don de la intercesión. Hoy puedo ver cómo se extiende este pueblo de Dios en las familias, en la consagración, en las misiones… 

Luis: En estos años, aprendí a vivir. Aprendí mucho más de lo que puedo decir ahora… Aprendí a ser persona, a ser discípulo, a ser testigo del amor de Dios y, a pesar de mí, me hizo un signo de suyo en el mundo. No digo que lo vivo totalmente, pues siempre hay nuevas circunstancias ante las cuales la Palabra me cuestiona y me exige una nueva opción por el amor, muchas veces dolorosa, pero siempre fecunda. Soy testigo de que algo más fuerte que mis propias fuerzas siempre me vuelve al camino de los comienzos una y otra vez; con toda certeza, es el Espíritu Santo el que provoca este querer en mí.

Viviana: La Palabra de Dios me retiene en este espacio de gracia, me arde el corazón cuando Dios me habla en su Palabra, cuando siento al Espíritu Santo moviéndose en la Obra… Él está en medio nuestro. Me siento feliz cuando veo que esta semilla creció… y yo estuve ahí para ver crecer este árbol maravilloso. ¡Esto es un regalo de Dios!

Cecilia: Este es el lugar en el que fui engendrada por Dios, donde desarrollé toda mi vida… aquí es donde pertenezco, donde quiero servir.

Margarita: El Movimiento es un espacio de gracia que acompañó mi crecimiento personal y el desarrollo familiar y profesional. Para ello, el Señor me regaló una comunidad y un llamado para caminar junto a mi marido la Dedicación.

Mirta: Descubrí un llamado, una vocación, que me acompaña por la gracia de Dios. Junto a mí, también creció la Obra en estos cuarenta años. Al igual que una, el Movimiento transitó la purificación, la “noche oscura”. Tengo la certeza de que Dios me quiere en este lugar discipular. Él dio y da sentido a todas mis luchas y a todos los desiertos. Crecí integrando la fe a la vida. Encontré el sentido trascendente en las circunstancias de vida y elijo la vida discipular cada día. Amo a Dios en esta Obra. Amo a la Iglesia. Amo hacer su voluntad.

Patricia: Algo que quiero agregar es que del Pastor aprendí a pedir la virtud de la magnanimidad. Aprendí a tener el corazón grande para amar y comprender a todos. Esto me sirvió para realizar mi tarea profesional, en mi familia, en el servicio a mis hermanos, en la vida cotidiana. Hace poco, en el cumpleaños de sus 80, mi hijo Francisco, a quien bautizó, quería irse después de la misa porque decía no conocer a nadie. Mi propuesta fue: “Todos los que están aquí son nuestra familia. Son como los primos, tíos y abuelos que viven lejos a los que les vas a alegrar el corazón cuando te vean”. Se quedó y así fue. No dejó de sonreír y abrazar hermanos en toda la noche. El Movimiento es mi casa, mi familia, la porción de Iglesia que Dios reservó para nosotros.

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